Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 16
46%

CAPÍTULO 16

rhae

—¿Dónde te metes últimamente? —quiso saber Carlos, asomándose al patio trasero en el que hacía pesas.

—Aquí —respondió sin bajar el ritmo.

—Hace semanas que no se te ve el pelo —insistió—. Pero ya no pareces rabioso, así que asumo que la vida te va bien.

Se limitó a mirarlo, sin decir nada. Carlos parecía divertido, apoyado en la pared, observándolo con una atención que empezaba a molestarle.

—¿Qué os contáis? —preguntó Mau, acercándose a la puerta.

—Nada —dijeron los dos al mismo tiempo.

—Vale —aceptó Mau, echando un vistazo entre los dos.

—Mau, ¿tu primo sigue trabajando en el acuario?

—Sí, es un buen curro y no hace nada.

—¿Crees que podría colarme? —le consultó.

—¿Tú quieres ir a un acuario? —quiso asegurarse Mau, después de intercambiar una mirada con Carlos.

—¿Puede o no? —lo apremió.

—Claro, tío, le hago una llamada y arreglado. ¿Qué día quieres ir?

—¿Hoy?

—Sin problema, ¿cuántas entradas le pido? —averiguó Mau.

—Dos —contestó, tumbándose en el banco para ejercitar el pecho.

Carlos dejó salir una risa burlona.

—No me digas. ¿Y quién es ella? —preguntó Mau, acercándose.

Levantó la barra, esforzándose en respirar de manera uniforme. Debería haber esperado a estar solo para preguntar, pero ya era tarde para echarse atrás.

—No es eso —negó al ver que ninguno de los dos se había movido.

—Claro eres un fan de los peces, vas todo el rato —le dio la razón Carlos con sorna—. Tengo curiosidad por saber quién merece tanto esfuerzo.

—Voy a colarme en un estúpido acuario, es todo lo contrario a esforzarme —replicó con ironía.

—¿Es del trabajo? Seguro que es alguna camarera buenorra, la que pone los chupitos de diez en diez —supuso Mau con un suspiro.

—¿Podéis iros los dos un poco a la mierda? —les soltó de mal humor.

—Claro, colega. No te molestamos más —cedió Mau—. Ya sabremos quién es cuando venga a pasar la noche, aunque solo las traigas lo justo para quitarles y ponerles la ropa.

—Perdeos de una vez —les ordenó. Nunca había traído a nadie a dormir y no pasaría ahora tampoco.

Escuchó sus risas mientras se alejaban, pero no le importaba mientras su plan saliera como quería. Que pensaran lo que les apeteciera; explicar que solo pretendía llevar a Dylan a ver peces habría sonado todavía peor.

Habían pasado dos semanas desde que discutió con Dylan y se habían visto todos los días para seguir con la cocina.

Al mes de agosto apenas le quedaban dos semanas y, después, solo unos días más hasta quedar libre.

Quería hacer cosas antes de que llegara la despedida y como era el día libre de Dylan; iba a empezar por ahí.

No había sido difícil pensar en el acuario. Dylan había mencionado que los documentales de peces lo relajaban y, desde entonces, la idea se le había quedado guardada en la cabeza. No quería analizar por qué recordaba una tontería así.

Antes de entrar en la ducha, le envió un mensaje diciéndole que necesitaba ir a la ferretería y que era mejor que fueran juntos. Dylan respondió enseguida, aceptando y avisándole de que estaría listo en diez minutos.

Mau golpeó la puerta del baño para confirmarle que ya tenía las entradas.

Salió silbando de la casa, se subió a la camioneta y esperó a que Dylan apareciera. Lo vio cerrar su puerta, comprobar dos veces que llevaba las llaves antes de acercarse con esa energía tan suya.

Su voz llenó el interior desde que ocupó el asiento; le habló de una puerta de la cocina que ya había terminado de barnizar y de un ejercicio que había conseguido resolver sin ayuda.

Asintió cuando era necesario, preguntándose cómo reaccionaría al descubrir adónde iban.

No quería reconocerlo, pero estaba bastante nervioso por su reacción.

—Te saltaste la salida —le advirtió Dylan, señalando la entrada que habían dejado atrás.

—Ya lo sé.

Dylan se giró un poco hacia él.

—¿Vamos a un sitio nuevo? —se interesó, animado.

—Sí —confirmó, fracasando en su intento de no sonreír.

—¿De qué te ríes? —quiso saber Dylan, mirándolo con curiosidad.

Antes de que pudiera apartarse, Dylan pinchó la esquina de su boca con el dedo, marcando la comisura elevada. Fue un contacto rápido, apenas un roce, pero consiguió que olvidara durante un instante qué iba a contestarle.

Se rozó el mismo sitio cuando Dylan retiró la mano, sintiendo un hormigueo leve en la piel justo donde lo había tocado.

—De nada —murmuró, volviendo la mirada a la carretera antes de que Dylan pudiera notar algo.

—Eso no es una respuesta —protestó Dylan.

—No todo en la vida necesita una explicación.

—Qué misterioso te has puesto para llevarme a una ferretería. Espero que, por lo menos, sea una muy buena.

Dejó salir una risa baja y siguió conduciendo. Sería mucho mejor que una ferretería; solo esperaba que Dylan no le diera demasiadas vueltas al motivo por el que lo había llevado allí.

—No sé, es un buen día —opinó. —A ti te encanta catalogar los días.

