Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

rhae

Les llevó dos días y varios vídeos poner el suelo para que quedara bien.

Pero mereció la pena, parecía una sala diferente incluso con los viejos muebles.

La tarima aclaraba el salón y conseguía que las paredes blancas parecieran todavía más luminosas.

No había quedado perfecto en todos los bordes, pero Dylan no parecía verle un solo fallo.

Miró a Dylan de reojo. Estaban sentados en la cocina, girados hacia la sala, y no había dejado de sonreír desde que terminaron, a pesar del cansancio.

Tenía polvo en los pantalones y una pequeña marca roja en una de las manos de apretar las tablas para encajarlas, pero observaba el suelo con la cara de alguien que acababa de conseguir mucho más que cambiar una habitación.

Estaba tan animado que no había tardado en contarle cómo había conseguido el suelo a buen precio.

—¿Estás contento? —quiso saber, solo para comprobar si iba a disimular o sería sincero.

—Si te digo la verdad, creo que hacía mucho tiempo que no era tan feliz —confesó Dylan—. Ya sé que no parece mucho, pero es importante.

—Lo entiendo —le aseguró—. ¿Vas a cambiar los muebles?

—En algún momento. De momento, estoy haciendo las cosas más fáciles y baratas. Los muebles requieren ahorrar bastante —reconoció Dylan.

Mientras hablaba, Dylan recorría el salón con la vista, deteniéndose en cada esquina que habían terminado de encajar. No parecía fijarse en el sofá viejo ni en la televisión anticuada; solo en aquello que ya había conseguido transformar. Esa forma de pensar le llevaría a conseguir cualquier cosa.

—¿Qué te gustaría comprar primero? —se interesó—. ¿Una televisión de este siglo? —ironizó, señalando el pequeño y viejo modelo.

—No —negó Dylan con la boca llena—. Un sofá. Es el mueble más importante y el que ocupa más espacio. Quiero un sofá azul y grande, muy cómodo.

—¿Y luego?

Dylan le pegó en el brazo.

—Una tele de cincuenta pulgadas o más. No soy tan bicho raro, quiero una tele.

Dejó salir una carcajada, apartó el plato y se recostó contra el respaldo de la silla. El golpe había sido flojo, casi una respuesta automática, pero la confianza de Dylan al hacerlo le dejó el brazo cálido durante unos segundos.

—Así que ese es tu objetivo, sofá y tele. Creía que en la lista habría un Super Mario gigante.

Dylan puso los ojos en blanco mientras masticaba.

—Quiero una casa cómoda, no un circo. Hablas mucho de mi llavero y entraste en mi casa para robarlo; creo que tienes envidia.

—Me descubriste —admitió, terminándose la cerveza.

—Lo sabía, eres demasiado obvio. —Dylan apartó el plato y también se acomodó contra la silla, dedicándole una sonrisa cansada—. De todas maneras, la sala tendrá que esperar; necesito comprarme un ordenador.

—Los ordenadores son caros —le recordó—. Podrías comprarte uno de segunda mano.

—Lo sé —suspiró—. Pero quiero uno nuevo.

No hace falta que sea caro ni de una marca reconocida, pero sí nuevo y que funcione bien.

Voy a estudiar durante unos años; no quiero estar haciendo reparaciones cada poco tiempo ni tener algo que no me sirva.

En agosto todo el mundo coge vacaciones, así que voy a tener muchas horas extra y puede que consiga algo a buen precio.

La emoción que había mostrado por el cambio del salón se volvió más seria al hablar del ordenador. Sabía lo que significaba para él; no era un capricho, era otra de esas cosas pequeñas con las que Dylan intentaba construirse una vida mejor.

Metió la mano en el bolsillo y sacó un billete de diez dólares. Lo alisó con los dedos antes de dejarlo sobre la mesa, delante de Dylan.

—Toma mi aportación a tu educación. Es una beca especial.

Dylan miró el billete unos segundos y por un instante creyó que había metido la pata, pero luego se rio. Lo cogió con cuidado, y aquel gesto le hizo pensar en el resguardo de un dólar con cincuenta centavos que había visto en la nevera.

—Lo ingresaré en mi cuenta de ahorro —prometió.

—¿Entonces la lista de prioridades es un ordenador, un sofá y una tele? —quiso confirmar.

Dylan volvió a reír.

—Es la punta del iceberg —bromeó—. Tengo una lista gigante, pero está bien. Hay que tener objetivos en la vida.

Sonrió también mientras se miraban. A él nunca se le había dado bien pensar más allá de la semana siguiente. Dylan, en cambio, tenía una casa medio vacía, un billete de diez dólares entre los dedos y una lista de cosas que todavía creía que podía conseguir.

