Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—Solo para que lo sepas, tengo gas pimienta y estoy compartiendo mi localización en tiempo real —mintió en voz alta.

Rhae lo miró por el retrovisor, alzando una ceja.

—Por si habías pensado hacerme algo —le aclaró.

—Lástima, necesitaba un cuerpo más para llenar mi cupo del mes. —Era una broma, pero definitivamente escuchó la nota amarga en su voz.

—Todavía no sé a dónde tengo que llevarte.

—Al supermercado de Rodes —le contestó, frunciendo el ceño por tener que compartir información con él.

—¿Cuándo sales?

—En seis horas. Hoy tengo horario reducido, pero mis horarios cambian mucho —le respondió con rapidez, para no darle ninguna pista de sus rutinas.

Rhae no le dijo nada más.

—Tengo mi tutoría a las cinco. Tienes que recogerme y llevarme, es muy importante que acuda a mi cita —le aclaró.

De nuevo no tuvo ninguna respuesta.

Se pasó los veinte minutos que lo separaban del trabajo en silencio, mirando con nerviosismo el retrovisor, pero Rhae no le dedicó ni una sola mirada más.

—Nos vemos a la salida —se despidió para asegurarse de que volviera a por él.

Rhae se marchó sin decir nada y, como consecuencia, se pasó todo el turno inquieto. Aprovechó el descanso para buscar algún autobús que pudiera dejarlo cerca; estaba dispuesto a ir corriendo, aunque llegara hecho un asco, pero tenía que llegar.

Ya se había resignado, pero, al salir, la camioneta de Rhae estaba aparcada enfrente. Él estaba fuera, fumando apoyado en la puerta de su coche. Iba vestido igual que la última vez que lo había visto. El humo del cigarrillo subía delante de su cara antes de perderse en el aire frío.

Se quedó a unos pasos de él, mirándolo.

—No pensé que vendrías —admitió.

Rhae lo miró, dándole una larga calada a su cigarrillo.

—Yo siempre cumplo —le aseguró.

—¿Intentas decirme que mi coche está en buenas manos? —inquirió.

—No, yo no soy mecánico —replicó, tirando la colilla al suelo—. Pero te devolveré tu coche como estaba.

Entrecerró los ojos, observándolo. Tenía que reconocer que era bueno poniendo rostro inexpresivo, porque no se filtraba ni una sola emoción.

—Eso te lo diré cuando lo pruebe —terminó por contestar.

—¿Dónde está tu colegio? —preguntó Rhae, estirando los brazos por encima de la cabeza. Miró la franja de piel que se veía entre la ropa. Apenas fue un segundo, pero le molestó haber bajado la vista sin poder evitarlo.

—No es un colegio, es una escuela para adultos —puntualizó—. Está al final de la calle Preston, la de la verja azul oscura.

—Sé dónde es. Vamos, entro a trabajar pronto y todavía tengo que prepararme —lo apremió, entrando al coche.

—No tienes que esperarme, solo necesito llegar a tiempo —le dijo mientras se abrochaba el cinturón, sentado de nuevo detrás de él—. Puedo volver por mi cuenta.

Abrió su mochila y se aseguró de haber llevado una libreta donde anotar todo y bolígrafos para escribir lo que le dijeran.

Era mayor para hacer eso, había dejado las clases a los dieciséis, aunque apenas había ido desde los catorce.

Le dolía el estómago de los nervios. Puede que todo saliera mal; quizá se había hecho ilusiones y ni siquiera daba lo mínimo para poder ser parte del programa de estudios.

Apretó la cremallera de la mochila entre los dedos hasta notarla clavarse en la piel.

—Ya llegamos —le anunció Rhae.

—Sí —dijo sobresaltado. Se aferró con fuerza a su mochila y salió al exterior. —Gracias por traerme. Nos habríamos ahorrado los dos el mal rato si no fueras un conductor de mierda.

Se fue sin mirar atrás y, cuando entró al centro, abrió de nuevo su mochila y miró el pequeño osito que llevaba dentro.

Era un peluche mini, del tamaño de una mano, que llevaba con él desde los cinco años.

Era de lo poco que lo acompañaba de su antigua vida.

