Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

dylan

Sabía la edad que tenía; su carnet de identidad decía el día, el mes y el año en que había nacido.

Al criarse en orfanatos del Estado, nunca lo celebró.

Cuando eres pequeño y tu visión del mundo está limitada a cuatro paredes, no puedes extrañar lo que no conoces y nunca has visto.

Pero, con el tiempo, fue al colegio y escuchó hablar de grandes fiestas con comida rica, tartas y muchos regalos.

No se le ocurrió preguntar por qué él no tenía una, porque sabía la respuesta: esas celebraciones eran para las familias, igual que la Navidad, y él no tenía a nadie.

Cuando llegó a casa de su tía abuela, sabía que no debía esperar nada y, aunque no quiso admitirlo, le dolió un poco más descubrir que una parte de él sí había esperado algo diferente.

Dejó de pensar en ello, porque era un deseo absurdo que nunca iba a cumplirse.

Con el paso de los años y las decepciones constantes, entendió que, si quería algo, iba a tener que conseguirlo por sí mismo.

Así que ese año, en el que su vida empezaba a cambiar, tenía que hacer algo especial. Nada de regalos caros, claro; no tenía presupuesto para eso, pero esta vez no tenía que hacer malabares con varios trabajos. Esta vez lo celebraría de verdad.

Buscó en internet ideas durante un par de días, indeciso sobre qué hacer, pero, como no tenía a nadie más con quien compartirlo, pensó que daba igual y que podía hacer lo que quisiera.

Así que hizo un plan: eligió con cuidado una carne especial, un queso cheddar de calidad, verduras frescas, pan de hamburguesa artesanal y unas magdalenas tan grandes que le ocupaban la mano.

Luego malgastó unos cuantos dólares más en un café de marca.

Compró un montón de condimentos para hacer una salsa casera y cerveza de importación.

Fue a una pastelería de la que siempre escuchaba hablar a sus compañeros y encargó tres porciones individuales de tarta de distintos sabores.

Ahora sí, había llegado el momento de celebrar su cumpleaños a lo grande. Decidió adelantar sus regalos de cumpleaños: un bote grande de pintura blanca para pintar su sala de estar y un llavero de la seta roja de Super Mario.

Llevó todas sus compras a casa y se acostó con el estómago lleno de emoción por su gran celebración. No recordaba haber esperado con tantas ganas a que llegara el día siguiente.

Estaba tan nervioso que se despertó muy temprano, pero no quiso quedarse en la cama.

Miró el calendario de sobremesa que tenía sobre la mesilla de noche; era feo y venía de regalo con uno de los cereales que vendía en el supermercado.

Frunció el ceño al verlo. Debería haberse comprado uno más bonito por su cumpleaños, pero ya casi era agosto y quedaban pocos meses para terminar el año; podía ser un buen regalo de Navidad.

Tenía calendario en el móvil, pero no era lo mismo.

Había pasado años sumido en una rutina loca de trabajos y un par de horas de sueño diarias; aquel calendario le ayudaba a ser consciente de que el tiempo avanzaba, aunque él no lo notara.

Sonrió al ver el día 3 marcado con un círculo; ese mes había hecho unas cuantas horas extra e iba a poder ahorrar un poco más de lo planeado.

Se movió animado hasta su escritorio y se sentó en la vieja silla, que chirrió bajo su peso. Tendría que añadirlo a la lista.

Abrió una vieja libreta a la que ya le quedaban pocas páginas y cuya portada estaba medio arrancada. En la primera página había una lista de todo lo que quería hacer o comprar; la había elaborado año tras año y tachaba cada cosa que conseguía, porque cada una era un hito.

Cogió un bolígrafo con el logo del supermercado y escribió «Comprar un calendario bonito», asegurándose de subrayar dos veces la palabra «bonito».

Cerró la libreta y fue a la cocina mientras tarareaba.

Llenó la cafetera de su nuevo café y la puso en marcha antes de salir a regar su césped.

En cuanto terminó, fue hasta su maletero y sacó sus regalos.

Dejó el bote de pintura con un lazo grande al lado de la televisión y el llavero envuelto en un vistoso papel de regalo. Se quedó un momento de pie delante de los dos paquetes, sin importarle que los hubiera comprado él mismo. Por primera vez, había algo esperando para celebrar que existía.

Sonrió tanto que le dolió la cara.

La casa se llenó de un olor delicioso y corrió a ver cómo salía el café. Cogió una taza y frunció el ceño al mirarla; era de una promoción de leche que había sacado del supermercado. Quizá ese también sería un buen regalo de Navidad.

