Kai (Romance militar de héroes alfa nº 13) Capítulo cuarenta y dos
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Capítulo cuarenta y dos

Cece

Se me revolvió el estómago, agitando los huevos que acababa de comer. Me levanté del taburete. Levine acababa de describir mi caja. Siempre había sido mía. La había comprado hacía años, cuando mis hermanas, Dash, Nix y yo fuimos juntas a México en las vacaciones de primavera.

¿Por qué demonios Levine y sus matones se habían lanzado a buscar algo que ni siquiera pertenecía a mi padre?

Me picaban los dedos por echarle mano, pero Kai negó con la cabeza muy levemente. Capté su mensaje, volví a sentarme en el taburete y me incliné sobre el plato. Para ocultar mis ganas de revisar la caja, escondí la cara detrás del flequillo largo y me obligué a tragar otro bocado.

No queríamos que este desgraciado supiera que yo tenía la caja. El mercenario era lo bastante codicioso como para querer usarla de moneda de cambio. No me extrañaría nada que Levine robara la caja y se la llevara a Li para volver a congraciarse con su jefe. Tenía tantas preguntas.

¿Cuándo, si es que alguna vez, había estado mi caja sobre la credenza de mi padre?

Debió de ser cuando yo estaba fuera. ¿Quién la había devuelto a mi habitación?

¿Y por qué? ¿Quién la había visto allí y había informado a Li?

¿Seguiría la memoria USB guardada en la caja de fotos junto con los recuerdos que había coleccionado de joven?

La voz cortante de Kai interrumpió el torrente de mis interminables preguntas. —Necesito saber dónde está, Jack.

Sin duda desconcertado por el cambio abrupto de tema, Levine frunció el ceño. —¿Quién?

—Aphrodite Astor. —Que Kai mencionara a mi hermana me hizo enderezar la espalda—. Quiero saber dónde puedo encontrarla, y lo quiero saber ahora.

El tenedor se me quedó congelado en el aire.

El corazón me dio un vuelco. Por fin, Kai había hecho la pregunta que más importaba.

Había sido estratégico con su interrogatorio, poniendo a prueba a Levine en todo momento.

Confiaba en Kai. Su mente brillante le daba mil vueltas al mercenario.

Acababa de tenderle una emboscada al imbécil para sonsacarle la información exacta que necesitábamos.

—¿Esa zorra? —La mueca detestable de Levine hizo que apretara el tenedor con más fuerza—. Andaba de aquí para allá. La tía podría estar en cualquier parte a estas alturas. Seguramente esté muerta. Eso es lo que yo diría.

Salté del asiento y me abalancé sobre el mercenario con el tenedor agarrado como si fuera una daga. —Si está muerta, tú también lo estás.

—Tranquila. —Kai alargó la mano y me agarró del brazo, frenándome en seco—.

Está intentando meterse en tu cabeza. —Volvió a centrar la atención en el mercenario—.

No te he pedido que adivines nada. Quiero que me digas dónde estaba Affie la última vez que tuviste información fiable sobre ella.

¿Llegaste a tener esa información concreta?

—Sí —respondió el mercenario, con un brillo malicioso en los ojos.

Estudié el aura del mercenario y luego, con el corazón desbocado, apuñalé el aire con el tenedor en dirección a Levine. —Está diciendo la verdad. ¡Lo sabe! Suéltalo, imbécil. ¿Dónde coño está mi hermana?

—Tan reactiva. —El hombre se relamió, saboreando mi desesperación mientras me provocaba—. Tan ardiente y apasionada. Estás preciosa cuando te sulfuras.

Me abalancé sobre él de nuevo.

—Te está provocando. —Kai me rodeó la cintura con el brazo bueno y me sujetó—. No le sigas el juego. No es casualidad que se le haya empalmado como el puto Hindenburg con tu reacción. Disfruta torturando a la gente.

Kai tenía razón, pero le gruñí a la bestia.

—Jack —Kai escupió el nombre con renovado desprecio—. Si sigues así, me voy a olvidar de nuestro trato.

Kai tiró de mí. Me dejé caer en el brazo de su silla, sobre todo porque no quería que Kai se hiciera daño por intentar calmarme. De verdad que quería asesinar al despreciable mercenario.

—Dices que sabes dónde estaba Affie cuando viniste a por Cece. —Kai bajó la barbilla y clavó la mirada en el mercenario—. ¿Cómo conseguiste esa información?

—Li me dio a elegir entre varias misiones.

—La mirada de Levine se desplazó hacia mí—.

La información que teníamos sobre Aphrodite Astor era fragmentaria.

Parecía que no paraba de moverse. Iba a costar trabajo localizarla.

Pero la información que teníamos sobre Cersi era más sólida.

Me gusta tener éxito en mis misiones, así que fui a por ella.

Ahora que sé que es un diamante en bruto, me alegro de haberlo hecho.

Kai me miró. Respiré hondo y me tragué el comentario mordaz que estaba a punto de escapárseme.

Cálmate de una puta vez, Astor. Concéntrate en averiguar dónde está Affie.

Entrecerré los ojos mirando al pervertido. Unas motitas marrones aparecieron como cagaditas contra su repugnante aura. Estaba diciendo la verdad.

Escupí las palabras entre dientes. —Dónde. Está. Mi. Hermana.

—Te diré lo que sé, Emperatriz de la Ira —dijo Levine—. Después de que me des de comer.

Le hice una mueca al cabrón. —Eso es un no, hijo de puta.

