Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

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Se despertó de mal humor; los días en que tenía que ver a su agente de la condicional siempre empezaban mal.

Se vistió prestando atención a los detalles. Eligió una camiseta limpia, comprobó que el vaquero no tuviera ninguna mancha y se pasó agua por el pelo para colocarlo. Necesitaba dar una buena imagen; solo quedaban dos meses, no era nada.

Salió de su habitación y encendió un cigarrillo. Caminó despacio hasta donde había aparcado el coche, haciéndose el remolón. Vio movimiento en el jardín de Dylan y no tardó en reconocerlo regando la tierra, todavía sin césped, se movía con una energía que resultaba ofensiva a esa hora de la mañana.

—¿Por qué estás levantado tan temprano? ¿No trabajaste ayer? —lo saludó Dylan, animado, cuando estuvo a su altura.

—Sí, pero tengo algo que hacer esta mañana —respondió de mala gana.

Dylan se puso en cuclillas para mirar el suelo.

—Ya hay algunos brotes, sobre todo en la parte de atrás. ¿Quieres que te los enseñe? —propuso.

—No tengo tiempo para eso —lo cortó con sequedad.

Dylan lo observó cuidadosamente y frunció el ceño.

—¿Qué te pasa? ¿Te caíste de la cama? —indagó.

—No —masculló, tirando el resto del cigarrillo y cogiendo otro para encenderlo.

El ceño de Dylan se acentuó. No volvió a preguntar, pero tampoco apartó los ojos de él, esperando a que hablara por voluntad propia.

—Tengo cita con mi agente de la condicional —admitió en medio de una calada.

Dylan mantuvo el silencio apenas unos segundos.

—Genial, allí está el supermercado en el que compro. Puedo ir contigo, ahora vengo.

No le dio tiempo ni a rechazarlo; solo pudo verlo correr al interior y salir en un instante con su mochila.

—Me viene bien —anunció, cerrando la puerta—. Así me ahorro la gasolina.

—No puedes venir —se opuso.

—Qué gilipollez. Tú vas allí y yo al edificio de enfrente. ¿Para qué voy a sacar el coche si los dos vamos al mismo sitio? Venga, que no puedes llegar tarde.

Se quedó mirándolo, listo para discutir, pero Dylan pasó delante de él hacia su camioneta.

—No te esfuerces, ya decidí que voy —sentenció.

Esperó con paciencia a que le abriera y se sentó en el asiento del copiloto.

—¿Qué? ¿Hoy no te sientas atrás? ¿Qué pasa con la amenaza del spray de pimienta? —lo provocó.

—Ya superamos eso —declaró Dylan.

La respuesta lo dejó un segundo con la mano sobre la puerta. Hasta ese momento no se había dado cuenta de que Dylan había dejado de tratarlo como un peligro. Ahora estaba a su lado, esperando que arrancara sin una sola duda.

Tiró el cigarrillo y lo aplastó con el pie. Intentó coger otro, pero Dylan le quitó la cajetilla.

—No llegues apestando a tabaco —le recomendó.

—Quiero fumar —gruñó.

—Ya, fuma luego. Concéntrate en conducir —resolvió Dylan, guardando la cajetilla en su mochila.

Puso música mientras conducía en silencio, mentalizándose de que ya le quedaba poco.

Dos meses. Había aguantado años; podía aguantar dos meses más.

Aun así, cada cita le revolvía el estómago con la misma fuerza que la primera, recordándole que su libertad todavía dependía de que otra persona decidiera que estaba portándose bien.

Dylan empezó a hablar a medio camino, haciéndole un resumen de lo que iba a comprar y por qué elegía ese supermercado.

No le importaba una mierda, pero le gustó poder pensar en otra cosa.

Lo escuchó comparar precios de café, ofertas de pasta y una marca de detergente que, al parecer, estafaba a la gente con el tamaño del envase.

