Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Dylan miró el lugar con desconcierto evidente.

—No protestes —le advirtió—. Es un sitio barato, solo venden hamburguesas clásicas, patatas y batidos. No puedes enfadarte porque te invite; tú me das comida cuando voy a trabajar a tu casa y yo nunca digo nada.

Dylan parpadeó y dejó salir una carcajada.

—¿Soy tan insoportable que tuviste que buscar un sitio específico para evitarte una discusión? —se rio.

—Tengo recuerdos de guerra por una tarjeta de un dólar y no son agradables.

Dylan apoyó la cabeza en el asiento, mirándolo sin perder la alegría de la cara. El acuario todavía le había dejado esa expresión ligera que no mostraba cuando estaba cansado o preocupado por algo.

—Puede que me pasara un poco.

—Son tus normas, pero deberías darme el mérito de respetarlas. Me merezco un premio —declaró, satisfecho de que no se hubiera molestado.

El gesto de Dylan se volvió todavía más animado.

—Me parece justo y, por eso, voy a darte un premio genial —decidió.

—Estoy escuchando.

—Pediré el batido más grande que tengan y no te miraré mal cuando pagues lo de los dos —prometió, saliendo de la camioneta.

Sonrió, satisfecho de haberse salido con la suya, y entraron juntos en el local.

No era un sitio especial, pero la comida estaba buena y lo sabía porque se había molestado en ir a probarla antes.

También había comprobado los precios, asegurándose de que Dylan no pudiera discutirle la invitación más de la cuenta.

—¿Qué estás haciendo? —soltó Dylan con los ojos abiertos como platos.

—¿Qué? —repuso, hundiendo una patata en su batido de fresa.

—Eso es una guarrada —sentenció Dylan, horrorizado, mientras lo veía masticar.

Dejó salir un gemido mientras comía.

—No tienes ni idea. Prueba —lo tentó, ofreciéndole una.

—No, gracias. No quiero acabar vomitando aquí —se negó Dylan, apartándose.

Se rio mientras se la comía, pero volvió a intentarlo, acercándole otra.

—Es asqueroso.

—Fíate de mí —insistió.

Dylan lo miró muy serio y acabó negando con la cabeza.

—Puedes fiarte de mí, prueba —lo provocó.

Sus ojos verdes se clavaron en él con tanta intensidad que no fue capaz de moverse.

Dylan se inclinó lo justo para morder la patata, sin dejar de mirarlo a los ojos.

Notó el tirón entre sus dedos y retiró la mano con una lentitud absurda, demasiado consciente de lo cerca que había estado de su boca.

—¿A que está bueno? —consiguió preguntar cuando recuperó la voz.

—No —rechazó Dylan sin dudar. Tomó un largo trago de su propio batido y frunció el ceño con disgusto—. Es horrible, no entiendo cómo puedes comer eso. No volveré a fiarme de ti nunca.

Ignoró la pulla mientras seguía comiendo.

—Puedes fiarte de mí —sostuvo con tranquilidad.

Dylan volvió a mirarlo fijamente. La broma desapareció un instante de su cara, y eso hizo que la frase sonara más seria de la que era su intención.

—Contra todos mis buenos instintos, sí. Dios sabe por qué, pero me fío de ti —reconoció.

La alegría se le instaló en la cara sin permiso.

Ya lo sabía, pero que Dylan lo dijera en voz alta era una muestra de confianza muy distinta.

Después de haber intentado apartarlo por miedo a que se acercara demasiado, escuchar aquello debería haberlo asustado; en cambio, solo consiguió que se sintiera bien.

Dejó que Dylan viera su sonrisa durante un instante antes de concentrarse de nuevo en su mezcla.

—No me estoy quejando y no te estoy acusando de nada —empezó Dylan—. Pero ¿puedo preguntar a qué viene todo esto? —añadió, indicando la comida.

Se encogió de hombros para quitarle importancia.

—Quería ir al acuario y pensé que te gustaría —mintió—. Luego tenía hambre y los dos tenemos que comer. Podemos hacerlo juntos.

Dylan asintió, fingiendo entenderlo, pero le bastó con observarlo un segundo para saber que no se había creído del todo aquella explicación. Había demasiadas casualidades juntas: el acuario, las entradas gratis y un local elegido para que pudiera aceptar la comida sin discutir.

—Ya —concedió—. Me gustó mucho el acuario.

—Lo sé —admitió, satisfecho.

—Me gusta la comida —agregó Dylan.

—También lo sé.

Dylan le tiró una patata al pecho.

—Tú, por el contrario, no me gustas nada —lo atacó.

Rescató la patata que acababa de lanzarle y se la comió mirándolo a los ojos con sorna.

—Mentira —dictaminó, cogiendo otra para mojarla en su batido sin apartar la vista de él.

Vio cómo le brillaban los ojos de emoción.

—Eres un flipado —se mofó Dylan.

—No, solo sé lo que veo —replicó.

—¿Y qué ves? —lo retó.

—A ti. Todo lo que puedo ver eres tú.

Escuchó que se quedaba sin aliento y el pecho le dio un vuelco. ¿Qué estaba haciendo? Nunca le había dicho nada parecido a una mujer. Ni siquiera había pensado que quisiera hacerlo hasta que las palabras salieron de su boca.

—Porque estás enfrente, no me dejas ver. Podrías moverte un poco —se apresuró a añadir, bebiendo su batido para disimular.

Dylan le tiró otra patata, esta vez en la cara.

—Jódete, no voy a moverme. Yo estoy bien con mi vista.

—Hay una pared detrás, solo puedes verme a mí —se defendió con burla, intentando que su cabeza dejara de volverse loca.

—Ya, pero, al contrario que tú, no tengo problemas con lo que veo —declaró Dylan muy serio.

El corazón se le aceleró. Durante un segundo no pudo hacer otra cosa que sostenerle la mirada, tratando de entender qué intentaba decirle.

Dylan suspiró, fingiendo aburrimiento.

—El olor, eso sí que sería un problema si tuviera que estar a tu lado. Es una suerte que la comida esté rica y no pueda olerte.

Estalló en carcajadas al escucharlo. Daba igual lo que dijera; Dylan era solo Dylan. Y, por alguna razón, que pudiera convertir un momento así en una broma le permitió volver a respirar sin sentir que su vida se había complicado de golpe.