Capítulo veintiséis
Cece
—¿Acabas de llamar a mi hermana bruja roja? —Me clavé las uñas en las palmas, notando cómo el calor me subía a las orejas mientras luchaba por evitar que la cabeza me estallara en llamas—. ¿Acabas de llamarme bruja?
—No, señora —el hombre se puso de pie de un salto, con la espalda recta, cuadrándose ante mí en posición de firmes.
—Mientes —le apunté al fornido pecho con un dedo acusador—. Lo oí con mis propios oídos.
—¿Cuánto tiempo llevas escuchando? —preguntó Kai, aparentemente relajado en su silla.
—Lo suficiente para identificar al imbécil del grupo —fulminé a los tres hombres con la mirada.
En realidad, después de vestirme para mi plan y meterme en la cama, el agotamiento me había vencido.
Refunfuñando porque Kai se tomaba su tiempo en reunirse conmigo, me quedé dormida esperándolo.
Mucho más tarde, me despertó de un sueño erótico el murmullo de voces masculinas que llegaba desde arriba.
Cuando el chirrido de una silla arrastrándose sobre la madera confirmó mis sospechas de que había una reunión en cubierta sin mí, salí de la cama y subí las escaleras sigilosamente.
Acurrucada detrás del mostrador de la cocina, había podido captar el final de la absurda conversación de los hombres.
Kai no quería presentarme a sus amigos. De lo contrario, me habría invitado a unirme a ellos.
Además, había negado tener sentimientos por mí.
No es que lo culpara. Reconocía que yo era una salvaje.
Entendía que quisiera mantenerme fuera de la vista.
Pero en cuanto la conversación giró hacia mis hermanas, se acabaron las contemplaciones.
El idiota que tenía delante no tenía ningún derecho a insultar a mis hermanas.
—Javier Guzmán, te presento a Cece Astor —Kai hizo las presentaciones con un gesto casual de la mano y dejó escapar un suspiro de resignación—. Goof, conseguiste lo que querías. Por si no te has dado cuenta: ¿tu bocaza? Te ha jodido.
—Mis disculpas, señora —dijo Javier, sin poder apartar los ojos de mí—. No quise decir lo de las brujas de esa manera, señora.
Levanté la barbilla.
—¿De qué manera?
—Como algo malo, señora.
Era un tipo guapo, y tenía una voz agradable, pero no iba a engañarme.
Yo era la guardiana de mi familia, y reconocía a un embaucador con labia cuando lo veía.
El pícaro me observaba con cuidado, evaluándome con sus grandes ojos marrones.
Puede que hubiera detectado una súplica de indulgencia en su mirada de cachorro, pero no tenía intención de darle un respiro al imbécil.
Toda mi vida me había dedicado a mantener a mis hermanas a salvo, a deshacerme de los muchos imbéciles que habían fingido que les gustábamos solo para echar mano al dinero de Padre.
Eso era lo que tenía que hacer ahora con Javier: llevarlo al límite, obligarlo a perder los estribos y mostrar su peor cara, desenmascarar cualquier mentira que pudiera estar ocultando sobre sus verdaderas intenciones, para poder arrancar a la sanguijuela oportunista de la vida de mi hermana pequeña lo antes posible.
Kai cogió una toalla y se levantó.
—Quédate donde estás —espeté—. Puede que no me quieras en esta reunión, pero aquí estoy.
—Yo no...
—Ya me ocuparé de ti más tarde —solté con brusquedad, y me volví hacia Guzmán—. Te oí decir algo sobre querer conocer a tu nueva cuñada. Un poco pretencioso, ¿no crees? ¿Precipitado? ¿Prematuro como tus eyaculaciones?
—No, señora, quiero decir... —se detuvo a mitad de frase y miró a Kai con una mueca, como pidiendo ayuda.
Kai levantó las manos.
—Te dije que dejaras de hacer el tonto.
—Puede que este no sea el mejor momento para esta conversación —gruñó el gigante negro sentado a la mesa, como si un trueno contenido le viviera en el pecho—. Deberíamos retirarnos.
—Excelente idea —convino Kai.
—¿Y quién es el Macizo? —exigí saber, sin apartar la mirada fulminante de Javier pero señalando con la cabeza al tercer hombre.
—Me llamo Micah Bozeman, señora —retumbó el hombre con educación—. Soy el segundo al mando del Equipo Rastreador.
—Yo no iría pregonándolo —murmuré con descortesía—. Solo un idiota contrata a otro idiota.
Micah cerró la boca y guardó silencio. No había dicho nada ofensivo mientras yo espiaba, y probablemente no merecía que lo insultara sin razón, pero estaba que echaba chispas. Me daba igual parecer una arpía. El bienestar de Missy estaba en juego.
Bajo sus cejas fruncidas, la mirada de Kai podría haber sido cualquier cosa: sorpresa, una reprimenda, una súplica para que me detuviera.
La cara de Javier se quedó tan inexpresiva como un muro de ladrillos.
Por un momento, pareció forcejear con las palabras.
No hay nada como insultar la polla de un hombre para volverlo rabioso.
Pero este tipo apretó la mandíbula y se mordió los labios; parecía incómodo, pero no enfurecido, al menos todavía no.
—Admiro a las mujeres fuertes, señora —me observó con cautela—. No puedo culparla por ser protectora. Yo soy igual, pero lamento que nos conozcamos así —cambió el peso de un pie a otro, como preparándose para recibir fuego.
Lo cual era cierto.
Yo.
