Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

rhae

Antes de su condena, tenía una vida bastante normal, sin lujos, pero no fue una vida horrible hasta que su padre empezó a endeudarse.

Había asistido a muchos cumpleaños de amigos y compañeros del colegio, había celebrado los suyos y los de su padre, pero ninguno se parecía en nada al de Dylan.

En los suyos había gente, regalos y una tarta comprada en el supermercado que diera para todos.

Dylan había colocado un lazo alrededor de un bote de pintura y lo había mirado con más ilusión de la que él recordaba haber sentido nunca por algo suyo. Su capacidad de superación lo tenía, a falta de una palabra mejor, obsesionado.

A veces veía en él tristeza, la entendía y estaba familiarizado con ella.

Otras veces, podía reconocer el cansancio, el hartazgo, también conocía esas sensaciones.

Pero luego estaba aquello que lo tenía desconcertado, esa alegría casi absurda con la que enfrentaba cada día.

No se conformaba con levantarse del suelo si las cosas se ponían mal, se levantaba y buscaba la manera de solventar el problema.

Imprimir sus lecciones y ejercicios para suplir la falta de un ordenador, convertir la frustración en esfuerzo para arreglar su jardín, celebrar con alegría un cumpleaños estando completamente solo.

Quizá eso era lo que más le llamaba la atención de Dylan, que estaba tan solo como él, pero vivía de una manera diferente.

Suponía que tenía envidia; desde que murió su padre, no había sentido prácticamente nada.

Se consumió tanto en la ira, el miedo y el sentimiento de injusticia que no podía apreciar ninguna otra emoción.

Había aprendido a pasar los días sin esperar nada de ellos, y Dylan parecía empeñado en sacar algo bueno hasta del peor.

Recordó su cara al soplar las velas y abrir su llavero de Super Mario; era felicidad genuina y, cuando tuvo que marcharse a trabajar, sintió pena por tener que irse.

Todavía podía verlo levantando el pequeño llavero frente a la luz, sonriendo por un regalo que cualquier otra persona habría considerado ridículo.

También recordó el cuidado con el que había colocado las tartas sobre la mesa y la forma en que le ofreció una hamburguesa, intentando fingir que compartir aquel día no le hacía ilusión.

No había rencor en él, solo la ilusión del niño que todavía vivía en ese adulto tan particular.

Presenciar esa alegría tan limpia era algo nuevo; llevaba años sumido en desidia y hartazgo, y Dylan no se parecía a nada de lo que había conocido desde que salió de la cárcel.

Con él no tenía que medir cada palabra para averiguar cuándo aparecería el rechazo.

Dylan sabía lo peor de él y seguía recibiéndolo con insultos, cortes de manga y una hamburguesa recién hecha.

Tenía que ser el aburrimiento de su propia existencia lo que hizo que le enviara mensajes durante toda la semana para saber cuándo estaría fuera de casa. Eso se dijo, al menos, mientras esperaba una respuesta con el móvil en la mano y una emoción desconocida apretándole el estómago.

Abrir su cerradura no le costó nada; en la cárcel había aprendido muchas cosas, y pudo ponerse manos a la obra en cuanto entró.

Cerró la puerta con cuidado detrás de él y se quedó unos segundos en la sala, mirando el bote de pintura con el lazo todavía colocado al lado de la televisión.

Se sintió un poco imbécil al quitárselo para abrir la tapa, pero lo dejó sobre la mesa en lugar de tirarlo.

Colocó los plásticos que había comprado sobre los muebles de la sala y destapó el bote de pintura. El olor llenó aquella habitación vacía en pocos minutos. Sabía que Dylan tenía un turno largo los fines de semana, así que disponía de ocho horas de jornada y traslados para terminar.

Le llevó menos tiempo del que pensaba y, puesto que todavía quedaba bastante pintura, siguió con el pequeño pasillo y el recibidor. Trabajó deprisa, sin permitir que las gotas se secaran en el suelo ni que quedaran marcas desiguales en las paredes.

Arregló el timbre, que solo estaba mal conectado, y cambió las luces del exterior, comprobando que todo funcionara para que hubiera luz en el porche.

Las bombillas de la entrada iluminó los tablones viejos y la tierra húmeda del jardín.

No sabía cuándo había empezado a importarle que Dylan llegara de noche a un porche bien iluminado, así que prefirió no pensarlo.

Volvió al interior, retiró todos los plásticos y se aseguró de que todo quedara bien.

Miró con satisfacción alrededor. Las paredes blancas no arreglaban la casa, pero hacían que aquella sala pareciera menos triste, más cercana a lo que Dylan había imaginado cuando habló de reformarla.

El bote vacío seguía en el suelo, y por un instante se preguntó si se enfadaría por haberle robado el placer de pintarla él mismo. Aun así, no se arrepintió.

Comprobó la hora; le quedaba una hora para ir a trabajar. Sacó del bolsillo del pantalón la tarjeta que había comprado y la dejó con cuidado sobre la mesita de la sala. Dudó un momento antes de acomodarla mejor, asegurándose de que Dylan la viera en cuanto entrara.

Notó el ataque incluso antes de que sucediera; los años en la cárcel le habían enseñado por las malas que no se podía bajar la guardia.

