Capítulo veinticinco #2
—Muchas interferencias en línea y en las ondas —dijo Guzman, confirmando mis sospechas—. La guerra tecnológica con la NWO se está recrudeciendo. Les estamos jodiendo, pero cabe la posibilidad de que ellos nos estén jodiendo a nosotros también. Las interceptaciones son una amenaza real.
—Omega no quería arriesgarse a darle a la NWO ni una pizca de información —Bozeman extrajo una pequeña lata de su riñonera táctica—. No quiere poner en peligro la vida de Cersi Astor.
Estaba cien por cien de acuerdo con Dagger en esto.
—Si eliges Bravo, tendrás que estar en esas coordenadas exactamente a la hora indicada —advirtió Bozeman, untándose el bálsamo en los labios—. No hay margen de error.
—Claro —dije—. Sin presión.
—Después de eso, nos encargaremos del resto —dijo Guzman, atrapando la pequeña lata que Bozeman deslizó por la mesa.
Solté un bufido.
—Porque eso no suena nada misterioso.
—Lo siento —Goof se untó los labios agrietados para protegerlos del agua salada—. El resto es información clasificada. Todo se queda en la cabeza de Omega por ahora, por si te atrapan. Joder, ni siquiera yo sé qué es el resto.
Guzman era un provocador como Cece, y una de las pocas personas en el mundo capaz de sacarme de mis casillas.
—No. Me. Van. A. Pillar. Joder.
—Solo te estoy tomando el pelo —Guzman se rio y devolvió la lata a Bozeman.
—Y se te da de maravilla —le recordé, procesando los datos en mi cabeza.
—¿Qué eliges? —preguntó Bozeman, guardando la lata.
—La Opción Alfa es inviable.
—¿Por qué? —preguntó Guzman, con los ojos brillantes de curiosidad.
—No encaja.
Los secretos de Cece eran cosa suya.
—Adelante con Bravo.
Guzman entrecerró los ojos como si intentara leerme el pensamiento. Pronto se rindió ante mi cara de póker.
—Bravo, pues.
—Muy bien.
Bozeman echó la silla hacia atrás y se levantó.
—Vámonos.
—Espera.
Guzman consultó su Tak.
—Nos quedan diez minutos de recuperación muscular según el plan de esta noche.
Con un resoplido, Granite arrastró la silla hasta su sitio y volvió a sentarse. Hice una mueca, esperando que el estruendo no hubiera despertado a Cece.
Guzman me miró a los ojos.
—¿Cece está bien?
—Afirmativo —confirmé—. Ha afrontado todos los desafíos con una entereza notable.
—¿Ah, sí?
Guzman echó la silla hacia atrás y la equilibró sobre dos patas. Apoyó los escarpines de neopreno en mi mesa y, con las manos cruzadas detrás de la cabeza, me estudió de cerca.
—Es una mujer extraordinaria.
No sé por qué sentí la necesidad de explayarme.
—Es lista, valiente y feroz. Si todos hacemos nuestro trabajo, saldrá de esta sin problemas.
Javier miró a Bozeman.
—¿Has oído eso?
Bozeman se encogió de sus enormes hombros.
—¿El qué?
—¿Ese brillo en la voz de K-man? —Guzman me provocó con una sonrisa burlona—. ¿Ese intangible je ne sais quoi que acaba de intentar ocultarle a su mejor amigo del mundo, o sea, moi? ¿Por qué noto un poco de magia en el aire?
—¿Magia? —Bozeman miró a Goof como si le hubieran salido cuernos—. ¿De qué demonios hablas?
—¿Las «corazonadas» de las hermanas? —Guzman dibujó comillas en el aire—. ¿La verdadera razón por la que me enviaron a mí con Missy y a King con Cece?
—¿Me estás diciendo que crees que las decisiones del equipo se basan en algo más que inteligencia operativa?
Bozeman negó con la cabeza y puso los ojos en blanco una vez más, confirmando su título de campeón del Equipo Rastreador en poner los ojos en blanco.
—Eres idiota si te crees eso. Localizamos a las mujeres con trabajo de inteligencia sólido. Lo demás son habladurías.
—Entonces —dijo Guzman, porque nunca sabía cuándo parar—, si le pregunto a King aquí presente si se está enamorando de su protegida, y dice que sí, ¿al menos estarás dispuesto a creerme?
—¡No!
Bozeman y yo lo dijimos al unísono, aunque por razones distintas.
A Bozeman le repugnaba la idea de actuar por algo que no fuera el deber y la lógica, y yo estaba atrapado en una situación complicada.
Mi sentido arácnido había captado movimientos leves en algún lugar del Serenity.
Dado el cariz que había tomado la conversación, le rogué al universo que Cece se hubiera levantado solo para ir al baño y ya estuviera de vuelta en la cama, sin andar haciendo de las suyas.
—Creo que es hora de que os larguéis.
Agarré la máscara y las aletas de Guzman y las planté delante de él en la mesa.
—No querría que llegaras tarde al punto de encuentro.
—K-man, sé sincero con tu colega —insistió Javier, jovial como siempre—. Te estás enamorando de Cece, ¿verdad?
Estaba jodido si lo admitía y jodido si lo negaba.
—A ver, recuérdame una cosa.
Le sostuve la mirada a Guzman.
—¿Siempre eres tan pesado?
—Sí, lo soy —admitió encantado—. Missy piensa que soy adorable. ¿No opinas lo mismo, Bozeman?
Granite arrugó la nariz y cruzó conmigo una mirada de hastío.
—Guzman es un pesado crónico e incorregible, para más inri.
