Kansas (Escala de matices 2) CAPÍTULO 1
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Kansas (Escala de matices 2)

Kansas (Escala de matices 2)

Por Aislin Leinfill

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CAPÍTULO 1

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Después de años de penurias y mucho esfuerzo, de noches trabajando en una hamburguesería y de días haciendo turnos en el supermercado, por fin había llegado al final.

Contuvo el aliento mientras el anciano de delante se despedía de la mujer del mostrador.

—Hola, señor Hatman —lo saludó la cajera con una gran sonrisa.

—Hola, Shirley —contestó emocionado.

—Llegó el día. Su último recibo —le dijo ella, aunque él ya lo sabía.

Sonrió a pesar de lo mucho que le temblaban las manos, sacó los dos mil doscientos cuarenta dólares que le faltaban y los puso encima del mostrador.

—El último —anunció con orgullo.

Shirley recogió el dinero, contó cada billete y tecleó algo en su ordenador.

—Solo un segundo —le indicó ella.

Movió su zapatilla contra el suelo, esforzándose por no parecer nervioso.

Siempre que iba al banco esperaba a que Shirley le atendiera.

Había otras cuatro cajeras, pero ella era especial.

Fue la única que no le miró con desprecio cuando llevaba un montón de billetes pequeños arrugados y muchas monedas.

Nunca le puso mala cara porque fuera sin dormir, oliendo a aceite después de empalmar dos turnos en la hamburguesería o empapado después de recorrer las cuatro manzanas que había desde la parada de autobús al banco cuando aún no conducía.

Porque por muy mal que le fuera, por muchas horas que tuviera que trabajar o sacrificio que tuviera que hacer cada mes, siempre, el día tres, iba al banco e ingresaba dos mil doscientos cuarenta dólares. Cada mes, durante ocho años.

Shirley nunca le hizo sentirse mal. Siempre le sonrió, dándole ánimos, y, para alguien que conocía muy bien la crueldad de la humanidad, ese pequeño gesto servía para alegrarle el día.

—Felicidades, señor Hatman, sus pagos hospitalarios están saldados. Este es su certificado de liberación de deuda —le comunicó ella.

Tomó el papel con el corazón latiendo con tanta fuerza que le temblaba la mano. Ese pequeño y amarillento papel era la carta de salida de su infierno.

—¿Puedo ayudarle con algo más? —preguntó Shirley con una gran sonrisa.

—Sí, lo siento. Sí. —Metió la mano en sus vaqueros y sacó todo el dinero que le quedaba.

Ella contó las monedas sobre el mostrador y el billete de un dólar.

—Son un dólar con cincuenta centavos. ¿Son para realizar algún pago? —inquirió Shirley sin perder la sonrisa ni su mirada amable.

—No, estos son para mi cuenta. Son solo para mí —le explicó, sonriendo por primera vez en mucho tiempo—. Quiero abrir una cuenta de ahorro.

—Por supuesto. Solo nos llevará un momento. ¿Va a querer el recibo de su depósito?

—Sí, por favor —aceptó con nerviosismo.

—Aquí tiene, señor Hatman. Firme la primera página.

Hizo lo que le decía, tan contento que fue incapaz de borrar la sonrisa mientras ponía su firma.

—Gracias, Shirley. Nos vemos el mes que viene —se despidió al recoger el recibo.

—¿El día tres? —preguntó ella, sonriendo.

—Como cada mes —le aseguró con satisfacción.

Salió del banco sonriendo, aferrado a ese papel con tanta fuerza que el borde se le clavó en los dedos. Su vida dependía de él.

Entró en su coche, un viejo Impala negro del setenta que uno de sus compañeros del supermercado le vendió al heredarlo de un tío lejano. Él dijo que era muy viejo para él, pero que funcionaba. Y tenía razón: durante los dos años que lo había conducido no había necesitado ningún arreglo importante.

Se fue a casa con una energía nerviosa recorriéndole el cuerpo.

Nunca había estado tan emocionado. Condujo por su calle, que, como siempre, estaba llena de ruido; era lo malo de vivir en una de las zonas más precarias de la ciudad.