Fue a su habitación a toda velocidad y la añadió a su lista.

Cuando bajó, se sirvió una taza y esperó, dando toquecitos, a que se enfriara un poco.

Le supo a gloria. Dejó salir un gemido de gusto; estaba demasiado bueno.

Cogió del armario una de las magdalenas y la mordió con cuidado, reacio a estropear su café perfecto.

¡Estaba buenísimo! No se molestó en encender la televisión ni en poner música; solo disfrutó de su despertar y su día, mirando por la ventana de la cocina su jardín.

La tierra seguía oscura por el agua y se convenció de que había más verde que el día anterior, aunque probablemente solo fueran sus ganas de verlo crecer.

Cuando terminó de desayunar, fue a ducharse y a vestirse, listo para salir.

Condujo hasta un parque que tenía una gran zona de árboles para aliviar el calor de la época.

Paseó por todo el lugar, fijándose en la gente que lo rodeaba, imaginando por su aspecto qué vidas tendrían.

Cuando se cansó de andar, se tumbó en la hierba y dejó su imaginación volar.

La sombra le cubría la cara y el suelo cálido se notaba bajo su espalda, incluso a través de la camiseta.

Los pensamientos lo fueron ocupando todo y en algún punto dormitó sobre la hierba.

Para cuando despertó, la hora de la comida ya había pasado.

Volvió al coche y fue directo a la pastelería para recoger sus tartas; le dolió un poco pagar el precio, pero se recordó que era un día especial y que merecía ese gasto.

Sujetó la caja con las dos manos al llevarla hasta el coche, evitando inclinarla ni un centímetro.

Cuando llegó, las dejó en la nevera y buscó en internet la receta que pensaba hacer.

Era importante aliñar la carne y preparar las porciones, así que lo hizo lo mejor que pudo siguiendo el vídeo.

Quedó perfecto. Sonrió con orgullo mientras devolvía la bandeja y se metía de lleno en la salsa, que probó con el dedo en cuanto terminó de mezclarlo todo. Era impresionante.

Se sorprendió al escuchar el sonido de su teléfono y fue a comprobar quién podía escribirle.

Rhae:

Ya hay señales de vida.

Miró desconcertado la foto, sin entender la imagen hasta que se dio cuenta de que era su jardín. Era una imagen de una brizna de hierba que probablemente fuera maleza.

Se rio mientras se acercaba a la ventana; Rhae estaba fuera inspeccionando la tierra, agachado junto al borde del terreno.

Salió a verlo en vez de responder.

—Te dije que sabía lo que hacía —presumió desde la escalera.

—Sí, a este paso tardarás diez años en conseguir un césped de verdad, pero, crecer, crece.

No pudo evitar soltar una carcajada al escucharlo.

—Ten más fe en mí —pidió, todavía divertido.

Rhae lo miró extrañado.

—Pareces extrañamente animado —observó.

—Es un buen día —afirmó.

Rhae miró alrededor, buscando algo nuevo que explicara su humor, pero volvió su atención a él cuando no encontró nada.

—¿Y eso por qué?

Iba a responder, pero suponía que alguien como él tampoco le daría importancia a algo tan tonto como un cumpleaños; probablemente tampoco lo celebraría.

—Ni idea, solo es un buen día —insistió.

—Muy bien —aceptó Rhae, extrañado—. ¿Vas de tarde hoy?

—No, estoy de día libre —le comunicó.

—¿No vas a seguir con tu jardín hoy?

—Ya lo regué, ahora no puedo pisarlo. Además, hoy me tomo el día con calma.

Rhae lo miró con sospecha.

—¿Estás enfermo?

—No —negó. Dejó salir un suspiro al ver su gesto desconfiado—. Es mi cumpleaños.

La cara de Rhae pasó a ese gesto en blanco tan suyo.

—Felicidades —respondió sin emoción.

—Sí, no es gran cosa —mintió. Sabía que no lo era para nadie y que no debía sentirse herido por la falta de emoción de Rhae. Aun así, la alegría que llevaba toda la mañana cuidando se le desinfló un poco en el pecho.

Rhae entrecerró sus ojos negros.

—No lo parece —comentó, acercándose al porche—. ¿Te gusta celebrarlo?

—Todavía no lo sé, pero mañana podré contestarte a eso. Te enviaré un mensaje.

Rhae giró la cabeza, parándose un escalón por debajo de él para quedar a la misma altura.

—¿Es tu primera vez? —quiso saber, incrédulo.