—No te importaría que te lamiera los dedos, ¿verdad? —La sonrisa babosa de Levine me dio asco—. Puede que hasta lo disfrutes. Si no un lametón, déjame olerte. A cambio de un olisqueo de tu aroma, te susurraré al oído el último paradero conocido de tu hermana.

Por un momento, lo consideré. De verdad que sí. Entonces Kai intervino.

—Estás jugando un juego muy peligroso, Jack. —Su voz sonó fría y dura como el acero—. ¿Qué tal si hablas y yo no te mato?

—No puedes matarme —replicó el arrogante pedazo de mierda—. Tenemos un trato, y me diste tu palabra. No vas a asesinarme a sangre fría. No eres ese tipo de cabrón.

Kai ladeó la cabeza.

—¿Y eso cómo lo sabes?

—Eres un idiota —el mercenario ensanchó su sonrisa burlona—. Pero también eres un idiota con principios.

—Las apariencias engañan —Kai fingió una sonrisa inocente, pero vi la amenaza en sus ojos—. La gente puede cambiar en un instante, sobre todo cuando está cabreada.

—¿Eso significa que no hay comida para mí? —Caraverga me miró e hizo un puchero fingido—. ¿Tampoco café?

—¿Quieres café a cambio de información sobre el último paradero de Affie? —ahora me tocaba a mí fulminar al cabrón con la mirada—. Claro, te traeré café.

Kai no dijo nada mientras me levantaba de un salto de la silla, iba a la cocina pisando fuerte y servía una tercera taza de café.

—Leche y azúcar —añadió el mercenario—. Por favorcito.

Lo fulminé con la mirada desde el otro lado de la habitación. Dios, cómo odiaba a ese mercenario.

Qué demonios. Por Affie, le llevaría café a Caraculo.

Los hombres permanecieron en silencio mientras vertía el líquido negro en una taza y le echaba un montón de leche.

La leche fría golpeó el café caliente, matando el vapor.

Incliné el azucarero y vacié la mitad en la taza.

Sí. A Levine le esperaba una sorpresita.

Volví a cruzar la habitación.

—Cece, espera.

Me detuve, y Kai apuntó a Levine con el arma.

—Como le toques un solo pelo, eres hombre muerto.

—¿Cómo coño voy a tocarla si estoy atado como un chorizo? —cuando Kai lo atravesó con la mirada, Levine suspiró—. Vale, nada de moverme, nada de tocar.

Me arrodillé a su lado y levanté la taza de café.

—Primero dímelo.

—Acércate más —me provocó.

Acerqué la mejilla a su boca y contuve la respiración para no inhalar el aire fétido que exhalaba. Olía a alfombra mohosa y a perro mojado. Cerró los ojos y olfateó el aire como el depredador que era, alargando el momento, prolongando mi angustia, deleitándose en ella.

—Basta —le clavé el tenedor en el cuello y escupí las palabras entre dientes—. Dímelo. Ya.

—La vieron por última vez en... —me susurró dos palabras al oído.

Me eché hacia atrás y fruncí el ceño.

—¿Dónde coño queda eso?

Hizo un gesto con la cabeza, indicándome que volviera a acercarme para escuchar su susurro.

Murmuró las palabras lentamente. Los segundos se convirtieron en siglos.

Sus ojos brillaban y sus labios se relamían de una manera que me pareció obscena.

Su respiración se volvió profunda y pesada, a juego con su erección.

Con cada palabra, me obligaba a acercarme más.

Sentí más que vi los zarcillos de su aura expandiéndose como tentáculos fríos y viscosos, extendiéndose, enroscándose a mi alrededor, impregnados del hedor pútrido de muerte y descomposición.

Luché contra las náuseas, me eché hacia atrás y estudié una vez más la energía podrida del hombre. Decía la verdad. Ahora sabía por dónde empezar a buscar a Affie. Pero ¿llegaría hasta ella antes de que Li la encontrara?

Me puse de pie.

—¿Mi café? —su voz empalagosa contradecía la orden que endurecía su mirada.

—Por supuesto —le dediqué una sonrisa inocente—. Aquí tienes.

Con un giro de muñeca, incliné la taza y le vacié el café en la cabeza.

Kai ya estaba a mi lado antes de que Levine pudiera reaccionar.

—¡Joder! —bramó el hombre, intentando patearme las espinillas, aunque esquivé fácilmente sus torpes intentos—. ¡Zorra! ¿Qué has hecho?

—¿Querías café? —provoqué al mercenario con mi mejor sonrisa burlona—. Pues ahí lo tienes.

—¡Me has quemado! —me acusó.

—Oh, pobrecito —puse cara de pena—. Con toda esa leche fría, ya ni siquiera estaba caliente. ¿Pegajoso? Puede.

Miré a Kai.

—No aguanto más a este cabrón apestoso.

Kai asintió. Entendió que necesitaba hacerme con la caja que el mercenario había intentado encontrar en Casa Astor.

Estaba a punto de ir a buscarla cuando las pantallas del centro de navegación de Kai enloquecieron.

Marcos rojos parpadearon alrededor de los monitores y varias alarmas empezaron a sonar.

El corazón se me subió a la garganta y se me quedó atascado allí.

—¿Qué pasa? —pregunté por encima del alboroto.

Kai fue hasta su estación de navegación y tecleó con dedos ágiles y rápidos. Me miró. La expresión sombría que le fruncía el ceño fue todo lo que necesité saber.

—Tenemos compañía.