Aquella tontería consiguió que dejara de contar mentalmente cada semáforo que faltaba hasta el edificio.

Dejó el coche en el aparcamiento exterior del supermercado.

—¿Quieres que te acompañe? —ofreció Dylan con suavidad cuando no salió del coche.

—No —lo frenó con dureza.

Dylan se quedó inmóvil, con la mano aún apoyada en la mochila. La alegría con la que había hablado durante el trayecto se le apagó en la cara, y se arrepintió del tono antes de poder corregirlo.

—Ese sitio está lleno de gentuza —explicó al ver su expresión.

—También estás tú. Además, sé cuidarme, llevo mi spray y nadie es tan tonto para buscar pelea en la oficina de la condicional —alegó.

—No te quiero allí —reconoció.

Solo pensar en Dylan rodeado de todos esos tipos le revolvía el estómago. No porque creyera que no pudiera defenderse, sino porque no quería que tuviera que hacerlo.

—Vale —aceptó Dylan—. Iré a comprar y me envías un mensaje cuando termines.

—Vale —repitió.

Ninguno de los dos se movió; solo se quedaron mirándose. Dylan ya no parecía molesto, pero seguía observándolo con una atención que le resultaba difícil de soportar y todavía más difícil de rechazar.

—Ya queda poco —murmuró Dylan en voz baja para animarlo.

—Lo sé. Solo estoy cansado, no dormí nada —confesó.

—Dormirás luego. Entra y acaba con esto. Así podremos irnos antes —lo animó Dylan.

Asintió, abrió la puerta y se alejó de la camioneta. Cuanto antes entrara, antes podría volver a encontrarlo allí, esperando con su mochila llena de compras y su forma absurda de conseguir que las cosas dolieran un poco menos.

La cita fue un poco más tranquila que de costumbre y no tardó mucho, pero Dylan ya estaba fuera cuando terminó. Lo encontró apoyado junto a la camioneta, esperando sin hacer preguntas.

Dylan habló durante todo el camino, poniéndolo al día de lo que había conseguido en su compra. Cualquier cosa servía para llenar el silencio y evitar que tuviera que pensar en la oficina que acababa de dejar atrás.

Lo siguió hasta su casa y desayunaron mientras Dylan le pasaba los nuevos ejercicios de matemáticas.

Las hojas estaban ordenadas y llenas de números encerrados en círculos donde no había sabido continuar.

Cuando por fin se fue a dormir, ya era mediodía, pero esta vez el sueño llegó tranquilo y sin pesadillas.

Sabía perfectamente que Dylan lo había acompañado solo porque lo vio nervioso.

No debería tener importancia, porque los dos sabían lo que lo había llevado allí, pero se sentía expuesto.

Dylan había visto lo suficiente para saber que aquellas citas lo removían por dentro y, en vez de apartarse, se había sentado a su lado hasta que pudo respirar con normalidad.

No tenía sentido, pero no podía evitarlo. Llevaba muchos años sin apoyarse en nadie, sin contar con ninguna persona; no podía volver a depender de alguien porque el vacío cuando se iban era desgarrador.

Dejó de aparecer por su casa y de enviarle mensajes.

Los primeros días consiguió convencerse de que era lo mejor, aunque cada vez que pasaba frente a su puerta tenía que obligarse a no mirar si Dylan estaba fuera.

Pensó que estaba siendo sutil, pero, al cuarto día, Dylan le preguntó directamente si lo estaba ignorando.

Miró el mensaje varias veces antes de apagar la pantalla. No respondió tampoco a eso.

El fin de semana era la parte más difícil del trabajo; los imbéciles se emborrachaban y buscaban pelea.

Aquel turno no fue diferente. Tuvo que echar a dos tipos que casi se rompieron una botella en la cabeza y apartar a otro que no entendía que una negativa seguía siendo una negativa, aunque hubiera pagado una copa a la chica.

