Kai (Romance militar de héroes alfa nº 13) Capítulo treinta y uno #2
63%

Capítulo treinta y uno #2

—Ambos hemos pasado por situaciones muy difíciles.

—Kai me tomó la mano y la sostuvo—. Ambos conocemos las penas del otro.

Quieres más que una existencia gris y furiosa.

Yo también. Ambos queremos alegría, liberarnos del pasado y tener esperanza.

Entonces, si queremos las mismas cosas, ¿podemos hacerlas juntos?

Me quedé tan quieta que podía sentir la sangre correr por mis venas. —¿Qué me estás pidiendo?

—¿Quieres saber cuáles fueron las últimas palabras de mi abuela? —preguntó, sin responder a mi pregunta—. ¿Lo que me dijo justo antes de fallecer?

Mi garganta se sentía demasiado apretada para formar palabras, así que asentí.

—Busca la luz, mi dulce y sabio niño; síguela, lucha por ella, mantenla cerca de tu corazón; porque hay una luna para tu sol, una victoria para tus pérdidas, una luz en la oscuridad —recitó, con los ojos brillantes, su aura aún más luminosa. —Una luz en la oscuridad. ¿Lo entiendes?

—¿Te refieres al faro?

—No, Cece. Me refiero a ti.

—Espera. ¿Crees que yo soy tu luz en la oscuridad?

—Sí.

—No puedo ser la luz de nadie.

Jugueteé con las manos.

—Soy más bien un agujero negro.

Me reprendió con la mirada.

—No es verdad.

—¿De verdad crees que las palabras de tu abuela fueron... no sé... una profecía o algo así?

—Ahora sí —sonrió—. Mi abuela, tus hermanas, nuestra conexión. Todo esto no puede ser una coincidencia. Aunque admito que hace falta cierta fe para creer más allá de lo observable.

—Así es.

—Y sin embargo tienes cierta experiencia con lo inexplicable —hizo una pausa antes de preguntar—. ¿No es así?

El corazón me dio un vuelco.

—¿De qué estás hablando?

—Ves a través de las personas —dijo con una certeza que me asombró—.

Puedes percibir cosas sobre ellas, como si estoy diciendo la verdad, por ejemplo.

O tal vez ves algo alrededor de las personas.

Me la voy a jugar y decir que, por cómo entrecierras los ojos y un par de deslices verbales, tiene que ver con la luz y las auras.

Abrí los ojos de par en par. Una mueca de horror me torció la boca. ¡Lo sabía! ¡Sabía mi secreto!

Me dolió el pecho, anticipando el golpe que vendría. Conociendo a Kai, probablemente estaba intentando ser compasivo mientras me diagnosticaba algún trastorno raro, o un tumor cerebral de lo más corriente, o quizás el clásico «¡Lo sabía! Esta zorra de los Astor está como una puta cabra».

Negué con la cabeza y conseguí articular:

—¿Cómo...?

—Soy un tipo observador.

—¿Entonces sabes que veo auras?

—Ahora lo sé con seguridad.

Le di un golpe en el brazo.

—Idiota.

—Hechicera —su sonrisa se ensanchó.

—¿Y si estoy loca?

Ver las auras de las personas todavía me parecía una locura.

—No estás loca.

—¿Estás... como... horrorizado?

—¿Horrorizado? —frunció el ceño—. Qué va. Me parece genial.

—¿Genial?

Hice una mueca.

—¿No te parece irreal, anticientífico y una locura detectar campos de energía alrededor de las personas?

—En realidad, no —se encogió de hombros con naturalidad—. Creo que estamos hechos de energía. Eres una Astor. Thena puede leer las estrellas. Missy camina en sueños. Descubrieron dónde te escondías con sus dones. Tu superpoder de bruja es que puedes ver auras.

—¡Así que de eso hablaba Javier!

Ahora todo tenía sentido.

—Mis hermanas también tienen dones, y esas son las corazonadas de las que hablabas, las que predijeron nuestra conexión.

—Sí —dijo Kai—. Pero sigo pensando que Thena y Missy deberían contarte sobre sus dones ellas mismas.

—Tal vez todas estemos enfermas. O locas. Sí. Vuelvo a lo de locas. O quizás estoy maldita. Quizás toda nuestra familia está maldita.

—O tal vez estéis bendecidas —propuso.

—¿Bendecidas?

—¿Por qué no? —sonrió—. Tienes un don increíble, Cece.

—Un don que no entiendo.

—Todavía no, pero con el tiempo lo harás.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te conozco. Eres curiosa. No pararás hasta que puedas explicar esto. Y cuando lo hagas, espero que me dejes acompañarte en tu viaje.

—Tú... ¿quieres acompañarme en mi viaje?

—No parezcas tan sorprendida —me tomó la mano—. También creo que tienes otros dones que compartir.

—¿Como cuáles?

—Como el amor, por ejemplo.

—Kai —gemí—. Sabes que soy incapaz de...

—¿Quién lo dice? —preguntó con dureza.

—¡Todos los que me conocen!

—No todos —me interrumpió con voz severa—. Solo un hombre dijo que eras incapaz de amar y de ser amada. Debió de decirlo tantas veces que te lo creíste. Un hombre. Y... está muerto.

—Está muerto —me repetí a mí misma.

—También estaba equivocado —dijo Kai—. No puedes ser incapaz de ser amada.

—¿Por qué demonios no?

—Porque... —hizo una pausa como si reuniera valor, luego se aclaró la garganta y dijo—: Sé que no nos conocemos desde hace mucho, y sin embargo siento como si te conociera de toda la vida. Lo que voy a decir suena absurdo, lo sé, pero es verdad.

—¿Kai? —conseguí preguntar con un nudo en la garganta—. ¿Qué pasa?

—Estamos destinados a estar juntos —dijo, y su convicción me dejó sin aliento—. Les creo a tus hermanas, y también le creo a mi abuela. Nuestra conexión desafía toda explicación, pero trasciende el tiempo y el espacio. También sé que eres digna de amor, Cece. Lo sé con certeza porque yo te amo.

Se me escapó un jadeo y, por mucho que lo intenté, no conseguí llenar los pulmones de aire.

—¿Acabas... acabas de decir... que tú... tú... m-m-me amas? —chillé, preguntándome si habría oído mal—. Pero... no puede ser... Les dijiste a los chicos...