Capítulo veintinueve
Cece
—Buenos días, Hechicera —la voz de Kai me sobresaltó y me sacó de mi trance—. El agua está increíble hoy. ¿No te parece?
Sorprendida, giré la cabeza bruscamente y lo encontré sentado con las piernas cruzadas en el trampolín. No lo había visto allí, pero claro, había estado persiguiendo peces. O algo más. No sabía bien qué era.
Se me encendió el rostro. ¿Había estado Kai allí todo el tiempo?
Solo llevaba unos pantalones cortos de surf estampados con flores tropicales.
El sol besaba sus hombros y pecho desnudos, adoraba su piel morena y resaltaba la elegante definición de sus músculos, la fuerza de sus extremidades y la forma perfecta de sus manos de dedos largos, que descansaban sobre sus rodillas.
Desde donde estaba, sus ojos parecían cortes tallados en su apuesto rostro, pero su mirada brillaba con una emoción que tensaba sus rasgos. Verlo sentado con la espalda completamente recta y la atención fija en mí me devolvió de golpe al presente.
Debí de jadear porque esbozó el fantasma de una sonrisa.
—¿Te sorprendí?
—¿Cómo...? —parpadeé varias veces.
Me sentía desorientada pero también atraída hacia él, anclada a su figura tan firmemente como el Serenity a sus amarres. Aunque no movió ni un músculo, su mirada se aferró a mí, un agarre físico que me estabilizó.
¿Cuánto tiempo llevaba aquí de pie, mirando el agua? ¿Había considerado romper mi promesa a Nix? ¿Había olvidado todo lo que mi hermano me enseñó?
No podía decepcionarlo. No podía decepcionarme a mí misma. Fuera lo que fuera esto, solo había sucedido en mi cabeza.
Con las rodillas temblorosas, levanté una pierna, la giré y asenté el pie en la cubierta. Hice lo mismo con la otra pierna. Luchando por mantener el equilibrio, apoyé los pies en la cubierta, aunque tuve que agarrarme a la barandilla. Kai solo me miraba, sin decir nada.
—¿Cuánto tiempo llevas sentado ahí? —pregunté cuando logré que la voz me saliera firme.
—Un rato.
—Estaba siguiendo un banco de peces —forcé una sonrisa falsa.
Arqueó las cejas.
—No necesitas fingir conmigo.
Sus palabras me golpearon en el plexo solar, pero yo era buena fingiendo, así que cambié de tema.
—¿Qué estás haciendo allí?
—Meditando —respondió—. Así me gusta empezar el día. ¿Quieres unirte?
—Mi mente está demasiado ocupada —solté la barandilla y comprobé que las piernas me sostenían—. Mis pensamientos van demasiado rápido.
—¿Te asusta escuchar el silencio interior?
—¿No es eso un oxímoron? —arrugué la nariz—. ¿Qué sentido tiene escuchar el silencio?
—Paz —dijo—. Sentido de uno mismo. Conexión.
—¿Conexión con qué?
—Con tu alma, chispa, espíritu, como quieras llamarlo. Con tu esencia. Con el universo.
Arqueé las cejas.
—¿Dios?
—¿Por qué no, si esa es tu interpretación? —hizo una pausa y me estudió el rostro—. Pareces cansada. ¿Noche difícil?
—He tenido mejores.
—Siéntate conmigo —extendió la mano—. ¿Por favor?
Dejando la taza donde estaba, sorteé el rebote del trampolín y me acerqué a él. Me acomodé a su lado, con el cuerpo rígido y la mente llena de inquietud.
—Relájate —descruzó las piernas y, tras recostarse contra la ventana, me pasó un brazo por el hombro y me atrajo hacia él—. No hay nada que temer en este momento. He revisado los radares. Todo despejado. Respira, Cece. Solo respira.
Inspiré hondo, estiré las piernas y me permití recostarme contra él. Su calor se filtró a través del contacto de nuestra piel, penetrando en mí como la luz del sol. Sentirlo cerca me ancló y me tranquilizó.
—Cierra los ojos e inhala en cuatro, tres, dos, uno —susurró, haciendo lo mismo—. Mantenlo en cuatro —retuve el aire en los pulmones—. Suéltalo en seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno.
Me guió a través del ejercicio de respiración durante unos minutos. En algún momento, dejó de contar en voz alta. El aire fresco me sentó como una medicina. La migraña se alivió. Poco a poco, me relajé contra él.
Al cabo de un rato, me sentí tranquila y concentrada. Quizá había algo de verdad en esto de la respiración y la meditación. Suspiré y abrí los ojos.
—¿Dónde aprendiste esa magia relajante?
—Me entrenaron en los Marines —sonrió—. Aunque aprendí lo básico antes de alistarme, cuando pasé unos meses en un monasterio budista en Nepal.
—¿Nepal?
—Me había dado por aprender de todo —continuó antes de que pudiera hacer más preguntas—. Es una habilidad útil, especialmente cuando tienes que centrarte o echar una cabezada en una zona de combate.
—Desde luego —cuando reuní el valor para volver a hablar, pregunté—: ¿Estás enfadado conmigo?
Frunció el ceño.
—¿Por qué iba a estar enfadado contigo?
—¿Por lo de anoche? —lo miré a los ojos—. ¿Por lo de hoy?
—No estoy enfadado —tomó aire—. Siento no haberte incluido en la reunión. Prioricé tu seguridad y tu descanso, pero ahora entiendo tu necesidad de saber.
—Porque soy una maniática del control —resoplé, mirándome las manos.
—Porque has luchado mucho para tomar las riendas de tu vida —replicó—. Además, eres curiosa, inteligente e ingeniosa. Mereces tener acceso a la información para poder tomar tus propias decisiones. Tenía pensado contártelo todo. ¿Es buen momento ahora?
