Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—Lo peor es la gente y la falta de libertad.

No te das cuenta de lo libre que eres hasta que estás encerrado entre cuatro paredes y meas delante de un puñado de tíos.

La comida es una mierda, las noches están llenas de gritos y te ponen con gente que roba o mata a sangre fría.

Tuve suerte, mi compañero era tranquilo.

Cadena perpetua, ya lo tenía asumido. Se conocía todos los trucos para acortar la condena y pude salir por buen comportamiento.

Me ofrecieron un cambio de estado y la condicional, dije que sí y, a la semana siguiente, estaba en un autobús directo aquí.

Los dos se quedaron mirándose y en sus ojos no vio lástima; vio la comprensión cristalina de alguien que había aprendido a las malas cómo era el mundo y la oscuridad que había en él.

Dylan no intentó decirle que todo había terminado ni que ahora estaba fuera.

Solo se quedó allí, escuchándolo. Suspiró y sonó a alguien que tenía mil años encima en vez de los veintipocos que aparentaba.

—¿Y la ropa de mujer?

Una risotada fría salió de su boca.

—Esa fue una jugarreta del destino. Cuando tenía dieciséis apareció una pariente, a pesar de que me habían dicho toda mi vida que no había nadie. Una tía abuela de mi madre, que aseguró que llevaba buscándome años.

—Era mentira —adivinó por su forma de hablar.

—Por supuesto. Siempre supo dónde estaba, pero no vino a buscarme hasta que estuvo muy enferma y necesitó una máquina de hacer dinero que pagara sus facturas médicas, que no dejaban de crecer y que su seguro no cubría.

En cuanto llegué me lanzó sus cuentas y me dijo que buscara dinero o volviera al orfanato.

Me quitó del instituto y empecé a trabajar.

Dylan seguía mirando al frente, pero había empezado a estrujar entre los dedos un pliegue del pantalón.

—¡Qué hija de puta! ¿Por qué no te fuiste?

—Pensé en huir, pero sé lo que pasa con los chicos de la calle y ella tenía una enfermedad terminal.

No podía pegarme ni hacerme daño. Me quedé, tomé hasta cuatro trabajos y fui pagando como pude las facturas.

Ella murió hace dos años y las deudas se quedaron.

Pero ahora por fin estoy libre y todo lo que tuve que aguantar mereció la pena, porque no había nadie y fui su único heredero.

¿Sin estudios qué probabilidades tenía de conseguir una casa?

El Estado abandona a los chicos como yo al cumplir los dieciocho, no tenía adónde ir; este era el mal menor.

Miró la fachada a sus espaldas. La pintura levantada, las tablas viejas y aquella sala medio vacía, ya no parecían abandono; eran todo lo que Dylan había conseguido.

—Por eso vas a la escuela.

Dylan asintió lentamente, rodeando sus rodillas con los brazos. La vista se le quedó fija en sus propias zapatillas, llenas de polvo del jardín.

—Quiero sacarme el graduado. Estudiar algo que me dé una vida mejor, no hay nadie más. Nadie a quien recurrir cuando las cosas se pongan mal, nadie que venga a salvarme si necesito dinero. Así que tengo que hacerlo bien, la gente como yo no tiene muchas oportunidades.

—No las tenemos, no.

La respuesta le salió antes de pensarlo. Dylan levantó un poco la cabeza, pero no lo miró; solo dejó de mover los dedos sobre la tela de su pantalón.

—No es tan malo —dijo Dylan, intentando suavizar la dureza de su realidad—. Con el tiempo elegí mejor mis trabajos, el supermercado tiene un buen seguro y buenas prestaciones. Es lo mejor a lo que podía aspirar sin graduado.

—¿Y de dónde sacabas el tiempo para tener otros tres trabajos? —preguntó con curiosidad.

—En mis horas libres. Extra de camarero, descargando camiones, comida a domicilio, cortando césped. Cualquier cosa que me diera dinero extra.

Rhae bajó la mirada hacia sus manos. Años de vida resumidos en trabajos que apenas daban para seguir pagando una deuda que nunca había sido suya.

—¿Qué edad tienes? —le preguntó.

—Veinticuatro —le confesó Dylan.

—¿Y llevas pagando deudas desde los dieciséis?

—Recién cumplidos —admitió Dylan con cansancio.

—Ocho años —murmuró con sorpresa—. ¿Qué hiciste para celebrar que terminaste?

