CAPÍTULO 15
rhae
—¡Sí que hay césped! —exclamó, sorprendido.
—Te lo dije —celebró Dylan—. Lo riego por la mañana y por la tarde para que no se seque con el calor. Ven a la parte de atrás, allí hay mucho más por la sombra que dan la casa y la valla.
Lo siguió, sonriendo al ver lo emocionado que estaba. Era verdad; allí la tierra estaba cubierta por un fino manto verde. Todavía había zonas vacías, pero el cambio era suficiente para entender la satisfacción de Dylan.
—Ven a ver esto —lo llamó.
Lo acompañó hasta una esquina de la vivienda, donde crecía un pequeño matojo de hierbas.
—Eso tienes que arrancarlo y plantar más césped —sugirió.
Dylan lo fulminó con la mirada.
—Fíjate bien —le exigió, indicando la mata.
Se agachó sin entender por qué tenía que acercarse a las malas hierbas.
—¿Qué es esto? —murmuró, inclinándose un poco más.
—Tréboles —anunció Dylan, animado, poniéndose a su altura—. Están creciendo; cuando salgan más hojas, sabremos si hay alguno de cuatro.
Se quedó observándolo. Dylan tenía una sonrisa enorme y los ojos brillantes de ilusión, la misma expresión que mostraba cada vez que encontraba algo nuevo en lo que fijarse.
—Y tú quieres un trébol de cuatro hojas, claro.
—Por supuesto, tomaré toda la suerte que pueda conseguir —afirmó Dylan sin perder la alegría—. Si encuentro otro, te lo regalo para que te dé suerte en Alabama.
—Todavía no sé seguro si me voy allí —le recordó.
Dylan se encogió de hombros.
—Te dará suerte de todas formas.
—Si eso existe.
Dylan puso los ojos en blanco, ignorándolo mientras examinaba con más atención los tréboles. Apartó con dos dedos una brizna más larga, procurando no arrancar ninguna de las plantas nuevas.
—¿Para qué llamaste al carpintero? —quiso saber, volviendo a ponerse de pie.
—¿Antes de que le causaras un infarto? —replicó Dylan, alzando una ceja.
—No fue para tanto. Tenía pinta sospechosa —argumentó, cruzándose de brazos.
—Mira quién habla. El pobre desgraciado vino para hacerme un favor. Gracias por espantarlo —soltó con ironía—. Quería saber si podía sellar los marcos de las ventanas; algunos están mal encajados y no aíslan del todo bien.
—¿Y qué te dijo?
—Que se podía hacer sin problema. Me explicó que había una espuma para cerrar los huecos de puertas y ventanas —detalló.
—No vi ninguna separación en los marcos —respondió después de pensarlo.
Dylan le hizo una señal para que lo siguiera y lo llevó al interior, directo a la ventana del salón.
—Son pequeños, pero, cuando hace calor, se nota, y no te digo nada con el frío —aclaró, señalando dónde debía fijarse—. Me enseñó el procedimiento y no parece difícil; solo necesito la espuma y una espátula para dejarlo listo y que quede bien.
Se inclinó hacia la madera. Ahora que sabía dónde mirar, distinguió una abertura estrecha entre el marco y la pared. Dylan se había fijado hasta en eso; cada pocos días encontraba otra cosa que mejorar.
—¿Es muy cara?
—Treinta —informó, contento—. En cuanto libre, la compro; ayudará a estar mejor aquí dentro. ¿Te fijaste en mi nueva adquisición? —añadió, apuntando al techo.
—¿Qué estoy viendo? —planteó, sin notar nada raro.
—Cambié la lámpara —le recriminó, indignado—. Ahora tengo luz amarilla y blanca.
—¿Y cuál es la diferencia? —inquirió, desconcertado.
Dylan fue hasta el interruptor y le hizo una demostración. La luz cálida dejó el salón algo más acogedor; al cambiarla de nuevo, la claridad blanca resaltó las paredes recién pintadas y el suelo brillante.
—¿A que es impresionante? Es de segunda mano, diez pavos —presumió con orgullo.
—Está muy bien —concedió.
Dylan sonrió, satisfecho, y contempló un momento la lámpara antes de volver a centrar su atención en él.
—¿Por qué no hay puertas en tus muebles de la cocina?
—Por tu culpa —declaró, dándose la vuelta—. Me enfadaste y, cuando me enfado, hago cosas. Quité las puertas porque estaban mal encajadas, saqué trastos viejos, hice una limpieza profunda y empecé a lijarlas. Compré tornillos nuevos para colocarlas bien.
—¿Vas a pintarlas? —supuso.
Dylan negó mientras le traía una de las puertas apoyadas contra la pared. El borde estaba lijado y la madera había perdido aquel tono amarillo que tenía antes.
—No, me gusta el color que queda al lijarla. Compré un barniz mate para protegerla y también lijaré los muebles por fuera.
