Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

dylan

Cuatro días. Cuatro días lidiando con tener que andar hasta la parada del autobús y llegar al trabajo o un poco tarde o demasiado temprano. Le había dado un día extra a Rhae, pero estaba claro que se la había jugado y probablemente su coche estuviera en México.

Miró con el ceño fruncido la casa donde él vivía. Era una construcción de ladrillo y madera de una planta. Delante del porche había trozos de hierro y maderas, restos de flotadores y una vieja caseta de perro medio destruida.

Miró la puerta de entrada; tenía un grafiti pintado en ella. «Lárgate de aquí». El sonido de una música estridente se escuchaba hasta al otro lado de la acera.

Abrió y cerró la boca varias veces, llamó al timbre y esperó. No hubo ninguna respuesta. Empujó la puerta, pero estaba cerrada, así que golpeó con el puño un par de veces.

Le abrió un tío bajo y calvo. No parecía muy contento de estar allí.

—¿Quién coño eres? —le preguntó después de eructar.

El olor agrio que le salió de la boca le llegó de lleno a la cara. Giró la cabeza para no vomitarle encima.

—El hada del bosque —contestó de mal humor—. Vengo a ver a Rhae.

El tipo lo miró de arriba abajo y le dio la espalda, volviendo al interior.

Miró alrededor, desconcertado, pero lo siguió. El suelo estaba pegajoso bajo las suelas.

—¿Y ese de dónde sale? —preguntó un tipo alto, delgado y de tez oscura. Estaba sentado a lo largo de un sofá, ocupándolo todo, mientras fumaba hachís.

—Dice que es el hada del bosque —informó el calvo, sentándose en el otro sofá.

El chico lo miró de la cabeza a los pies.

—No me parece muy angelical —opinó, dejando salir el humo.

—¡Tío! —lo llamó el otro, robándole el porro—. No dije ángel, dije hada. Estás colocado.

—¡Son lo mismo! —rebatió con pasión mientras empezaba a despotricar sin sentido sobre hadas y ángeles.

Los observó sin saber qué hacer. Aprovechó para echar un vistazo a la sala.

Dos sofás grandes en forma de L, sin alfombra, sin cuadros, sin nada excepto una gigantesca televisión y dos videoconsolas.

Había juegos apilados en el suelo, envases de patatas, colillas y botellines de cerveza.

Empezó a picarle el cuerpo mientras veía, enfrente a los sofás, una cocina en la que se apilaban los platos sucios.

El olor rancio a humo y comida pasada se le quedó pegado a la garganta.

—¿No limpiáis nunca? —preguntó con asco.

—No —respondió el calvo.

—¿Por qué? ¿Cumples deseos?

—Eso lo hacen los gnomos —replicó el calvo de nuevo, pasándole el porro.

—Me parece que no. Son los genios los que conceden deseos —murmuró, sin saber qué hacer—. ¿Dónde está Rhae?

El moreno pareció ponerse alerta.

—¿Eres poli?

—Es un hada —repitió el calvo, mirando el techo, completamente fascinado.

—La ley te obliga a responder la verdad cuando te preguntan. ¿Eres poli?

Miró del uno al otro; esos dos estaban fuera de combate.

—No soy poli —decidió responder.

—¿Te debe pasta? —lo interrogó el moreno.

—Me jodió el coche —contestó de mal humor por no ser capaz de avanzar.

El calvo dejó salir una risa y aplaudió, convencido de que aquello era lo más gracioso del mundo.

—¿Cómo se jode un coche? —quiso saber, dirigiéndose a su amigo.

—Por el agujero de la gasolina —soltó el otro, desternillándose de la risa.

—Vale, ya lo busco yo —masculló, enfurecido.

Recorrió la casa y fue empujando puertas. La primera apestaba a tabaco, la segunda a marihuana y las dos estaban tan desordenadas que casi no podía verse el suelo.

Abrió con cierta reticencia la tercera puerta, ya que la única que quedaba era la del baño y estaba abierta.

Había un hombre desnudo en la cama. Desnudo del todo.

Miró la habitación, bastante sorprendido de ver madera y solo una montaña de ropa sobre una silla.

Había un botellín de cerveza en la mesilla y un plato con medio sándwich, pero no estaba mal y no olía a cerrado, ya que la ventana estaba entreabierta.

No había adornos, pero todo estaba en bastante buen estado, lo que de nuevo lo dejó sorprendido.

Volvió al muerto. Ni siquiera se había movido al abrir la puerta, ni por los gritos de los dos lumbreras del salón. Cogió una camiseta de la silla, la hizo una pelota y se la lanzó a la cabeza, sin acercarse un paso más a la cama.

Rhae se despertó en cuanto la tela lo tocó.

—¿Qué cojones haces tú aquí?

—Cojones los tuyos. Tápate. ¡Qué asco! —Se dio la vuelta para no mirar todo su cuerpo desnudo—. Jodiste mi coche, los días pasan y no sé nada de ti.

—Lo están arreglando —respondió Rhae a su espalda. Por los sonidos, por fin se estaba poniendo algo.

—No puedo esperar más. Estoy llegando tarde al trabajo, necesito ir a clases y...

—¿Clases? ¿Cuántos años tienes? —preguntó Rhae, con la voz demasiado cerca.

Se dio la vuelta, sin estar cómodo con no saber cuándo otro hombre se acercaba a él por la espalda.

Lo de ponerse ropa fue una ilusión: solo llevaba un pantalón de chándal y todo lo que podía ver eran tatuajes y piel desnuda.