—Admito que a veces soy idiota, pero no tengo el problema del que me acusa —respondió con una compostura que impresionaba, pero que no me disuadía de mi objetivo.
Resoplé.
—¿Estás negando que eres un eyaculador precoz?
—No, quiero decir, sí, lo niego, al menos por ahora —se rascó la cabeza, confuso—. Quizá cuando sea viejo...
—Para —ordené—. No quiero oír hablar de tu vejez. No vas a estar cerca de Missy mucho tiempo.
Se le escapó una mueca, pero fijó la mirada al frente y no reaccionó a mis burlas.
Lo rodeé mientras lo examinaba de pies a cabeza, abiertamente, con insolencia.
Era guapo, eso se lo reconocía, aunque demasiado musculoso para mi gusto y mucho menos atractivo que Kai, por supuesto.
Cualquier otro hombre se habría encogido bajo mi escrutinio, pero Javier no.
¿Cómo podría sacarle su verdadera naturaleza?
—¿Podríamos empezar de cero, por favor? —me dedicó una sonrisa vacilante—. Podríamos fingir que acabamos de conocernos. Soy Javier Guzmán —hizo una pequeña reverencia—. A su servicio, señora.
—No necesito tus servicios —no podía aceptar su oferta de paz cuando tenía un trabajo que hacer—. Si dijera que es un placer conocerte, mentiría.
—Joder —maldijo en voz baja y miró a Kai—. ¿Qué le has contado?
—¿Sobre ti? —Kai se encogió de hombros mientras doblaba la toalla sobre su regazo—. No mucho. Solo que ahora estás con Missy.
—Deja de mirar a Kai buscando ayuda —le espeté a Javier—. Tú y tu bocaza os lo habéis buscado, ahora a apechugar —adopté mi mejor postura de combate: pies separados, rodillas ligeramente flexionadas, brazos y manos en alto—. Vamos. Veamos de qué pasta estás hecho.
—Cece... —gruñó Kai.
—¿Qué? —le lancé mi mirada asesina y mantuve la postura—. ¿Crees que no puedo con él?
—Sé que puedes con él —dijo Kai, y una oleada de placer me recorrió antes de reprimir esa parte débil, estúpida y necesitada de mí que florecía con sus cumplidos y ansiaba caerle bien... aunque solo fuera a él.
Javier levantó las manos y lanzó una mirada ofendida hacia Kai.
—¿Qué coño, tío?
Kai respiró hondo y me miró a los ojos.
—¿Puedes relajarte un segundo, por favor?
—Claro —solté la postura de combate con teatralidad, sacudí los brazos y los hombros como un boxeador calentando antes de un asalto—. Tienes treinta segundos.
—Qué generosa —Kai dio unos golpecitos sobre su regazo—. ¿Segura que no quieres esta toalla?
No tenía ni idea de por qué quería que cogiera la maldita toalla, pero negué con la cabeza.
—Veinte segundos.
—Escúchame —dijo—. Este imbécil de aquí es amigo.
—Su mejor amigo —intervino Javier, como si eso fuera a importarme.
Salté a la yugular.
—Si este gilipollas es tu mejor amigo, tienes un gusto pésimo para elegir amistades.
—Puede ser —concedió Kai, sin perder la calma—. Tiene una bocaza enorme, algo de mal genio y el cerebro le funciona a ratos, pero es útil y nos cae bien. Puedes pelear con él, pero ¿de qué serviría? Missy se va a poner furiosa contigo si le haces aunque sea un moratón a su semental.
Javier se sobresaltó.
—¡No soy un sem...!
—Estoy intentando ayudarte —señaló Kai.
—Dios —murmuró Javier—. Con amigos como tú, ¿quién necesita enemigos?
—Cállate, Goof —Kai volvió a mirarme—. Como iba diciendo, vas a cabrear a Missy si le haces daño.
—Missy no sabe lo que le conviene —crucé los brazos y los fulminé con la mirada, a él y a sus amigos.
—¿He oído bien? —Javier frunció el ceño y miró alternativamente a Kai y a Micah—. ¿Acaba de decir que Missy no sabe lo que le conviene?
—En efecto, eso es lo que ha dicho —confirmó Micah con su tono acartonado.
—Dejad que os explique —intervino Kai—. Cece piensa que Missy es delicada.
—¿Delicada? —Javier entrecerró los ojos y me clavó la mirada mientras se le ensanchaban las fosas nasales, delatando un temperamento que podía igualar al mío si se desataba—.
Missy es fuerte. Inteligente. Increíble.
Si «delicada» es lo mejor que puedes decir de tu hermana, es que no la conoces como yo.
—Quiero a Missy —me enfrenté a un guerrero que me triplicaba en tamaño y fuerza, pero estaba decidida a desenmascarar su codicia, y acababa de darme la primera pista sobre su temperamento—.
Pero mi hermana pequeña es como una muñeca de porcelana.
No habría sobrevivido a las arpías del internado sin mí. Ha sido delicada desde que era un bebé.
—Está claro que no conoces a mi Missy —Javier apretó la mandíbula.
—¿Tu Missy? —solté una risita forzada—. Tú no tienes ninguna Missy.
Yo sí —era hora de subir la apuesta. Separé los pies y le hice el gesto de «ven aquí» con los dedos—.
Vamos, sanguijuela hambrienta de dinero.
Déjame darte un adelanto de cómo mantengo a los cazafortunas alejados de mis hermanas, y de lo que te haré si descubro que vas detrás de Missy por su dinero.