Las afueras no tenían glamour, pero su tía vivía allí cuando reclamó su custodia a los servicios sociales y, a su muerte, heredó la casa.

Aparcó delante de la pequeña propiedad, una alargada casa de madera blanca descascarillada. No era gran cosa; algunos decían que era tan malo como vivir en una caravana, pero sabía muy bien lo que era no tener nada y, poseer un lugar propio era algo importante.

Entró directo a la cocina y pegó en la nevera el recibo de su primer ingreso en la cuenta de ahorro.

Sonrió con orgullo. No le quedaba dinero hasta el viernes; todavía quedaban dos días para eso, pero, después de invertir cada centavo en pagar la deuda que le dejó su tía, necesitaba empezar ya y sentir que por fin estaba haciendo algo por sí mismo.

El día anterior había dejado el trabajo en la hamburguesería.

Tener dos trabajos desde los dieciséis años lo había destrozado, pero no tuvo opción cuando las facturas empezaron a acumularse y su tía empezó a empeorar.

No podía perder la casa ni dejar que el Estado supiera que el adulto responsable de su tutela ya no podía responsabilizarse de nada.

Tenía seis años la primera vez que se prometió a sí mismo que conseguiría tener su propia casa, un lugar propio y ser como las demás personas. Ser normal. No creía que lo lograra nunca. Alguien como él no estaba hecho para encajar, pero no importaba. Estaba listo para hacer un cambio, para mejorar.

Sin su segundo trabajo podía estudiar. Ni siquiera había podido terminar el instituto, pero ahora iba a sacarse su título por fin.

No había muchos trabajos disponibles para alguien de dieciséis años, pero cuando eligió trabajar para el supermercado más grande del país, lo hizo con el conocimiento de las ventajas que traía el puesto.

Descuentos en artículos y comida, un seguro de salud bastante decente, rebajas en seguros, primas a partir de los tres años de trabajo y estudios gratis.

Sabía entonces que pasaría un tiempo hasta que pudiera hacer uso de ellos, pero, con sus deudas pagadas, había llegado el momento.

Ya había hablado con su encargado sobre su graduado y le había ayudado a elegir un instituto para adultos con clases a distancia y una tutoría presencial a la semana para solventar dudas.

Comprobó la comida que le quedaba en la nevera: había una botella de leche, queso y salsa de tomate.

Miró en los estantes: pasta y pan de molde.

Tenía todo lo que necesitaba hasta su próximo cheque.

Comprobó la pizarra que tenía sobre la nevera.

Solo había tres palabras apuntadas: luz, agua, gas.

Al lado de cada una de ellas había un check, lo que significaba que ya estaba al día con los pagos del mes.

Sonrió con orgullo y cruzó la sala para sentarse en el viejo sofá. Ahora que no tenía deudas, había cosas que quería arreglar desesperadamente.

—Todo va a estar bien —murmuró para sí mismo. Y sabía que era verdad, porque ahora solo tenía que hacer lo que realmente quería. Por una vez en su vida, las posibilidades eran ilimitadas y por fin el destino estaba a su favor.

—¡Hijo de puta! —gritó al notar el golpe de un coche por detrás.

La calle estaba despejada a esa hora de la madrugada; no había tráfico, ni semáforo, ni ninguna puta excusa que justificara que un idiota embistiera la parte trasera de su coche.

— ¡Gilipollas! —bramó, quitándose el cinturón y abriendo la puerta para ir a por el imbécil que acababa de joder su día.

El inútil en cuestión bajó de su camioneta.

—Oh, mierda... —Reconoció su cara en cuanto salió. —Rhae. —No me jodas. ¿No ves por dónde vas? ¿Estás ciego? —Probablemente no era buena idea gritarle a un delincuente, pero iba a quedarse sin coche por lo menos unos días y lo necesitaba para ir a trabajar.

Rhae había llegado a su calle hacía unos cinco años. Vivía en una casa llena de gilipollas al otro lado de la calle, que no dejaban pasar la oportunidad de montar follón por el barrio.

