Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

rhae

En los años que llevaba fuera de la cárcel, los días posteriores a su revelación siempre eran incómodos, pero no le pareció raro ni forzado que la siguiente vez que se vieran, mientras se cruzaban en el coche, Dylan lo saludara con uno de sus cortes de manga.

Todo parecía normal o todo lo normal que podía ser cuando se trataba de él.

Por eso, cuando pasó delante de su casa y lo vio sacando maleza, aparcó para poder meterse con él.

—¿Qué haces hoy? ¿Juegas a ser jardinero? —preguntó, acercándose.

Tenía que llevar mucho tiempo allí porque la mayor parte de los hierbajos que cubrían la parte delantera de la casa ya había desaparecido. Dylan tenía la camiseta pegada a la espalda y las manos manchadas de tierra hasta las muñecas.

—Juego a dar patadas en el culo. Ten cuidado, no te pongas a tiro, que solo por ser tú te las doy gratis.

Dejó salir un largo silbido al escucharlo.

—¡Vaya humos! —protestó, aunque en realidad le parecía divertido lo enfadado que estaba.

—Déjame tranquilo, no estoy de humor. Y no quiero pagarlo con nadie, así que limpio —le informó.

—Más que limpiar, eso es ensañamiento —dijo al verlo tirar con fuerza de un matorral pequeño y lanzarlo con ganas a uno de los cuatro sacos que tenía amontonados en el jardín.

—Esto sí es útil, limpiar el jardín —murmuró Dylan.

—Es un trozo de tierra con porquería, no creo que se pueda clasificar como jardín —le señaló.

Dylan le dedicó una mirada exasperada, pero siguió con su labor. Clavó los dedos en la tierra seca alrededor de otro manojo de hierbas y tiró hasta arrancarlo de raíz.

—¿Sabes lo que no es útil? Las matemáticas. Hacen que una persona normal parezca gilipollas.

—Supongo que ellas son las causantes de esto —dedujo, señalando el terreno.

—Es que no lo entiendo, ¿a quién le importan las fórmulas raras? Te sobra con sumar y restar.

—¿Nada de multiplicaciones y divisiones? —le preguntó con diversión, ganándose una mirada desagradable.

—No es gracioso. Da igual, necesito desahogarme y, cuando esté más tranquilo, volveré a intentarlo —le aseguró Dylan.

—¿Y qué tal te va con eso? —inquirió.

—Mal —se quejó Dylan, tirando otro puñado de hierbajos—. Y se me acaba el terreno. ¿Quieres ver lo que hice?

—Veamos —aceptó, siguiéndolo a un lateral de la casa hasta la parte de atrás.

Allí había un patio no muy grande, con el terreno igual de abandonado que el de la entrada, pero ya completamente limpio de malas hierbas. La tierra desnuda estaba removida en varios puntos y junto a la pared había otros dos sacos llenos. Estaba cerrado por una cerca llena de huecos y tablas rotas.

—¿Cuánto tiempo llevas intentando tranquilizarte?

Sus mejillas se pusieron de un vivo color rojizo.

—Un poco —respondió sin explicar más—. Por lo menos, haciendo esto tengo la sensación de que estoy consiguiendo algo.

—¿Qué vas a hacer con este patio y el de la entrada? —quiso saber.

—Voy a plantar césped —le dijo como si fuera obvio—. Y, antes de que me subestimes, ya lo hice más veces. Me encargué de muchos jardines, puedo arreglar esto.

—No iba a decir nada —le aseguró.

—Bien, porque no se aprecian los comentarios —le advirtió.

—Sin comentarios, ya me voy —le prometió—. Suerte con tu desierto; si necesitas que venga a abrirme paso entre la hierba, avísame, puedo conseguir una motosierra.

Notó que algo le golpeaba la espalda y se rio al ver un manojo de hierba y tierra deshaciéndose sobre el suelo.

—Vete a la mierda. Mi jardín será impresionante, ya lo verás.

—O no, la hierba será tan alta que tendrás que enviarme tu localización para llegar a tu puerta —le contestó.

Tuvo que agacharse para esquivar otro proyectil, pero se metió en la camioneta y se fue riéndose.

—Estás loco —murmuró, mirándolo por el retrovisor mientras se alejaba. Dylan seguía allí, con las manos sucias y el gesto torcido, pero ya no parecía tan enfadado.

dylan

No había sido la mejor idea, admitió, tirándose en los escalones de la entrada después de regar toda la tierra.

Lo que empezó siendo algo para mantener la mente tranquila terminó con toda la maleza arrancada, la tierra rastrillada para nivelarla y el césped sembrado por sí mismo.

Tenía los brazos cansados y las manos ásperas por la tierra seca que se le había metido bajo las uñas.

—Tú otra vez no —se quejó al ver que se detenía la camioneta de Rhae—. No tengo energía para pelear contigo.

Rhae salió de la camioneta con una caja y una bolsa.

—¿Cómo va la plantación de Jurassic Park ?

—¿Qué es eso? —preguntó, ignorando su burla.

—Pizza y cerveza. Una ofrenda de paz —le aseguró Rhae, dejando la pizza en lo alto de la escalera y un pack de cerveza tan fría que el agua resbalaba por las paredes de las latas.

—¿Por qué?

—Por si consigues criar dinosaurios en tu selva y los lanzas contra mí —le dijo Rhae, sentándose a su lado.

Abrió la caja y el olor hizo que su estómago sonara. No había comido desde el desayuno y, de repente, estaba demasiado cansado para fingir que no tenía hambre.

—Es probable que eso pase —le aseguró, cogiendo un pedazo sin pedir permiso.

El sabor del queso y el pepperoni le llenó la boca y no pudo evitar dejar salir un sonido de gusto.

