CAPÍTULO 6
rhae
Dylan:
Borra mi número.
Sonrió mientras leía el mensaje. Llevaba una semana enviándole tres mensajes al día que ponían lo mismo.
Rhae:
No sé quién eres.
Dylan:
Mentiroso. Voy a ir a tu casa y te obligaré a borrarlo.
Rhae:
Ven.
Se mordió el labio esperando una respuesta a la medida de esa lengua rápida.
Dylan:
¿A la casa de los colocados y la basura? Paso, yo no vuelvo a poner un pie ahí.
Rhae:
Tenemos una fiesta esta noche, puedes pasarte y beber algo después del trabajo.
Dylan:
Y arriesgarme a que me quites un riñón. No, gracias. Además, tengo una cita esta noche.
Rhae:
Tráela, vendrá mucha gente, con comida y bebida gratis.
Dylan:
Que seas tan insistente solo demuestra que realmente querías mi riñón, de nuevo no. ¡Borra mi número!
Bloqueó la pantalla y se quedó mirando la nevera hasta arriba de alcohol.
—Será una fiesta cojonuda —le dijo Carlos, dejando una caja de tequila sobre la mesa.
No dijo nada. No solía estar presente durante las fiestas y, cuando llegaba, todos estaban demasiado inconscientes para ser una molestia. Aquella vez coincidía una con su día libre, así que pasaba las horas en su cuarto jugando a videojuegos hasta que todo se calmaba.
Mau entró con más cerveza.
—¿Cuánta gente va a venir hoy? —preguntó.
—Mucha, hay que hacer negocio —le contestó Carlos.
Cobraban por esas fiestas, donde la maría corría libre y a bajo precio, pero, de nuevo, no era asunto suyo mientras no los pillaran. Sabía que era un riesgo, pero conseguir un alquiler cuando eres expresidiario no era fácil.
Carlos era el dueño de la casa. Estuvo un año en la cárcel por tráfico de estupefacientes y, al salir, rediseñó el negocio para no tener problemas.
Mau estuvo en una pandilla que casi desapareció aniquilada por una rival y fue a la cárcel casi dos años. Era primo de Carlos, por lo que se metió en su casa cuando por fin cumplió condena.
En ese barrio los chanchullos no eran raros; la policía hacía la vista gorda mientras no hubiera sangre o llamaran demasiado la atención. Daban el vecindario por perdido.
No ayudó mucho y se quedó en su cuarto hasta que la necesidad de moverse fue demasiado para él. Durante las horas que llevaba jugando a la consola, la casa se había vuelto una locura; la música lo golpeó en cuanto se quitó los cascos.
El pasillo estaba abarrotado de gente hablando a voces para hacerse escuchar. Echó la llave a su habitación y la metió en el bolsillo para asegurarse de que sus cosas estuvieran a salvo. Miró hacia la cocina; la bebida corría como un río, servida por Mau.
En el salón, Carlos, sentado en el sofá, recogía billetes. Le hizo un gesto con la cabeza a Carlos y salió al jardín, agradeciendo el fresco y la falta de decibelios. El aire de fuera le despejó el olor a alcohol y porros que se le había pegado a la garganta.
En la calle había una buena cantidad de coches aparcados, así que tuvo que sortearlos para salir. Necesitaba estirar las piernas y, sin saber muy bien cómo, acabó cerca de la casa de Dylan. Tenía una cita y, aunque no quisiera admitirlo, le picaba la curiosidad por saber cómo sería ella.
Podía ver luz a través de las ventanas; de hecho, había demasiada luz y, al fijarse en la puerta de entrada, vio que no estaba cerrada del todo. Dylan apareció dándole la espalda, cargando con una enorme bolsa de basura.
—¿Así de mal fue la cita? —preguntó en voz alta.
—Joder —murmuró Dylan, dejando caer su paquete al suelo. Se dio la vuelta con la cara pálida del susto. —Eres tú. ¿No estabas en una fiesta?
—Y tú en una cita que acabó fatal —dijo con ironía.
—Ya que estás aquí, ayúdame con esto —le dijo Dylan, señalando el saco.
—No voy a ser tu cómplice —repitió sus palabras, y escuchó el bufido incluso desde la distancia a la que estaban.
Dylan volvió a recoger la enorme bolsa y la arrastró por el porche para dejarla caer por los escalones. Bajó con un horrible pantalón de cuadros blancos y rojos y una camiseta gastada de color blanco.
—Añade ensañamiento a tu declaración —le sugirió Dylan.
La cogió en brazos y la llevó hasta su coche. La dejó en el suelo, abrió el maletero y la metió a presión junto a otra que ya estaba dentro.
Se acercó a él y tocó una de las bolsas. Dylan abrió una para que viera el interior.
—Ropa —declaró—. De mujer muy mayor —añadió al ver los estampados pasados y florales.
—Sí —contestó Dylan de mal humor.
—¿De tu madre? —inquirió.
—No —le respondió con rapidez y de forma cortante—. Es de la mujer que vivía aquí antes.
—Murió —supuso.
Lo miró, pero su cara no tenía ninguna emoción. Solo había apretado un poco más la boca, con la mano todavía sujetando el borde de la bolsa abierta.
