Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

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Un dólar con cincuenta centavos. Habían pasado tres semanas y no conseguía quitarse de la cabeza la cifra. Sentía un tirón hacia ella, convencido de que esa nimia cantidad realmente significaba algo.

Odiaba tener ideas en la cabeza; le gustaba vivir tranquilo, tener pocos problemas y las cosas claras. Cada día, al volver del trabajo, no podía evitar echar un vistazo a la casa de Dylan. Nunca lo vio fuera, pero sí que alcanzó a ver algunas veces su coche aparcado.

No quería ceder a buscarlo porque cada vez que la idea se le aparecía en la cabeza no dejaba de decirse que era ridículo.

No tenía ningún sentido, pero no podía dejarlo estar, y así terminó en ese supermercado en el que nunca había entrado después de comprobar que su coche estaba en el aparcamiento para trabajadores.

Paseó por los estantes del gigantesco lugar mirando hacia las cajas; necesitó dar tres vueltas hasta que vio a Dylan ponerse al frente de una. Agarró lo primero que tenía a mano y fue hasta él.

—Buenos días —lo saludó Dylan con una sonrisa radiante que decayó en cuanto le vio la cara—. ¿Qué haces tú aquí?

—Este es un establecimiento público —le recordó.

—Sí, eso dice el cartel de la puerta. Tengo que acordarme de quitarlo —comentó Dylan—. Son diez pavos, por cierto. ¿No estás siendo muy generoso contigo mismo?

—¿Qué? —le preguntó sin saber a qué se refería.

Dylan señaló la cinta, donde había dejado su artículo: una caja de condones tamaño XL.

No era capaz de recordar la última vez que se puso colorado, pero el calor que le subió por las mejillas tenía que significar eso. De todas las putas cosas que podía haber cogido, había elegido esa.

—¿Quieres bolsa? —quiso saber Dylan.

—Sí—murmuró, apresurándose a sacar la cartera para pagar.

Dylan sacó una bolsa y metió dentro la caja.

—Diez dólares. Recuerda que, si no se ajusta bien y te queda grande, podría quedarse dentro de ella. Eso sería peligroso —le aconsejó, cogiendo su billete.

—No me quedará grande —dijo, mirando alrededor por si alguien estaba presenciando algo de eso. No había nadie, porque a veces la vida aún le daba tregua.

—Lo que tú digas, campeón. Gracias por tu compra. No vuelvas más —le ordenó, pasándole la bolsa.

—No volveré con este trato de mierda —le advirtió, intentando recuperar la dignidad.

—No admitimos devoluciones en condones cuando te equivocas de talla —le informó Dylan en voz alta, haciendo que varias mujeres lo miraran.

Lo fulminó con la mirada, pero él parecía esforzarse por no reírse mientras lo veía huir.

Se metió dentro de su camioneta casi a la carrera. Tiró la bolsa en el asiento trasero y se llevó la mano a la frente, incapaz de creerse lo que acababa de pasar.

¿Se podía hacer más el ridículo en menos tiempo?

Por suerte no tenían que volver a verse, porque desde luego su curiosidad estaría apagada por una buena temporada.

—Tío, el hada del bosque pregunta por ti. Dice que no quiere entrar —le anunció Mau, asomándose a la puerta del patio donde hacía pesas.

—¿Hada del bosque?

Mau se encogió de hombros y volvió dentro.

Se quedó un segundo esperando, pero decidió ir a ver por seguridad.

—Tenéis que dejar de fumar tanta mierda —les dijo a Mau y Carlos mientras iba directo a la puerta.

Ninguno de los dos dio señales de escuchar.

Abrió y se quedó paralizado al encontrarse con Dylan. Habían pasado tres días desde su humillante encuentro y no podía ni imaginar qué lo llevaba a su casa.

—¿Qué tal los condones? —le preguntó Dylan con sorna.

—De lujo, ya no me quedan. Los gasté todos en una noche —mintió, viendo cómo le brillaban los ojos con burla.

Se recostó en el marco de la puerta, cruzando los brazos para dejar que sus músculos se marcaran aprovechando que no llevaba camiseta.

La mirada de Dylan bajó un instante por su pecho antes de regresar a su cara, y esa mínima reacción le compensó un poco la vergüenza del supermercado.

—¡Qué potencia! —le contestó Dylan de forma condescendiente—. En fin, será mejor que me vaya, no vaya a ser que toda esa aura de macho se me pegue. No estoy preparado para tanta virilidad. Por cierto, dúchate, hueles mal.

Casi se cayó de la puerta al escucharlo. Antes de que pudiera protestar, él ya estaba hablando de nuevo.

—Necesito el número de tu mecánico —lo cortó Dylan.

—¿Por qué? —preguntó sorprendido—. ¿Le pasó algo a tu coche?

—No, no. Mi coche está bien, mejor que nunca. Es que una compañera tiene que pasar la revisión y hacer algunas reparaciones. Le recomendé a tu amigo, pero no recuerdo la dirección ni tengo un número.