—No está mal, ¿eh? —Rhae le abrió una cerveza y se la pasó.

Le dio un trago al líquido frío, que le supo a gloria después de tantas horas tragando polvo y calor.

Comieron en absoluto silencio mientras el sol se ponía tras ellos. La tierra recién mojada oscurecía el terreno frente a la casa y desprendía un olor húmedo que, por primera vez, lo hizo sonreír.

—Es una tontería —admitió, mirando el supuesto jardín—. No creo ni que crezca.

—¿Por qué? —le preguntó Rhae.

—Las semillas eran de oferta, no creo que sean de muy buena calidad y tendría que haber abonado la tierra, pero no pensaba hacer esto ahora, así que no tenía y estaba tan enfadado que no quise salir a comprar.

—Por las matemáticas —resumió Rhae.

—Sí. Me siento un idiota. Hasta que empecé con el graduado no creía que fuera tonto, pero empiezo a dudar de mi capacidad —admitió.

—Bueno... —empezó Rhae.

—No —le advirtió para cortar la burla que sabía que venía.

—Llevas muchos años sin estudiar; es un hábito, igual que cualquier otro. Tienes que desarrollarlo —le dijo Rhae con calma.

—Ya lo sé, pero es que... hay algunas asignaturas en las que soy bueno, de verdad que lo soy. Pero matemáticas y física... esa es una mierda muy distinta.

Rhae se quedó en silencio, terminándose la cerveza.

—No avanzo. Por más que le dedico horas y practico ejercicios, no puedo hacerlos bien. Por eso hice esto, porque al menos esto sí podía empezarlo y terminarlo. —Miró la tierra al decirlo; allí podía ver el resultado de su esfuerzo, no una página llena de números tachados.

Rhae se giró para mirarlo mejor, apoyando el codo en el escalón de arriba.

—Enséñame esos ejercicios —le pidió, tomándolo por sorpresa.

—¿Qué? ¿Eres bueno con las matemáticas? —inquirió esperanzado.

—No soy gran cosa, pero me saqué el graduado y no recuerdo que fuera tan malo. Puedo echarle un vistazo.

Se levantó en un momento y corrió al interior a por sus ejercicios, antes de que Rhae pudiera retirar su ofrecimiento.

Intentó encender la luz del porche; había tres bombillas en el exterior, pero solo funcionaba la de delante de la puerta.

Le pasó las hojas y se sentó a esperar su veredicto, frotándose los restos de tierra de los dedos contra el pantalón.

—¿Sabes por qué está mal? —preguntó esperanzado al verlo mirar al cielo.

—No, estaba pensando en que no fue buena idea tomarme la segunda cerveza —le contestó Rhae.

—Puedo hacer café —ofreció dubitativo.

—Será lo mejor —concedió Rhae—. Entremos.

Recogieron los restos de la cena con rapidez y fueron a la cocina para tener más espacio y poder preparar una cafetera.

—¿Negro o con leche? —le preguntó nervioso, buscando algo que hacer con las manos.

—Negro está bien —le respondió Rhae, distraído.

—No tienes que ayudarme —le dijo Dylan con evidente incomodidad.

—No te estoy ayudando —le contestó Rhae sin expresión—. Evito que salgas en un vídeo perdiendo la cabeza por culpa de las matemáticas. No quiero a la poli en mi calle.

Rhae volvió a lo suyo sin prestarle más atención.

La cafetera pitó, indicándole que el café estaba hecho. Rellenó dos tazas y fue a llevarle la suya.

—Gracias —dijo con esfuerzo.

No estaba acostumbrado a pedir ayuda; en algún momento de su vida lo hizo, pero acabó por dejarlo al darse cuenta de que no recibiría nada. La palabra le salió baja y torpe, como si admitir que necesitaba aquello le dejara algo expuesto.

Rhae ni siquiera le respondió, el asunto parecía no tener la suficiente importancia para que él lo notase. Se sentó a su lado y esperó, muerto de nervios, a que le dijera algo.

Rhae se acabó el café entero antes de hablar.

—La buena noticia es que sé dónde fallas, porque tus cálculos están mal cuando despejas la x.

—¿Y la mala? —inquirió.

—Que no tengo ni idea de cómo terminar el ejercicio. Voy a necesitar ver tu libro o tus apuntes.

Corrió a buscar sus fotocopias al salón y se las pasó con cuidado.

Rhae miró extrañado las hojas subrayadas y llenas de anotaciones.

—¿No tienes libro de texto?

Negó con la cabeza, avergonzado.

—Es que el curso es por internet, porque es educación a distancia, pero no tengo ordenador, así que me estoy apañando —le explicó, hablando rápido para pasar el trago, porque, aunque sabía que no había nada de qué avergonzarse, no podía evitarlo.

Rhae se le quedó mirando, pero asintió.

—Vale —aceptó, sin hacer más preguntas.

Dejó salir el aire, aliviado. Ya tenía demasiada información privada suya; no quería darle más, pero, por alguna razón, no parecía capaz de parar. Al menos, Rhae no lo miró con pena ni hizo ninguna broma; se limitó a aceptar lo que acababa de confesar, sin darle más importancia.

—Vale, veo el error. Ven, siéntate —le ordenó Rhae.

Pensó que apenas era un ofrecimiento vago, pero pasaron hasta la madrugada viendo ejercicios y repitiéndolos hasta que encontraron todos los errores.

Rhae escribía despacio en los márgenes, explicándole cada paso sin perder la paciencia cuando volvía a equivocarse.

Y, aunque acabó con dolor de cabeza y la taza de café fría olvidada sobre la mesa, esa noche pudo irse a la cama con la satisfacción de saber que esa guerra también la había ganado.