CAPÍTULO 17
rhae
Había sido una salida normal entre dos colegas.
No era una cita y, desde luego, no estaba intentando nada; solo una salida de tíos.
Una visita al acuario y unas hamburguesas.
Había pasado días pensando en los sitios que podrían gustarle y estaba convencido de que saldría bien. Y lo hizo, lo que era algo bueno.
Hasta que abrió su estúpida boca y lo estropeó todo.
«A ti. Todo lo que puedo ver eres tú». ¿Por qué había dicho semejante cursilería?
Quería vomitar solo de recordarlo, pero lo había hecho y, aunque había tratado de olvidarlo, no podía.
La frase regresaba cada vez que se quedaba solo, seguida de la cara de Dylan al escucharlo y de aquella respuesta que tampoco había sabido encajar.
Aquel encuentro entre colegas ya no le parecía tan normal.
Había empezado a cuestionárselo todo y no estaba nada cómodo porque, cuantas más vueltas le daba al asunto, más confundido se sentía.
Había elegido el acuario pensando en él, había comprobado los precios del local para que aceptara la comida y había terminado mirándolo al otro lado de la mesa sin acordarse de nada más.
Eso no era lo que hacía con un amigo cualquiera.
No le gustaban los hombres. Había estado en la cárcel y había tenido oportunidades, pero nunca estuvo interesado. Cuando salió, pasó una larga temporada follando siempre que podía, desahogándose de los años de encierro y de todo lo que no había podido tener allí dentro.
Seguía teniendo rollos de una noche cuando le apetecía; solo que, en los últimos meses, había estado nervioso por la posibilidad de recuperar por fin su libertad completa.
Cuando intentó recordar la última vez que se había acostado con una mujer, se dio cuenta de que habían pasado meses.
Demasiados para alguien que nunca había necesitado pensar en ese tema.
Así que esa noche, cuando fue a trabajar, lo hizo con un objetivo muy claro. Encontró a una chica preciosa que no dejaba de salir a fumar ni de lanzarle miradas, una de esas llenas de hambre en las que nadie pregunta el nombre ni se molesta en intercambiar un beso.
Era justo lo que necesitaba, algo crudo e impersonal.
La siguió hasta el baño cuando ella le sonrió y le hizo un gesto con la cabeza.
Se despidió de su compañero, que le dedicó una sonrisa cómplice.
La siguió por el pasillo, fijándose en el movimiento de sus caderas y en la línea de su minifalda sobre sus largas piernas.
Aquello siempre le había bastado. Tenía que servirle otra vez.
Había acertado. Ella sacó un condón del sujetador en cuanto cerró la puerta del cubículo, le dio la espalda y se subió la falda hasta mostrarle su culo redondo.
Se quedó observando su espalda desnuda y ella se giró al notar que no hacía nada.
—¿Necesitas ayuda? —se ofreció con un tono perfecto, coqueto, mientras se arrodillaba en el suelo y llevaba las manos hacia su cinturón.
Su reacción de su cuerpo fue contraria a lo que le pedía su cabeza. Notó sudor frío en la espalda y un malestar repentino en el estómago. No era falta de ganas, ni nervios, ni nada que pudiera reconocer; solo una necesidad inmediata de salir de allí.
Sujetó sus manos para detenerla y ella levantó la cara para ver qué pasaba. Era preciosa, sabía que lo era, pero no significaba nada. Absolutamente nada. Ni una chispa de interés, ni esa sensación absurda que le había recorrido el cuerpo cuando Dylan le tocó la comisura de la boca en la camioneta.
—No —rechazó, ayudándola a incorporarse con suavidad y asegurándose de dejar espacio para salir.
—Solo es diversión. Está bien si tienes novia, no quiero nada —intentó tranquilizarlo cuando abrió la puerta.
Le devolvió el preservativo y la miró una vez más. Era completamente su tipo, con una cara dulce y unos ojos grandes. Azules. No le parecieron el color correcto; tenían que ser verdes.
La idea le cayó encima con tanta fuerza que apartó la vista de inmediato.
—Ni yo tampoco —soltó antes de huir.
Phil lo observó extrañado en cuanto regresó a su puesto.
—¿Todo bien, tío? —quiso saber.
—No hubo suerte —mintió.
Phil asintió con comprensión, sin darle más importancia.
—Ellas deciden. No, es no —sentenció.
—No, es no —murmuró, demasiado confundido para añadir nada más.
Se quedó mirando la puerta del local, intentando concentrarse en la gente que esperaba para entrar, pero solo conseguía ver unos ojos verdes clavados en los suyos al otro lado de una mesa llena de patatas y batidos.
Miró a Dylan, que estaba arrodillado en el suelo, registrando su pequeño banco de tréboles en busca de alguno de cuatro hojas.
Lo observó con atención. Llevaba una camiseta de tirantes blanca que le quedaba ancha y dejaba a la vista sus costados.
Podía ver cómo se marcaban un poco sus costillas sobre su piel tostada.
No había nada sexy en lo que tenía delante.
Cambió un poco de posición y, a través del cuello de la camiseta, alcanzó a ver parte de su pecho.
No había mucho que observar; estaba delgado y plano, ni una sola de las curvas que tanto le gustaban.
Se fijó en su pantalón corto azul oscuro, que dejaba visibles sus muslos, cubiertos por una fina capa de vello.