Pasó los dedos por la superficie lisa. Dylan no había hecho un trabajo perfecto, pero sí cuidadoso; había dedicado horas a algo que cualquiera habría tirado a la basura.
—Puedo ayudarte con eso. Estuve en el taller de carpintería de la cárcel.
Buscó su reacción con rapidez. Todavía no estaba acostumbrado a hablar de aquel lugar sin esperar que el gesto de la otra persona se horrorizara.
Dylan lo examinó con curiosidad.
—¿Qué se hace en un taller de esos? —se interesó.
—De todo; aprendes a leer planos y a fabricar muebles —explicó, sin dejar de vigilarlo.
—¿Y qué hacíais con ellos?
—Se llevan a instituciones sociales: albergues, hospitales o comedores sociales.
—¿Sabes hacer muebles? —se interesó Dylan.
—Cosas muy básicas: mesas, sillas y esas cosas, pero simples.
Los ojos de Dylan brillaron de ilusión.
—¡Eso es genial! Odio esta mesa, ¿crees que podríamos hacer una? Nada complicado —se apresuró a añadir para convencerlo—. Un tablón de madera y unas patas. Esta mesa se mueve más que una gelatina y me da miedo poner mucho peso encima.
—Podríamos comprar un tablón de pino sin tratar para que haga juego con el nuevo acabado de tus muebles. Las patas podrían ser de madera o de metal negro.
Dylan pasó la mano por la puerta lijada, sonriendo mientras imaginaba el resultado. La facilidad con la que convertía una idea pequeña en algo que esperar seguía pareciéndole difícil de entender.
—Espera —le pidió antes de salir corriendo.
Lo siguió por el pasillo hasta la que tenía que ser su habitación.
Observó el cuarto con curiosidad; era pequeño, apenas tenía una cama individual con una mesilla, un escritorio y un armario.
Todo estaba limpio, pero los muebles eran antiguos y estaban desvencijados.
La pared era de un azul claro que ya había perdido color y el colchón parecía demasiado estrecho incluso para Dylan.
Aquello no se parecía al salón, donde ya había empezado a dejar su huella.
Allí todavía parecía limitarse a usar lo más básico que tenía.
Dylan fue al escritorio; la silla crujió mientras rebuscaba en el primer cajón. Se sentó en la cama con cuidado, por si cedía bajo su peso, ya que era mucho más pesado que él.
—Puedes revisar mis cajones, yo revisé los tuyos —comentó Dylan con despreocupación.
—¿Encontraré algo interesante? —lo picó.
—No como en tu cuarto —lo previno Dylan.
Abrió el primero: ropa interior. En el segundo había calcetines y, en el tercero, solo una pequeña caja y una carpeta vieja.
—¿Puedo? —consultó, porque no quería ver nada que realmente pudiera molestarlo.
—Claro —aceptó Dylan sin levantar la vista.
—Es una caja vieja, ¿seguro que puedo verla?
Esta vez Dylan se giró.
—Sí, no vas a descubrir nada que no sepas —respondió con tranquilidad.
Cogió la caja y la abrió. Dentro solo había un pequeño cochecito de juguete rojo, destrozado, con una rueda torcida y la pintura saltada en los bordes.
Lo sostuvo en la mano sin entender por qué guardaría algo así.
Había un papel blanco doblado; al acercarlo, pudo distinguir las letras.
Era una entrada de cine para una película infantil.
Debajo encontró una pegatina de Garfield, toda arrugada.
Contempló el contenido sin comprender qué unía aquellas tres cosas y recuperó la carpeta en busca de respuestas.
Había documentos oficiales de servicios sociales y un informe de la policía de cuando lo encontraron.
Pegada al expediente, descubrió la foto de un bebé envuelto en una manta demasiado grande.
Pasó las hojas: un historial escolar y los papeles de acogida.
Todo lo que se podía resumir sobre una infancia ocupaba apenas unos cuantos folios.
Al final encontró tres fotografías más. En una aparecía un puñado de chicos delante de un cine, donde podía verse el cartel de la película de la entrada.
En otra había un grupo de adolescentes frente a un colegio; solo necesitó un segundo para reconocer a un Dylan mucho más joven en la última fila.
Era más delgado, tenía el pelo demasiado largo y no sonreía.
La última estaba tomada en su coche y tenía el mismo aspecto que ahora; incluso reconoció la sudadera que llevaba.
Mostraba unas ojeras profundas y el rostro muy demacrado, pero sonreía a la cámara mientras sostenía un papel.
Alzó la foto para distinguirlo mejor. Era un certificado de liquidación de deuda.
La misma deuda por la que había trabajado desde los dieciséis años.