Acarició la esponjosa cabeza del osito marrón, con el pelo más aplastado en las orejas de tanto tocarlo, y volvió a cerrar la mochila después de tomar fuerza.

Pensó que estaría acompañado de otras personas, pero solo había un profesor esperándolo, que le hizo varias pruebas para comprobar su nivel.

Estaba decepcionado consigo mismo; tenía que haber pensado en eso.

Tuvo tiempo para estudiar y prepararse, pero ni siquiera se le había ocurrido hacerlo.

Cada respuesta que dejaba incompleta hacía que se le cerrara un poco más el estómago.

Sin embargo, el profesor no pareció muy preocupado.

Echó un vistazo a sus respuestas y le entregó una hoja con la dirección del portal de estudios y su clave.

Las clases consistían en hacer ejercicios semanales a través de la plataforma digital y estudiar el temario para hacer los exámenes presencialmente una vez terminado.

Salió de la cita deprimido, con sus sueños hechos pedazos. Necesitaba un ordenador para entregar sus trabajos y, por supuesto, no podía permitirse uno. Dobló la hoja con cuidado y la guardó en la mochila, aunque ya no veía ninguna utilidad en conservarla.

Volvió a casa andando, aunque le llevó más de una hora. Intentó abrir el portal de estudios desde su viejo móvil, pero, tal y como sospechaba, no funcionó.

Se dejó caer en el sofá, abrió la aplicación del banco y comprobó cuanto le quedaba. Todavía le quedaban doscientos dólares, pero no podía comprarse un ordenador con eso; además, tenía que guardar dinero para la factura del agua y la luz.

Apagó el teléfono y se quedó mirando al techo.

Puede que hubiera cometido un error intentando sacarse el graduado tan pronto; habría sido mejor ahorrar, comprarse todo lo necesario y luego empezar con ello.

Quizá era una señal de que estaba haciendo el tonto; había vivido sin el graduado, podía seguir viviendo sin él.

Mañana cancelaría la matrícula en el curso de adultos y esperaría a un momento mejor para hacerlo.

Pasó de la cena y fue directo a la cama, reconociendo esa sensación que le quemaba la garganta por lo que era: frustración y derrota.

Eran los dos sentimientos que más conocía en su vida, además de la tristeza.

Miró a su osito, que había dejado en la mesilla, y le apretó la patita, que ya estaba casi plana por el paso de los años y la falta de relleno.

La tela cedió blanda entre sus dedos y se quedó así unos segundos, sujetándola.

Cerró los ojos y se obligó a dormir; tenía que trabajar al día siguiente.

La mañana amaneció tan triste como él. La ducha no ayudó a despejar su mal humor, tampoco los cereales con leche fría. Al salir, empezó a dolerle la cabeza al ver a Rhae apoyado en su camioneta.

—¿Por qué estás aquí? —inquirió de mal humor.

—¡Vaya! ¡Mira quién se despertó brillando por la mañana! —lo picó Rhae, que parecía contento.

—Que te den, gilipollas —contestó de mal humor. Pasó delante de él, se puso bien la mochila a la espalda y fue andando hacia la parada de autobús.

—¿Qué pasa? —quiso saber él—. ¿Tu novia te quemó las tostadas? ¿Te caíste de la cama? ¿Se te acabó el tinte?

Le hizo un corte de manga con cada mano mientras seguía avanzando.

—Soy rubio natural, gilipollas —lo insultó, vibrando por el enfado.

—¿Gilipollas otra vez? Creo que las clases infantiles no te están ayudando mucho; deberías ir a clases de vocabulario.

—O puedes darme clases tú, pedazo de gilipollas —le soltó con rabia.

Corrió los metros que le faltaban y se subió al autobús que estaba recogiendo pasajeros sin ver ni adónde iba. Eso sí, se aseguró de hacerle otro corte de manga antes de entrar.

Tuvo un día horrible en el trabajo; la gente protestó más que de costumbre y una señora le riñó por el cambio de precio del papel higiénico como si él fuera el dueño del supermercado.

Cuando salió de su jornada de ocho horas, estaba sin energía ninguna y el dolor de cabeza hacía que tuviera que entrecerrar los ojos.

—¿Te dieron una paliza? —inquirió una voz que, por desgracia, ya conocía.

Se giró hacia Rhae.