CAPÍTULO 4 #2
Un dólar con cincuenta centavos. No podía sacarse la cifra de la cabeza. No después de ver aquel resguardo colocado en la nevera con tanto cuidado.
Aparcó en la parte de atrás del viejo desguace en el que Sam había convertido su casa. Todo su patio estaba lleno de piezas de coches, algunas oxidadas y otras cubiertas con lonas sucias. Las puertas del cobertizo donde hacían las reparaciones se abrieron.
—¿Esto es un sitio legal? —preguntó Dylan, saliendo detrás de él.
—No, pero trabaja para un garaje oficial, por lo que diría que es bastante legal —le respondió, levantando la mano para señalar a Sam, que sonrió yendo hacia ellos.
—Me opongo a ese argumento, señoría —murmuró Dylan.
La sonrisa se le escapó al oírle. Tenía respuestas para todo, el cabrón. Y, aunque no pensaba admitirlo, empezaba a resultarle divertido esperar la siguiente.
—Tío —lo saludó Sam.
—Tío —murmuró, dándole un corto abrazo—. Perdona por meterte prisa.
—No pasa nada. Lo habría hecho enseguida si hubiera tenido lo necesario, pero estarás contento porque no perdí el tiempo; le hice una puesta a punto de puta madre.
Sam miró por encima de su hombro.
—¿Es el tío del choque?
—Yo no choqué con nadie, soy la víctima de este demente —protestó Dylan.
—Lo que tú digas, tío —le contestó Sam. Señaló con la cabeza su cobertizo a modo de invitación.
—Vosotros delante —ordenó Dylan.
No se molestó en protestar, solo avanzó para terminar con eso.
—¿Y a este qué le pasa? —le preguntó Sam, caminando a su lado.
—Cree que vamos a darle un palo —le explicó sin molestarse en bajar la voz.
—Sigo teniendo mi espray de pimienta —les informó Dylan desde atrás.
Rhae negó con la cabeza cuando Sam lo miró pidiendo más información.
—Ahora entiendo por qué estabas tan desesperado para que te entregara el coche —le dijo Sam con solidaridad.
Alzó las cejas, pero no dijo nada.
—Aquí lo tienes —le anunció Sam a Dylan, abriendo de par en par su portón.
Dylan pasó por delante de ellos, directo para ver la defensa.
Se agachó junto al coche y deslizó los dedos por el borde de la pieza nueva, comprobando la unión antes de levantarse.
Por su parte, no se molestó ni en comprobarlo; Sam era un mecánico de los buenos.
Vio cómo Sam se agachaba con él, explicándole los cambios de piezas que le había hecho y todo lo que había arreglado aprovechando que lo tenía allí.
Dylan asentía con gravedad, tomándose cada explicación con una seriedad absurda.
Al principio mantuvo los labios apretados y la mirada atenta, buscando algún fallo que pudiera echarles en cara.
Lo vio sonreír mientras Sam le aseguraba que era un coche de los que podían durar toda la vida si se trataban con cariño.
Eso pareció hacer que todas las sospechas de Dylan desaparecieran; habló más animado y confiado que antes, pasando la mano por la defensa nueva con cuidado.
Aquella sonrisa no se parecía a ninguna de las que le había visto: no tenía burla ni desafío, solo un alivio que intentaba disimular.
Miró la chatarra. Sam había hecho un buen trabajo reparando algunas abolladuras que tenía el coche en las puertas y colocando bien el intermitente delantero, que antes estaba un poco salido.
A juzgar por la forma en que Dylan repasaba cada arreglo, no había exagerado cuando dijo que necesitaba aquel coche.
—Gracias, está mejor que cuando lo compré —agradeció Dylan con sinceridad a Sam—. Tienes que decirme cuánto te debo; a él cóbrale solo la reparación del choque.
Sam intercambió una mirada con él, que de nuevo alzó las cejas en respuesta.
—No voy a cobrarle a nadie por eso. No tuve que hacer mucho ni cambiar piezas, solo eran arañazos y abolladuras —le aseguró Sam.
—¿Seguro? —preguntó Dylan, dudando. Lo miró a él buscando una confirmación—. No me gusta deberle nada a nadie.
Había vuelto a ponerse tenso, con una mano apoyada en la puerta del coche y la otra agarrando la correa de su mochila.
—Claro, tío. Si quieres devolverme el favor, recomiéndame a la gente que conozcas y tráemelo de nuevo cuando necesites alguna reparación.
La cara de Dylan se iluminó con una sonrisa.
—Lo haré, seguro —aceptó.
Sam le pasó las llaves y Dylan las cerró dentro del puño antes de tirar su mochila en el asiento del copiloto.
Se subió al coche y lo puso en marcha, sonriendo cuando el motor arrancó.
Permaneció un segundo con las manos sobre el volante, escuchando, antes de maniobrar para salir y parar al lado de ellos, bajando la ventanilla.
—Paga, pufero. —Y se fue sin decir nada más, ni despedirse.
Sam se descojonó de risa a su lado.
—¿Pero de dónde sale ese tío?
—De su puta casa —contestó, negando con la cabeza.
—Vamos, colega. Te invito a una cerveza y me pagas.
—Claro —aceptó, siguiéndolo.
Miró atrás, aunque sabía que Dylan ya no estaría cerca.
Solo quedaba el polvo que había levantado al salir del patio y el sonido del motor perdiéndose calle abajo.
Tenía sentido que las cosas hubieran terminado así, tan abruptamente como empezaron.
A pesar de ello, tardó unos segundos más de la cuenta en dejar de mirar hacia la salida.