El calor le subió a las mejillas al escuchar la pregunta, aunque sabía que no se trataba de lo que su mente había supuesto. Estar a la misma altura tampoco ayudaba; Rhae estaba demasiado cerca y la sorpresa en su cara no le dejaba mirar hacia otro lado.

—Sí, en los orfanatos en los que estuve nunca lo celebré y, por motivos obvios, aquí tampoco. Espera, ¿tú lo celebras?

—Ni de broma —rechazó con asco.

Bajó la cabeza. Claro que no, porque era algo infantil y tonto.

—Pero lo hice hasta que pasó lo que pasó —admitió Rhae.

Levantó la cabeza al escucharlo.

—En la cárcel no...

Rhae negó.

—Lo siento, tenía que haberlo pensado. ¿Y no quisiste celebrarlo al salir libre?

—Tengo la condicional, no tenía ganas de fiesta.

—Ya, perdona —musitó, arrepentido de haber sacado el tema.

—Es lo que hay —zanjó Rhae, encogiéndose de hombros—. Así que, ¿cuál es el plan para tu gran día?

Se animó al escuchar la pregunta. El cambio de tema le dio permiso para volver a aquella emoción que había estado guardando desde que se despertó.

—Estás en él, este es mi plan. Me desperté y tomé un desayuno especial, un café de los buenos y una magdalena que estaba buenísima.

Luego fui a dar un paseo a un parque donde nunca había estado, jugué a imaginar la vida de la gente y dormí en el césped.

Ahora he vuelto y voy a prepararme unas hamburguesas con ingredientes especiales; luego probaré unas tartas de una pastelería del centro y abriré mis regalos —enumeró emocionado.

Se avergonzó en cuanto dejó de hablar, al ver su cara. Todo aquello había sonado mucho más pequeño al contarlo en voz alta. Bajó la vista hacia sus zapatillas, preparado para que Rhae hiciera alguna broma.

—¿Esperas visita? —quiso saber Rhae.

Movió el pie sobre los tablones de la escalera mientras pensaba que decir.

—No —se limitó a contestar, sin querer explicar nada más, pero su boca iba por libre—. No es nada triste, podía haber invitado a gente, pero no quiero.

Rhae asintió.

—Y yo pensando que mi invitación se perdió en el correo. Ya casi podía saborear esa hamburguesa.

—Oh —murmuró con sorpresa—. ¿Quieres probar?

Rhae lo miró y se encogió de hombros.

—Si me das, sí.

Se quedaron mirándose mutuamente. Durante un segundo no supo qué hacer con la satisfacción absurda que le produjo que Rhae quisiera quedarse.

—Supongo que podría darte una —le ofreció—. ¿Tú trabajas hoy?

—Sí, me voy en cuatro horas —respondió.

—¿Estos son tus regalos? —se interesó Rhae al seguirlo al interior.

—Sí —confirmó con satisfacción, yendo a la cocina.

—¿Te regalas pintura blanca? —bromeó Rhae—. ¿No debería ser un regalo solo para ti?

—¿Y qué mejor regalo hay que hacer de esta casa un buen lugar para vivir? Imagínate lo feliz que voy a ser cuando tenga pintada la sala. Será nueva para mí; desde que llegué aquí todo tiene el mismo aspecto. Voy a reformarlo poco a poco ahora que es mío.

Notó el peso de la mirada de Rhae sobre él, pero no quiso devolvérsela. Se concentró en sacar la carne de la nevera y en despegar con cuidado el papel que cubría la bandeja. Hablar de aquella casa como algo suyo todavía le producía una sensación extraña.

—¿Qué es esto envuelto en papel de regalo?

—Un llavero divertido para mí. Así tendré algo que me haga sonreír a diario.

Levantó la cabeza al no recibir respuesta.

Rhae lo miraba desde el marco de la cocina, sonriendo. No era una de sus sonrisas burlonas; era pequeña y tranquila.

—Te parecen cutres, los regalos y mi fiesta...

—Para nada —lo cortó Rhae—. Todo lo contrario, me parece casi un milagro conservar esa emoción. Creo que siento un poco de envidia.

No supo qué responder a eso, así que bajó la cabeza y se concentró en darle la vuelta a las hamburguesas, tratando de ahogar la emoción que de repente le inundaba el pecho.

La espátula le tembló un poco en la mano y tuvo que apretar los dedos alrededor del mango.

Rhae no se rio ni añadió nada, y ese silencio le permitió recuperar el aire sin tener que fingir que no le importaba que él estuviera allí.