Kai (Romance militar de héroes alfa nº 13) Capítulo treinta y nueve
77%

Capítulo treinta y nueve

Kai

Abrí los ojos parpadeando y me encontré con el rostro preocupado de Cece suspendido sobre mí.

Una arruga profunda le surcaba la frente y sus labios se movían, pero no lograba distinguir lo que decía.

Era como si llevara tapones en los oídos.

Me sentía débil y aturdido, y el pecho me dolía como la puta madre.

Si el dolor era señal de vida, lo estaba haciendo genial.

—¡Kai! —el grito de Cece me sobresaltó cuando recuperé el oído—. ¿Puedes oírme?

—¿Cómo no voy a poder? —me metí un dedo en el oído—. Me estás gritando en la cara.

—Gracias a Dios —se le llenaron los ojos de lágrimas, y la angustia que tensaba sus rasgos me dolía más que el pecho—. No te atrevas a desvanecerte otra vez, marine.

—Entendido, cariño —logré esbozar una débil sonrisa y bajé la mirada.

Un vendaje impermeable cubría la zona palpitante de mi pecho. El dolor latía al ritmo de mi corazón. Lo último que recordaba era haberme desmayado frente al lavabo mientras intentaba curarme la herida.

Tras varios parpadeos y un vistazo, comprobé que estaba en mi cama.

Un montón de toallas manchadas de rojo se apilaban detrás de Cece, y mi botiquín estaba abierto junto a ella.

La vía intravenosa conectada a la vena de mi antebrazo y la aguja pegada a mi piel indicaban que Cece me había mantenido hidratado.

Las jeringas precargadas de antibióticos vacías tiradas en la mesita de noche me confirmaron que había entrado en pleno modo médico.

Ella era la razón por la que seguía vivo.

—¿Cómo me trajiste aquí? —pregunté, todavía un poco aturdido.

—Cuando conseguí detener la hemorragia, te arrastré hasta la cama —explicó, con el rostro pálido y los ojos preocupados—.

Pesas mucho, pero lo conseguimos. Perdiste mucha sangre y tienes una puñalada muy fea en el pecho.

Eres un idiota, Kai —se le quebró la voz y una lágrima le resbaló por la mejilla—. Deberías habérmelo dicho.

—Pensé que lo tenía controlado —me incorporé sobre un codo, vi destellos rojos y volví a dejarme caer sobre las almohadas—. En la lancha, me puse un trapo sobre la herida para cortar la hemorragia. No pensé que fuera para tanto.

—Sí que es para tanto —vi un destello de lágrimas en sus ojos—. Deja de moverte. No quiero que vuelvas a sangrar.

Los recuerdos de las últimas horas me vinieron en tropel. —¿Levine? —pregunté.

—Sigue inconsciente —señaló con la barbilla hacia mi Tak, apoyado contra la pared. Mostraba una imagen del mercenario tal como lo había dejado, atado y babeando por las comisuras.

El cabrón había plantado batalla. El dolor marcó el instante en que coló su cuchillo por debajo de mi chaleco táctico y me clavó la hoja.

No fui consciente de cuánto sangraba hasta que empecé a marearme.

Cuando volví al Serenity, mi prioridad había sido inmovilizar a Levine y asegurarme de que no pudiera hacerle daño a Cece.

—Lo siento, amor —extendí la mano y tomé la suya—. Pensé que tendría tiempo de ocuparme de mí mismo.

—Pues te equivocaste —con un gesto furioso, se limpió una lágrima de la mejilla—.

La herida es profunda. Podría haberte matado.

Te he puesto analgésicos y antibióticos de tu botiquín.

Tienes suerte de que la hoja no te perforara una arteria principal o la cavidad torácica.

Que yo sepa, podrías estar sangrando por dentro.

—Pero bueno, no estoy muerto, algo es algo —me encogí de hombros e hice una mueca al descubrir que era una idea pésima—. Además, me han dicho que hay una doctora a bordo.

—¡Una doctora en farmacología! —espetó—. Necesitas un médico de verdad, una resonancia, un hospital y...

—Cece, tranquila —le apreté la mano—. Estoy bien —sin soltársela, levanté el brazo bueno para mirar la hora—. Joder. ¿Ya es media tarde?

—Sí —se mordió el labio inferior—. Has estado inconsciente un buen rato.

Odiaba la preocupación que le marcaba dos arrugas entre las cejas, la angustia que le anegaba los ojos de nuevas lágrimas. La piel agrietada y descamada de su labio inferior revelaba que llevaba un buen rato mordiéndoselo.

—Gracias por cuidarme —le tomé la mano y se la besé—. ¿Cómo está Levine?

—Lleva todo el día roncando.

O el tipo era muy sensible a los sedantes, o me había pasado con la dosis, algo probable dado que había tenido que triplicarla para que el bruto dejara de dar por culo.

