Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 3
11%

CAPÍTULO 3

dylan

—¿Por qué tienes esa pinta? —le preguntó al subirse a su camioneta a la mañana siguiente—. ¿Te metiste en una pelea?

—En varias —le respondió Rhae, malhumorado.

—¿Le rompiste el coche a alguien más y te rompieron la cara? —inquirió, inclinándose hacia delante para ver el moratón que tenía en la mejilla. La marca oscura le ocupaba parte del pómulo y se perdía bajo la sombra de barba.

—¿Quieres que probemos cuánto aguanta la tuya? —lo amenazó Rhae, mirándolo por el retrovisor.

—No, gracias. No podría ir a trabajar con esa cara. No cojas la próxima salida, voy a la biblioteca.

—¿Me quedé sin dormir para que vayas a una puta biblioteca? ¿Quién coño va a una biblioteca teniendo un teléfono?

—No es asunto tuyo —le contestó enfadado. Un teléfono no iba a solucionar sus problemas.

—¿Vas al colegio y ahora a la biblioteca?

—Tú conduce y calla, no necesito charla, solo chófer hasta que me devuelvas mi coche —le respondió cortante.

Lo escuchó mascullar por lo bajo, pero hicieron el resto del trayecto en silencio.

—No me esperes —le dijo al llegar—. Tardaré un buen rato, ya me apañaré para volver.

El edificio de la biblioteca era viejo y no tenía un aspecto muy alentador, con las paredes de fuera todas desconchadas, pero la bibliotecaria que lo atendió fue muy amable y le hizo el carné para que pudiera usar los ordenadores, llevarse libros y hacer fotocopias por un precio más bajo.

En el trabajo usaba ordenador, así que no tuvo problemas para usar el portal de estudios. Seleccionó los tres primeros temas de cada asignatura, los envió a la fotocopiadora con su código de socio y fue a recogerlos cuando terminó con toda la lista.

Salió con un bloque de folios, pero con la sensación de que había ganado algo. Sujetó las copias contra el pecho, sintiendo el borde de las hojas clavarse en sus brazos; esta vez sí tenía algo con lo que empezar.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó a Rhae, que estaba sentado en un banco frente a la puerta.

—Desayuno —le respondió, levantando un vaso de cartón.

—¿No tenías comida en tu casa? —inquirió, acercándose a él.

—No. —Se le quedó mirando la pila de papeles y alzó una ceja, preguntándole por ellos sin abrir la boca.

—Sigue sin ser asunto tuyo. Ya que estás aquí, puedes llevarme a casa —decidió.

Rhae metió el vaso en una bolsa de papel que había a su lado.

—Qué afortunado soy—ironizó, levantándose. Tiró la bolsa a la basura y encendió un cigarrillo.

—Vas a morir antes de los treinta —supuso, metiéndose en la parte trasera.

—Espero no vivir tanto —le contestó Rhae, burlón.

Se le quedó mirando mientras arrancaba.

—¿No es eso un poco dramático? —inquirió, volviendo la vista a sus hojas.

—Curiosas palabras para venir del mismo que juró que no pagarían su secuestro —le replicó Rhae.

—Eso no es curioso, esa es la verdad —puntualizó—. Pero si piensas por eso que seré una víctima fácil, ya te aviso que no. Sé pelear.

—Si sabes pelear, ¿para qué tienes gas pimienta? —le recordó Rhae, burlón.

—Porque no soy estúpido, sé dar un buen puñetazo, podría agarrarte a patadas, pero también me gusta tener un extra para asegurarme de que saldré ganador.

—Eso es trampa.

—No. Soy consciente de mis limitaciones y me encargo de equilibrar la pelea.

Sus miradas se encontraron por el retrovisor un segundo.

—¿Y si no te da tiempo a sacar el gas? —quiso saber Rhae.

—Soy rápido —le aseguró, relajado. No mentía, la velocidad a la que podía correr era considerable.