La defensa del coche estaba en el suelo y el maletero estaba aplastado en forma de acordeón. La pintura negra se había abierto en desconchones alrededor del golpe.

—¿Por qué sigues ahí parado? Busca los papeles del seguro mientras llamo a la grúa —le exigió, sacando el móvil del bolsillo.

—Eso no va a pasar —le contradijo Rhae, quitándole el móvil de la mano—. No puedes llamar a la grúa ni a nadie.

Miró sus ojos oscuros sin dar crédito.

—Dime que tienes seguro —suplicó.

—Tengo —le aseguró Rhae—. Pero no puedo usarlo.

—¿Estás de broma? Trabajo en turno de noche esta semana, necesito el coche ya mismo.

—No puedo dar partes al seguro, hablaré con mi mecánico, recogerá el coche y pagaré. Solo no llames a nadie.

—Paso, no me fío. ¿Cómo sé que no vas a vender mi coche por piezas?

Rhae miró el coche antes de volver su atención a él.

—¿Quién va a querer comprar eso? —preguntó.

—¿Quién es tan imbécil como para chocar con un coche parado?

La mirada de Rhae lo atravesó, dejándolo paralizado y recordándole de forma muy poco sutil el tipo de hombre que era.

—He dicho que me haré cargo, dejaré tu coche como estaba.

—Ya, llámame desconfiado, pero creo que voy a llamar a la policía —decidió, recuperando su móvil.

—Nada de poli —advirtió Rhae.

—¿Estás haciendo algo ilegal? ¿Se trata de eso? —inquirió, tratando de entender por qué una persona que tiene su seguro en regla se resistiría tanto a hacer un simple parte por impacto—. No me metas en vuestras historias.

—¿Tienes problemas de oído? Te estoy diciendo que te lo arreglaré —insistió Rhae. Se sacó el móvil del bolsillo e hizo una llamada sin mirarlo.

Mientras Rhae hablaba, volvió a mirar su coche. Aprovechó para hacer un par de vídeos, dejando constancia de los daños en ambos coches por si se la liaba.

—El mecánico vendrá a buscarlo, puedes irte a casa. —Su tono desapasionado lo hizo enfadar.

—¿Y ya está? ¿Ni un resguardo de quién se lleva mi coche? Ni siquiera tienes mi número, ¿cómo va a llamarme cuando esté listo? Esto no me da buena espina, quiero llamar a la policía.

—Oye —lo cortó Rhae, alzando la voz. Se movió para acercarse más, claramente en un intento de intimidarlo—. Ya te dije que no.

—¿Entiendes que no me das ninguna garantía y que necesito mi coche para ir a trabajar?

—Solo serán un par de días. Cinco como mucho, conozco al mecánico, me debe un favor —respondió—. No necesito tu número, sé dónde vives.

—¿Me estás amenazando? —lo desafió, estirándose en toda su altura.

Rhae era un poco más alto que él; tenía que pasar del metro ochenta porque él medía un metro setenta y nueve. Puede que fuera mucho más ancho que él, pero sabía dar pelea si eso era lo que quería y tenía algunos trucos sucios que pensaba usar.

Rhae lo observó entrecerrando los ojos y, por un segundo, creyó que de verdad iba a pegarle. Bueno, no sería la primera vez, ni puede que tampoco fuera la última, en que se metía en una pelea.

Las luces de la grúa, al llegar, hicieron que los dos se giraran.

—Vete —le ordenó Rhae.

—Tengo un vídeo del coche. Si no me lo devuelves en cinco días, iré a la policía —lo advirtió—. Me llamo Dylan Hatman, por cierto. Lo digo para que sepas quién soy cuando te llegue la denuncia.

Cogió su mochila del asiento trasero y anduvo a grandes zancadas hasta su casa, que estaba apenas a unos metros, porque el muy idiota lo había chocado cuando aparcaba. La correa de la mochila le tiraba del hombro con cada paso, pero no aflojó el ritmo.

A la mierda su mes perfecto. Ni siquiera sabía por qué lo intentaba. La gente como él no tenía de eso.