Kai (Romance militar de héroes alfa nº 13) Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

Kai

El chillido de Cece me perforó el tímpano mientras caíamos por el aire. Apretó su agarre en mi mano y sus uñas se me clavaron en las palmas. Sin problema. Jamás iba a soltarla. Cuando alcanzamos la superficie casi al unísono, mantuve el cuerpo recto y los tobillos cruzados.

El agua nos recibió con un chapoteo. El impulso combinado con la gravedad nos arrastró hacia abajo, hasta el fondo cristalino. Al unísono, nuestros pies tocaron la arena. Se dispersó bajo las plantas de los pies, arremolinándose alrededor de los tobillos como una explosión de pepitas de oro.

A través de una cortina líquida, observé el rostro de Cece mientras se daba cuenta de que ahora estábamos de pie en el lecho marino.

Un destello de miedo le cruzó los ojos, pero cuando alzó la vista hacia la luz que se refractaba a través de las capas cristalinas y los peces que revoloteaban a nuestro alrededor, su expresión cambió.

Me dedicó una sonrisa radiante, una que relajó sus rasgos, encendió la luz en sus ojos y trajo nueva alegría a mi vida.

Su cabello azabache se arremolinaba alrededor de su rostro, una corona oscura y ondulante.

Sus ojos se volvieron aún más cristalinos mientras me miraba.

No pude detectar ni rastro de pánico en su cara.

El aire le escapaba por la nariz y los labios.

El sonido amortiguado de su risa burbujeó hacia la superficie.

Nos quedamos allí solo unos segundos, pero para mí se sintió como una eternidad.

Asombrado por su valentía, la eternidad parecía real.

Señalé con el pulgar hacia arriba, hacia la superficie. Ella asintió. Sin soltar su mano, doblé las piernas y empujé. Mi pequeña triunfadora hizo lo mismo. Aunque mi impulso fue más fuerte que el suyo, nos impulsamos hacia arriba.

Arriba, arriba fuimos, escoltados por las burbujas que creábamos con nuestras exhalaciones, cuerpos rectos, rostros alzados, apuntando al sol como un par de Ícaros.

A mitad de camino, miré hacia abajo. La luz se refractaba sobre el rostro deslumbrante de Cece, acariciándole la piel con rayos suaves y difusos, suavizando la tensión de sus rasgos, envolviéndola en un nimbo mágico. Por una vez, parecía cómoda en mi elemento, fluyendo como una hermosa sirena.

Di patadas de tijera, añadiendo propulsión a nuestro ascenso y tirando de ella hacia arriba conmigo. No se ahogaría bajo mi vigilancia. No le fallaría. Siguiendo mi ejemplo y apretando su agarre en mi mano, Cece también pateó. Atravesamos el techo acuoso y rompimos la superficie juntos.

En cuanto nuestras cabezas salieron del agua, Cece inspiró hondo y chilló.

—¡Lo hice!

Farfulló, tosió y se rio, manteniéndose a flote con su torpe estilo perrito mientras se apoyaba en mis hombros.

—¡Kai! ¡Salté!

—Lo hiciste de maravilla.

Me recreé en la sonrisa de su rostro.

—¡Nosotros lo hicimos de maravilla! —corrigió sin aliento—. Dios mío, Kai. ¡Vi peces! ¡Y ellos me vieron a mí! O sea, a la altura de los ojos.

Solté una carcajada.

—Es lo que tiene.

—¡Ha sido superdivertido!

Nunca la había visto sonreír tanto, con la mirada tan brillante.

—¿Podemos repetir?

—Todas las veces que quieras.

La atraje hacia mí y la besé en los labios.

En respuesta, me echó los brazos al cuello, me rodeó la cintura con las piernas y me devolvió el beso, un beso sentido que sabía a sal y gratitud.

—¡Gracias! —susurró, dejando un poco de espacio entre nuestros rostros.

—Mahalo.

Yo también le di las gracias, por escuchar mis penas, confiar en mí y compartir este momento extraordinario conmigo.