Sonrió, aliviado. Su cuerpo estaba tranquilo y frío.
Aquello demostraba que se había montado una película absurda por pasar demasiado tiempo con él.
—¿Sabes qué voy a hacer hoy? —preguntó Dylan, levantándose del suelo.
—Buscar más tréboles —supuso.
—No, sigo sin suerte. Voy a hacer un maratón —anunció, animado.
—¿De qué?
—De El planeta de los simios. Van a ponerlas en la televisión y dicen que son unas películas buenísimas. ¿Tú las viste?
—Sí, creo que todo el mundo las ha visto —respondió con diversión.
—Bueno, pues yo no soy todo el mundo. No voy a pagar una plataforma para ver nada y tampoco tenía tiempo, aunque quisiera malgastar el dinero.
Da igual, porque ahora sí tengo y voy a hacer un maratón.
Preparé mini sándwiches, tengo tres tipos de patatas fritas distintas, refrescos y chocolatinas.
Será una tarde épica —enumeró, entusiasmado.
—¿Sabes que son casi catorce horas de películas?
—Sí, ¿para qué crees que tengo tanta comida? Es para aguantar; aprovecharé las pausas para ir al baño.
—Si lo vas a ver en la televisión, será más tiempo. ¿A qué hora empieza?
—A las doce —informó Dylan, sonriente—. Puedes quedarte si quieres.
—Acabarás de madrugada. Creo que yo no soportaría tanta emoción —se excusó—. Si no quieres hacer nada hoy, aprovecharé para salir a correr y hacer pesas antes del trabajo.
—Eso —aprobó Dylan—. Alimenta esos músculos. Ayer desmonté los muebles de la habitación de mi tía y los subí a un portal de segunda mano. Si tengo suerte, conseguiré un par de pavos extra.
—Suerte —le deseó antes de irse.
—No la necesitaría si encontrara mi trébol de cuatro hojas.
Le hizo un gesto con la mano mientras se alejaba, sonriendo.
¡Qué idiota! ¿Cómo pudo pensar que podía estar interesado en él? Solo estaba confundido; llevaba mucho tiempo sin pasar tantas horas con nadie y la cabeza le había jugado una mala pasada. Dylan era un tío delgado, bocazas y obsesionado con las plantas de la suerte. Eso era todo.
Fue un día tranquilo y la discoteca cerró a las cinco.
Dylan había pasado la noche enviándole mensajes con comentarios sobre las películas, pero llevaba un par de horas sin escribir, por lo que supuso que se había quedado dormido.
Al pasar por su casa, vio la luz de la sala encendida y comprobó de nuevo la hora.
¿Quizá se habría quedado dormido en el sofá?
Aparcó y abrió la puerta con cuidado. Esperaba encontrárselo dormido en alguna posición estúpida. En lugar de eso, lo encontró sentado en el suelo, comiendo patatas fritas.
—Que no entres sin llamar —le recriminó Dylan después de echarle un vistazo.
—¿Por qué estás despierto a esta hora? ¿Sigues de maratón?
—Sí, pero este es diferente —explicó sin mirarlo.
Se acercó para comprobar qué estaba viendo.
—¿Dibujos?
—No son dibujos, es un clásico —lo corrigió.
—Es Garfield —sentenció, convencido de que eso bastaba para hacerle entender lo ridículo que estaba siendo.
—Cállate y siéntate o vete y no molestes. Hay patatas de barbacoa o normales; las de queso cayeron con la segunda peli. No queda ni una migaja de los sándwiches, pero las chucherías están casi intactas y quedan chocolatinas.
Fue hasta la nevera y cogió un refresco antes de sentarse en el suelo a su lado y abrir una de las bolsas. Dylan no comentó nada, pero tampoco apartó la comida de su alcance.
—Ya me iba a dormir, estoy cansado —comentó sin dejar de mirar el capítulo.
—¿Muchos borrachos? —se interesó Dylan, con la vista fija en la pantalla.
—No, solo imbéciles intentando colarse. Todas las noches hay alguno; hoy se pusieron de acuerdo varios. ¿De qué va el capítulo? —preguntó, mirando el televisor.
—Shhh, tú solo mira y disfruta. No hace falta pensar mucho —prometió, pasándole una chocolatina.
Aceptó la chocolatina y se acomodó mejor en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá. El cansancio del turno seguía metido en los músculos, pero allí, con Dylan masticando a su lado y la televisión llenando el salón de luz, no le molestaba tanto.
—Por tu culpa voy a querer comer lasaña y no hay dónde conseguirla a esta hora —protestó.
Dylan le tiró un sobre de kétchup al pecho.
—Échatelo en la boca y deja que se caliente, es casi lo mismo.
Se lo arrojó de vuelta mientras se reía.
—La lasaña lleva tomate frito. No se parece en nada —replicó, mordiendo la chocolatina.
—Pruébalo y me cuentas. Si me quedaran patatas de queso, podrías comerlas con kétchup y comprobarías que saben a pizza.
—Eso es mentira —lo acusó entre risas.
—No, es el poder de la mente. Si puedes visualizarlo, puedes saborearlo —defendió Dylan, sonriendo.
—Eso no es verdad.
—Claro que sí, te lo demostraré —anunció, animado.