CAPÍTULO 14
rhae
Era estúpido, pero no podía quitarse de la cabeza la expresión herida de Dylan. Pudo haber elegido otras palabras; no estaba bien tratarlo así, no a alguien que claramente ya cargaba con sus propios demonios. Tampoco se sentía bien siendo cruel con alguien que no se lo merecía.
Y luego estaba el otro asunto. Esa frase que tenía atravesada en la mente.
«Estaba dispuesto a escuchar. No tengo intenciones ocultas, ni ningún propósito en tu contra y no te juzgo por las decisiones que tomaste en una situación imposible. Solo quería ser tu amigo, creía que tú me entendías y yo a ti».
No dejó de darle vueltas en toda la noche. Eran prácticamente desconocidos, pero Dylan tenía razón: se entendían. Y eso era un alivio, porque no acababa de comprender por qué siempre terminaba irremediablemente cerca de él.
Los remordimientos volvieron a perseguirlo durante todo el día y no le permitieron concentrarse en nada. Terminó por rendirse, porque no quería que el último recuerdo que Dylan tuviera de él fuera uno tan desagradable.
Pensó en ir a su casa, pero no tenía ni idea de cómo iba a reaccionar, así que optó por algo más seguro. Esta vez se aseguró de coger un producto normal de los estantes antes de buscarlo.
—Esta caja está abierta —le avisó la cajera de al lado.
—Estoy bien aquí —mintió, colocándose detrás de cinco personas.
La mujer que tenía delante lo observó y se cambió a la otra. La pareja que esperaba frente a ella hizo lo mismo.
—Buenos días —lo recibió Dylan, cogiendo sus cereales—. Tenemos las chocolatinas al cincuenta por ciento de descuento y...
Dylan se quedó mirándolo. La sonrisa de atención al cliente desapareció de su cara; tensó la mandíbula y pulsó el botón con más fuerza de la necesaria.
—Son tres con cuarenta y cinco. ¿En efectivo o con tarjeta?
Cogió una chocolatina del estante y la dejó sobre la cinta.
Dylan le dedicó una mirada breve, tomó la chocolatina y la pasó.
—Son...
Cogió otra y la añadió también.
—Será un total de...
Puso una más.
—Por Dios —masculló Dylan.
Colocó otra.
—¿También quieres joderme en el trabajo? —le siseó, enfadado.
—Solo quiero hablar —intentó explicarle, inclinándose sobre la cinta porque había más gente en la cola mientras seguía poniendo cosas.
—Dylan, ¿va todo bien? —quiso saber con preocupación la otra cajera.
—Todo bien, Gloria —resolvió Dylan, pasando la última chocolatina por el lector—. Ya hablamos y salió mal. No quiero repetir, muchas gracias.
—Ayer dije cosas que no...
—¿Puedes terminar? —lo increpó una señora con molestia detrás de él.
—Dijiste lo que querías decir, no importa. Lo tengo claro.
—Venga. No tenemos que acabar mal, podríamos seguir viéndonos hasta que me vaya —propuso.
—No, gracias —zanjó Dylan—. Son veintiocho con sesenta.
—Dylan... —insistió.
—Termina de una vez, no quiere nada contigo —le recriminó la señora.
—Señora, tiene como ochenta años, ¿para qué tiene tanta prisa?
—¡Algunos tenemos cosas importantes que hacer! —chilló ella.
—A su edad, lo único importante que le queda por hacer es morirse. No tenga tanta prisa por reunirse con su creador —le soltó.
Se hizo el silencio. Todos lo estaban contemplando, boquiabiertos y horrorizados. Bajó la vista hacia Dylan; tenía los labios apretados y los ojos brillantes por el esfuerzo de no reírse. Después de días sin saber cómo acercarse a él, al menos todavía conseguía provocarle eso.
—¿Efectivo o tarjeta? —pidió Dylan con una falsa seriedad que no engañaba a nadie.
—Tarjeta —musitó.
Sacó la tarjeta y pagó sin añadir nada. Agarró la bolsa y se fue lo más rápido que pudo. A esas alturas, iba a dejar de comprar por sí mismo; empezaría a pedir por internet.
En cuanto llegó a casa, dejó la bolsa sobre la mesa.
—Coged lo que queráis —anunció en voz alta para que lo oyeran desde la sala.
—¿Compraste patatas? —se interesó Mau.
Cogió una cerveza de la nevera y se fue a su cuarto sin responder.
Se dejó caer sobre la cama y se quedó mirando al techo. Acababa de hacer un ridículo histórico. Le estaba bien empleado por intentar ser buena persona; no podía salir nada bueno de eso. Ya no quedaba nada decente en él.
Aun así, la imagen de Dylan conteniendo la risa volvió a su cabeza y se le escapó una sonrisa breve, tan fuera de lugar que la borró al instante.
dylan
Cogió otra piedra y la lanzó por la ventana. No pasó nada en el interior, así que tiró una más, esta vez con algo más de fuerza.
