Capítulo treinta y ocho #3
—O lo hizo para engañarnos y darnos una falsa sensación de seguridad.
—O eso.
Tragué con dificultad.
Cuando Kai terminó la búsqueda, dejó que el mercenario conservara los calzoncillos y le atendió las heridas.
—¿De verdad vas a curarle las heridas a este monstruo? —pregunté.
—Hasta los monstruos están protegidos por la Convención de Ginebra.
Así era Kai, un guerrero letal que se regía por principios.
Yo no era ni de lejos tan disciplinada ni tan evolucionada como él.
—Es un pedazo de mierda. Ha matado a tantos. Intentó matarte. Se merece todo el dolor del mundo.
—Lidiar con monstruos no cambia quién soy.
Kai vendó las costillas del hombre.
—De hecho, me recuerda que no quiero convertirme en una bestia como él.
Solo Kai podía enseñarme una lección sin entrar en un aula ni abrir un libro. Tenía razón, por supuesto, pero cuando pensaba en esas marcas, en cada hombre, mujer y niño que representaban, mi furia se encendía y mi razonamiento se nublaba.
—Me tiene harta que siempre seas el bueno de la película —refunfuñé, aunque le pasé una gasa—. ¿No puedes ser un capullo normal con ataques de ira como yo?
—Creo que ya ha quedado claro que soy un capullo normal con un montón de mierda a cuestas —sus labios se curvaron en una media sonrisa mientras vendaba el tajo en la cabeza de Gilipollas—. Además, puede que tengas tus problemas, pero no eres ninguna imbécil.
—Vale —agarré gasa limpia y desinfecté algunos cortes y rasguños del hombre—. Venga, sé tú el santo. No aspiro al título. Todo tuyo.
—Te agradezco la generosidad —Kai se rio—. Y también la amabilidad y el sentido del humor.
—No soy generosa —espeté, pero a esas alturas Kai ya se reía abiertamente—. No soy amable, y el humor negro no cuenta. No me conviertas en alguien que no soy.
—Una científica que busca la cura de una enfermedad mortal —recitó Kai con tono monocorde mientras seguía trabajando—.
Una buena mujer que lucha por los suyos y planta cara a la injusticia.
Una hermana querida y una amiga leal. Una compañera sólida y una amante adorada.
Y sin embargo, no sabe aceptar un elogio.
Puse los ojos en blanco, pero bebí sus elogios como la arena absorbe el agua. Los cumplidos de Kai no solo me halagaban, sino que me fortalecían por dentro.
—Este cabrón tardará un rato en despertarse —terminó de curar al mercenario y se levantó con un gruñido—. Quiero dejarlo bien atado dentro.
Entre los dos, arrastramos al mercenario inconsciente hasta la cabina principal, lo sentamos contra una pared y lo atamos a un poste de la esquina con más bridas de alta resistencia, cuerdas y cinta americana. Con todas esas ataduras y sus heridas, el Carapolla no iba a ir a ningún lado.
Una vez que atamos a Levine, Kai y yo acordamos un plan de acción: el clásico poli bueno, poli malo, y apretar para sacarle información clave.
Para cuando Kai se aseguró de que Levine no pudiera hacernos daño ni hacérselo a sí mismo, el amanecer teñía el cielo de fucsia y naranja, anunciando el nuevo día.
—Último día en la cala —me acerqué a la ventana y me detuve un momento a contemplar su extraordinaria belleza—. No era así como quería pasarlo.
—Yo tampoco —hasta los adorables hoyuelos de Kai parecían cansados cuando me sonrió.
—Nos vamos esta noche —solté un largo suspiro—. Voy a echar de menos estas vistas, este lugar.
—Podemos volver —la luz del día resaltaba la esperanza en sus ojos—. Tantas veces como quieras.
Una sonrisa sincera floreció en mis labios. ¿Desde cuándo atesoraba yo las promesas? Desde que conocí a Kai. Volví a mirarlo y mi sonrisa se marchitó. El agotamiento le desfiguraba los rasgos. Hasta su piel cobriza había perdido ese brillo dorado del sol.
Sacó la pistola de mi bolsillo, comprobó el cargador y me la devolvió.
—Tenla a mano. Tengo que bajar un momento. Vigila al mercenario. Si se despierta y mueve algo más que los párpados, dispárale. ¿Entendido?
—Entendido —me senté en una silla frente al mercenario con la pistola en la mano.
Kai se dirigió a las escaleras y desapareció en su camarote. Algo en su semblante me rondaba la cabeza. ¿Lo había visto alguna vez tan cansado?
Mi mirada se desvió hacia un rastro de gotas rojas. Había visto esas manchas de sangre en la cubierta mientras curábamos a Levine. Di por hecho que eran del mercenario. Pero ahora seguí el rastro por la habitación hasta los escalones. Se me paró el corazón.
Pum.
Un golpe sordo llegó del camarote de Kai. Miré a Levine, comprobé que seguía inconsciente y bajé corriendo.
—¿Kai? —llamé mientras entraba en el camarote, siguiendo el rastro de sangre.
No hubo respuesta.
Lo encontré desplomado en el suelo del baño.
Una oleada de miedo me heló los huesos mientras me arrodillaba junto a él.
Tenía los ojos cerrados y su palidez se había vuelto de un gris enfermizo.
El chaleco táctico yacía en el suelo. Se había bajado el traje de neopreno hasta la cintura, dejando el torso al descubierto.
Un corte inflamado le cruzaba el pecho, abriéndose en ángulo cerca del hombro. La herida sangraba.