Dylan dejó salir una risa que fue mucho más sincera que las demás. Por primera vez desde que se habían sentado, la tensión de sus hombros cedió un poco.

—Nada, me gasté todo lo que me quedaba en el último recibo. Menos...

—Un dólar con cincuenta centavos —adivinó, interrumpiéndolo.

Dylan le envió una mirada de reproche, pero asintió.

—No puedo dejar de pensar en esa cifra. ¿Por qué molestarte en ingresar eso? Un dólar con cincuenta centavos no es nada. No significa nada. ¿Por qué no esperaste a tener más dinero?

Dylan negó con la cabeza, con una sonrisa en la cara.

—Porque llevaba toda la vida esperando. Nunca tuve mi propio dinero; todo lo que ganaba iba para las deudas.

Solo me compré lo básico y necesario para seguir funcionando y, cuando pagué ese último recibo, por fin tenía algo que de verdad era mío.

Un dólar con cincuenta centavos no sirve de nada; para mí es el inicio de mi vida.

No tengo crédito y el banco no me da ni una tarjeta infantil, pero no me importa.

Sé que, con el tiempo y mi esfuerzo, podré tener una vida mejor, y todo empezó ese día, con ese dólar con cincuenta centavos.

Miró al suelo, sorprendido por la seguridad y la fuerza en sus palabras. Dylan había pasado ocho años dejándose la piel por aquella casa y lo contaba sonriendo, orgulloso de un recibo que cualquier otro habría tirado a la basura.

—¿Y por qué sacas su ropa después tanto tiempo?

—Desde que ella murió no pude parar para seguir pagando. Por fin pude dejar la hamburguesería, tener algo de tiempo para estudiar y poner todo en orden. Estoy vaciando sus cosas porque necesito empezar de cero, así que desmonté su cuarto y lo vacié.

—Y por eso parece que alguien robó en tu salón —decidió.

—No se te permite hablar de mi casa. Vives en un tugurio —le recordó Dylan.

—Mi cuarto está bien —se defendió.

—Si no fuera por el olor —lo picó Dylan.

—Huelo bien —insistió.

—Lo que tú digas —aceptó Dylan sin pelear—. Lo siento de nuevo, por buscarte.

—Estamos a la par —aceptó.

—¡Qué noche más deprimente! No tengo ni idea de por qué estamos hablando de esto. Creo que te amargué la fiesta —supuso Dylan.

—No soy muy de celebrar —admitió.

—Mejor, porque con este humor de mierda no vas a celebrar nada.

Dejó salir una risa, asintiendo de acuerdo con él.

—¿De dónde eres? —quiso saber.

—Ni idea de dónde nací, pero me destinaron a un orfanato en Texas y luego aquí. Kansas. ¿Y tú?

—Tennessee hasta que me ofrecieron el traslado aquí. Kansas —terminó, imitándolo.

—¿De qué trabajas?

—Portero de discoteca —contestó, sorprendido por lo poco que le gustaba hablar y lo mucho que estaba contando.

—Tiene sentido con tu aspecto. No parece el mejor lugar para que trabaje un expresidiario.

—Está bastante bien, algún idiota, pero sobre todo listillos. Nada grave y la paga es buena —le aseguró.

—Suerte para ti. ¿Saben que estuviste en la cárcel?

—Por ley estás obligado a decirlo, pero a mi jefe no le importa. Él también cumplió condena.

—El mundo es un pañuelo —murmuró Dylan.

El comentario lo hizo sonreír.

—Por si te hace sentir mejor, pronto terminaré la condicional y seré libre del todo.

—Me es indiferente, no te busqué por eso. Es más, una cuestión de seguridad; la gente está loca y tengo que andar con cuidado. Tienes mi número de teléfono y sabes dónde vivo, y puede o no que estuvieras vendiendo mi riñón.

Dejó salir una risotada al escucharlo.

—Eres un bicho raro, deberías estar asustado, no haciendo bromas macabras —le reprendió.

—Tendré algo averiado aquí arriba —dijo Dylan, tocándose la frente.

—No eres el único —le respondió, buscando su mirada.

Se quedaron enganchados en los ojos del otro. Era un alivio encontrar a alguien que entendiera lo incomprensible sin tener que explicarlo, alguien roto por motivos distintos que no parecía tener intención de salir corriendo.

—Bueno, ahora somos dos.