Rhae levantó la ventana y se asomó, con el pelo revuelto y la cara de quien acababa de despertarse o llevaba demasiado tiempo encerrado en su habitación.
—¿Me estás apedreando? —espetó—. ¿De qué coño vas?
—Tu casa está llena de fumados y, con el éxito de mi última incursión, no iba a volver a entrar por tu ventana. Me quedé sin opciones —admitió.
Rhae se le quedó mirando, con esa expresión apagada tan suya. Al menos, no cerró la ventana en su cara ni fingió que no estaba allí.
—Ponte algo encima y nos vemos en la puerta. Solo será un minuto —le aseguró.
Rhae asintió y desapareció en su cuarto.
Se sentó a esperarlo en la escalera, atento a los ruidos de fiesta del interior.
Se frotó las palmas contra los pantalones, incómodo por haber llegado hasta allí sin saber bien qué iba a decir.
Había pasado toda la tarde convenciéndose de que solo quería dejar las cosas claras, pero tenerlo delante otra vez hacía que esa explicación sonara bastante pobre.
La puerta se abrió a su espalda y unos pies descalzos se detuvieron a su lado. Rhae se sentó dejando bastante espacio entre ellos, suficiente para que lo notara al instante.
—¿Así piensas pasarte las semanas que te quedan aquí? ¿Deseándoles la muerte a ancianas?
—La señora tiene que dejar de meterse en los asuntos privados de la gente —protestó.
—Y tú dejar de portarte como un idiota. Envías mensajes contradictorios; primero dices que no me quieres en tu vida y luego…
—Me expresé mal, no quería decirlo así. No soy bueno hablando con los demás —intentó justificarse Rhae.
—Eso no es verdad. Entendí muy bien lo que querías decir.
—No, Dylan —lo frenó Rhae con cansancio—. Me caes bien. Intentaba advertirte de que no te acercaras demasiado a mí porque no voy a quedarme.
Observó su rostro con atención y vio verdad en lo que decía. Eso no consiguió que doliera menos, pero al menos ya no parecía que quisiera deshacerse de él porque hubiera hecho algo mal.
—Es posible, pero aunque nunca lo admitas, sé que pasó algo cuando fuiste a la condicional. —No quería ser pesado, pero, por más que pensaba en ello, era la única explicación que encontraba.
Rhae suspiró y miró al cielo. Durante unos segundos solo se escuchó la música que escapaba de la casa y el ruido lejano de un coche al pasar al final de la calle.
—¿Sabes cómo conseguí sobrevivir a todo lo que me pasó? —preguntó después de un largo silencio.
—No.
—Confiando únicamente en mí, preocupándome únicamente por mí. No me queda nadie más en el mundo y estoy bien con ello.
—Lo entiendo —reconoció, porque sabía perfectamente lo que era no contar con nadie.
—Tú eres peligroso.
Giró la cabeza, desconcertado.
—¿Yo? No podría contigo en una pelea.
Rhae clavó sus ojos oscuros en él, dejándolo inmóvil. No había burla en su expresión ni una sola señal de que estuviera jugando.
—Haces que me preocupe por ti y no quiero hacerlo. No quiero volver a preocuparme por nadie, no me lo puedo permitir.
El corazón le dio un vuelco tan violento que tuvo que llevarse una mano al pecho para calmarse. Había ido allí preparado para que lo mandara a la mierda, no para escuchar algo que sonaba demasiado parecido a una situación muy distinta.
—No necesito que nadie esté pendiente de mí —contestó, sonando mucho más tranquilo de lo que se sentía.
—No lo puedo evitar. Tú me haces eso. Te pasan cosas, pero encuentras la forma de animarte, de levantarte a pesar de todo, y yo solo puedo pensar en cómo lo haces.
¿Por qué no te agobian los millones de cosas que quieres hacer o comprar?
¿No te cansas de poner siempre buena cara?
Me agoto solo con verte; me pregunto constantemente qué piensas de verdad detrás de esa máscara.
Su risa sonó algo cascada y entrecortada, pero fue sincera. Se miró las manos, incapaz de sostenerle la mirada durante más tiempo.
—No sé qué piensas que ves cuando me miras, pero no soy así todo el tiempo. —Se pasó los dedos por el borde gastado del pantalón—. Me agobio. Me enfado. Me dan ganas de mandar todo a la mierda casi a diario. Solo que, si dejo de intentar arreglar las cosas, no va a venir nadie a hacerlo por mí.
Le costó admitirlo, quizá porque Rhae lo estaba analizando más de lo que le resultaba cómodo. Su alegría no era una mentira, pero tampoco era tan fácil como parecía desde su perspectiva.
—Los dos sabemos que no pongo siempre buena cara. Muchas noches me meto directamente en la cama porque no sé qué hacer y la verdad es que no tengo muchas opciones.
—No lo parece —murmuró Rhae.
—Intento poner buena cara porque tengo que fingir hasta que me lo crea.
¿Qué conseguiría lamentándome todo el día por lo que no tengo o por lo que quiero hacer?