En cualquier caso, el efecto debería pasársele pronto.

La próxima vez que me enfrentara al hijo de puta, sería una guerra de mentes. Tenía que prepararme.

Me incorporé en la cama.

—Por favor, Kai, necesitas descansar —un sollozo contenido se le atragantó a Cece—. Cuando no despertabas, temía que te estuvieras muriendo. Aún podrías morirte y dejarme sola.

Sin previo aviso, la mujer feroz que conocía se vino abajo. Las lágrimas no eran algo que asociara con Cece. Se encogió abrazándose las rodillas, apoyó la frente en ellas y lloró a mares.

Su angustia me atravesó como una cuchilla. Había afrontado todo tipo de amenazas mortales desde que la encontré. Las había manejado con aplomo y coraje, y sin embargo era una puñalada en mi pecho lo que la tenía llorando como una niña.

—Eh, Cece —me senté apoyándome en las almohadas y la atraje hacia mí—. Estoy bien.

—Esto es culpa mía —murmuró entre sollozos—. ¡Casi consigo que te maten!

—Tu plan funcionó —le acuné la mejilla con la mano y le levanté el rostro hasta que sus ojos enrojecidos se encontraron con los míos—. Pillamos al cabrón. Date un respiro. Esto es una victoria.

Levantó hacia mí un rostro surcado de lágrimas. —Pero yo...

—Has cargado con el peso del mundo sobre tus hombros demasiado tiempo, echándote la culpa de todo lo que sale mal. Ya no tienes que hacerlo. Me tienes a mí. Juntos, saldremos de este desastre. ¿Vale?

—Vale —dijo entre sollozos.

Le sequé las lágrimas del hermoso rostro.

—Se acabó el llanto.

—Yo no lloro —protestó, aunque seguía llorando.

—Ahora sí —le acaricié el rostro y susurré—: Y no pasa nada.

***

Cece

La tarde se adentraba en el día más largo de mi vida.

Había llovido sin parar, y el aire olía a ozono y hierba mojada.

Estuve vigilando a Levine, pero no me separé del lado de Kai.

Su herida era grave. Tenía que ser increíblemente fuerte para aguantar una lesión así.

Había perdido demasiada sangre. Costó mucho detener la hemorragia.

Gracias a Dios, Kai estaba inconsciente mientras lo cosía. Toda mi vida quise curar enfermedades, pero elegí el camino de la investigación por una buena razón. No soportaba hacer sufrir a la gente buena. Solo pensar en causarle dolor a Kai me había llevado al borde de la desesperación.

Aguanté hasta que volvió en sí. Y entonces...

me derrumbé. Delante de él. Lloré hasta que me dolieron los ojos, pero no me llamó mocosa llorona ni me exigió que dejara de sollozar.

Simplemente me abrazó, a pesar de su herida, y me hizo sentir segura mientras lloraba sobre su hombro.

Aun estando débil, era fuerte. Y aunque yo solía ser fuerte, él me dio espacio para ser débil.

Solté un largo suspiro. Ahora que estaba despierto y había derramado todas las lágrimas de una vida, podía respirar un poco más tranquila.

Me sequé los ojos y le revisé el vendaje, presionando los bordes con las yemas de los dedos para asegurarme de que quedaba bien sellado sobre la piel.

—¿Cómo tienes el brazo?

Hizo un pequeño movimiento y torció el gesto.

—No creo que Zurdo quiera ir a trabajar ahora mismo.

—La hoja te dañó el pectoral mayor izquierdo. Se inserta en el húmero y participa en los movimientos de elevación, descenso y presión del brazo.

—Vaya, vaya —me picó Kai con una sonrisa radiante que me derritió por dentro—. La doctora en farmacia recuerda bien su fisiología.

—A veces no soy del todo idiota —cerré el velcro del botiquín.

—Eres brillante, así que deja de menospreciarte —ordenó—. ¿Cuántas veces tendré que decírtelo para que me creas?

—Ni puta idea —me encogí de hombros—. ¿Bastante? Como mover el brazo es mala idea, ¿te lo ato al torso para inmovilizarlo?

—No. Prefiero poder moverlo, aunque duela. Zarparemos en unas horas y puede que necesite a Zurdo.

El labio inferior me protestó con una punzada de dolor al morderlo.

—¿Crees que llegaremos al punto de encuentro esta noche?

—Pienso llegar al punto de encuentro —se movió con cuidado, estiró la espalda y se crujió el cuello—. Necesito estar en pie y operativo antes de que el imbécil se despierte.

—Demasiado tarde —una voz retumbante resonó desde arriba, seguida de una risita—. El imbécil ya se ha despertado.

Clavé la mirada en mi Tak. Cara de idiota, alias Jack Levine, miraba directamente a la cámara.