Capítulo Cuarenta
Kai
—Hola, chaval —Levine me dedicó una sonrisa odiosa y macabra—. Recuerdo que dijiste que tenías un trato para mí, ya sabes, en el bote, cuando me sacaste del agua.
Al mirar a Cece, vi que su rostro se contorsionaba de furia.
—¿Recuerdas el plan del poli bueno y el poli malo del que hablamos antes? —susurró para que Levine no nos oyera.
Asentí y estudié su rostro, intentando descifrar la reacción química explosiva que sin duda se estaba desatando en su cabeza.
—Me lo pido —Cece se bajó de la cama y fue hacia la puerta—. Yo soy la poli mala.
Salió del camarote con los puños apretados.
Oh, mierda.
Cece estaba en pie de guerra. ¿Sería capaz de controlar su temperamento? ¿Nos ayudaría o nos estorbaría mientras intentábamos sacarle la información al mercenario?
Arranqué la cinta, me saqué la aguja del gotero de la vena y aparté la manta.
Tan rápido como pude, me deslicé hasta el borde de la cama.
Todavía me temblaban las piernas cuando mis pies tocaron la cubierta, pero tensé las rodillas y me obligué a ponerme de pie.
Eché un vistazo a mi Tak: Levine seguía inmovilizado.
Agarré unos pantalones cortos de surf y me las arreglé para ponérmelos. El camarote daba vueltas a mi alrededor. Joder, qué mareado estaba. Cogí mi Tak, mi Glock y mi botiquín. Tras ponerme la funda con mi Ka-Bar, obligué a mis piernas a moverse. Los analgésicos no estaban haciendo efecto.
Aguanta, Marine.
Cuando llegué a lo alto de la corta escalera, Levine desvió su mueca desafiante de Cece hacia mí y me miró con lascivia al ver el vendaje que destacaba en mi pecho desnudo.
—Ahí estás, soldadito —con los ojos brillándole de orgullo y regocijo, soltó un resoplido sarcástico—. Parece que mi cuchillo no anduvo muy lejos del blanco. La próxima vez, daré justo en el objetivo.
—Cabrón —siseó Cece enfurecida, adoptando su postura de combate y flexionando las rodillas—. No habrá una próxima vez.
Se lanzó contra el mercenario y le asestó una serie de patadas controladas con la punta del pie en los costados, donde yo le había vendado las costillas antes.
La furia que ardía en sus ojos era real, y sin embargo mostró una contención admirable para alguien cuya mirada dejaba claro que quería darle una paliza al asesino que teníamos entre nosotros.
Él, por supuesto, gritó como si le hubiera pateado en las pelotas, acobardándose, maldiciendo y chillando. Resultó que sus gritos no eran nada atronadores. Eran como él: de cerdo, estridentes y desagradables.
—¡Quítame a esta perra de encima! —se desplomó en la esquina, encogiéndose para parecer un blanco más pequeño y patético, montando un espectáculo como si fuera la débil víctima de Cece en lugar de su despiadado asesino en potencia—. Es una salvaje. ¡Haz algo!
—No es cosa mía —me detuve a medio encogerme de hombros cuando mi pectoral mayor protestó—. Y por cierto, vuelve a llamarla perra y te arrepentirás.
—Ya lo he pillado —le suplicó a Cece, manteniendo su actuación, fingiendo debilidad aunque yo sabía que todo era teatro—. No te gusta que le haga daño.
—Puedes apostarlo —con un último golpe, Cece dio un paso atrás y fulminó al hombre con la mirada.
La cabina daba vueltas a mi alrededor. Me negaba a caer de bruces delante de Levine.
Ignorando las súplicas dramáticas del mercenario, dejé mis cosas en la isla de la cocina, abrí el botiquín y, tras levantar en el aire mi jeringa de sedante precargada, presioné el émbolo con toda la teatralidad del mundo.
Una sola gota transparente se formó en la punta de la aguja. Le transmitió mi mensaje a Levine mejor que las palabras. La inyección estaba lista. Si el cabrón nos daba problemas, a dormir con él.
—Si me dormís, no podremos hablar —advirtió Levine, sin quitarle ojo a Cece mientras se encogía aún más en la esquina.
Dejé la jeringa en el mostrador y me até el Tak al antebrazo. Con la Glock en la mano, caminé hasta la silla tapizada. De camino, le dediqué una sonrisa burlona a Cece.
—Después de intentar matarme, ahora este hijo de puta quiere hablar.
—Matémoslo —Cece esbozó una sonrisa salvaje que habría helado el alma de Levine si hubiera tenido una—. ¿O quizá hacerle un poco de daño?
Le dio un golpe en la pierna herida con el canto del pie.
—¡Joder! —siseó Levine mientras yo me acomodaba en la silla.
—¿Te ha dolido? —exigió Cece, paseándose en semicírculo alrededor del mercenario acorralado.
—Sí, eso ha dolido, maestra de la tortura —dejó caer la barbilla sobre el pecho con una humildad que resultó ser falsa cuando levantó la cabeza de golpe y le dedicó a Cece una sonrisa siniestra—. Si aguantas tan bien como repartes, tú y yo nos lo vamos a pasar en grande.
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. No solo era un asesino; también era un descarado hijo de puta. Su tono insinuante no inmutó a Cece. Siguió paseándose alrededor del mercenario mientras él la examinaba tan minuciosamente como ella lo evaluaba a él.