Me puso al día rápidamente sobre lo que Javier y Micah habían compartido. Cuando terminó, dejé que mi mirada se perdiera en el agua. Engalanada de azules y aguamarinas, la cala brillaba como una joya rara. En el silencio de Kai no había juicio alguno. Era pura presencia y apoyo.
—Anoche fui horrible —aventuré—. No me enorgullece que mis debilidades salgan a la luz.
—El dolor no es una debilidad —dijo en voz baja—. Es una condición, parte de la experiencia humana, igual que el sufrimiento. Es algo bueno si aprendes de él.
Lo miré a los ojos.
—¿Cómo puede el dolor ser algo bueno?
—Del dolor aprendemos lo que es la salud.
Abrí la boca y la cerré. ¿Era así como funcionaba?
—Tienes un concepto muy evolucionado del dolor, Obi-Kai Kenobi.
Sonrió, posó una mano en mi rostro y me giró la cabeza.
—Sé escuchar.
Se me escapó un sonido ronco al tragar.
—Lamento parte de mi comportamiento de anoche —las disculpas me costaban, pero seguí adelante—. Tenía razones para lo que hice, pero...
—Lo sé —dijo y lo dejó así.
Dudé en romper el silencio de nuevo.
—¿Fui una completa imbécil con Javier?
—Sí —Kai nunca mentía, pero lo compensó con una sonrisa irónica—. Pero entiende tu situación, y ya es mayorcito. Su ego no es tan frágil como crees. Aguanta lo que le echen.
—Sí —admití a regañadientes—. Me di cuenta.
—El tipo ha pasado por mucha mierda en los últimos tres años —dijo Kai—. Estuvo al lado de Nix cuando murió.
Enderecé la espalda de golpe.
—¿Qué dijiste?
—Guzman sirvió a las órdenes de Nix —explicó Kai—. Tu hermano intentó flanquear a los tangos que disparaban contra su unidad. Quedó atrapado en el fuego cruzado. Javier fue tras Nix. Casi logró sacarlo, pero les cayó fuego de mortero. Javier resultó herido ese día.
Se me escapó el aire de los pulmones. Qué mala suerte la mía: el día que me tocaba evaluar a alguien, ese alguien resultó ser el hombre que había intentado salvar la vida de mi hermano.
—Oh, mierda —me di una palmada en la frente—. Ahora sí que me siento como una imbécil.
—Hay más —continuó Kai—. Guzman se infiltró en territorio hostil para encontrar a Missy. La protegió del NWO y atravesó un nido de víboras para salvarle la vida.
Fruncí el ceño.
—Estás hablando en sentido figurado, ¿verdad?
—No —me aseguró—. Casi muere.
Hundí el rostro entre las manos y luego lo miré por entre los dedos separados. —¿Por qué no me dijiste esto antes de que fuera una auténtica arpía con Javier?
—No preguntaste, y pensé que querrías escuchar la historia directamente de Missy.
—Genial —lancé las manos al aire y las dejé caer con un resoplido—. Soy una persona horrible.
—No eres una persona horrible —replicó—. Querías proteger a Missy.
Me tocó a mí arquearle las cejas.
—Te diste cuenta de eso, ¿eh?
—Ser guapo no significa que sea tonto —me provocó con una sonrisa.
Se me curvaron los labios en una sonrisa. Este tipo realmente me entendía, y no parecía guardar rencor mucho tiempo. Ni siquiera un poco. Resoplé. Lástima que no pudiera enamorarse de mí. Aunque tampoco podía culparlo.
—Guzman ha estado hecho polvo desde que murió Nix —dijo Kai.
—Ya somos dos.
—Pero Missy lo cambió todo para él.
—Si hay alguien capaz de sacar a otro de un pozo de desesperación, esa es ella.
—Solo dale una oportunidad al tipo.
Solté un suspiro enorme.
—Vale.
—¿Vale? —su sonrisa se ensanchó—. ¿Lo dices en serio?
—Sí, sí. Le daré una oportunidad, pero si él...
—Gracias —me pasó el brazo por los hombros—. Pregunta: ¿estabas planeando darme un infarto o solo estabas tonteando con el agua hace un momento?
—El único que tontea con el agua aquí eres tú. La adoras. Sospecho que tienes branquias escondidas en alguna parte. Por lo que he visto, las escondes en la raja del culo.
Se echó a reír a carcajadas.
—Eso sería raro, por no decir antihigiénico.
—Cierto —me encogí de hombros—. Nada de branquias entonces, pero el océano te adora.
—No estoy tan seguro de eso...
Era la segunda vez que decía algo parecido. Giré la cabeza y me sorprendió ver la tristeza que empañaba sus ojos.
—¿Kai? —me giré y me senté frente a él, con las rodillas tocándose—. ¿Qué pasó?
—Quería contarte, pero... —apartó la mirada.
—Sea lo que sea, puedo con ello —dije—. Por favor. Dame la oportunidad de demostrártelo.
Recorrió la cala con la mirada. Sus ojos adquirieron un brillo distante.
Se me revolvió el estómago, y de repente deseé no haber preguntado.
Aunque había lidiado con mucha mierda en mi vida, no estaba segura de poder manejar la tormenta que oscurecía la mirada del señor Rayo de Sol.
Sentí más que vi la punzada de dolor que tan descuidadamente le había arrancado.
Sí. Iba a morir siendo una cabrona.
***
Kai
Había llegado el momento de rendir cuentas. Lo sentía en los huesos. Era ahora o nunca, y nunca significaba perder a Cece para siempre. Respiré hondo, reuní todo mi valor y me lancé hacia adelante como un pelotón corriendo hacia el combate.