Kai (Romance militar de héroes alfa nº 13) Capítulo veintinueve #3
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Capítulo veintinueve #3

—Hiciste todo lo que pudiste.

—¿De verdad?

—Intentaste salvarla, Kai.

—Pero no lo conseguí.

—Fue un accidente.

—¿Lo fue? —Alcé un hombro y lo dejé caer—. ¿Y si estaba tan disgustada que se quitó la vida?

—Fue al océano a surfear, como siempre hacía cuando estaba disgustada. Tú mismo lo dijiste.

—No hizo caso de las banderas rojas.

—¿Alguna vez les prestó atención antes? —preguntó Cece con suavidad.

—No.

—¿El forense pensó que lo hizo a propósito?

—No.

—Ahí lo tienes. Hay formas más fáciles de morir. Tuvo un accidente. No fue culpa tuya.

—Digamos que es verdad.

—Es verdad, y casi te ahogas intentando salvarle la vida.

—Pero no la amé bien.

—La amaste tan bien como pudiste en ese momento de tu vida.

—No fue suficiente, Cece. Me sentí tan culpable por su muerte.

En cuanto me lo pidió, debería haberme casado con ella.

Debería haber sido más amable, haber prestado atención a su angustia e ir con ella a las rompientes ese día.

Le había prometido que la mantendría a salvo, pero ¿lo hice? No, no lo hice.

—Pero, Kai, no podías haber sabido...

—No podía perdonarme por no haberla protegido. Su muerte dolió. Mucho. Aquí. —Me di una palmada en el pecho desnudo—. Y luego estaba la niña. Ya habíamos decidido llamarla Leilani. No llegó a vivir.

Cece negó con la cabeza, con los ojos aún húmedos.

—Eso tampoco fue culpa tuya.

—Pero quizá si me hubiera casado con Malia, si no hubiera discutido con ella y no la hubiera empujado a ir a las rompientes, Leilani habría tenido una oportunidad de vivir.

¿No lo ves? —Me sequé los ojos—. Dos personas a las que debería haber amado mejor murieron porque estaba demasiado ocupado haciendo las maletas como para cumplir mi promesa.

Pasé los nudillos por las cuerdas del trampolín, tratando de contener la vieja tristeza. Las pequeñas olas murmuraban bajo nosotros, y la brisa parecía susurrar sus condolencias mientras soplaba entre los cocoteros.

—Kai, por favor. Mírame.

Levanté los ojos y me encontré con la mirada de Cece.

—Viviste una tragedia terrible, pero no fue culpa tuya.

—La compasión que brillaba en sus ojos aliviaba el viejo dolor, pero fue su convicción, su fe en mí, lo que significó todo para mí—.

En el fondo, sabes que pasan cosas, cosas que no podemos controlar.

Puedes estar triste, claro, y yo estoy aquí para ti.

Pero no puedes ser tan duro contigo mismo como para castigarte por algo que sucedió hace mucho tiempo.

Porque eso es lo que estás haciendo ahora mismo.

—Lo sé —admití en voz baja—. Llevo un tiempo atascado y no consigo salir.

—Bueno, ya es hora —dijo en ese tono concluyente que usaba cuando sabía que algo era científicamente cierto—.

Desde que nos conocimos, ¿cuántas veces me has señalado que soy demasiado dura conmigo misma?

También me has dicho que el control es una ilusión.

No había nada más que pudieras haber hecho para evitar la tragedia.

Así que ahora me toca a mí decir lo mismo y más.

Tienes que escuchar tu propio consejo y predicar con el ejemplo.

¿Me recibes, Kai King? —preguntó, suavizando la voz y acariciando mi alma maltratada con sus hermosos ojos.

—Te recibo, Hechicera. —Dejé escapar un suspiro—. Tienes razón. He aprendido muchas cosas desde aquel terrible día. Es hora de convertir el conocimiento en acción.

—Bien. —Me dio un pequeño apretón en la pierna—. Ni siquiera puedo imaginar el dolor que sentiste. ¿Cómo lo superaste?

—No lo hice. —Me encogí de hombros, recordando las profundidades de mi desesperación—.

Ya es bastante malo perder a alguien, pero cuando lo último que hiciste fue discutir con esa persona y negarle sus deseos, el duelo y el arrepentimiento se alían para destrozarte.

Una parte de mí se fue con Malia y la bebé.

El joven despreocupado que era murió con ellas.

Tuve que detenerme para recomponerme mientras el dolor llegaba en oleadas y me golpeaba hasta sentirme aplastado de nuevo.

Pensar que hacía solo unos días había estado tan seguro de haber superado esto.

Pensar que había sido tan idiota y arrogante como para creer, aunque fuera por un segundo, que estaba listo para pasar página.

Me di cuenta de que, incluso con todo el trabajo que había hecho conmigo mismo a lo largo de los años, nunca le había contado la historia a nadie.

Hasta ahora. Hasta Cece.

—¿Kai? —La voz suave de Cece me sacó de mi desesperación—. ¿Qué pasó después de que murieran?