CAPÍTULO 8
dylan
Fue a la biblioteca al día siguiente en cuanto salió de trabajar para hacer sus ejercicios de matemáticas, ya que le daba miedo olvidar algo de lo que Rhae le había explicado.
No tenía motivos para preocuparse, porque consiguió contestar todo el bloque de tareas sin problemas.
Luego pasó a historia y literatura, que dominaba bastante.
Su tutor le había dejado un mensaje en la aplicación después de entregar sus últimas tareas de química y matemáticas, dándole temario extra para practicar y recordándole su próxima tutoría presencial. Apuntó todo en su libreta y fue a imprimir más apuntes antes de volver a casa.
Al aparcar el coche, se fijó en que la camioneta de Rhae estaba delante de su casa y decidió ir a contarle cómo le había ido.
Se resignó a golpear con fuerza la puerta y esperar lo que fuera a salir de ahí.
Un chico nuevo con una botella de tequila en la mano le abrió la puerta.
—Aún no estamos abiertos —le dijo, cerrándole la puerta en las narices.
Miró la madera con incredulidad antes de volver a llamar. El tipo le abrió aún más rápido.
—Como no te pires, no te dejaré entrar esta noche. —Intentó volver a cerrar, pero paró la puerta con el pie.
—Ni pagándome me quedo yo en el mismo sitio que tú, gilipollas —le soltó.
El chico agarró con fuerza la botella, dispuesto a lanzársela.
—Atrévete y verás por dónde te la meto —lo amenazó.
—¿Qué coño pasa? —preguntó el calvo que siempre le abría la puerta—. Tú otra vez —dijo al reconocerlo.
—Calvo —lo saludó—. Dile a Rhae que quiero verlo.
—Es Carlos —lo corrigió él, mirándolo—. Dile a Rhae que venga —le ordenó al chico nuevo.
—Que vaya él —protestó el chico—. La puerta de su cuarto está a unos metros.
—Vete tú —le ordenó Carlos.
—¿Quién es? —preguntó el tipo de tez oscura de la otra vez—. Hostia, el hada.
—¿Qué hada? —preguntó desconcertado el nuevo.
—Vete a por Rhae —le ordenó el moreno.
El chico obedeció y volvió todavía con la botella en la mano.
—¿Qué coño quieres, Mau? Te dije que no me molestaras hoy —le preguntó Rhae, saliendo de su habitación con solo un pantalón corto puesto.
—Yo nada, tienes visita del bosque —le dijo Mau, señalándolo.
Rhae giró la cabeza, deteniéndose en el pasillo al verlo.
—¿Qué pasa?
Abrió la boca, pero no dijo nada porque los otros tres seguían allí parados, mirándolo.
—¿Puedes salir fuera? —inquirió, señalando el exterior con la cabeza.
—No puedo ahora, ven —le contestó Rhae, dándose la vuelta y esperando que lo siguiera.
Carlos se cruzó de brazos, lanzándole una mirada burlona.
Se quedó en la puerta, viendo con aprensión el interior de la casa, que todavía estaba lleno de los restos de la fiesta de ayer. Había vasos tirados por el suelo, botellas vacías junto al sofá y un olor agrio que le frenó el primer paso.
—Vamos —lo llamó Rhae desde el pasillo.
—Creo que no, te envío un mensaje luego —anunció, dándose media vuelta.
No consiguió llegar a la calle antes de que Rhae lo hiciera girar y se lo echara al hombro.
—¡¿Qué haces?! —preguntó, agarrándose a sus costados para no terminar en el suelo.
—Quitarte la tontería —le informó Rhae.
—No quiero entrar ahí —le recordó. Intentó darle una patada, pero Rhae lo bajó un poco más para que tuviera que usar su espalda para estabilizarse—. Te digo que no quiero.
—Deja de moverte o terminarás en el suelo —le advirtió Rhae, entrando de nuevo en la casa.
Escuchó cómo se descojonaban desde algún punto detrás de él y se aseguró de hacerles un corte de manga a los tres.
—¿Necesitas ayuda, Rhae? —preguntó Carlos.
