Capítulo treinta y seis
Cece
El rugido ensordecedor de un motor potente borró mis pensamientos.
El corazón se me subió a la garganta y las rodillas me temblaron mientras Kai y yo mirábamos por las ventanas.
El golpeteo de las aspas al cortar el aire precedió la aparición de la bestia voladora, que se elevó sobre la cresta y proyectó una sombra siniestra sobre las aguas cristalinas de la cala, marcando las ondulaciones que se extendían bajo Serenity.
No podía oír la voz de Bellator por encima del estruendo, pero vi el anuncio que parpadeaba en uno de los monitores en enormes mayúsculas rojas. «Misil cargado».
Kai miraba fijamente la máquina infernal que ahora se cernía sobre los altos acantilados. Se acercaba cada vez más, una muerte negra y ardiente que venía a por nosotros. Un breve silbido metálico rasgó el aire.
«Fox», anunciaban los subtítulos en la pantalla.
Me aferré a Kai, hundí la cabeza contra su hombro y cerré los ojos.
Adiós, Thena, Missy, Affie, Dash. Os quiero.
Nix, voy para allá, y llevo a Kai conmigo.
Me quedó un segundo para agradecer al universo por regalarme unos días de felicidad con Kai.
Por muy corto que hubiera sido nuestro tiempo juntos, me había cambiado para siempre.
Kai me apretó más fuerte contra él. Murmuró algo, pero el helicóptero estaba demasiado cerca y no pude oírle. Conté los segundos. Tres. Dos. Uno…
El estruendo del helicóptero disminuyó hasta que casi pude volver a oír mis propios pensamientos. Abrí un ojo primero, luego el otro. Kai miraba fijamente la pantalla.
—Bellator —exigió, con el rostro inexpresivo—. Sitrep.
—Treinta segundos para el impacto —informó el bot.
¿Treinta segundos para el impacto? No tenía ningún sentido, teniendo en cuenta que el helicóptero había estado tan cerca de nosotros y que un misil habría tardado mucho menos en matarnos y destruir Serenity.
Alcancé a ver la máquina de la muerte, un punto negro que volaba hacia el norte a velocidades alucinantes.
—¿Por qué seguimos vivos? —pregunté con voz temblorosa.
—Porque el helicóptero nunca nos vio. —La tensión de su rostro se relajó—. No somos ni nunca fuimos el objetivo.
—Veinte segundos para el impacto —anunció Bellator.
Me tomé un segundo para calmar los nervios.
—Si no somos nosotros, ¿quién es el objetivo?
Con la mano en mi espalda, Kai señaló un monitor. Seguí la dirección de su dedo hasta la pantalla donde la cámara enfocaba la Cessna a lo lejos. En la imagen, el pequeño avión inclinó el ala y viró en un ángulo pronunciado.
—¿Q-qué está pasando? —tartamudeé.
—Li está atando cabos sueltos —dijo Kai sin apartar la mirada de los monitores.
—Diez segundos para el impacto —anunció Bellator de nuevo.
La Cessna se inclinó hacia un lado y hacia el otro, con el morro apuntando hacia abajo como un kamikaze en Pearl Harbor. El pequeño avión descendió hacia la superficie del océano hasta que una cortina de agua acompañó las alas del aparato.
—¿Qué está haciendo? —pregunté confundida.
—Maniobras evasivas —dijo Kai.
—¿Dónde está el helicóptero?
—Se ha ido. —Kai señaló el radar en otra pantalla—. De vuelta a la base de operaciones encubiertas de donde vino.
Volví la mirada a la pantalla que mostraba la Cessna. El misil impactó.