—Venga, K-man, suelta algo —me pinchó Guzman, el muy pesado—. ¿Qué hay de nuevo?
—Cece Astor es la persona más extraordinaria que he conocido en mi vida —solté, para quitármelo de encima y, con suerte, echarlo de mi barco antes de que fuera demasiado tarde—. No tengo nada más que decir.
—Uf, tío, esto suena jugoso.
Javier bajó los pies de la mesa y se inclinó hacia delante; las patas delanteras de la silla golpearon la cubierta con un estruendo que me hizo torcer el gesto. Si Cece había estado dormida, a estas alturas ya estaría despierta.
—Desembucha, hermano.
Guzman se frotó las manos enguantadas.
—¿Te estás enamorando de Hechicera o no?
Apreté los labios y me negué a abrir la boca.
—Se ha acogido a la quinta.
Goof ensanchó su sonrisa cómplice.
—Eso significa que es culpable.
—Guzman...
Bozeman gruñó a modo de advertencia.
—Solo estoy haciendo preguntas inocentes.
Guzman miró hacia el interior en penumbra de la cabina.
—¿Al menos puedo conocerla, charlar un poco con ella, interrogarla sobre ti?
—No, no y no —zanjé.
—Qué decepción —resopló Javier—. Y yo que pensaba que éramos uña y carne.
—Somos uña y carne —repliqué—. Pero tienes que dejar de meter las narices en mis asuntos.
—¡Ajá!
Guzman se abalanzó hacia delante, señalándome con un dedo enguantado.
—¿Has oído eso?
—¿Qué? —Granite frunció aún más el ceño.
—King tiene un lío —dijo Javier—. Antes no tenía ninguno.
—¿Por qué me está entrando dolor de cabeza? —Me pasé las manos por el pelo—. Ah, sí. Porque estoy mirando tu cara. Por tu propio bien, ¡lárgate!
—Mira, hermano, ella va a querer conocerme. —Los ojos de Guzman brillaban traviesos mientras movía las cejas—. Le va a encantar su guapo y encantador futuro cuñado.
—Lo dudo —dije—. Piensa que su hermana pequeña es una ingenua y que tú te estás aprovechando de ella. En cuanto te conozca, te va a hacer papilla. O quizá te arranque las tripas. Y si sigues haciendo preguntas así, puede que la ayude.
—Me hiere tu falta de lealtad. —Guzman se llevó una mano al pecho y luego esbozó una sonrisa astuta—. Tengo otra pregunta personal.
—Sois patéticos los dos —murmuró Granite—. Fraternizando con vuestras protegidas. Está mal, es poco profesional.
Goof ignoró a Bozeman y siguió a lo suyo: —¿Cersi es tan dura como dice su perfil?
—¿A qué viene este interés repentino por Cece?
—Missy adora a Cece —explicó Guzman—. Thena ya me quiere, pero Missy se disgustará si no me llevo bien con Cece. Quiero hacer feliz a Missy. Por ella, necesito dar una buena primera impresión.
—Menos mal que Cece está dormida, entonces —repliqué, esperando estar en lo cierto—. Porque lo estás haciendo fatal.
—Vale, vale. —Guzman levantó las manos—. Otra pregunta, porque, bueno, ¿por qué no? ¿Cuál es el don de Cece? ¿Puede leer las estrellas como Thena? ¿Es soñadora como Missy?
—Tienes que parar con este interrogatorio —advertí—. Vete a nadar. Ahora.
—¿Ves? —Guzman le sonrió a Granite—. Hasta nuestro propio Rey Zen puede caer bajo su hechizo.
—¿El hechizo de quién? —preguntó Bozeman, desconcertado.
—De las hermanas Astor, por supuesto.
—¿Las estás llamando brujas? —El tono de Bozeman se endureció.
—¿Yo? ¿Llamar brujas a las hermanas Astor? —Guzman soltó una carcajada—. No, nunca. Mi preciosa bruja pelirroja se enfadaría conmigo si llamara brujas a sus hermanas. Así que, King. —Volvió a arquear las cejas con picardía—. ¿Qué opina tu bruja de la brujería?
—Guzman... —gruñí, pero ya era demasiado tarde.
Las puertas correderas se abrieron con un silbido y una voz femenina restalló como un látigo en el aire: —¿Acabas de llamar a mi hermana bruja pelirroja?
Me di la vuelta en mi asiento. Cece estaba de pie en la cubierta con los puños en las caderas. Su cabello revuelto enmarcaba su rostro en forma de diamante, pero de dormida no tenía nada. Se me desencajó la mandíbula y me quedé clavado en la silla. No podía apartar la mirada de ella.
Llevaba casi nada puesto.
Mi polla, esa maldita traidora, reaccionó de inmediato a sus largas piernas desnudas; al diminuto tanga que cubría el minúsculo triángulo entre sus muslos; y a la camiseta blanca enrollada y anudada entre sus pechos.
Su escaso atuendo dejaba al descubierto su tonificado abdomen.
La fina tela se tensaba sobre sus deliciosos pechos y dejaba entrever sus pezones oscuros, que asomaban como un par de ojos de búho.
Guzman y Bozeman se quedaron boquiabiertos.
No podían cerrar sus malditas bocas. Tuve el impulso de molerlos a golpes, pero tenía asuntos más urgentes: mi rebelde polla, la indignación que retorcía el rostro de Cece y las dagas mortales que le lanzaba a Guzman.
En sus ojos ardía un fuego azul con calor suficiente para quemar el catamarán, la isla, el mundo entero.
Oh, mierda.