En cuanto sintió el golpe en la espalda, agarró al intruso y tiró de su brazo, quedando sobre él en un par de segundos. Iba a ponerle el brazo en el cuello para inmovilizarlo, pero su cuerpo se detuvo al ver a Dylan.

Su mente tardó un poco en calmarse y entender lo que pasaba.

Dylan tenía los ojos rojos de haber estado llorando, surcos húmedos en las mejillas y la cara tensa por el enfado; su pecho subía y bajaba por lo rápido que respiraba.

Nunca lo había visto así, sin una burla preparada ni una respuesta afilada que lo protegiera de todo.

—Métete tu caridad por donde te quepa —escupió, intentando empujarlo.

Lo sujetó de las muñecas para asegurarse de que no podía pegarle. Sentía sus pulsaciones aceleradas bajo los dedos y tuvo que hacer un esfuerzo para no aflojar el agarre al instante.

—No lo fue —explicó despacio—. Todo lo compraste tú, era tu pintura y tus cosas. Menos los seis pavos que me gasté en las bombillas. Lo demás es gratis, solo mano de obra. ¿No leíste mi tarjeta?

—Lo hice —replicó Dylan, removiéndose debajo de él—. Pero no necesitaba tu ayuda, te invité porque quería, no estaba buscando una compensación.

Su cara estaba roja y temblaba de frustración.

Cuando pensó en pintar por él, no se detuvo a imaginar lo que Dylan podría interpretar.

Solo había recordado la emoción con la que habló de aquella sala y quiso dejarle algo bueno en su cumpleaños.

Era muy orgulloso y ya se había dado cuenta antes de que le costaba pedir cosas.

No lo culpaba, los dos sabían que nadie daba nada sin esperar algo a cambio.

—Como es la primera vez que celebras tu cumpleaños, a lo mejor no sabes cómo funciona —razonó, obligándose a mantener la calma—. Pero la gente que asiste tiene que darte algo.

—No necesito nada —insistió Dylan sin abandonar su pelea.

—Nadie lo hace. Te lo regalan así, es lo que hace todo el mundo. Y, repito, no te compré nada. Te regalé un vale para pintarte la sala. Es un gesto de agradecimiento por la hamburguesa y las tartas. Ahora estamos en paz.

Eso llamó la atención de Dylan, que se quedó quieto. La tensión de sus brazos cedió un poco bajo sus manos y su respiración pareció calmarse un poco.

—¿Me estabas pagando por la comida? —preguntó despacio.

—Podrías decir que sí, pero, en realidad, es lo que hacen los invitados. Te dan un regalo por asistir a la fiesta. Es lo normal. Vi un llavero de Garfield, pero, como acabas de estrenar el de la seta, me pareció una pérdida de dinero.

Una sombra de sonrisa apareció en su cara. Apenas fue un gesto, pero le quitó parte del peso que se le había instalado en el pecho al verlo llorar.

—Entraste mi casa —le recriminó Dylan.

—Puedo ponerte otra cerradura —ofreció con calma.

—Que podrías volver a abrir —dedujo Dylan con razón.

—Llama a la policía —sugirió.

—No, que te llevan preso.

Los dos se quedaron mirándose. La respuesta le borró cualquier resto de broma. Dylan seguía enfadado, atrapado debajo de él y con las mejillas marcadas por las lágrimas, pero ni aun así dudaba en protegerlo. Algo se le cerró en la garganta al entenderlo.

—¿Cuánto te costaron las bombillas y el timbre? —quiso saber Dylan.

—Seis pavos —aclaró—. El timbre solo estaba mal conectado.

Dylan frunció el ceño, inseguro.

—Si te preocupa que robara algo en tu casa...

—No hay nada de valor que robar —le aseguró Dylan.

—Iba a por el llavero —declaró.

Dylan volvió a sonreír. Esta vez la sonrisa le alcanzó los ojos, todavía rojos, y Rhae sintió que por fin podía volver a respirar con normalidad.

—Lo llevaba conmigo —le recordó.

—No busqué entre tus cosas, solo hice lo que tenía que hacer y me fui —intentó tranquilizarlo.

Dylan le dedicó una mirada escéptica.

—No es por eso.

—Ya sé por qué es, pero quería aclararlo —respondió—. ¿Puedo soltarte sin que intentes pegarme de nuevo?

—No sé —admitió Dylan.

Dejó salir una risa al escucharlo. Le aflojó los dedos alrededor de las muñecas, pero todavía no se atrevió a apartarse del todo.

—No hice nada malo —se defendió.

—Allanamiento de morada —repuso Dylan.

—Denúnciame —lo provocó, apretándole las muñecas contra el colchón.

—Que no —rechazó Dylan, negando con la cabeza—. Para estar igualados, tengo que darte seis dólares. ¿Cuánto costó la tarjeta?

Las carcajadas hicieron que se derrumbara sobre él, apoyando la frente un momento en su pecho, pero siguió sujetándolo. Dylan ya no intentaba quitárselo de encima; aun así, mantenía las manos cerradas en puños bajo las suyas.

—No entiendes el concepto de regalo, ¿verdad? —preguntó, alzando la cabeza para mirarlo a los ojos.

—No —admitió Dylan con una pequeña sonrisa—. ¿Cómo se supone que lo sabría? Nunca recibí ninguno.