Siguió con la vista el tatuaje de sus brazos, que corría sinuoso por su hombro y bajaba por su pecho hasta la parte superior del pectoral izquierdo.

Estaba en una forma envidiable, con todo el cuerpo compacto y los brazos llenos de músculos.

Cada movimiento tensaba su piel y hacía más difícil fingir que solo estaba mirando los tatuajes.

Bajó la mirada por su pecho, siguiendo el fino rastro de vello que se perdía por la cintura floja del pantalón. No parecía que llevara ropa interior. La tela descansaba tan baja sobre sus caderas que tuvo que obligarse a dejar de seguir el camino que marcaba el vello.

Notó el calor explotándole en la cara y levantó la vista demasiado deprisa.

Sus ojos oscuros lo miraban con sospecha.

Lo había pillado mirando. No necesitaba que dijera nada para saberlo.

Tenía una fina sombra de barba que advertía de que debía afeitarse y su pelo negro estaba desordenado por el sueño, pero no le quedaba mal.

—No te importa —respondió, haciendo un esfuerzo por recuperarse—. Necesito un medio de transporte. ¿Dónde está mi coche?

—¿Puedes dejar de gritarme?

—No estoy gritando —puntualizó—. Dime el nombre del taller, llamaré para asegurarme de que está ahí y no le hiciste nada.

—No —se negó Rhae, cruzándose de brazos.

Miró sus antebrazos; eran muy anchos, demasiado para estar en reposo. ¿Cuántas horas había que entrenar para tener ese cuerpo?

Se tiró de la camiseta, algo cohibido. Él estaba en buena forma. Bueno, no estaba mal. Quizá podría comer mejor y correr un poco. No estaba musculoso, no estaba muy delgado, pero era ágil y corría mucho cuando se lo proponía.

—Como quieras. Supongo que la poli podrá localizarlo —amenazó, encogiéndose de hombros.

Rhae le dedicó una sonrisa burlona.

—¿Cómo? Ese coche es más viejo que los dos juntos.

—No sabes qué edad tengo, acabas de preguntármelo —le recordó.

—Porque vas al colegio; los adultos no vamos ahí —replicó Rhae con soberbia. Cogió un paquete de tabaco sobre la mesilla y sacó un cigarrillo para encenderlo y lanzarle el humo. El olor le alcanzó antes de que pudiera apartar la cara.

Hizo un gesto de asco, cogió el pitillo y se lo tiró por la ventana. El cigarrillo desapareció fuera con un hilo de humo todavía saliendo del extremo.

—Fumar mata —le advirtió sin amedrentarse por su expresión asesina—. ¿Cómo vas a arreglar mi problema? No, error. ¿Cómo vas a solucionar el problema en el que tú me metiste?

—Todo este lío es por el colegio, ¿no deberían llevarte tus padres o el autobús?

—No tengo padres y no hay autobús a la hora que voy.

Además, tenía mi coche, así que la hora no era un problema.

Entro a trabajar en media hora y salgo directo a mi primera tutoría, y por tu culpa no puedo ir.

¿Sabes lo que van a pensar de mí? Que no me lo tomo en serio, y yo soy una persona muy seria; si doy mi palabra, la cumplo.

Me esforcé mucho para conseguir esta oportunidad y tú me la estás jodiendo.

Al terminar, se dio cuenta de que tenía los dedos cerrados sobre el bajo de la camiseta. Rhae sacó otro cigarrillo, pero se echó hacia atrás para mantenerse lejos de él. Lo observó en silencio, tarareando alrededor de su pitillo.

Dejó salir un sonido exasperado al darse cuenta de que la conversación había terminado. La presión que llevaba en el pecho desde que había entrado en aquella casa no había bajado ni un poco.

—Te llevaré —ofreció Rhae cuando se giró para irse.

—¿Qué? —preguntó, mirándolo.

Él no se repitió. Cogió una chaqueta con cremallera y se la abrochó hasta la mitad del pecho, cogió las llaves de la mesilla y le hizo un gesto con la cabeza.

—¿De verdad? —quiso saber para asegurarse.

Rhae no contestó, saludó a sus amigos con un gesto de cabeza y salió por la puerta.

—Necesito mis cosas, vuelvo ahora. —Corrió hasta la esquina y cruzó la calle, todavía sin creerse su buena suerte.

Agarró la mochila del sofá y dejó todo bien cerrado. Rhae ya estaba esperando con su camioneta en marcha. Fue directo a la parte de atrás, negándose a estar tan cerca de él. Cerró la puerta y se colocó la mochila sobre las rodillas.

Rhae no dijo nada, se puso en marcha y sacó su móvil para hacer una llamada, llevándoselo a la oreja.

—No se puede usar el teléfono mientras se conduce; por eso chocas contra coches parados.

—Tío, ¿cómo vas con el coche que te dejé?

Prestó atención al instante, sospechando que podía estar inventando la llamada, pero escuchó sin dificultad otra voz. Se inclinó un poco hacia delante, sin soltar la mochila.

»—Voy. Tuve que pedir una defensa en el desguace porque no se puede reparar la suya y es un modelo antiguo; tardará un poco.

—Me corre prisa.

»—Ya lo sé, tío. Te avisaré en cuanto sepa algo.

Rhae volvió a guardar su teléfono, pero no le dijo nada sobre su coche, probablemente porque sería consciente de que había escuchado la conversación. Al menos el taller existía y alguien estaba trabajando en él; aun así, no pensaba darle las gracias.