—Eres un bombón de los que quitan el hipo, chica —los cortes y moretones que hinchaban el rostro del mercenario acentuaban su mirada lasciva y lo hacían parecer aún más macabro—. Había visto fotos tuyas, pero ¿Cersi Astor en carne y hueso? Glorioso. Tienes el culo, las tetas, los movimientos...
—Si quieres seguir respirando, te sugiero que cierres la puta boca —le advertí con voz tensa.
—Lo que él ha dicho —Cece fulminó con la mirada al gusano que tenía a sus pies.
Atado como estaba, ella tenía destreza de sobra para acabar con él de un solo golpe, y sin embargo estaba jugando con él.
No tenía intención de infligirle daño permanente, pero él no necesitaba saberlo.
El objetivo de Cece era interpretar su papel de «poli mala» y meterle el miedo en el cuerpo. ¿Esa última tarea?
No iba a ser fácil.
—Voy a hacerte una pregunta —me deslicé hasta el borde de la silla, me incliné hacia delante y, ignorando el dolor, entrelacé las manos—. Me dirás la verdad o aquí hemos terminado. ¿Me entiendes, Jack? —exigí, recalcando la «J» y la «K», convirtiendo su nombre en un sonido virulento.
—Entendido. —La nuez del bruto subía y bajaba por su grueso cuello como una pelota de baloncesto. Puso cara de póquer, pero le había picado la curiosidad.
—¿Llevas un rastreador, Jack?
—No. —Sus ojos saltones iban de mí a Cece mientras nos vigilaba a los dos.
—Difícil de creer. —Contemplé al cabrón que tenía delante—. Li es un maniático del control. Querrá saber dónde estás.
—Ya no soy su animal —soltó el mercenario—. Ahora soy libre.
—Tienes una interpretación interesante del concepto de libertad.
—Me recosté en la silla, reprimiendo una mueca—.
Estás meando fuera del tiesto si crees que tu jefe te perdonará la vida por guiarlo hasta nosotros.
Sé de buena fuente que Li y sus técnicos han borrado todos los registros de tu existencia, incluidas tus cuentas bancarias.
Levine ocultó su sorpresa rápidamente. Iba a ser un hijo de puta difícil de convencer.
—Así que sí, estás sin blanca y ya no existes —continué, observándolo de cerca—. ¿Seguro que no llevas un rastreador?
—Me lo implantaron en la mano, entre el pulgar y el índice. —Tragó saliva—. Me lo arranqué antes de robar la Cessna.
Recordé el corte vendado que le había visto en la mano. Tenía buena pinta, pero tratándose de Li, nada estaba garantizado. Mis instintos me alertaban del peligro. Quizá fuera la pérdida de sangre. Quizá no. Tenía que asegurarme.
—Dices que no llevas rastreador, y sin embargo, ese maldito helicóptero te derribó —señalé, con la voz cargada de escepticismo.
—El rastreador debía de estar en la Cessna.
El mercenario lanzó una mirada recelosa hacia Cece. Ella se detuvo junto a mí, separó las piernas, cruzó los brazos y estudió el rostro del hombre con los ojos entrecerrados.
El ceño fruncido de Levine acentuó el lamentable estado de su cara.
—¿Por qué coño me miras así, zorra?
—Mírame a mí, Gilipollas. —Chasqueé los dedos para que me prestara atención—. Y último aviso con los modales. Si le faltas el respeto a la dama otra vez, te arranco todos los dientes de un puñetazo. Es una promesa. Ahora, ¿por qué crees que el rastreador estaba en el avión?
—Pensándolo bien, robar el avión fue demasiado fácil —dijo.
Tenía que admitir que yo había pensado lo mismo.
—Lo encontré aparcado junto a la valla —explicó el mercenario, mucho más hablador ahora que su vida estaba en nuestras manos—. El avión estaba repostado y listo para despegar.
—Idiota. —Tamborileé con los dedos en el reposabrazos tapizado—. ¿No pensaste en eso antes de subirte al maldito avión?
—Tenía prisa —gruñó Levine a la defensiva—. Tu equipo me pisaba los talones y tuve que largarme rápido. Li hizo volver a mis hombres ayer. A ellos, no a mí. Solo a mis hombres. Sabía lo que eso significaba. Algunos se quedaron por lealtad...
—O porque les prometiste algo. —No me tragaba su mierda—. Un buen montón de pasta, la oportunidad de matar y el botín de guerra, por supuesto.
La sonrisa que asomó a los labios del mercenario confirmaba que había dado en el clavo.
—Los enviaste a atacar al Equipo Rastreador.
—Había sabido desde el principio que el mercenario necesitaría una distracción para escapar del Equipo Rastreador, pero la rabia me recorrió por dentro, fría y controlada—.
Les dijiste a tus asesinos que podían quedarse con las armas, el equipo y los recursos que encontraran donde mi equipo hubiera montado su base.
Para motivarlos, pusiste precio a las cabezas de mis compañeros.
—No te lo tomes tan a pecho. —Levine esbozó una sonrisa desagradable—. Solo hago mi trabajo.
Confiaba en mi equipo, pero no tenía ni idea de si el ataque había herido a alguien, si seguía en curso, o si había retrasado a los míos y jodido el plan de encuentro.
—¿Kai? —preguntó Cece, con la preocupación reflejada en los ojos.
—Los chicos saben lo que hacen —la tranquilicé—. Cara de Mierda aquí presente envió a sus hombres a morir mientras él robaba la Cessna. ¿Por qué hiciste eso, Jack?
El cabrón respiró hondo.