—Atrévete, calvo cabrón, acércate a mí y verás —lo amenazó.
—No pareces muy angelical ahora mismo —dijo Mau, apoyándose en el marco de la cocina.
—Porque soy un hada, gilipollas.
—Todo controlado —le aseguró Rhae a Carlos, entrando en su habitación.
Lo tiró sin cuidado directamente sobre su cama y volvió a la puerta para echar la llave.
—¿Tú eres gilipollas? —le preguntó, intentando sentarse.
—¿Por qué estás tan enfadado? —le preguntó Rhae con curiosidad—. Dijiste que no pisarías el suelo y no lo hiciste.
—Conmigo no uses juegos de palabras —lo amenazó, señalándolo con un dedo. Iba a contratacar, pero se fijó en la televisión encendida y la videoconsola. —¿No podías salir a hablar conmigo porque estabas jugando a un juego estúpido?
—No es estúpido —protestó Rhae sin inmutarse. Se sentó en el suelo, apoyado contra los pies de la cama. —Estoy atascado —admitió, poniendo en marcha la consola de nuevo.
Miró con curiosidad la imagen; iba en un coche y había muchas estrellas en la parte de arriba.
—¿Te están persiguiendo? —quiso saber.
Nunca había tenido su propio dinero ni amigos para jugar a videojuegos. Su móvil al principio le dejó probar algunos sencillos, pero con el uso empezó a calentarse y tuvo que olvidarse de ellos.
—Sí, tengo que escapar de la poli —respondió Rhae con la mirada fija en la pantalla.
Se acercó al final de la cama para ver mejor. El colchón se hundió bajo sus rodillas mientras intentaba seguir el movimiento del coche entre las calles del juego.
—Tendrías que estar acostumbrado —comentó.
—No me escapé, me encontraron en la escena del crimen. Me quedé con mi padre —explicó él de manera inexpresiva.
La sonrisa se le borró de la cara al instante.
—Perdona. —Se arrepintió—. Tengo un sentido del humor muy negro y no tengo filtro.
—No me importa —replicó él, encogiéndose de hombros—. ¿De qué querías hablar?
—Ah, cierto. Fui a hacer mis ejercicios. Me dieron todos bien —anunció con orgullo.
No pudo evitar sonreír al decirlo. Después de haber estado a punto de abandonar, ver todos aquellos resultados correctos todavía le dejaba una sensación de felicidad en el pecho.
Rhae asintió y chasqueó la lengua cuando una animación mostró cómo se lo llevaban preso.
—Puta mierda —masculló.
—Deberías trazar una ruta de escape —sugirió, señalando el mapa que se veía en un extremo de la pantalla.
—Es una huida, no se puede planear.
—Estoy seguro de que sí, ¿por qué te darían un mapa si no pudieras usarlo?
—Para saber adónde girar —aclaró Rhae mientras su personaje sacaba a la fuerza a un señor del coche y de nuevo empezaban a perseguirlo.
—Sí, porque eso tiene mucho sentido —ironizó.
—Zapatillas fuera de mi cama —exigió Rhae en vez de responder.
—Ya me voy —refunfuñó, aunque se las quitó de todas formas.
Esta vez la policía lo cogió más rápido aún.
Dejó salir una risita burlona cuando lo escuchó bufar, pero no le dijo nada. Le gustaba demasiado comprobar que Rhae podía perder contra algo, aunque solo fuera un videojuego.
Se fijó mejor en su cuarto. La televisión era bastante grande; estaba apoyada en un mueble de pared sencillo de dos puertas donde estaba la consola y algunos juegos. No había decoración, solo un frasco de colonia y desodorante sobre la cómoda a un lado de la habitación.
Esta vez no había ropa en la silla y la ventana de nuevo estaba abierta.
El armario estaba cerrado y no había nada sobre las mesillas.
El aire que entraba por la ventana rebajaba el olor a colonia y tabaco que parecía haberse quedado en la habitación.
Se acercó a los cajones de la izquierda y los abrió.
En el primero había papeles y unas llaves; fue al segundo, donde solo había calcetines, y en el tercero había dos cargadores.
—¿Qué estás haciendo? —lo interrogó Rhae.