—La rapidez no te salvará de llevarte una paliza —le advirtió con razón.

Se encogió de hombros, despreocupado.

—Intenta cogerme y veremos qué pasa —sugirió.

De nuevo Rhae lo miró a través del reflejo.

—No te tengo miedo —le aclaró.

—Deberías —le aconsejó Rhae.

—¿Por la cárcel? —adivinó.

Rhae dio un pequeño volantazo al escucharlo.

—¿Sabías que estuve en la cárcel? —le preguntó él.

—¿Era un secreto? Porque todo el mundo lo sabe —comentó, mirando con curiosidad su rostro en el espejo.

—¿Y sabes por qué fui? —lo presionó Rhae.

—Dicen que mataste a alguien —dijo con cautela.

Rhae lo miró a los ojos aprovechando un semáforo. Durante esos segundos no hubo nada burlón en su expresión.

—¿Y te lo crees? ¿Tengo pinta de eso?

Dejó salir un sonido despectivo.

—No creo que el aspecto de alguien diga qué tipo de persona es. Solo la imagen que quiere vender. Yo no me meto en la vida de nadie, pero, cuando pasó lo del coche y no quisiste darme los papeles del seguro, supuse que no querías problemas porque estarías en libertad condicional —le respondió.

Rhae no dijo nada, pero escuchó cómo daba pequeños golpecitos en el volante. El sonido seco rompió el silencio un par de veces antes de que volviera a hablar.

—Es verdad, estoy en libertad condicional hasta septiembre —le admitió.

Se encogió de hombros, aunque sabía que no podía verlo.

—No es asunto mío —repitió.

Rhae aparcó delante de su casa y él se apresuró a salir para poder poner a buen recaudo sus valiosos folios.

—¿No quieres saber si es verdad? —preguntó Rhae a través de la ventanilla abierta.

—¿El qué?

—Si maté a alguien —le aclaró Rhae.

Lo miró a los ojos fijamente, hasta que encontró lo que buscaba, aunque no tenía ni idea de que era.

—¿Lo hiciste? —le preguntó con rapidez.

—Sí —contestó.

Se quedaron mirándose de nuevo en silencio. Decía la verdad, podía verlo, pero no veía maldad en él. Debería haberle dado miedo, pero lo único que sintió fue una presión incómoda bajo las costillas.

—¿Puedes llevarme al trabajo después de comer?

Vio la cara de sorpresa de Rhae, pero terminó por asentir.

—Supongo que tienes un trabajo porque es una de las condiciones para la condicional. ¿A qué hora trabajas?

—No voy a darte detalles de mis horarios, yo no tengo gas pimienta. —Puso el coche en movimiento y se alejó por la carretera hasta aparcar delante de su casa.

Se miraron en la lejanía. Rhae sacó un nuevo cigarrillo y él se aferró a sus hojas. Rompió el contacto y volvió a casa. Tenía que organizar los temas por asignatura para poder empezar a leer y estudiar.

rhae

—¿Te estás manteniendo alejado de líos? —le preguntó Amanda, su agente de la condicional.

—Como siempre —contestó, moviendo los dedos por las ganas de fumar. Odiaba tener esas citas, aunque después de tantos años ya debería estar acostumbrado.

—Sigue sin gustarme que trabajes en una discoteca —le dijo ella, frunciendo el ceño.

—Tú misma me ayudaste a que hicieran la excepción con mi condicional para tener ese trabajo —le recordó.

Ella lo miró muy seria.

—Porque con tus antecedentes nadie quería contratarte; era eso o tenerte en prisión lo que te faltaba de condena.

Se encogió de hombros, fingiendo que le daba igual, pero solo de recordar lo que era estar encerrado sintió que se le revolvía el estómago.

—Rhae, me quedé con tu caso porque tuve esperanza en ti —continuó Amanda.

Dejó salir una carcajada cínica, incapaz de contenerse.