—Voy a irme, tengo que ducharme y descansar un rato antes de ir a trabajar —anunció.

Dylan apoyó la cabeza en la mano, mirándolo con curiosidad.

—¿Dónde trabajas? —quiso saber.

—Ya te lo dije —le recordó.

—Dijiste en una discoteca, no sé dónde trabajas —precisó Dylan con paciencia.

—¿Importa el sitio?

—Soy curioso —le advirtió Dylan—. Te recuerdo que registré tus cajones.

Dejó salir una carcajada al escucharlo.

—Y huiste al ver por primera vez un vibrador —soltó, incapaz de desaprovechar la ocasión.

—No fue por eso, olías mal. Tu hedor no me dejaba respirar.

Asintió, fingiendo que le creía.

—¿A qué huelo ahora? —lo retó.

Dylan se inclinó y tomó una bocanada profunda de aire. Durante un instante lo tuvo demasiado cerca, con la vista bajando hacia su pecho antes de regresar a su cara. Torció el gesto, fingiendo desagrado, pero sus ojos brillaban con diversión.

—Hueles a animal. Dúchate antes de descansar o quedarás inconsciente.

Se rio de nuevo. Era el insulto más tonto del mundo, pero la manera en que Dylan lo decía le hacía gracia.

—¿Estás interesado en adoptar una mascota? —le ofreció, inclinándose un poco hacia delante.

Dylan retrocedió fingiendo que estaba a punto de quemarse, aunque la sonrisa seguía tirándole de la boca.

—Soy alérgico al pelo —replicó.

Le sonrió mientras se levantaba.

—Qué pena —se lamentó.

Se fue silbando, sin decir nada más, echando un vistazo al suelo que habían colocado juntos. Dylan seguía sentado en la cocina, con el billete sobre la mesa y una expresión satisfecha que volvía distinta aquella casa. Por un momento tuvo ganas de quedarse, aunque ya no hubiera nada que arreglar.

dylan

Llamó a la puerta, casi seguro de que, con la música que sonaba dentro, sería imposible que lo escucharan, pero el chaval del otro día le abrió. El ruido escapó hacia la calle en cuanto la puerta se separó del marco.

El chico solo lo miró un segundo antes de gritar.

—Carlos, el tío raro del bosque está aquí.

—No soy raro —refunfuñó mientras esperaba.

—Hada —lo recibió Carlos.

—Calvo. Necesito que me digas dónde trabaja Rhae —le pidió.

Carlos sonrió y empujó al chico para que se fuera, ya que seguía allí parado.

—¿Por qué? —se interesó.

No podía decir que solo tenía curiosidad, así que optó por mentir.

—Me debe pasta —aseguró.

Carlos lo miró sonriendo, sacó un fajo de billetes del bolsillo y empezó a contar.

—¿Cuánto tiene que darte? —preguntó.

—Guarda eso —le exigió, empujando el dinero—. Voy a fingir que no acabas de sacar esa cantidad de tu bolsillo. Solo dime dónde está.

Carlos guardó los billetes, mirándolo. Mau apareció a su lado, le pasó un porro y se apoyó en su hombro.

—Hada —lo saludó.

—Y dale —rezongó—. ¿Tú sabes dónde curra Rhae?

—¿Por qué? ¿Eres poli? —lo interrogó.

—Por favor, esto es un bucle infinito de estupidez. No, no soy poli. Rhae me debe pasta —volvió a mentir.

—Nosotros te lo pagamos. ¿Cuánto es? —se ofreció Mau.

—No, me lo va a pagar él. Si no puede pagar sus deudas, no debería pedir nada —les soltó indignado.

Tuvo que recordarse que no estaba enfadado de verdad. Solo quería verlo en aquel lugar y saber un poco más de él, aunque no pensaba admitirlo delante de esos dos.

—Está en el Crystal —cedió Carlos.

—Genial. —Se dio la vuelta y se fue sin despedirse.

—¿Y ya está? —protestó Carlos mientras se alejaba.

Le hizo un corte de manga y volvió corriendo a casa.

Tuvo que buscar el local por internet porque no le sonaba de nada.

Consiguió aparcar a la primera y, animado, fue directo al cartel rojo parpadeante con el nombre de la discoteca.

La música se escuchaba desde fuera, amortiguada por las paredes, y había un pequeño grupo esperando junto a la entrada.

Rhae estaba en la puerta, con un vaquero negro y una camiseta ajustada del mismo color, con el nombre de la discoteca en el pecho.

Todo en él, desde el pelo peinado hacia atrás hasta las botas, era la viva imagen de un delincuente.

La camiseta se le ajustaba a los hombros y a los brazos de una forma que le hizo tardar más de la cuenta en apartar la vista.