—¿Familiar? —presionó, movido por la curiosidad.
—Eso decían los papeles —contestó Dylan poniendo mala cara—. Y la prueba de ADN que hice cuando llegué aquí.
No supo qué decir a eso, así que no dijo nada. Dylan cerró la bolsa con un movimiento brusco y el plástico crujió entre sus dedos.
—Te busqué en internet —le dijo Dylan, tomándolo por sorpresa—. Tu nombre es poco común, no tardé mucho.
Todo su cuerpo se tensó al escucharlo. Los hombros se le endurecieron y tuvo que apretar la mandíbula para no saltar. Debería estar acostumbrado a eso, todo el mundo lo hacía cuando se enteraban de que era expresidiario. Dylan no podía ser distinto.
—Homicidio involuntario —le dijo, aunque no tenía que recordarle algo que ya sabía.
—Dijiste que no era asunto tuyo —le recordó, intentando no sonar tan rabioso como se sentía.
—Lo sé, por eso te lo cuento. Si te sirve, que supongo que no, no vi tu caso. Solo el cargo por el que estuviste preso. Y, por si vale de algo, yo también tengo antecedentes. No fui a la cárcel porque era muy joven y el tío no murió, pero lo habría hecho de haber podido —le dijo Dylan muy serio.
El enfado desapareció con la sorpresa.
—¿Qué pasó? —lo interrogó.
Dylan anduvo hasta las escaleras y se sentó antes de hablar. Dejó los brazos apoyados sobre las rodillas y fijó la vista en el terreno seco del jardín.
—No tengo padres. Bueno, nací por culpa de alguien que decidió abandonarme en una estación de bomberos cuando tenía apenas unas horas de vida.
Esperaron a que la mujer que me trajo al mundo se arrepintiera o la policía recibiera algún aviso, pero nunca pasó y me enviaron a un orfanato.
No era un buen lugar para crecer. Niños desvalidos a merced de adultos, niños que no tienen voz y que no le importan a nadie. Rellena los huecos.
También se sentó en la escalera, pero justo del otro lado para no estar cerca de él. La madera crujió bajo su peso.
—Te atacaron —adivinó.
—Sí, muchas veces. Al principio eran chicos del orfanato; no es muy seguro dejar a niños pequeños con los grandes, pero pude defenderme de ellos y mantenerme a salvo.
Hasta que no pude. Un monitor voluntario intentó abusar de mí cuando tenía diez años.
Lo empujé y se dio un golpe contra una mesa; había un montón de sangre, pero no pedí ayuda.
Me quedé esperando a que muriera. Por desgracia, el ruido de la pelea alertó a una de las cuidadoras.
Dylan lo contó sin temblarle la voz, pero sus dedos se habían cerrado con fuerza alrededor de la tela del pantalón.
—¿Fuiste a juicio? —inquirió.
—Sí, a un juez de menores. Pero salí libre por mi edad y porque fue en defensa propia.
Además de que, por desgracia, ese cabrón no murió.
Lo único bueno es que mi ataque destapó algunas víctimas más en otros centros y él fue a la cárcel.
Cuatro años de mierda por arruinar la vida de un puñado de críos.
No me pareció bien, sigo sin verlo justo.
Por eso te busqué, quería saber por qué fuiste acusado —le explicó Dylan con voz dura.
Durante un momento solo oyó el roce del viento entre las hierbas secas. Nunca había contado aquello sin que al otro lado aparecieran preguntas morbosas, miedo o una excusa para alejarse.
—Maté a un cobrador de deudas —confesó sin inmutarse—.
Mi padre debía mucho, le gustaba apostar y el tipo que vino a pedirle el dinero venía borracho.
Se volvió loco cuando intentó defenderse.
Le abrió la cabeza a mi padre con una barra de hierro y siguió dándole patadas, aunque ya no se movía.
Cuando estaba distraído, cogí la barra y le di en la cabeza para quitárselo de encima. Murió y yo fui a la cárcel.
—¿Y tu padre? —le preguntó Dylan.
—Muerte cerebral. No teníamos familia y lo desconectaron mientras yo esperaba mi juicio. Me juzgaron como mayor de edad porque tenía dieciséis años; primero, un centro de menores y, luego, la cárcel. Solo quería que parara y le di un único golpe, pero no le importó a nadie.
Dylan mantuvo la vista fija en el suelo, con los brazos apoyados sobre las rodillas. No lo miró con pena ni se apartó; se quedó allí, recibiendo cada palabra sin intentar limpiarla con alguna frase inútil.
—Tendrían que haberte dejado despedirte, eras un niño —le dijo Dylan.
La frase le apretó el pecho con más fuerza que cualquier pregunta. Nadie se había detenido nunca en esa parte. En lo asustado que estaba por primera vez sin su padre y sin saber que había sido de él.
—Hasta que llegó mi juicio ni siquiera supe que estaba muerto. No pude visitar su tumba hasta que salí.
—Te acortaron la condena —supuso Dylan.
—Sí, hice todo lo que se puede hacer allí para que pasara el tiempo. Graduado, talleres de oficios. Lo que fuera para estar fuera de la celda.
—¿Cómo es estar en la cárcel? —le preguntó Dylan en voz baja.