Llegó a casa después del amanecer y la energía solo le daba para ducharse y dormir.

Ignoró los cuerpos de los borrachos con los que se cruzó al entrar en su casa, apagó la música que aún sonaba y se metió en su cuarto.

Ya fresco después de la ducha, se tumbó boca abajo en la cama y pudo descansar por fin, con la cara hundida en la almohada y los músculos todavía cargados del turno.

—¡Rhae! ¡Rhae! —lo llamó Carlos, golpeando su puerta.

—¡Rhae, levanta! —vociferó Mau.

Se levantó de la cama de mala hostia, se puso un pantalón y abrió de golpe. La luz del pasillo le dio directamente en los ojos y tuvo que entrecerrarlos para verlos bien.

—¿Qué coño os pasa? —bramó, furioso porque lo hubieran despertado.

—El vecino dice que alguien entró en tu cuarto —le informó Carlos, metiéndose en la habitación.

El sueño se le fue de golpe.

—¿Aquí? —inquirió, mirando alrededor.

—Sí, dice que no vio quién era porque ya tenía la cabeza dentro, pero que está seguro de lo que vio. ¿Te falta algo? —quiso saber Carlos.

—¿Quién coño puede querer entrar aquí? Saben lo que les pasará por jodernos —soltó Mau desde la puerta.

Miró alrededor y comprobó que, a simple vista, no faltaba nada de valor. La cama seguía revuelta por haber salido de ella a medias y la ropa estaba donde la había dejado antes de meterse en la ducha. Abrió el mueble de la tele; todos los videojuegos y las consolas estaban dentro.

—No veo que falte nada —respondió—. Llegué temprano, puede que los espantara.

—Quizá sí —valoró Carlos, no muy convencido—. Cierra esa ventana cuando te vayas. ¿Para qué cierras la puerta con llave si dejas la puta ventana abierta?

Miró hacia ella. Estaba abierta lo justo para que entrara aire, igual que siempre, pero de repente dejó de parecer una costumbre inofensiva.

—Prestaremos atención si vemos a alguien demasiado interesado en ti o en tu cuarto —aseguró Mau.

—Volveré a mirar por si falta algo —los despidió.

Cerró la puerta en cuanto se fueron y examinó de nuevo la habitación. Pasó la vista por las mesillas, abrió el armario y revisó los cajones uno por uno. No parecía que hubiera nada fuera de lugar, y eso solo hizo que la sensación de alerta sonara aún más alta en su cabeza.

Fue al baño y levantó la tapa de la cisterna; dentro tenía una bolsa llena de dinero por si tenía que huir. El plástico seguía colocado exactamente igual, seco y bien cerrado. Lo tocó para asegurarse de que los billetes seguían dentro antes de volver a ocultarlo.

Colocó todo en su sitio sin entender nada. Nadie buscaría problemas con ellos. Nadie entraría por una ventana para no llevarse nada. ¿Quién estaba tan loco para meterse allí?

Salió de nuevo a la habitación y observó con cuidado. Algo rojo le llamó la atención junto a la ventana; se acercó y lo cogió en la mano. Un llavero en forma de seta. El mismo que Dylan había abierto con tanta ilusión el día de su cumpleaños.

—¡Puto Dylan! —exclamó, reconociéndolo.

—Que quede claro que no entré a robar —escuchó desde debajo de su cama vacía—. Pero igual no fue mi mejor idea.

Fue hasta allí y metió la mano bajo el somier. Encontró un brazo y tiró de él. Dylan salió arrastrándose con polvo en la camiseta y la cara encendida por haber sido descubierto.

—¿Qué coño estás haciendo? —espetó al verlo aparecer de debajo de la cama.

Él levantó las manos a la altura de su cabeza, todavía tumbado.

—Solo venía a pedirte explicaciones. Cuando me levanté, vi tu camioneta y vine.

Decidí entrar por la ventana para que no pudieras ignorarme.

