Capítulo cuarenta y ocho
Kai
—¿Qué está pasando? —preguntó Cece mientras yo remaba hacia atrás con todas las fuerzas que me quedaban—. ¿Por qué nos alejamos de Serenity?
No tuve tiempo de responder. Estábamos dentro del radio de explosión de cualquier misil que llevara un helicóptero. En lugar de eso, el ruido distante la puso sobre aviso. El rítmico y escalofriante whup-whup-whup de un helicóptero volando bajo la alertó de la amenaza.
—¿Es...?
—No puede ser otra cosa, dada su velocidad.
—La máquina asesina del diablo —su rostro ya estaba pálido, pero ahora se quedó lívido—. Mierda.
Mierda, desde luego.
Tenía que sacarnos de aquí, y rápido. Una mirada a mi Tak reforzó mi decisión. Volando a baja altitud, el letal helicóptero devoraba los kilómetros que nos separaban en un curso directo hacia Serenity.
Mi Tak parpadeó. El helicóptero estaba a veinte kilómetros.
No quería llamar la atención con movimientos que pudieran aparecer en un radar o en un sistema de imagen térmica, pero si no ponía mucha distancia entre Serenity y nosotros, estábamos fritos.
—Levine está en el barco —me recordó Cece.
—Me importa una mierda —espeté—. Tú estás en mi tabla de surf.
Una tabla de surf que no le ofrecería ninguna protección mientras estuviéramos en la zona de impacto.
—Pero... —parpadeó para apartar las lágrimas de sus ojos—. ¿Qué pasa con Serenity?
El catamarán había sido mi orgullo, mi sueño hecho realidad, pero eso fue antes de enamorarme de Cece.
Mientras remaba alejándome de Serenity, alejándome de la lucha, me sentía como un traidor.
Me dolía horrores que mi hermoso catamarán fuera a convertirse en astillas flotantes en cuestión de segundos, pero si Cece sobrevivía, lo superaría.
Mi Tak alertó de nuevo. Diez kilómetros.
El infernal helicóptero estaba ahora a distancia de ataque.
Remé aún más rápido, si es que eso era posible.
El estruendo mecánico creció a medida que el helicóptero se acercaba.
Sin los amortiguadores activados, el maldito trasto rugía como un dragón que escupe fuego.
La luz temprana del amanecer me ofreció una imagen escalofriante del depredador mortal: negro, aerodinámico, cada vez más cerca.
Cinco kilómetros.
Si los pilotos se acercaban tanto, Li debía de haberles exigido imágenes de cerca y confirmación visual de nuestro fin.
Clavé el remo en el agua y cabalgué la corriente con todo lo que tenía, sin perder de vista al helicóptero mientras descendía en picado.
Un par de destellos brillaron a cada lado del helicóptero, marcando el momento en que la bestia sigilosa disparó.
Los misiles se encendieron y surcaron la noche, dejando tras de sí una estela que parecía un relámpago congelado.
Alcancé a ver el mástil de Serenity erguido con orgullo, recortado contra un fondo índigo donde el amanecer incipiente desafiaba a la noche.
—Adiós, dulce niña —susurró Cece, con el rostro surcado de lágrimas.
—Gracias por tu servicio —murmuré, con la esperanza de no estar diciéndole adiós a Cece en ese momento.
Un fuerte silbido me sobresaltó. Perturbó el oleaje en algún lugar a mis diez en punto. El rugido de un motor de cohete al encenderse retumbó en mis oídos. Un segundo después, una explosión iluminó los cielos.
***
Cece
—¡Agáchate! —Kai se dejó caer sobre mí y cubrió mi cuerpo con el suyo.
Mi mejilla golpeó la tabla de surf. Inmovilizada bajo él, miré hacia arriba.
Una ráfaga de fuego iluminó el horizonte cobalto.
Una mancha de rojo ardiente salpicó el cielo y tiñó lo poco que quedaba de la noche.
Antes de que pudiera respirar de nuevo, un segundo silbido rompió la superficie y siguió otra explosión, esta más grande, más fuerte, más furiosa, puntuada con chirridos metálicos y estallidos dentro de estallidos.
Kai me cubrió la cabeza con las manos mientras el calor nos golpeaba. Una oleada abrasadora rugió en mis oídos, me taponó los tímpanos y resonó en mi pecho. El océano onduló violentamente. Ola tras ola sacudió la tabla de surf, que se mecía bajo nosotros con una furia que parecía indignación.
Cuando el calor disminuyó, Kai se apoyó en un codo y entrecerró los ojos hacia el cielo.
Miré hacia arriba desde debajo de él. Parecía que un planeta se hubiera partido en el universo sobre nosotros.
Como a cámara lenta, la conflagración cayó al mar.
El océano siseó cuando el fuego golpeó su superficie.
El humo se elevó en espirales mientras el Pacífico lamía los restos en llamas.
—¿Qué demonios? —dije con voz ronca.
Kai se puso de pie, con la mirada astuta fija en los restos que ardían a lo lejos.
Me incorporé de rodillas, incapaz de apartar los ojos del resplandor.
Fuego sobre agua. Era todo un espectáculo.
Habría pensado que era imposible, y sin embargo ahí estaba.
Un pensamiento fugaz me cruzó por la cabeza.
Kai era agua, y yo era fuego, y de alguna manera, ambos habíamos sobrevivido.
No podía asimilar lo que acababa de suceder.
—¿Cómo...? ¿Qué...? —murmuré. Ni siquiera sabía qué preguntar—. ¿Eso que arde es Serenity?