—Qué gilipollez —la atacó, aunque sabía que gracias a ella estaba fuera.

Amanda no se dejó engañar.

—Deja el teatro. Te sacaste el graduado mientras estabas en el correccional y estudiaste en la cárcel; eso habla de alguien que no se conforma, que todavía no se ha rendido.

Llevas años en condicional y no te has metido en líos, aceptaste cambiarte de estado, tus pruebas de drogas siempre dan negativo y nunca has faltado al trabajo.

Estoy segura de que, bajo estas circunstancias, podríamos encontrarte algo mejor.

—No —se negó, cortando la estupidez para inútiles que fuera a decir.

—Escúchame, por favor —le pidió Amanda.

—No, escúchame tú. Adonde me envíes tendré que volver a empezar y trabajar con otros expresidiarios. Contar de nuevo mi historia, que todo el mundo me busque en el puto internet... No, gracias. Así estoy bien.

Amanda frunció el ceño.

—He trabajado con muchos presos; hay casos de éxito —le aseguró.

—¿Limpiando suelos ocho horas al día por siete pavos la hora? —inquirió con sorna.

—Todos los trabajos son buenos si te mantienen lejos de problemas para tener una vida mejor —le recordó ella en voz baja—. Tienes toda una vida por delante; las posibilidades son ilimitadas.

—¿Una vida mejor? —ironizó, intentando contener la rabia—. Tendré suerte si llego a los treinta; con un poco de suerte me dan una puñalada y te libras de mi expediente. Apúntame como caso de éxito, no me gustaría joder tu métrica de estrellas. ¿Algo más?

—Rhae, no puedes seguir con toda esa rabia; te estás destruyendo a ti mismo —le dijo Amanda con preocupación.

Cogió la cajetilla del bolsillo de su chaqueta y sacó un cigarrillo sin encenderlo. Necesitaba tenerlo entre los dedos, aunque fuera allí dentro y no pudiera prenderlo.

—Llevo destruido desde que me metisteis en una jaula, y te contaré un secreto. Por mucha cara de pena y frases motivadoras que me des, no va a cambiar nada. Tú vuelves a tu vida y yo sigo encerrado en una jaula más grande.

Salió sin esperar una respuesta. ¡Que le den por el culo a sus mierdas! Su vida estaba acabada y los dos lo sabían; fingir otra cosa era estúpido.

La primera calada no consiguió calmarlo, así que se sentó a fumar en el capó de su camioneta, intentando tragarse la rabia que lo devoraba por dentro. El metal estaba frío bajo sus piernas, pero el cigarrillo apenas consiguió aflojar la presión que le endurecía el pecho.

Su primer instinto al sentirse atacado era contratacar, destruir, herir, aniquilar. Pero ya había probado con eso cuando entró en el correccional a los diecisiete años y cuando lo pasaron a la cárcel a los dieciocho.

Le sirvió para endurecerse y mantenerse a salvo, pero hizo que la injusticia que lo llevó a la cárcel lo corrompiera igual que un metal barato mojado bajo la lluvia.

Se había oxidado más con cada día que pasaba, volviéndose quebradizo hasta el punto de que no tuvo más remedio que romperse del todo a sí mismo para poder seguir existiendo.

¿Le hablaba de superación cuando no había nada bueno en sobrevivir al infierno? Pretendía felicitarlo por no haber sido devorado por leones, sin pensar ni un segundo hasta dónde había tenido que llegar para conseguirlo.

—¿Qué haces?

Sus pensamientos funestos se pararon de golpe. Alzó la cabeza. Dylan estaba parado delante de él, con una gigantesca bolsa de tela bajo el brazo y una de papel en la otra mano.

—Sembrar el pánico —contestó sin pensar.

—Si vas conduciendo, seguro —le respondió Dylan, mirando alrededor.

—Vine a mi cita con la condicional. —No sabía por qué lo dijo, para probarlo quizá.

