Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

dylan

Estaba furioso. Pasaban los días y la rabia seguía allí, igual de viva.

La primera semana de agosto empezaban oficialmente las vacaciones en el supermercado, por lo que aceptó horas para cubrir turnos y agradeció tener menos tiempo para pensar en lo mucho que le había dolido aquello.

Llegaba a casa con los pies destrozados y la camiseta pegada a la espalda, demasiado cansado para hacer otra cosa que comer algo rápido y caer en la cama.

No aprendía; después de todo lo que había vivido, seguía siendo un idiota.

Sabía que no era para tanto, pero había confiado en Rhae lo suficiente para invitarlo a su casa y a su vida.

¿Era justo que lo apartara así? No había hecho nada malo.

Bueno, sí, al parecer había cruzado alguna especie de línea cuya existencia desconocía.

Aunque, si era sincero, aquel siempre había sido uno de sus problemas al relacionarse con los demás.

No era muy abierto y le costaba entender los límites.

Nunca sabía cuánto podía acercarse antes de molestar, ni en qué momento la otra persona decidía que ya era demasiado.

No importaba; no iba a rogarle a nadie que fuera su amigo.

De hecho, entendía que Rhae no quisiera complicarse las cosas, y él era un lío andante.

No pasaba nada. Una persona más que se iba.

Se le daba bien autoconvencerse de casi cualquier cosa, pero cada vez que tenía que hacer sus ejercicios de matemáticas lo echaba en falta.

Se quedaba mirando los cálculos, recordando la paciencia con la que Rhae le había señalado sus errores y la manera en que se inclinaba sobre las hojas para explicarle cada paso.

Más de una vez acabó dejando el lápiz sobre la mesa y levantándose a por agua solo para no seguir pensando en él.

Fuera de eso, no tenía ninguna importancia.

Su vida estaba demasiado ocupada, con el trabajo, su casa y sus estudios.

Su jardín había empezado a crecer, su casa seguía en reformas y un ordenador para el que todavía necesitaba ahorrar.

No le sobraba tiempo para echar de menos a alguien que había decidido alejarse de una forma tan cruel.

En lo que a él concernía, Rhae podía irse a la mierda.

rhae

—Aparta de en medio, joder. —Apartó al gilipollas de delante de la nevera—. Ya es mediodía, ¿por qué sigue habiendo gente por medio?

—Venga, tío, pírate —lo echó Mau, llevándose el borracho a la puerta—. Y tú, ¿por qué no te fumas un porro y te relajas?

—No quiero relajarme. Estoy haciendo ejercicio y quiero desayunar sin encontrarme a un emporrado mirando fijamente la puerta de la puta nevera.

Carlos levantó la vista de la mesa, donde estaba contando el dinero de la fiesta.

—Baja el tono, tío —intervino.

—Pago mi parte de la casa. Creo que dejar de encontrarme fumados por la mañana es lo mínimo.

—Colega, estás insoportable —refunfuñó Benji.

—¿Y tú por qué coño estás todo el día aquí metido? —lo atacó.

—No lo pagues conmigo. Bébete un chupito y echa un polvo, a ver si se te pasa la mala hostia —le soltó Benji.

Clavó los ojos en Benji y dio un paso hacia él. Tenía los músculos todavía calientes por el ejercicio y demasiada rabia acumulada para soportar otra palabra de cualquiera de ellos.

—¿Qué acabas de decirme? —lo desafió de forma amenazante.

—Eh, Rhae, para ya —le ordenó Carlos—. Y tú cállate, Benji.

Mau abrió la nevera y le pasó la leche.

—Toma, colega. Desayuna a ver si te ayuda un poco.

Se limitó a volver a su cuarto sin coger nada, porque estaba tan enfadado que le habría servido desquitarse con cualquiera y no quería ser ese tío. Ni siquiera tenía hambre ya; solo necesitaba respirar y calmarse un poco.

Abrió del todo la ventana, pero no entró nada de aire. Era agosto y el calor ya resultaba sofocante. La cerró de nuevo, se puso los auriculares y encendió la consola para distraerse y dejar de pensar. Mientras el juego cargaba, puso el aire acondicionado para estar más cómodo.

Consiguió entretenerse media hora, hasta que la necesidad de fumar le hizo regresar junto a la ventana.

Había fumado más en las dos últimas semanas que en todo el mes anterior, pero el tabaco tampoco conseguía tranquilizarlo. Cada cigarrillo le ocupaba las manos unos minutos y, en cuanto se acababa, volvía a estar igual de cabreado que cuando lo encendió.

