Capítulo treinta y uno #3
—Les mentí a esos cabezas huecas. No estaba preparado para dar la cara.
—Yo... no lo entiendo. —El corazón me latía tan rápido que temí desmayarme—. Tú no mientes.
—A ti no te miento —corrigió.
Me sentí como si flotara en el espacio exterior. Kai creía que el destino nos había unido. Y quizás lo más increíble de todo: Kai pensaba que me amaba.
El corazón me latía con fuerza y mis emociones eran un torbellino.
—Quizás deberías hacerte mirar la cabeza.
—Me reafirmo en todo lo que he dicho —dijo el hombre obstinado.
—Pero... yo... —busqué las palabras—. Ni siquiera sé qué significa la palabra con «A».
—Mi abuela tenía una teoría sobre eso —aventuró—. Solía decir que nuestro tiempo en la tierra era breve, pero el amor era eterno. Es una fuerza entretejida en la trama misma del universo. Existe en su propia dimensión.
—Joder. —Me froté la cara—. Tu abuela era una kupua y una poeta.
—Le habría encantado oír eso.
—Es un pensamiento precioso —susurré mientras las lágrimas se me agolpaban en los ojos.
—Pero también estás pensando que el amor no se puede demostrar científicamente.
Parpadeé para contener las lágrimas y me encogí de hombros.
—Eso también.
—En ese caso, haz lo tuyo —sugirió—. Mira mi aura. Te confirmará que todo lo que he dicho es verdad y sale de mi corazón.
Su aura brillaba aún más que de costumbre. La esperanza que se acumuló en mi pecho era demasiado intensa para contenerla, demasiado inmensa para retenerla.
—¿De verdad... de verdad crees que me amas?
Sus ojos brillaron con una sonrisa.
—Sé que sí.
—Yo... no sé qué decir. —Vacilaba entre la incredulidad y el asombro—. ¿Cómo llegaste a esa conclusión? ¿Cuándo pasó esto?
—Llegué solo a esa conclusión. —Acercó el rostro al mío—.
Hiciste lo que ningún maestro zen pudo hacer por mí.
Me obligaste a enfrentarme a mis miedos y a comprenderme como nunca antes.
Escuchaste mi historia, la que nunca había podido contar.
Eres la fuerza que me saca del barro, que me ayuda a desatascarme, que me hace avanzar.
Gracias a ti, todos esos años aprendiendo sobre mí mismo por fin significan algo. Todo cobró sentido porque te amo.
Sus labios encontraron los míos y su calidez se expandió dentro de mí como rayos de luz brillante. Su boca y sus manos se aliaron para demostrarme que me amaba. Puso tanto afecto en aquel beso que me colmó de esperanza, de alegría y, sí, de amor.
Si Kai me amaba, yo era digna de amor.
Interrumpió el beso y se echó hacia atrás para mirarme a los ojos.
—¿Quieres darle una oportunidad a la profecía de mi tūtū wahine? Ya puestos, ¿quieres poner a prueba la teoría de tus hermanas de una vez por todas?
—¿Cómo?
—¿Avanzar conmigo? —Su sonrisa decía más que sus palabras—. ¿Y quizás corresponderme cuando puedas?
Las respuestas me salieron sin pensarlo.
—Sí y sí.
Su sonrisa se iluminó mientras se ponía de pie. Me tomó de la mano y me levantó.
—Hagámoslo.
—¿Hacer qué? —Me apresuré tras él y crucé el trampolín.
Se detuvo en la punta del casco de proa y sonrió.
—Saltemos.
Alternaba la mirada entre él y el agua.
—¿Ahora mismo?
—Ahora mismo. —Pasó una pierna por encima de la barandilla y luego la otra—. Sin chaleco salvavidas.
—¿Estás hablando en sentido figurado? —dije mientras me ayudaba a pasar por encima de los cables.
—¿Te parece que estoy hablando en metáforas? —Me sujetó para estabilizarme.
—Eres un tipo profundo. —Luché por mantener el equilibrio, debatiéndome entre el miedo y la emoción mientras le estrujaba la mano—. Mientras que yo soy una borde superficial.
—No me lo trago ni por un segundo —dijo—. La única forma de saber de qué somos capaces es intentándolo.
—¿Ah, sí? —espeté—. Porque mi instinto de supervivencia me está gritando que estás loco, ¡que estoy loca! Además, me tiemblan las rodillas y estoy a punto de mearme en los pantalones.
Su risa resonó sobre la cala justo antes de ponerse serio.
—Dime la verdad —dijo—. ¿Tienes miedo de que deje que te ahogues?
Una sombra cruzó sus ojos, culpa y arrepentimiento que me prometí borrar para siempre.
—No tengo miedo —dije—. Nunca dejarías que me ahogara. Confío en ti, Kai.
Su aura se encendió. Era tan brillante que tuve que cubrirme los ojos con la mano.
Señaló el agua con la barbilla. —Entonces hagámoslo por la razón correcta.
—¿Y cuál es?
—Enfrentar nuestros miedos y seguir adelante —dijo—. Empezar de nuevo... juntos.
Su sonrisa me deslumbró casi tanto como su aura. Me sentí mareada por el torbellino de emociones que me invadía. El océano allá abajo parecía tentador, pacífico, acogedor.
¿Acogedor?
Sí. Había perdido la cabeza.
La adrenalina se me disparó. La emoción me encendió las mejillas y me arrancó una sonrisa.
—Te tengo, Hechicera. —Kai entrelazó los dedos con los míos—. No estás saltando hacia tu muerte. Esta vez, nosotros saltamos hacia la vida.
Me acerqué al borde, curvé los dedos de los pies sobre él y, mirando a Kai, bebí la sonrisa que iluminaba sus ojos. Tenía fe. En mí. En nosotros.
Me apretó la mano y asintió con firmeza. —Uno —contó—. Dos...
Salté, llevándolo conmigo.