Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

dylan

—¿Al puto banco a qué? ¿Sabes que hay cajeros?

—Sí, lo uso a veces. Llévame al banco, ahora —repitió sin dejarse impresionar por su respuesta.

—Creía que ibas a trabajar —masculló Rhae, arrancando el coche.

—Es parte de mi rutina, alégrate de que me den el coche mañana y ya no tengas que llevarme a ningún sitio —le recordó.

—¿Y no puedes esperar a mañana para ir al banco?

—No, voy al banco el día tres de cada mes —le contó.

Rhae lo miró por el retrovisor como si estuviera loco.

—¿Y qué pasa si es un domingo? —quiso saber Rhae.

—Voy el día antes —contestó como si nada.

Rhae buscó su mirada de nuevo por el retrovisor.

—¿Estás bien de la cabeza?

—No creo, pero no me quejo —le respondió, palmeando su bolsillo para asegurarse de que llevaba el dinero—. ¿Tú no usas el banco?

—Intento no usarlo.

—¡Qué raro eres!

—¿Yo? Joder, comparado contigo, una rana azul es normal —opinó Rhae.

—Las ranas azules son normales en los climas tropicales —le aseguró.

—Eso no es verdad.

—Claro que sí, tienes que ver más documentales —le contestó con diversión.

—¿Tú ves documentales?

—Me los pongo de fondo para dormir, así descanso y aprendo. Dos por uno.

Rhae aparcó el coche y se giró para mirarlo; su gesto era de absoluta confusión.

—¿Documentales para dormir? —repitió.

—Deberías probarlo. Hay un montón gratis en internet —le aconsejó, abriendo la puerta—. Te aconsejo los de peces, relajan un montón.

Todavía se estaba riendo de su cara mientras esperaba la cola en el banco.

—Buenos días, señor Hatman —lo saludó Shirley con su amable sonrisa.

—Buenos días, Shirley.

Esa mujer nunca sería consciente de lo importante que había sido en su vida. No la conocía, pero siempre tendría su gratitud.

—¿En qué puedo ayudarle hoy, señor Hatman? —le ofreció ella.

—Vengo a hacer un ingreso en mi cuenta de ahorro —le dijo con satisfacción. Sacó el dinero de su bolsillo; había alisado cuidadosamente cada billete para dar mejor impresión.

Shirley cogió los billetes y los contó con eficiencia.

—Cincuenta y cuatro dólares.

—Sí, eso es —le respondió con orgullo.

—¿Quiere recibo?

—Sí, por favor —le pidió, sonriendo con timidez.

—¿Puedo ayudarle en algo más? —quiso saber Shirley.

—No, Shirley, gracias —le dijo con sinceridad—. Nos vemos el día tres.

Ella le dedicó esa mirada cálida y amable que siempre hacía que su día fuera más agradable.

—Nos vemos el día tres.

Salió feliz del banco con su recibo. Lo dobló con cuidado antes de guardarlo en el bolsillo, sin querer estropear ni una esquina.

Sabía que era una tontería, pero poder permitirse algo tan tonto como destinar un poco de dinero a su futuro le parecía un verdadero milagro.

Aunque, siendo sincero, probablemente iría a ese ordenador que necesitaba y volvería a quedarse a cero, pero por lo menos estaría comprando algo para él, para avanzar.

—Te van las maduritas —le dijo Rhae al subirse al coche.

—¿Qué? —preguntó desconcertado, poniéndose el cinturón.

—Te gusta la tía del banco —se burló Rhae.

—Claro que me gusta, Shirley es la mejor.

—¿Shirley? —repitió Rhae—. ¿Te estoy haciendo de Uber para echar un polvo?

—Si te parece que algo de lo que pasó ahí dentro es sexual, no solo conduces fatal, eres patético follando.

—No lo soy —se defendió Rhae enseguida.

—Claro —aceptó sin darle importancia.

—Que no lo soy —insistió.

—Que sí, eres un semental —murmuró, desbloqueando el móvil—. ¿A qué hora van a darme mi coche mañana?

—Imagino que será después de cerrar el taller en el que curra. Te llevaré antes de entrar a trabajar —le prometió.

—¿De qué trabajas exactamente? ¿Puedes tener un trabajo nocturno con la condicional? ¿No se supone que no puedes trabajar en locales que vendan alcohol o hagan vida nocturna?

Rhae lo miró a través del retrovisor.

—No —contestó con sequedad.

—¿No estarás mintiendo a la policía? No quiero movidas raras, no eres el único que tiene que tener cuidado.

Rhae siguió mirándolo.

—¿Con qué tienes que tener cuidado tú?

—Eso no es asunto tuyo, pero tampoco quiero nada con la policía —le aclaró.

—Amenazaste con llamarles —le recordó Rhae.

—Y lo habría hecho si no me hubieras dejado otra opción, pero preferiría no hacerlo.

—¿Tienes antecedentes? —quiso saber Rhae después de un momento.

—Técnicamente no.

Antes de que pudiera preguntar algo más, salió de la camioneta.

—¿Qué significa técnicamente? —lo interrogó Rhae.

—Mañana libro, así que no necesitaré que me lleves a ningún sitio. Cuando esté mi coche, llama a mi puerta y ya.

—¿Por qué no me das tu número y vienes tú a la mía?

—No pienso volver a entrar ahí, eso es un fumadero para colgados. Y tú tampoco deberías. ¿Nunca te visitaron de la condicional? Porque, si ven el estado de esa casa, estarás en problemas.

—Sé cómo apañármelas.