—Miro tus cajones —admitió mientras rodaba en la cama para ir a la otra mesilla.
—¿Y qué esperas encontrar? —preguntó él.
—No sé. Puedes saber mucho de una persona por su mesilla de noche —afirmó, abriendo el último cajón.
Había tapones de oídos, auriculares y tres botellines pequeños de agua.
Abrió el segundo, que estaba lleno de ropa interior, así que lo cerró enseguida.
Fue directo al primero y se quedó congelado. Había dos frascos de lubricante abiertos, una caja de pañuelos, un paquete de toallitas húmedas, una caja abierta de condones normales, otra con estrías también a medio usar y un vibrador de buen tamaño de color rosa y otro azul más pequeño.
Tardó un segundo en entender lo que estaba viendo y otro en desear no haberlo entendido. Giró la cabeza con tanta rapidez que notó un latigazo en el cuello. El calor le subió desde el pecho hasta las orejas antes de que pudiera disimularlo.
—Cierra la boca —se burló Rhae con una sonrisa ladeada.
Tuvo que carraspear tres veces antes de encontrar su voz. No sabía qué era peor, haber abierto aquel cajón o que Rhae pareciera encantado de que lo hubiese hecho.
—¿Por qué tienes vibradores en tu mesilla? —logró decir en un hilo de voz.
—¿Tú no tienes? —soltó Rhae con fingida sorpresa.
—No, soy un hombre, ¿para qué quiero eso? —cuestionó.
—Para disfrutar de las vistas mientras ella entra en calor —contestó él con descaro.
—Tú tienes una, ¿para qué necesitas otras?
Rhae se rio, emitiendo un sonido tan ronco y profundo que sintió un escalofrío por la piel. Aquella risa le llegó demasiado abajo para sentirse cómodo.
—No es lo mismo, me gusta mirar —reconoció sin mostrar ni una sola señal de estar avergonzado—. ¿Qué dicen mis mesillas de mí?
—Que no debería sentarme en tu cama sin un traje de protección de plástico —sentenció.
Rhae soltó una carcajada y volvió la atención a la pantalla.
—No te preocupes, siempre cambio las sábanas después, no me gusta que mi cama huela a otras personas.
—¡Qué asco! —exclamó, acercándose de nuevo a los pies de la cama—. ¿Vas a hacer una ruta ya o también disfrutas de ver cómo te pillan?
Necesitaba volver a mirar la pantalla y fingir que podía concentrarse en algo que no fuera el contenido de aquel cajón o la naturalidad con la que Rhae acababa de hablar de sexo.
—No sé yo, las esposas no parecen tan mala idea —insinuó Rhae, levantando la cabeza para mirarlo.
El fuego se extendió por su cara. Odiaba que aquella voz baja consiguiera ponerlo así por una frase tan estúpida. La imagen le apareció en la cabeza antes de poder evitarlo y eso solo hizo que se pusiera más nervioso.
—¿Tú no tienes vergüenza?
—¿Para qué? ¿Eso se come? —bromeó él.
—Creo que tú comes demasiado —le devolvió, cogiendo sus zapatillas para ponérselas con rapidez.
Fue hasta la puerta y desbloqueó el seguro.
—Y empieza a ponerte ropa, que parece que no te da el dinero para camisetas. Valen un pavo en la tienda a un dólar.
Salió al pasillo, pero volvió a asomarse dentro de la habitación.
—Y dúchate, sigues oliendo fatal. Frótate bien —le ordenó.
La sonrisa que Rhae le dedicó, hizo que se arrepintiera de inmediato de haber añadido la última frase.
Le hizo un corte de manga y se fue por el pasillo. Carlos estaba en la puerta con el chico nuevo; se hizo a un lado para dejarlo pasar.
—¿Ya te vas, hada? —se mofó Carlos.
—Ponte pelo, ¿no sabes que hay injertos? O usa peluca, te brilla mucho la calva y te vas a quemar.
El chaval se ahogó de risa mientras él se iba, todavía sin entender por qué estaba tan alterado. Cruzó la puerta, pero el aire fresco no consiguió quitarle el calor de la cara.