Antes de que pudiera responder, divisé el catamarán. Su mástil estaba caído y sus velas parecían destrozadas, pero por lo demás, seguía a flote. Justo cuando pensé que el peligro había pasado, un suave oleaje meció la tabla de surf.
—Mantente agachada —advirtió Kai, que se puso de rodillas y se inclinó sobre mí.
Las olas crecieron. Burbujas agitaron la superficie y el agua chisporroteó en algún lugar a mi izquierda.
—Agárrate bien —dijo Kai.
Extendió los brazos y se aferró a los bordes opuestos, equilibrando la tabla tambaleante. El océano rugía bajo nosotros. Mi corazón aún no se había recuperado, y sin embargo el pulso se me aceleró todavía más, retumbando en mis oídos y demostrándome que el terror no conocía límites.
Yo también me aferré a la tabla. Un abultamiento se formó en el océano. La masa se desplazó bajo la superficie hasta que…
Swoosh.
La enorme aleta de una criatura negra rompió la superficie, emergiendo del agua antes de aminorar la marcha y revelar los primeros indicios de un cuerpo colosal y elegante, mucho más grande que cualquier ballena que hubiera visto en mi vida.
Me quedé boquiabierta. ¿Qué estaba viendo?
Los sonidos metálicos y el rugido sordo que llegaron a mis oídos me hicieron descartar mi primera impresión. El sol naciente perfiló una torre, no una aleta. Múltiples antenas coronaban la torre. No estaba viendo ningún tipo de ballena. Estaba viendo una máquina de fabricación humana.
—¿Un submarino? —chillé, frunciendo el ceño ante las líneas estilizadas que emergían del océano.
—Afirmativo —dijo Kai.
Se le abrieron los ojos de asombro mientras se incorporaba de rodillas.
—Un submarino de ataque, para ser exactos.
—¿Me estás tomando el pelo? —mi voz salió tan aguda que me retumbó en el tímpano y resonó por encima del océano—. ¿La NWO tiene un puto submarino de ataque?
Kai no apartó la vista de la nueva amenaza.
—Estamos perdidos —dije.
Me froté los ojos cansados con una mano, me puse de rodillas y me dejé caer contra Kai, apoyando la espalda en su pecho. Sus brazos me rodearon para sostenerme. Habíamos sobrevivido a Levine, a los barcos, a los ataques del helicóptero. ¿Pero a un submarino?
¡Era demasiado!
Kai no podía seguir así. La herida del pecho le sangraba. Debía de estar sufriendo horrores, y yo era un manojo de nervios.
—No podemos luchar contra un puto submarino —dije.
Me di un golpe en el regazo con la mano dolorida y al instante me arrepentí.
—No podemos escapar de esa cosa.
—Tienes razón. No podemos —dijo Kai.
Un amago de sonrisa le asomó a los labios mientras me frotaba la mano.
—Pero no hace falta.
—¿Qué? —miré fijamente al hombre que nunca perdía la calma... bueno, a menos que cierto mercenario enfermo me amenazara o yo cayera por la borda. Puede que Kai mantuviera la calma ahora, pero había perdido el juicio—. ¿Qué has dicho?
—Estoy entrenado para identificar todo el arsenal de las flotas de todos los países del mundo —explicó, siguiendo el submarino con la mirada mientras este reducía la velocidad hasta casi detenerse—. Tenemos delante un submarino de ataque rápido clase Virginia.
—¿Cómo demonios consiguió Li un submarino de ataque rápido? —la rabia me hervía por dentro ante la injusticia de todo aquello, maldiciendo un universo en el que los buenos morían y los malos ganaban.
—No lo consiguió —dijo Kai.
El rostro se le relajó en una sonrisa auténtica mientras el submarino se detenía.
—A juzgar por su designación numérica, ese es un submarino en servicio activo y pertenece a la Marina de los Estados Unidos.
—¿Acabas de decir la Marina de los Estados Unidos?
Kai asintió.
—Pero… —seguía sin entender nada—. ¿La Marina nos ayudó?
—Así es —dijo Kai.
Estudió la máquina.
—Ese submarino derribó el misil de la NWO y el helicóptero que atacaba al Serenity.
—Dios mío. ¡Así que eso fue lo que pasó! —exclamé.
Dos silbidos. Dos explosiones. Ahora todo encajaba. Una máquina de caza furtiva había eliminado a la otra.
—¿Pero la Marina de los Estados Unidos? ¿Cómo demonios?
—Dagger tiene amigos en las altas esferas —dijo Kai.
Intentando disimular una mueca de dolor, se puso de pie y agitó los brazos.
—Battle Brothers tiene una red extensa e influyente, y colaboramos a menudo con el gobierno de Estados Unidos. Alguien habrá pedido un favor. Apuesto a que este era el plan de extracción de Omega desde el principio.
Moviéndose más despacio que antes, cogió el remo y puso rumbo hacia el gigante que flotaba entre las olas.
—No lo entiendo —dije.
Me di la vuelta y miré a Kai.
—Perdimos el punto de encuentro. El océano es enorme. ¿Cómo nos encontraron?
—Seguro que ya estaban cerca cuando apareció el helicóptero.
—¿Pero cómo?
—Rastreador.
—¿El Serenity tiene un rastreador a bordo?
—Lo tiene, pero lo desactivé antes de empezar la misión para evitar que alguien lo rastreara. Localizaron mi rastreador intradérmico.
—¿Tú…?
—Todos los que trabajamos en Equipo Rastreador lo llevamos.