Luego te vi tan dormido que me dio pena y, cuando empezaron a tocar la puerta, me asusté y me escondí aquí.

Ahora que lo digo en voz alta, sí que parece un poco raro —reconoció, colorado por la vergüenza.

—¿Solo un poco?

—Bueno, si respondieras a los mensajes, no tendría que hacer tonterías —replicó, sentándose en el suelo—. Está bien si no quieres ser mi amigo, nadie quiere, pero no me parece bien que no me lo digas a la cara.

Aquellas dos palabras le hicieron más daño del que debería. «Nadie quiere». Dylan las había soltado enfadado, pero no sonaron a exageración.

Él se puso de pie, enfadado. La vergüenza había desaparecido de su expresión, sustituida por una rabia que apenas conseguía tapar lo mucho que le había dolido.

—¡Échale huevos! Envíame un mensaje y dime que me vaya a la mierda, pero no leas mis mensajes y me ignores. Eso es infantil y cruel.

Le empujó, pero ni se movió del sitio.

—Lo busqué en Google, me estás haciendo ghosting —lo acusó Dylan.

—Ni siquiera sé qué significa eso —objetó.

—Me estás haciendo una bomba de humo. Estábamos bien y, de repente, desapareces sin darme una explicación. No es justo. Entiendo que puedes hacer lo que quieras, pero deberías mirarme a la cara y decírmelo para que no te envíe mensajes como un gilipollas.

Lo miró a los ojos. Estaba herido y tenía motivos para ello. El enfado no conseguía ocultar el brillo húmedo en sus ojos, y eso hizo que se le revolviera el estómago.

—Dylan... —intentó intervenir.

—No, ya está. Fue una idea de mierda. ¿Sabes qué? Por lo menos yo sí que estoy dando la cara. Que te vaya bien.

Dylan salió disparado de su habitación. El llavero seguía en su mano y tuvo que cerrar los dedos alrededor de él antes de ir tras Dylan.

—¿De dónde sale este? —preguntó Mau desde la sala.

Fue detrás de Dylan, haciéndoles una señal a los otros dos para que se quedaran quietos.

—Espera —pidió, agarrándole el brazo.

—No. —Dylan tiró para soltarse y recuperó su llavero con un gesto rápido—. Ya esperé bastante, me queda claro. Pillé el mensaje.

—No hay ningún mensaje —se defendió—. Mira, es lo mejor para los dos. Yo tengo una vida muy complicada y...

—La mía es un campo de algodones —ironizó Dylan con furia.

Se giró al escuchar ruido. Carlos y Mau estaban junto a la entrada, observándolos. La presencia de los dos lo frenó; no podía explicar aquello delante de ellos, ni tampoco sabía cómo hacerlo a solas.

—Te estoy haciendo un favor —insistió, bajando la voz para que no lo escucharan los otros.

—Seguro —aceptó con frialdad. Sus ojos verdes normalmente eran luminosos; ahora parecían vidriosos y sintió asco de sí mismo por ser el causante de eso.

Dylan tragó saliva antes de apartar la mirada, y ese gesto le dejó claro que ya no había nada que pudiera decir sin admitir todo lo que intentaba evitar.

—Que te den —le deseó.

Lo dejó marchar, consciente de que tenían audiencia y de que, siendo sincero, no podía decir nada para arreglar la situación. Lo vio cruzar la calle sin volver la cabeza en su dirección.

Volvió a la casa, ignorando las miradas de los otros dos.

—¿Qué es toda esa mierda? —quiso saber Carlos, siguiéndolo por el pasillo.

—Nada.

—¿Seguro? —presionó él.

—¿Qué podría ser? —rebatió, dándose la vuelta de mal humor.

Carlos lo miró de arriba abajo antes de contestar

—No sé. Tú sabrás, pero algo es —sentenció.

—No hay nada que decir —zanjó, cerrando su puerta de un portazo en su cara.