Debería ser imposible, pero su corazón se le rompió un poco por él. Por el niño y el adolescente sin gesto, sin sonrisa y sin ese brillo en los ojos. ¿Cómo de profundo tuvo que llegar para comportarse como lo hacía ahora? ¿Cuánto había sufrido hasta encontrar algo que lo hiciera luchar?
—Mira, ¿podría ser mi mesa algo así? —preguntó Dylan, esperanzado, sentándose a su lado en la cama sin molestarse porque estuviera viendo sus papeles.
Bajó la vista hacia lo que le enseñaba. Era una hoja de cuadrícula con un recorte de una revista.
Una cocina normal, con una mesa rectangular de madera y acero negro, nada especial.
A un lado del recorte había escrito «Mesa» y una cantidad aproximada de dinero con varios signos de interrogación.
Esperó que añadiera algo más, pero solo se encontró con una expresión expectante.
—Seguro, puedo hacerlo —le aseguró.
Dylan le sonrió con tanta ilusión que parecía que acabara de regalarle algo único.
—Me dieron una carta de barnices, te lo traigo para ver el color —anunció, levantándose de un salto.
Lo vio salir de la habitación y bajó de nuevo la mirada.
La libreta era vieja, casi no tenía hojas, pero estaba llena de recortes pegados y listas de cosas que quería cambiar o comprar.
Había una taza bonita, un sofá azul, un escritorio nuevo, cortinas y un ordenador con varias cantidades apuntadas al lado.
Todo estaba ordenado con una letra pequeña, aprovechando cada espacio del papel.
Sintió que algo cedía dentro de su pecho. Aquellas páginas estaban llenas de cosas pequeñas, insignificantes y normales, que solo apreciaría alguien que nunca las había tenido o que se había visto privado de ellas. Alguien como ellos.
El impulso de protegerlo fue tan intenso que lo tomó realmente por sorpresa.
Se tocó el pecho, desconcertado por la fuerza con la que le latía el corazón.
Dylan estaba haciendo planes para una vida sencilla y él quería que consiguiera cada una de las cosas que había pegado en aquella libreta.
Una mesa, un sofá, unas cortinas; cualquier cosa que consiguiera que dejara de vivir rodeado de los restos de la vida de otra persona.
—Aquí tienes —anunció Dylan al volver, sentándose frente a él en el suelo y mostrándole una página con distintos tonos de madera.
Cogió la libreta y la puso en el suelo junto al muestrario.
—¿Cuál se parece más a la foto? —consultó, levantando la cara hacia él.
No supo qué responder. Se quedó mirándole el rostro, esos ojos verdes tan sinceros y llenos de luz, su sonrisa abierta y el gesto confiado.
No tenían nada en común. ¿Cómo lo había dejado entrar en su vida?
¿Cómo había terminado allí, con sus recuerdos abiertos sobre la cama y Dylan sentado a sus pies, esperando que lo ayudara a elegir el color de una mesa?
—¡Rhae! —lo llamó Dylan, tocándole el hombro.
—¿Qué?
Dylan se rio al verlo.
—Te estoy hablando. ¿Tienes hambre? Puedo prepararte un bocadillo —se ofreció.
—Estoy bien, me despisté un segundo. El cuatro; ese es el que más se parece a la foto, pero no irá bien con los muebles de la cocina. Tendrías que usar el mismo color en los dos para que quede mejor —le aconsejó.
Dylan frunció el ceño, inquieto, y volvió a comparar los tonos del muestrario.
—Pero ya compré el barniz sin color.
—Si tienes el tique y está sin abrir, podemos devolverlo —le recordó.
—Supongo que sí. Lo compré hace tres días, así que aún estamos en plazo. Cobro este miércoles; podríamos aprovechar y comprar la madera. Aunque no tienes que hacerlo ya, solo sería para aprovechar el viaje —aclaró Dylan, algo inseguro por la idea de presionarlo.
—Está bien, no hay problema —aceptó.
Dylan le dedicó otra sonrisa. Le resultaba imposible no notar la facilidad con la que se ilusionaba cada vez que uno de sus planes empezaba a parecer real.
—Y vamos a tener que parar en el banco. No te quiero protestando —le advirtió.
—No es día tres —señaló.
—Lo sé, ya fui ese día, pero estoy haciendo muchas horas y puedo ahorrar un poco más —explicó con orgullo.
—¿Para el ordenador? —supuso.
—No, el dinero del banco es para mi futuro.
—Estoy confuso —reconoció.
Dylan se rio y se puso de pie.
—Soy una persona difícil de entender —afirmó—. Anda, vamos a buscarte algo de comer; tienes mal aspecto.
—¿Lo tengo? —preguntó, sin levantarse todavía de la cama.
Dylan se detuvo delante de él y lo examinó de arriba abajo, sin disimular.
—Sí, estás hecho un asco.
—Por lo menos hoy no me dices que huelo mal —se consoló, siguiéndolo por el pasillo.
—¿No lo hice? Me despisté.