A lo largo de su vida había visto todo tipo de reacciones cuando se enteraban del motivo que lo llevó a la cárcel.

Ninguna igual a la de Dylan. No hubo sorpresa, no hubo desconfianza, no hubo miedo.

Solo una extraña y fría aceptación, restándole importancia a algo que siempre había bastado para que los demás lo miraran de otra manera. ¿Qué clase de persona reacciona así?

Dylan miró alrededor y no se detuvo hasta encontrar las oficinas del gobierno. Torció la cabeza e hizo un pequeño asentimiento. Sus ojos verdes no mostraban preocupación; parecía igual de tranquilo que antes de oír el motivo de su presencia.

—Me viene bien que estés aquí, llévame a casa —le ordenó, señalando sus bolsas.

—Trabajas en un supermercado, pero vienes a otro. ¿No es alguna mierda de esas de competencia desleal?

—Este tiene mejores precios y descuentos —le dijo, encogiéndose de hombros.

—¿No tienes descuento de empleado?

—Sí, y a veces compensa, pero en general no, y me gusta comer. Quiero llenar mi despensa. —Su sinceridad era una cosa rara; sospechaba que ni filtraba lo que decía.

—¿Despensa? ¿Eso no es lo que dicen las viejas? —inquirió.

—Tengo ochenta años —contestó sin inmutarse—. Vamos —le ordenó de nuevo, haciéndole un gesto con la mano para meterle prisa.

Tiró la colilla y la aplastó. Dejó que se subiera en la parte trasera con sus bolsas y lo observó mientras se ponía el cinturón.

—¿A qué hora tengo que ir a recogerte hoy? —quiso saber.

—Hoy voy al último turno. No entro hasta las seis, saldré a las diez —le contestó.

—Por una vez tengo toda la información —señaló.

—No te acostumbres, es que hoy no hay autobús hasta las doce. No quiero esperar tanto, hay una película que quiero ver.

—¿No vas a salir? Es viernes por la noche.

—Mañana trabajo por la mañana. Entro a las nueve, no te digo cuándo salgo porque tengo autobús al mediodía.

—Qué pena, ahora tendré que vivir con este misterio —le dijo, lleno de ironía.

—Es duro, pero podrás con ello —le aseguró Dylan.

Escuchó que un paquete se abría en la parte de atrás.

—No comas en mi camioneta —le ordenó con dureza.

—¿Vives en una pocilga y te preocupa el coche? Hazte ver esa cabeza —le aconsejó con la boca llena.

—¿Qué comes? ¿A qué huele? —preguntó, queriendo darse la vuelta, pero sin ser capaz de hacerlo porque no quería dejar de mirar la carretera.

—Qué más da.

—Te acabo de decir que no comas en mi... —No pudo seguir hablando porque Dylan le metió algo en la boca y se la tapó con la mano para que no pudiera escupir.

—¿Ves? No mancha nada —le prometió.

No le quedó más remedio que masticar y reconoció al instante el sabor de un dónut. El azúcar se le pegó al paladar antes de que pudiera decidir si escupirlo habría merecido la pena.

La risa de satisfacción de Dylan resonó en el coche.

—Mucho mejor así —decidió—. No me gusta tu tono de voz, es molesto.

—¿Y tú qué eres? ¿Un pájaro cantor? —dijo cuando fue capaz de tragar.

—No creo, no se me da muy bien cantar —le contestó—. Tu amigo tendrá mi coche el martes, ¿verdad?

—Sí —le confirmó.

—Bien —aprobó Dylan, bajando del coche en cuanto se detuvo delante de su casa—. Estoy deseando perderte de vista.

Y se fue sin más a su casa, tan tranquilo con sus bolsas.

Negó mientras lo veía desaparecer en la vieja construcción. Era oficialmente el tío más raro con el que se había cruzado y, después de tirarse varios años en instituciones penales, era decir mucho.