Lo miró de arriba abajo, fijándose en sus ojos. Realmente creía lo que decía.

—Si tú lo dices. —Se fue porque no tenía nada más que decir y había un tema de historia que todavía necesitaba leer.

rhae

Miró la puerta de la casa, con toda la pintura desconchada y el porche lleno de tablas rotas.

Era una casa pequeña y vieja que habría vivido su mejor momento en los sesenta, igual que todas las de esa calle y las de los alrededores.

El “jardín” era un terreno estéril, mezcla de polvo y algún pedazo de mala hierba.

Pulsó el timbre, pero no hubo ningún sonido. Volvió a pulsarlo y, de nuevo, no pasó nada. Llamó con fuerza a la puerta usando sus nudillos.

—Voy —escuchó desde dentro. —¿Ya está mi coche? —preguntó con una sonrisa esperanzada.

—Sí, tenemos que ir ahora —le informó mientras aprovechaba para mirar detrás de él. Apenas había un pequeño recibidor y se podía ver una sala.

—Espérame aquí —le pidió Dylan, desapareciendo en el interior.

Evitó que la puerta se cerrara poniendo el pie y lo siguió. El interior estaba en silencio, no había ni rastro del olor a humo y suciedad que llenaba su propia casa.

Miró extrañado la sala. No había nada salvo un sofá oscuro y viejo, una televisión de tubo apagada o quizá estropeada y una mesa que parecía doblarse bajo el peso de un puñado de folios y el mando roto de la televisión.

Las hojas estaban colocados en varios montones, con los bordes alineados y un bolígrafo encima de uno de ellos.

Ni un solo mueble más hasta la cocina; había varias puertas de las alacenas que no estaban bien encajadas y los electrodomésticos blancos estaban amarillentos y un poco oxidados por los bordes.

Todo era viejo, pero no estaba abandonado.

No había platos sucios, latas vacías ni ropa tirada por el suelo.

Se acercó a la nevera, donde había un horrible imán de una marca de leche en el que había un papel enganchado.

Se inclinó para mirarlo; era un resguardo de ingreso por valor de un dólar con cincuenta centavos.

El papel estaba completamente liso, puesto allí con cuidado, igual que el resto de aquella casa vacía.

Sonrió, pasando el dedo por encima de su nombre.

Dylan Hatman. ¿Quién se molestaría en ingresar una cantidad tan pequeña que no significaba nada?

Por la forma en que lo había guardado, para Dylan sí debía de significar algo.

Miró de nuevo alrededor, a la casa casi abandonada, y recordó lo loco que se había vuelto por faltar a esa primera clase de su colegio.

De vuelta en el salón, observó las hojas sobre la mesa; reconoció el temario de matemáticas sin problema, pero, igual que todo lo demás sobre Dylan, no tenía sentido.

Había ejercicios resueltos a lápiz y varias cuentas repetidas en una esquina, algunas borradas hasta dejar marca en el papel.

Eran ejercicios de instituto. ¿Qué edad tenía?

¿Tendría una novia más joven que él? Creyó entender que vivía con alguien, supuso que sería una chica, pero no había ningún detalle a la vista que evidenciara que allí vivía alguien más y también le había dicho que no había nadie para pagar un rescate.

Aquel lugar no parecía tener espacio para la vida de otra persona.

Ni para la suya, en realidad. Dylan solo parecía haber ocupado lo imprescindible.

Escuchó cómo se acercaban sus pasos y volvió al minúsculo recibidor.

—¿Por qué no me estás esperando fuera? —inquirió Dylan, ya de vuelta con su mochila.

—¿Adónde vas con eso? Puedes llevar tu espray de pimienta en la mano, no me importa.

Dylan le dedicó una mirada maliciosa antes de responder.

—Tengo que ir a trabajar después de recoger el coche, alguien se puso enfermo —le explicó, empujándolo fuera para cerrar la puerta con llave.

—El supermercado no abre de noche —le recordó.

—Para los clientes no, pero es el momento de reponer —le explicó Dylan mientras iban al coche.

—Pero tú eres cajero —tuvo que recordarle.

Dylan dejó salir una exclamación indignada.

—Me lo dijo el guardia —se justificó.

—Ya lo cogeré —murmuró Dylan de manera amenazadora.

—¿Por qué vas a trabajar?

—Los chicos de almacén van a los bolos al salir del trabajo; comieron algo en mal estado y ocho de ellos tuvieron que tomarse el día. Así que algunos de caja vamos a hacer su trabajo.

—¿Por qué? ¿No es mejor el trabajo de cajero? —quiso saber con desconcierto.

—Porque pagan a veinte pavos la hora —le aclaró Dylan, ya subido al coche.

Arrancó y lo miró por el retrovisor.

—¿Y por qué no trabajas en almacén?

—No hace falta que hablemos, podemos seguir en silencio en honor a nuestro último viaje juntos.

No era de los que hablaban mucho, pero quería saber, así que lo miró de nuevo por el espejo para que él se diera por aludido.

—Porque antes tenía otro trabajo por las noches —cedió Dylan.

—¿De qué tipo?

—Del que no te importa.

—¿Era ilegal? —supuso.

—Claro que no. Estás obsesionado. Trabajaba en una hamburguesería y era un buen sitio, pero pagan mal y ahora necesito horas.

—Para estudiar en la escuela —adivinó.

Dylan se cruzó de brazos y le dedicó una mirada amedrentadora.

Volvió su atención a la carretera, dejándolo en paz, aunque siguió echándole pequeños vistazos mientras conducía.