Se quedaron mirándose sin decir nada. No era una excusa para volver a verlo; Dylan necesitaba algo y había ido a pedírselo.

—¿Quieres el número de Sam? —inquirió para asegurarse.

—Sí —le contestó Dylan—. ¿Me lo das o no?

—No lo tengo aquí —le respondió despacio.

—Me imagino que esa imitación de pantalones de licra no tiene bolsillos, pero supongo que tendrás tu móvil.

—Estaba haciendo pesas —se justificó por su aspecto, aunque no tenía por qué; odiaba sudar en las camisetas. Prefería ejercitarse e ir directo a la ducha.

—Me lo imagino por el olor y la riada de sudor en tu pecho.

—Es sudor fresco, me ducho varias veces al día.

—Por mí, como si está empadronado en tu cuerpo desde hace un año. ¿Puedes ir a por tu móvil antes de que me desmaye?

—Qué delicadito eres —musitó.

—Soy sensible a los olores, perdóname por no apreciar el Eau de macho cabrío. —Para remarcar las palabras, dio un paso atrás para alejarse de él.

Solo por molestarlo, también avanzó. Dylan no retrocedió de nuevo, pero el gesto de asco que hizo con la nariz le provocó ganas de acercarse aún más.

—Lo tengo apagado, no tengo batería. Te daré el mío, me haces una pérdida y te lo envío por mensaje —sugirió.

—No quiero que tengas mi número —le contestó Dylan, indignado.

—Tranquilo, mi olor no te llegará por mensaje —le ofreció.

Dylan frunció el ceño, desconfiado.

—Ven más tarde y te lo doy. Aunque puede que me encuentre ocupado, compré otra caja de condones en otro supermercado.

—Y qué afortunados fueron de tenerte —dijo Dylan con rapidez. Esa mente rápida iba a ser su muerte.

—Está bien, pero bórralo después. No quiero que nada me relacione contigo y piensen que soy tu cómplice.

—¿Por tener tu número eres mi cómplice? —preguntó desconcertado después de dictárselo.

—Imagínate los cargos contra la chica que jugó contigo una guerra de globos de agua con esos condones gigantes; tendrá tu ADN por todo el cuerpo. ¡Qué asco! —Y se fue.

Se quedó mirándolo con incredulidad mientras Dylan cruzaba la calle y le hacía un corte de manga.

Dejó salir una carcajada. ¿Pero qué le pasaba a ese tipo?

Volvió dentro, ignorando a sus compañeros de casa que jugaban a la consola. Fue a su habitación y comprobó el móvil.

Número desconocido:

¡Dúchate!

Bloqueó la pantalla y volvió a salir al patio trasero para terminar de hacer pesas. Ya le contestaría más tarde. Aun así, antes de guardar el teléfono, leyó el mensaje una segunda vez.

Tenía intención de contestar, pero lo dejó pasar. A la mañana siguiente, cuando volvía a casa del trabajo, lo vio salir hacia su coche y decidió parar.

—¿Tienes amnesia? —le preguntó Dylan en cuanto detuvo la camioneta.

—No te sulfures. Estuve muy ocupado —le contestó relajado.

—Duchándote no, apestas a whisky barato —protestó, inclinándose sobre la ventanilla, pero retrocediendo al momento.

—Ya me duché, fui a trabajar y un idiota intentó meter una botella de whisky a la fuerza —le contó.

Dylan le cubrió la boca con la mano para interrumpirle.

—Que no quiero ser cómplice de nada. No me lo cuentes —le ordenó con dureza. Luego se llevó la mano al pantalón para limpiársela, asqueado por el contacto. —Pásame el número de Sam.

Sacó el móvil y le envió el contacto directamente; le mostró la pantalla para que viera que ya estaba hecho.

—Gracias, ahora bórralo y, si tienes que quemar el móvil, mejor —le dijo satisfecho. Se apartó de la camioneta y fue hacia su coche.

—Aunque lo quemase, la compañía tendría el registro —le dijo, abriendo la otra ventanilla para que pudiera oírlo.

—Eso solo pasa con los móviles de contrato. ¿Es un móvil de contrato?

—Claro, ¿el tuyo no?

—¿Qué clase de delincuente eres tú? Los móviles son de prepago, comprados en una gasolinera de las afueras, y se cambia la tarjeta cada seis meses.

Se quedó sin palabras durante unos segundos eternos en los que Dylan siguió mirándolo.

—¿Tú haces eso? —preguntó lentamente.

—¿El qué? —quiso saber Dylan.

—Todo lo que acabas de decir.

—Móvil prepago, comprado en gasolinera, sí. Pero no cambio de tarjeta porque no estoy para tirar el dinero —precisó con descaro.

—¿Eres traficante? —se atrevió a preguntarle.

Dylan dejó salir una risotada.

—Con esta casa, seguro que no. Aparta tu camioneta, tengo que ir al trabajo.

Se fue tan tranquilo, sin dar a la conversación más importancia, y maniobró para adelantarlo, volviendo a hacerle un corte de manga.