Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Dejó de reírse al escucharlo y no supo qué decir, porque una oleada de algo nuevo y caliente le subió por el pecho. La sonrisa de Dylan seguía allí, pequeña y avergonzada.

—Sé lo que son, vi a gente recibirlos y lo veo en la tele, no soy tan raro. Solo... nadie me dio nada hasta ahora —confesó con vergüenza, bajando la mirada hacia su pecho.

—Déjame que te enseñe entonces —pidió, bajando la voz—. No se puede devolver, no te enfadas y no tienes que hacer nada. Solo dar las gracias y olvidar el asunto.

Dylan lo miró a los ojos, con ese verde tan luminoso. Tenía las pestañas todavía húmedas y el enfado le había desaparecido de la cara.

—¿Cuándo es tu cumpleaños? —quiso saber Dylan.

—Trece de septiembre —respondió.

—El trece da mala suerte —señaló Dylan.

—Sí, pero ya estoy acostumbrado —concedió.

Se quedaron en silencio, compartiendo el aliento y sin dejar de mirarse. Se había inclinado demasiado sobre él al reírse y ahora era consciente de la cercanía de su cuerpo, del calor que salía de Dylan y de sus muñecas aún atrapadas entre sus dedos.

—Ya puedes soltarme —ordenó Dylan en un susurro.

—¿Seguro?

Dylan asintió y salió de debajo de él con rapidez. Se puso de pie y lo miró muy serio. Se frotó una de las muñecas, pero no se quejó.

—Gracias —dijo con rigidez.

—De nada, feliz cumpleaños atrasado —lo felicitó.

De nuevo, la sonrisa ocupó su cara unos segundos. Dylan asintió y se fue, dejándole una sensación extraña.

—¡Dúchate! —le gritó por el pasillo.

—¡No le pasa nada a mi olor! —le devolvió riendo al escuchar el portazo.

Carlos asomó la cabeza por la puerta entreabierta de su habitación.

—No hueles mal —le aseguró.

Le tiró una almohada a la cabeza y Carlos desapareció, dejándolo solo.

dylan

Llevaba demasiado tiempo sentado en el suelo; le dolía la cara de sonreír mirando sus paredes pintadas de blanco.

Aquello sí era un cambio visible, por fin algo diferente elegido por él.

No podía ser más feliz ni estar más sorprendido por la forma en que lo había conseguido.

Rhae lo había pintado por él y, aunque no tenía experiencia, estaba seguro de que era el mejor regalo de cumpleaños del mundo.

Ahora tenía luz de verdad fuera y un timbre funcional.

Ya no esperaba que nadie le regalara nada; era una locura que su primer regalo viniera de alguien que le había chocado el coche.

Al principio se sorprendió, convencido de que se había equivocado de casa.

Ya era muy tarde, pero, cuando reconoció sus muebles y vio la tarjeta, no pudo contener la emoción.

Luego le vino la vergüenza; no quería que Rhae sintiera pena por él ni que le hiciera ningún favor.

No necesitaba a nadie, podía arreglárselas por sí mismo.

Estaba seguro de que había sido la pena lo que lo llevó a hacer eso.

Solo necesitó mirarlo a los ojos para creer sus palabras: no fue por eso.

Dio un salto, demasiado contento para seguir quieto.

Ahora que tenía pintados el salón, el recibidor y el pasillo, solo quedaban las dos habitaciones y la cocina.

No sabía qué hacer primero; la pintura era barata, pero, si pusiera un suelo laminado de esos que pone uno mismo, el cambio sería gigantesco: una habitación completamente nueva y hecha para él.

Apartó el bote de detergente de debajo del fregadero y metió la mano para sacar una bolsa con dinero.

Quitando su cumpleaños, no había gastado mucho; todavía le quedaban unos días para cobrar, pero podía ajustarse un poco y usar unos ciento cincuenta dólares para su reforma.

Desdobló los billetes sobre la encimera y los contó dos veces antes de volver a guardarlos.

Había soñado muchas veces con eso, así que sabía lo que quería: un suelo de imitación de madera.

Se desanimó al buscar en internet y ver que los metros que necesitaba costaban más de doscientos dólares.

Tendría que esperar a su próximo pago. Cuando ya se iba a rendir, vio una foto de un suelo parecido al que estaba buscando en un mercado de segunda mano. Setenta y cinco dólares.

Envió un mensaje al vendedor preguntando por qué era tan barato mientras pasaba el peso del cuerpo de un pie a otro por los nervios.

El hombre le dijo que los metros del anuncio eran correctos, que se dedicaba a arreglar casas para vender y que aquellas eran las sobras de varias reformas. Le aseguró que todo estaba en perfecto estado, pero que debía ir a recogerlo él mismo porque no realizaba envíos.

Como no terminaba de creérselo, quedó en ir a buscarlo ya y pagarle allí. El hombre aceptó, siempre y cuando se lo llevara en ese momento, porque necesitaba el espacio.

Estaba a cuarenta minutos de casa, así que se hizo un café y salió a buscarlo con su spray de pimienta en el bolsillo, por si era una trampa. No lo era; todo estaba bien y el hombre fue tan amable que incluso lo ayudó a meterlo en el coche.

Tenía que trabajar por la tarde, pero, antes de irse, puso una sábana vieja en el suelo y dejó toda la tarima allí. Solo necesitaba un martillo de goma y podía empezar su obra.

Envió un mensaje a Rhae mientras salía; solo la foto del suelo nuevo.

Rhae:

Veo que la obra de la sala va mejor que tu jardín, quizá deba empezar a ocuparme yo de la tierra.

Puso los ojos en blanco mientras contestaba.

Dylan:

Más quisieras. La próxima vez que vengas a mi casa, ya será de verdad MI CASA.

Rhae:

Consígueme algo de comer y de beber y te ayudo. No es ayuda, me estás pagando con comida.

Frunció el ceño un poco inseguro, pero recordó su rostro cuando le pidió explicaciones.

Dylan:

¿Qué estás dispuesto a hacer por un bocadillo y una cerveza?

Rhae:

Ponme a prueba.

Volvió a reír.

Dylan:

Estoy libre en tres días, avísame si puedes pasarte. No pasa nada si no puedes venir.

Dejó el móvil y se puso al volante, ignorando el pellizco en su pecho.

No era ayuda, era un intercambio. La gente hacía eso todo el tiempo, no había motivo para darle ninguna importancia.