—Estamos a cuarenta grados, es un día horrible —lo contradijo Dylan.

—Pues yo creo que no. Dormí seis horas, desayuné, hice ejercicio, me duché y ahora voy en mi coche.

Dylan lo miró desconcertado.

—Estás muy raro hoy, más de lo normal —acabó por decir.

—¿No tuviste un buen día? —quiso saber.

A Dylan se le escapó una risa al escuchar la pregunta, pero esa era la idea: que estuviera de buen humor cuando supiera adónde iban. Que lo mirara con aquella cara de ilusión y no le hiciera muchas preguntas para las que tendría que inventar respuestas.

—¿Qué clase de pregunta es esa? Bueno, supongo que sí. Dormí siete horas, regué el césped, desayuné tranquilo, limpié toda la casa, le di la última capa de barniz al tablón de mi próxima mesa de cocina, pude hacer algunos ejercicios y ahora estoy aquí.

Dylan hizo ese ruidito con la garganta que solo le salía cuando estaba pensando. Sonrió al escucharlo y no pudo evitar mirarlo un segundo, solo para verle la cara.

—Supongo que el día en general no está tan mal. Además, vamos a comprar las patas para mi mesa, ¿no? —planteó, emocionado.

—Hay que dejar que se seque bien el barniz; luego solo será un momento ponerle las patas —le aseguró.

Dylan dio una palmada de felicidad.

—Ayer, antes de dormirme, estuve viendo sillas que se parecieran a mi foto —le confió.

Sonrió al escucharlo, porque eso era muy propio de él. Probablemente ya habría comparado precios, medido el espacio y añadido alguna nueva cifra a aquella libreta medio rota.

—¿Y qué tal?

—Me gustaría quejarme sobre el precio de las sillas —declaró muy serio.

Esta vez tuvo que reírse al escuchar su tono indignado, como si las sillas fueran un asunto de máxima importancia.

—No te rías —protestó, dándole un golpe en el brazo—. ¡Vi sillas de trescientos pavos!

—¿Estaban hechas de oro?

—Eso parece, pero no importa, encontré un sitio que está bastante bien y cada silla sale en cuarenta dólares. Es una tienda genial, porque no tengo que comprarlas de golpe, puedo hacerlo poco a poco.

—Suena bien —concedió.

Aparcó y se giró para mirarlo, esperando que se diera cuenta de dónde estaban. Dylan observó alrededor, buscando algún otro local, pero el acuario era enorme y habían aparcado justo delante.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó, frunciendo el ceño.

Tuvo el impulso de pasar el dedo por encima para borrarle aquel gesto, pero se contentó con sacar las llaves del contacto.

—He pensado que hoy podíamos hacer algo diferente —explicó, señalando el edificio.

Dylan volvió a mirar el acuario y luego a él. Lo frenó en cuanto intentó protestar.

—Antes de que digas nada, las entradas son gratis. El primo de Mau trabaja en la taquilla, así que no te estoy regalando nada.

—¿Seguro? —quiso confirmar.

—Segurísimo —prometió—. ¿Vamos a ver peces?

Dylan no respondió, pero salió del coche con tanta energía que lo tomó por un sí. La sonrisa que intentó ocultar al cerrar la puerta fue suficiente para saber que había acertado. El primo de Mau lo saludó con un choque de puños y le dio las entradas sin hacer preguntas ni fijarse en su acompañante.

El itinerario estaba pensado para dos horas, pero Dylan se detuvo en cada estanque, observándolo todo con fascinación y leyendo cada cartel con la misma atención que dedicaba a sus apuntes.

En la zona de peces tropicales se inclinó tanto hacia el cristal que casi apoyó la frente en él; después retrocedió de golpe cuando una mantaraya pasó demasiado cerca y se rio de sí mismo.

No había ido nunca a ese acuario, pero sí a otros cuando era niño.

Recordaba haberse divertido corriendo con su padre de un lado a otro, pegándose al cristal para encontrar los peces más raros.

El recuerdo no le dolió de la forma acostumbrada.

Estaba allí, observando a Dylan moverse entre los tanques con la misma emoción, y por una vez pudo pensar en su padre sin que todo acabara convertido en rabia.

Quería darle eso a Dylan; se merecía ser feliz y, al verlo sonriendo mientras seguía a los peces tras el cristal, supo que había elegido el lugar perfecto.

Le hizo algunas fotos sin que se diera cuenta.

En una aparecía de perfil, con la cara iluminada por el azul del estanque y la boca entreabierta mientras miraba un banco de peces pequeños moverse todos a la vez.

Guardó el móvil antes de que Dylan pudiera descubrirlo y lo siguió obedientemente por todo el lugar, sorprendido por lo fácil que era entretenerse viéndolo disfrutar.

—¿Tienes hambre? —le preguntó mientras atravesaban el aparcamiento hasta la camioneta bajo un sol abrasador.

—Podría comer algo —aceptó Dylan, todavía sonriendo mientras revisaba las fotos que había sacado a los peces del acuario.

—Paremos a comer y luego iremos a por las patas —propuso.

Escuchó en un silencio agradable mientras Dylan enumeraba sus peces favoritos y todo lo que más le había gustado del acuario.

Hablaba tan deprisa que tuvo que repetirle el nombre de uno de los animales tres veces, ofendido porque él no lo recordaba.

Cuando aparcó delante del local al que quería llevarlo, Dylan todavía seguía defendiendo que los caballitos de mar eran mucho mejores que los tiburones.