Nada, solo hacerme daño a mí mismo y, tal y como acabas de decir, no hay nadie más.
Tengo que cuidarme. Elijo disfrutar de cada logro, por pequeño que sea, porque lo hice solo; no hubo nadie para alentarme o animarme y, aun así, lo conseguí.
Le había salido todo de golpe, mucho más de lo que pretendía contarle. Se frotó las manos contra los pantalones, arrepentido por sentirse tan expuesto, pero también aliviado por haberlo dicho en voz alta. Nunca hablaba de esas cosas con nadie.
Rhae asintió, todavía mirándolo. No dijo que lo entendía ni intentó menospreciar sus esfuerzos, y agradeció más aquel silencio que cualquier falso consuelo que pudiera darle.
—Tú también eres un superviviente —declaró Rhae muy serio—. De una guerra muy diferente, pero una guerra cruel igualmente. Podría ayudarte con la casa hasta que me vaya, ya sabes, para ir más rápido.
—Solo cuando no tengas nada mejor que hacer; no quiero que te sientas obligado —aceptó, inseguro. No tenía ni idea de en qué punto estaban.
Le gustaba demasiado la idea de volver a tenerlo en casa, arreglando cualquier cosa o burlándose de sus planes, y eso hacía que aceptar resultara más difícil de lo que debería ser.
—No hago nada que no quiero hacer, Dylan. Lo siento —se disculpó, sorprendiéndolo por lo arrepentido que parecía.
—No lo hagas más o te rociaré con mi espray —bromeó—. En serio, no vuelvas a hacerlo. Dime lo que sea, soy mayor puedo encajarlo.
Rhae volvió su atención al cielo. La luz que escapaba por la puerta abierta le alcanzaba solo un lado de la cara, pero pudo ver la forma en que tensó la mandíbula antes de hablar.
—Mi vista es el veinte de septiembre. Me iré ese mismo día —reveló.
¿Tan pronto? La fecha se le quedó atravesada en la garganta. Septiembre sonaba lejano hasta que Rhae acababa de reducirlo a unas pocas semanas.
—¿Ya sabes adónde vas? —quiso saber.
—Todavía no, pero me queda un mes para pensarlo. Probablemente a Alabama —respondió Rhae.
Asintió despacio, intentando tragar el nudo que empezaba a cerrarle la garganta. Habían arreglado la discusión para poner una fecha a la siguiente pérdida de su vida. ¿Era normal sentir tanto apego por alguien que había conocido durante solo unos meses?
—¿Y qué pasa con tus amigos y esta casa?
—La casa es de Carlos, estarán bien. No son mis amigos, somos conocidos útiles.
—¿Y tu trabajo? ¿No es difícil encontrar empleo con antecedentes?
—Es una mierda, pero en Alabama se necesita mucha mano de obra y podrían hacer la vista gorda con el papeleo.
—Esa es bastante información, supongo que lo tenías muy pensado. Cuando te vayas, podremos ser esos viejos amigos de instituto de las películas que se envían una tarjeta en Navidad con las noticias del año. Siempre quise recibir una de esas.
Intentó que sonara a broma, algo ligero que no dejara ver cuánto le desagradaba imaginarlo lejos.
—Existen los teléfonos —le recordó Rhae.
—Ya, pero quiero una tarjeta —replicó, encogiéndose de hombros.
—Compraré la más barata que encuentre y que ponga dentro «Feliz Navidad», para no tener que escribir nada —lo amenazó Rhae.
—Me vale, dedicarás, aunque sean diez segundos a elegir algo para mí cuando estés lejos—aceptó—. Yo haré lo mismo, pero seguro que encuentro algo que contarte.
Se puso de pie y lo miró una última vez.
—Nos vemos por ahí.
A lo mejor aquella era su forma de cerrar las cosas y no volvían a verse mucho. A lo mejor lo de ayudar con la casa solo había sido una manera amable de no acabar tan enfadados.
—Mañana —prometió Rhae—. Algo encontraré que hacer en tu casa. Tengo que supervisar el césped selvático.
Dejó salir una carcajada que le ayudó a aflojar un poco la presión del estómago.
—No te fijaste el otro día, pero mis brotes de césped están creciendo.
—Seguro que sí —concedió Rhae, dedicándole una pequeña sonrisa.
—Buenas noches —se despidió, porque ya no sabía qué más decir sin quedar como un imbécil.
Quería preguntarle más, saber por qué Alabama era mejor opción que Kansas o si había alguna posibilidad de que cambiara de idea, pero no añadió nada. Al menos ya sabía que no se había alejado porque hubiera estropeado las cosas.
Rhae lo miró fijamente un instante antes de asentir.
—Buenas noches.
Cuando se acostó esa noche no estaba contento, ni feliz, ni enfadado, ni triste; solo inquieto.
Había querido respuestas para dejar de darle vueltas a todo, pero ahora tenía una fecha, un estado lejano y la promesa de verlo al día siguiente.
No estaba seguro de que aquello fuera más fácil que quedarse con la duda.