Su exuberancia era nueva para mí. Tan ardiente como su furia, tan cautivadora como su pasión y tan hermosa como ella. ¿Ver el lado juguetón de Cece?

Era un subidón que jamás olvidaría.

Así era Cece cuando era feliz, cuando se dejaba llevar, cuando permitía que su pasado retrocediera y su alegría emergiera.

—Eres tan hermosa —susurré entre besos cortos—. Eres aún más exquisita cuando sonríes, cuando eres libre. ¿Lo sabes?

—No sé si hermosa —dijo—. Pero me siento diferente, más ligera. Creo que mi instructor de natación diría que lo que siento es «flotabilidad».

—Sí.

Le besé la punta de la nariz con una risita.

—Yo también.

—¿Sí?

Sus ojos centellearon justo antes de que bajara la mano y me tocara.

—Oh, sí. Duro y flotante, desde luego.

—Si quieres repetir, mejor para.

—Quiero repetir.

Le dio un pequeño apretón a mi polla sensible.

—Pero también quiero esto.

—Hechicera codiciosa.

Sonreí con suficiencia y, manteniéndome a flote, restregué mi ingle contra su entrepierna.

—Eres una criatura voraz. Lo quieres todo, ¿verdad?

—Cada. Maldito. Centímetro.

Restregándose contra mi polla palpitante, me miró entre las pestañas mojadas.

—¿Eso es malo?

—Es excelente.

Me giré en el agua y señalé mi espalda.

—Manos en mis hombros. Sincroniza las patadas con las mías.

Llegamos a la escalera en un momento. La desplegué y se la ofrecí.

Subió rápidamente, y saltamos del Serenity tres veces más.

La risa de Cece reverberó en la cala, jubilosa como nunca la había oído.

Sus adorables chillidos llenaron el aire, y sus risitas llenaron un espacio en una parte de mí que había estado vacía durante mucho tiempo.

¿Verla saltar y chapotear, divirtiéndose en el agua?

Era otro regalo del universo.

De vuelta del tercer salto, nadó estilo perrito hasta la escalera por su cuenta.

Me mantuve cerca por si acaso, pero lo logró.

Cuando llegó al barco, se dio la vuelta, se sentó en un peldaño y se quedó mirándome.

El pecho le subía y bajaba con la respiración entrecortada, alzando la carne pálida de sus senos.

El agua le goteaba por el rostro, se posaba en las puntas de las pestañas y le caía del cabello.

Le fluía por el torso y volvía inútil su ajustada camiseta corta.

Ahora era transparente. Sus pezones endurecidos apuntaban directamente hacia mí a través de la tela fina.

Lo único que quería era liberarlos del licra y llevármelos a la boca.

—Ha sido superdivertido.

Tenía las mejillas sonrojadas, y la sonrisa que tanto amaba le brillaba en la mirada.

—¡Es precioso ahí abajo!

—No tan hermosa como tú.

Me aupé en la escalera y, manteniéndome en equilibrio sobre el peldaño inferior, me incliné para besarla.

Saboreé la sal en sus labios, el gusto del mar en su piel. Ella entreabrió la boca, dejando que mi lengua explorara su interior. Su dulzura eclipsó cualquier otro sabor. Su pasión, mientras me devolvía beso tras beso, me arrasó en oleadas de deseo.

Cuando abrí los ojos, los suyos me devolvían la mirada con los tonos más exquisitos de azul.

Me rodeó los hombros con los brazos y apretó su cuerpo contra el mío.

Sus pezones duros se me clavaban en el pecho, trazando un mapa de placer sobre mi piel.

El deseo que había reprimido durante tantos días me palpitaba en los testículos y me hinchaba la polla al máximo.

Me consumían el dolor y el anhelo a partes iguales.

Abrió las piernas y me rodeó con ellas. Mientras nos besábamos, ondulé las caderas y froté mi polla contra la lycra que se tensaba sobre su sexo.

La fricción era divina. El agua chapoteaba y se rizaba entre nosotros, avivando el fuego en mi entrepierna.