Cerró otra vez y se tumbó boca arriba en la cama. El cuarto estaba en silencio, pero aquello tampoco servía; sin nadie alrededor, solo volvía a pensar en Dylan y en la expresión de su cara antes de mandarlo a la mierda.

Estaba hasta los cojones de todo.

Salir a correr era normal; en la cárcel se había acostumbrado a hacer ejercicio para poder enfrentar a cualquiera en una pelea y dejar salir la frustración. Lo que resultaba menos común de esa mañana fue ver a un tío intentando entrar en una casa a media tarde.

—Eh, gilipollas. Sal de ese jardín o te hago una cara nueva a hostias.

El hombre se giró asustado. Era un idiota rechoncho con camisa a cuadros y una herramienta en la mano que, en ese momento, no se detuvo a mirar.

—Yo estaba... —intentó explicarse el hombre.

—Tú estás a punto de recibir una puta paliza —lo amenazó, yendo a por él.

Si ese cabrón quería pelea, se la daría con gusto. Agarró al tipo de la camisa y levantó el puño. La rabia que llevaba acumulando durante días encontró por fin algo contra lo que lanzarse.

Dylan salió corriendo de casa, bajó las escaleras de un salto y tiró de su brazo.

—¿Qué coño haces? Para, animal —le exigió.

—Este tío estaba intentando robar en tu casa, estaba forzando tu ventana.

—No, idiota. Es el carpintero, viene a comprobarlas. Suéltalo de una vez —ordenó Dylan.

Aflojó el agarre y dio un paso atrás. El hombre se apartó de inmediato, colocándose la camisa con las manos temblorosas. Entonces vio la herramienta de trabajo que llevaba y sintió que se le hundía el estómago.

—¿Un carpintero? —balbuceó, desconcertado.

—Es un conocido de una de mis compañeras del trabajo, me hizo el favor de venir después de su turno. Lárgate de aquí —escupió Dylan, fulminándolo con la mirada.

Mierda, joder. ¿Podía joderla más?

Esperó al lado de las escaleras mientras escuchaba a Dylan disculparse con el carpintero, que se fue enseguida sin dejar de vigilarlo hasta que estuvo a salvo en el interior de su coche.

Dylan se acercó a él con una cara que no le auguraba nada bueno.

—Creía que te estaba robando —se justificó.

Vio cómo apretaba la mandíbula. Parecía incluso más furioso que cuando lo había encontrado en su habitación.

—Estaba protegiendo tu casa —insistió para hacerle entender lo que pasó.

—Vete a la mierda. Si me roban, que me roben; eso no es asunto tuyo.

—No seas ridículo —bufó, exasperado, ignorando la punzada en el pecho.

—Ridículo eres tú. Haces una pataleta, me mandas a tomar por culo y ¿ahora eres Superman? ¿Te parece que necesito un puto salvador, gilipollas?

Tomó una respiración profunda antes de responder. Todavía tenía la mano cerrada por las ganas de golpear a alguien y tuvo que obligarse a aflojar los dedos uno a uno.

—Yo no digo nada de ti. Creía que era un ladrón; lo habría hecho por cualquiera del barrio.

Los ojos de Dylan ardieron de rabia, pero el daño que había debajo fue peor. No le dedicó ni una puta palabra más; pasó delante de él y cerró la puerta principal de un portazo.

Lo siguió, incapaz de dejar las cosas así de nuevo. La vez anterior lo había visto marcharse y había dejado que lo odiara; esta vez no consiguió quedarse quieto.

—Oye, ya sé que no estuvo bien pasar de ti —empezó, entrando detrás.

Dylan estaba parado en el centro de la sala. Se giró en cuanto escuchó la puerta. Las paredes blancas y el suelo que habían colocado juntos seguían allí, haciendo que estar en aquel lugar resultara todavía más duro.

—Estuvo de puta madre, en tu línea. ¿Y sabes lo peor de todo? Si me hubieras dicho que soy insoportable, lo habría entendido, porque lo soy. Si te hubieras enfadado después de que registrara tus cajones o por aprovecharme de ti con el suelo, lo habría entendido y no te habría molestado más.

—No fue nada de eso y no te aprovechaste de mí, yo me ofrecí —reconoció, sintiéndose fatal. No recordaba la última vez que había sentido remordimientos.

—Algo pasó —sostuvo Dylan sin echarse atrás—.

Pasaste de incordiarme todo el día a desaparecer.

Fue después de la visita a la condicional, porque ese día estuviste aquí y no te pasaba nada.

Llevo pensando en ello todo este tiempo y no lo entiendo.