Su compañero tenía el pelo rapado y llevaba la misma ropa, pero tendría alrededor de cuarenta años.

Volvió su atención a Rhae; fue raro mirarlo en aquel sitio, apoyado junto a la entrada y vestido para intimidar a cualquiera.

Sintió un vuelco en el estómago que no tenía ninguna intención de analizar.

Rhae tardó un poco en verlo, pero su compañero ya se había fijado en él.

—No puedes entrar así vestido —le indicó el hombre, señalando la acera—. Desaparece.

—Eso es discriminación —se quejó, indignado.

—Tranquilo, Phil —intervino Rhae—. ¿Me estás siguiendo?

—No —negó con satisfacción—. Tengo mis métodos para saber dónde estás.

Rhae le echó un vistazo desinteresado. La falta de sorpresa en su cara le molestó un poco más de lo razonable; al menos podría haber fingido que no esperaba verlo allí.

—¿Quién fue? ¿Carlos o Mau?

—No sé de qué me hablas —se negó—. Todo esto forma parte de un plan elaborado y no confesaré nada.

—Ya me enteraré —lo amenazó Rhae, aunque una esquina de su boca se levantó apenas un segundo.

—No lo harás. En fin, solo quería ver el sitio, para que supieras que yo también sé dónde trabajas —anunció contento.

Phil se acercó más a Rhae y le preguntó sin disimular.

—¿Me encargo de él?

—No, es inofensivo —lo frenó Rhae.

—¿Pero lo conoces? —presionó su compañero, mirando de uno a otro.

—Apenas —despachó Rhae sin dejar de mirarlo.

—Claro que me conoce. Somos... —Lo observó sin saber qué responder—. Enemigos.

—¿Está bien de la cabeza? —indagó Phil.

—A ratos —diagnosticó Rhae que ahora sonreía con diversión—. ¿Entras y te invito a una cerveza?

—No, gracias. Las discotecas me agobian.

—¿Y para qué vienes a una? —bufó Phil, exasperado.

—Deja de meterte en conversaciones privadas —le espetó, señalándolo con el dedo de manera amenazante.

—Pues no hables en público de tus asuntos —se mofó Phil—. ¿Te salió un acosador?

Dejó salir un sonido indignado.

—No lo es —lo cortó Rhae.

—No lo soy —protestó—. Más quisiera este que yo lo acosara —lo provocó, caminando hasta él.

Rhae le puso la mano en el pecho y lo empujó hacia atrás para alejarlo de la puerta y de su compañero. La palma le ocupó casi todo el centro de la camiseta y el contacto le cortó la siguiente respuesta. Era ridículo que un simple empujón le dejara la piel tan consciente de dónde lo había tocado.

—Calma. Ya sabes dónde trabajo, ¿y ahora qué?

—Ahora nada, me voy. Solo quería conocer el sitio, ya te lo dije, soy curioso —se justificó—. Me voy, puedes seguir quedándote parado en la puerta o hacer eso por lo que sea que te paguen.

—Literalmente ese es mi trabajo. Guardar la puerta y evitar que haya problemas —puntualizó Rhae.

—¿Ese es tu uniforme? —señaló, indicando su conjunto—. Estás mejor sin él.

Rhae alzó una ceja, con un gesto de interrogación en la mirada.

—Quiero decir que la ropa normal te queda mejor. Así pareces un gánster —se corrigió con rapidez. El calor le subió a la cara al darse cuenta de cómo había sonado. No tenía ninguna necesidad de fijarse tanto en la ropa de Rhae ni en lo bien o mal que le quedaba.

—Esa es la idea —resolvió Rhae.

—Supongo —concedió—. Bueno, me voy. Ya cumplí con mi misión.

—Ah, ¿que era una misión? —se picó él.

—Sí, pero no voy a decirte el nombre.

—No quería saberlo —zanjó Rhae.

—Ya, ¿pero a que ahora no puedes dejar de pensar en ello? —Sonrió y se alejó orgulloso.

Se giró para comprobar si lo estaba mirando y, cuando descubrió que seguía con la vista puesta en él, le lanzó un beso.

Se rompió en carcajadas al ver su cara de sorpresa, aunque tuvo que darse la vuelta enseguida para que no notara lo satisfecho que lo había dejado encontrarlo pendiente de cada uno de sus movimientos.

Volvió al coche contento consigo mismo. Había logrado su objetivo, aunque, si se detenía a pensarlo, no tenía muy claro por qué era tan importante saber dónde trabajaba. Todavía notaba en el pecho la presión de la mano de Rhae y eso tampoco ayudaba a encontrar una respuesta sensata.

Se encogió de hombros mientras encendía el coche. No importaba el motivo; había sido divertido y el entretenimiento gratuito no era común.