Resultó que el agua no podía apagar las llamas entre nosotros.

La nuestra era una llama que ardería para siempre.

Podría haberme corrido en ese momento. Se había acabado la Operación Bolas Azules. Me costó un mundo separar nuestros labios y nuestros cuerpos. Solté la escalera, me deslicé a un lado y me impulsé sobre la plataforma de popa. Me apresuré a desatar el cordón de mis bañadores.

—Déjame a mí —susurró, y se arrodilló a mis pies.

Por un instante, me quedé allí paralizado, con todo el cuerpo vibrando como un cable con corriente.

Ella me bajó los bañadores empapados, los tiró a un lado y alargó la mano para acariciarme la polla con suavidad.

El cerebro se me volvió papilla, pero agarré una de las toallas enrolladas junto a las escaleras y se la puse bajo las rodillas a Cece, mientras ella me cubría la erección de pequeños besos.

Bajo su boca, la polla se me endureció. Joder, parecía madera petrificada. Cuando me la metió en la boca, cada nervio de mi cuerpo cobró vida. Mientras ella marcaba un ritmo voraz, entrelacé los dedos en los mechones de su pelo mojado y la dejé hacer conmigo lo que quisiera.

Eché la cabeza hacia atrás, aceptando el placer pero resistiendo la necesidad de correrme. De pie bajo un cielo sin nubes, bendecido por el calor del sol y rodeado por las aguas enjoyadas de la cala, Cece estaba arrodillada a mis pies, chupándomela, arrancándome el placer con cada succión.

Imposible que hubiera nada mejor que esto.

¿O quizá sí?

Luché por contener la oleada que me hinchaba la polla. Las piernas me flaquearon. Cece casi me puso de rodillas. Un tío solo puede aguantar hasta cierto punto. Consideré correrme en la estrechez húmeda de su garganta, pero decidí que no. La próxima vez que me corriera, iba a ser dentro de ella.

Recuperando el control de mi cuerpo, me retiré de su boca. El pequeño pop de sus labios marcó el momento en que mi polla abandonó su boca. Levantó la cabeza de golpe, con los ojos llenos de preguntas.

—¿Qué tal si te quitamos esa ropa mojada? —dije, ignorando el dolor palpitante de mi polla.

—Sí —respondió entusiasmada.

Mientras le quitaba el bañador, ella se sacó la parte de arriba.

Los hice un gurruño y los lancé a la cubierta, más allá de las escaleras.

Luego me tomé un momento para deleitarme con la vista: la hechicera que me había embrujado, vestida solo con su piel; la luz del sol acariciando sus hermosos pechos; las gotas besando su carne y perdiéndose entre sus piernas.

Sentí celos del sol por tocarla y del agua por lamerle el cuerpo. Estaba desnuda en mi barco, en mi cala, en mi isla. Era mía para protegerla, para follármela, para amarla.

Agarré las toallas y las extendí sobre la cubierta.

Luego me acerqué a ella, le reclamé la boca y dejé que mis manos se deslizaran por su cuerpo.

Mientras la besaba, tracé las curvas de su cuerpo desnudo, le acaricié los pechos, le acuné la mejilla con la mano y le pasé los dedos por los mechones mojados del pelo.

Deslizándole los dedos por la espalda, me llené las palmas con la carne perfecta de su trasero y luego, rodeándole la cintura con un brazo, la atraje aún más hacia mí. Le deslicé el dedo corazón por la hendidura, lo hundí entre sus pliegues y le rodeé la abertura.

Rica, espesa y untuosa, su generosa humedad le empapaba los pliegues internos y me permitió hundirle el nudillo. No estaba empapada por el mar. Estaba mojada por mí.

Atrapada entre nuestros cuerpos, la polla se me tensó. La ignoré y le recorrí el cuello y el hombro con los labios mientras le bombeaba el dedo lentamente en sus profundidades.

—Estás empapada, cariño —murmuré contra su boca—. Quiero embriagarme contigo.