Te pregunté si querías que fuera contigo para no dejarte solo, dijiste que no y no insistí.

Solo quería ayudarte, no hice nada malo.

Puede que hablara demasiado, aunque en mi defensa tengo que decir que no suelo hacerlo si no estoy cómodo y nunca lo estoy. Quizá fue...

—No te quiero en mi vida —lo cortó de forma abrupta para que no siguiera buscando excusas.

Dylan se quedó inmóvil. La rabia que había mantenido su cuerpo en tensión se deshizo de golpe; los puños se le aflojaron y su boca se abrió apenas un segundo antes de cerrarse de nuevo. Le dolió ver el daño que le hicieron sus palabras. No era justo. Dylan no se merecía eso.

—No se trata de ti —se apresuró a aclarar—. Te lo dije, mi vida es complicada. A finales de septiembre tengo una nueva vista para terminar mi condicional. Voy a irme de la ciudad en cuanto quede del todo libre.

—¿Te vas? —preguntó Dylan en voz baja.

—Sí. No tengo nada aquí, nadie que me ate a esta ciudad. Quiero empezar de cero. Me merezco algo mejor que esto —le confesó con sinceridad.

Dylan negó con la cabeza.

—No necesitas marcharte para conseguir eso —repuso.

—No quiero nada que me recuerde al pasado. Quiero una vida nueva.

Dylan dejó salir una risa amarga. No tenía nada de la burla con la que solía responderle; solo sonó cansada.

—Buena suerte, campeón. Cada vez que te veas al espejo tendrás tu recordatorio. No importa adónde vayas. Lo que pasó, pasó.

—No... —Dylan necesitaba dejar de hablar. Cada palabra iba directa a un lugar en el que llevaba años evitando entrar.

—Fue una injusticia que fueras a la cárcel por eso, que perdieras tu juventud ahí, pero no puedes hacer nada ya. Asume el golpe y sigue adelante, o regodéate en lo que no puede ser y púdrete. Nada de lo que hagas te devolverá a tu padre ni evitará que hayas entrado en la cárcel.

—No hables de mi padre —le advirtió, señalándolo con el dedo—. No creas que me conoces, no tienes ni puta idea de cómo soy ni de lo que pasé en esa época.

El nombre de su padre lo hizo entrar en modo pelea. Todavía sintió en la palma el peso de la barra de hierro, aunque no hubiera nada en su mano.

—Lo siento —se disculpó Dylan con rapidez—.

Tienes razón, no lo sé, pero estaba dispuesto a escuchar.

No tengo intenciones ocultas, ni ningún propósito en tu contra y no te juzgo por las decisiones que tomaste en una situación imposible.

Solo quería ser tu amigo, creía que tú me entendías y yo a ti.

No tenía ni puta idea de qué contestar a eso, pero le dolía el estómago, retorcido por una presión que no conseguía calmar. Dylan no estaba intentando hacerle daño; solo estaba allí, todavía dispuesto a quedarse después de conocerlo mejor.

—Mi tía abuela decía que era estúpido, que me emocionaba por cosas ridículas.

Supongo que eso es lo que pasó aquí. Me emocioné por nada —soltó con amargura, mirándolo fijamente a los ojos.

Por un segundo creyó ver lágrimas en ellos, pero Dylan parpadeó antes de que pudiera asegurarse—.

Vete ya. Al final es bueno que esto pasara, ibas a irte de todas formas y yo estoy harto de ver a todo el mundo marcharse.

Cuanto antes, mejor. Adiós, Rhae. No entiendo que estás buscando, pero ojalá lo encuentres, te lo mereces.

Una parte de él quería quedarse y decir algo, cualquier cosa que borrara el gesto de tristeza de Dylan y consiguiera que volviera a insultarlo sin que le temblara la voz.

La otra, la que había crecido asegurando su supervivencia, lo hizo girar y volver a su casa, dándole de nuevo la espalda al mundo.

Había aprendido a vivir en las sombras, a no ser nada, a no tener a nadie, y estaba bien.

Así eran las cosas desde que cerraron las rejas y tiraron la llave.

Solo se tenía a sí mismo y había hecho de aquella soledad desgarradora su escudo protector.

No podía permitirse otra cosa porque no le quedaba nada más.

Pasó de largo, ignorando la llamada de Carlos, cerró de un portazo, echó la llave y se fue al baño para mirarse en el espejo.

Apoyó las manos en el lavabo y mantuvo la vista fija en su propia cara.

Los ojos le ardían y apretó la mandíbula hasta hacerse daño, negándose a apartar la mirada.

Eso era todo lo que quedaba de él. Su reflejo.