Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

—¿Por qué estás aquí?

—Para evitar que llames a la poli —le dijo él, como si fuera obvio—., tengo que llevarte.

Lo miró con desconfianza de arriba abajo.

—Tengo gas pimienta —le recordó.

—Ya me lo dijiste —respondió Rhae.

—¿Cómo sabías a qué hora salía? —quiso saber.

—Le pregunté al de seguridad de la entrada —explicó Rhae.

—Estúpido Howard —musitó entre dientes—. Ya no hace falta que vengas a buscarme más. Puedo arreglarme con el autobús.

—¿Y qué hay de tu colegio?

—Hoy no tengo. Además, ya no voy a ir —contestó sin pensar.

—¿Por qué? ¿Le robaste el bocadillo a otro niño?

—Le partí la cara a un bocazas. ¿Te suena la historia?

Rhae sacó un cigarrillo y lo encendió mirándolo fijamente. Se sintió juzgado y le pareció indignante. ¿Un tipo como él podía juzgarlo?

—¿Te llevo o no? —preguntó Rhae.

Por un segundo estuvo listo para decir que no, pero la verdad es que le estaba estallando la cabeza y todavía quedaba media hora para que pasara el bus.

—Como quieras —aceptó, rodeando el coche y subiéndose al asiento de detrás del conductor.

—No quiero, es lo que toca. La pieza de tu coche llega el próximo martes —le aclaró Rhae, poniéndose al volante.

—Bien —murmuró sin mucho entusiasmo.

Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos un momento.

—¿A qué hora trabajas mañana? —preguntó Rhae.

—No voy a decirte mi horario —replicó sin abrir los ojos.

—¿Por si te secuestro y pido un rescate por ti? —adivinó Rhae.

—Nadie va a pagarte una mierda por mí.

—Amenazaré con cortarte una oreja y lo harán —le aseguró él.

—Podrías cortarme a trozos y enterrarme en un bosque. No vas a conseguir dinero porque no hay nadie. Solo soy yo.

Se arrepintió en cuanto las palabras salieron de su boca, preguntándose si a Rhae le había sonado tan patético como a él. Daba lo mismo, era la verdad. Apretó los labios y volvió la cara hacia la ventanilla, deseando poder tragarse la frase entera.

Aunque todavía tenía los ojos cerrados, sintió el peso de su mirada y se vio obligado a abrirlos. Esperaba una mirada burlona, pero se encontró con unos ojos que lo miraban sin expresión.

Se sintió incómodo, con la sensación de que estaba viendo a través de él. Intentó amedrentarlo con la mirada, pero él se mostró igual de imperturbable antes de volver su atención a la carretera.

Hicieron el resto del camino en silencio y se apresuró a bajar en cuanto el coche se detuvo delante de la casa de Rhae, marchándose sin despedirse. Tampoco creía que a él le importara una mierda.

Caminó hasta su casa y se encerró dentro. Lo esperaban las mismas paredes viejas y la historia de siempre. Puede que su tía ya no estuviera, pero en la práctica nada había cambiado. Esa era su casa, esa era su realidad y no había nada que pudiera hacer al respecto.

La rabia le quemó al tragar saliva, bajó por su cuello y su pecho como gasolina. No podía rendirse ahora; había llegado hasta allí, había pasado por cosas que no le deseaba a nadie. No iba a tirar la toalla.

Tiró la mochila sobre el sofá y se fue a la cocina a por bolsas de basura.

Empezó a meterlo todo dentro: cuadros, figuras de cerámica, cojines.

Se deshizo de todo y solo al escuchar cómo las cosas se resquebrajaban se dio cuenta de lo poco que le importaban.

El sonido de la cerámica rota dentro de la bolsa no le provocó ni una punzada de culpabilidad.

Aquel lugar nunca fue su casa, esas cosas nunca fueron suyas; su tía se encargó de dejarle claro que ese no era su lugar y que su estancia no sería permanente.

Tres sacos gigantes más tarde y varias horas después, paró para beber, mirando la sala, que parecía mucho más grande sin adornos. Las marcas más claras en las paredes dejaban ver dónde habían estado colgados los cuadros.

Dejó el vaso sobre la encimera de la cocina y volvió para terminar el trabajo. Arrastró las bolsas por el jardín y las dejó en los contenedores para que se las llevaran.

Fue hasta la casa de Rhae y esta vez no se molestó en llamar; entró sin más. La sala estaba despejada, pero sonaba música a todo volumen desde su habitación.

La puerta estaba abierta y la espalda ancha de Rhae le dio la bienvenida mientras él se ponía unos vaqueros.

—¿Puedes llevarme mañana a las nueve? —le preguntó sin saludarlo.

Rhae se dio la vuelta con una agilidad que no correspondía a su cuerpo. Lo miró de arriba abajo y siguió poniéndose el cinturón.

—Me estoy vistiendo —protestó Rhae, señalando su pecho desnudo y sus pantalones abiertos.

—Suerte para los dos —le contestó con rapidez, aunque no pudo evitar mirar cómo sus caderas se marcaban entre la tela. El borde abierto del pantalón dejaba suficiente piel a la vista para que apartara los ojos con más brusquedad de la necesaria. —¿Puedes o no?

—Supongo —cedió él, frunciendo el ceño.

Se marchó de nuevo sin despedirse y volvió a una casa aún más vacía que antes. Le picaban las manos por seguir quitando cosas, pero no tenía más bolsas, así que se conformó con ducharse, cenar un poco de yogur y meterse en la cama mientras pensaba en cómo seguir luchando.