—Kai —jadeó, con el cuerpo temblándole en mis brazos—. Necesito...

—Te lo prometo.

Señalando hacia la toalla, la ayudé a acomodarse sobre el mullido tejido.

—Esta vez vas a recibir todo lo que tengo.

Se reclinó y se apoyó sobre los codos, mirándome. Su mirada se clavó en mí, brillando con una vulnerabilidad que rara vez mostraba, pero también ardiendo con el mismo deseo que yo sentía. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración, como si llamaran a mis manos.

Cuando me arrodillé entre sus piernas, se mordió los labios, separó los pies y me ofreció sus labios relucientes. Sin protestas, sin modestia y sin peros. Tendida sobre la toalla, su cuerpo impresionante se desplegaba ante mí, un camino cremoso y pálido que quería lamer y besar de arriba abajo.

Y eso fue exactamente lo que hice.

Le besé cada uno de los dedos de los pies, luego le recorrí la espinilla con los labios y bajé por el muslo, ignorando el impulso que me tentaba a desviarme hacia su coño.

En cambio, me puse a cuatro patas y, suspendido sobre ella, fui recorriendo con la boca el lado izquierdo de su cuerpo.

Con los labios, tracé la piel de gallina que le erizaba la piel desde el hueso de la cadera, por el costado agitado del vientre y a través de las costillas.

Se me hizo agua la boca cuando besé la carne suave de su pecho.

Sosteniéndole el pecho con una mano, me incliné y me deleité con la exquisitez de su pezón.

Lamí y mordisqueé hasta que arqueó la espalda y dejó escapar un gemido sensual.

—¡Kai...!

—Paciencia, amor.

Le solté el pezón, dejándolo hinchado y húmedo, y fui besándole el pecho mientras le acariciaba el coño cálido y húmedo con la polla.

—Necesito besarte cada centímetro.

Dejó escapar un pequeño sonido incoherente.

Sonreí contra su piel y fui mordisqueándole el hombro y bajando por el brazo, besándole el punto sensible en el pliegue del codo antes de continuar por el antebrazo.

Cuando llegué a su mano, le rocé los dedos con los labios, se la giré y le besé el centro de la palma.

Solo después de haber recorrido con mi boca cada centímetro de su piel me senté sobre los talones.

Mi polla se erguía, impaciente y exigente.

Ella bajó la vista por su propio cuerpo, encontró mi mirada y esbozó una sonrisa pequeña y provocadora.

Su mirada era desafío y consentimiento a la vez.

El deseo se volvió un dolor insoportable.

—Sí —susurró.

Abrió más las piernas para mostrármelo todo.

Se me escapó un gruñido. Los pliegues húmedos que exhibía solo para mí me hicieron salivar.

El aroma erótico que emanaba de ella era puro afrodisíaco.

Luché por no correrme. Besé su coño. Separé sus pliegues con los dedos y lamí de arriba abajo, luego invertí el recorrido, saboreando su intimidad.

Sabía a mar con un toque de fuego y especias.

Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y ronroneó como una gatita al sol.

—¡Oh, Dios! ¡Oh, sí, Kai!

Le agarré los muslos y la atraje hacia mí, hundiendo la cara entre sus pliegues para que mi lengua llegara más hondo.

La punta de mi lengua rodeó su entrada. Bebí sus jugos y subí a lamerle el clítoris.

Con una mano le acaricié y pellizqué los pezones, alternando entre uno y otro.

En cuanto mis labios se cerraron sobre su clítoris hinchado, ella jadeó.

Rodeé su entrada con la lengua, la hice vibrar y volví a succionarle el clítoris mientras le deslizaba dos dedos dentro.

Arqueó la espalda y se estremeció, gritando mi nombre.

La sujeté mientras se retorcía y temblaba.

Su coño se contrajo en torno a mis dedos.

Era una visión: alcanzaba el clímax sobre la toalla, retorciéndose como una sirena emergida del mar.

Esta mujer tenía un don para correrse. Y ahora iba a correrse otra vez, y yo con ella.