Capítulo diecinueve
Cece
En cuanto mis pies tocaron la cubierta del Serenity, fui pisando fuerte hasta mi camarote y cerré la puerta de un portazo.
Después de quitarme los zapatos de una patada y arrancarme la ropa, me metí en la ducha y me restregué con rabia para quitarme la suciedad.
El atardecer en la cresta parecía un sueño. Y luego…
¿Qué demonios había pasado allí arriba?
Perdiste la cabeza, eso es lo que pasó. Cediste ante él y te perdiste en sus brazos, olvidando tu orgullo y tu sentido de identidad.
Me froté el cuero cabelludo hasta que la espuma del champú me chorreó por la cabeza.
Esto era demasiado. Primero, Kai y yo habíamos tenido esa conversación improbable sobre las corazonadas de mis hermanas y esa extraña conexión, una atracción que sentía incluso ahora.
De alguna manera, la idea había atravesado mis defensas y se había infiltrado en mi psique.
Supongo que cuando una científica tiene alucinaciones visuales, creer en corazonadas y conexiones se vuelve posible.
Segundo, había tenido que lidiar con el terror de ver a esos mercenarios tan cerca de encontrarnos, seguido por la euforia que sentí cuando se fueron. Había sido una montaña rusa aterradora. Por si todo eso no bastara, el atardecer había transformado la cresta en el lugar más romántico del mundo.
Romántico. Mierda. Quería golpear algo o a alguien. Ese pensamiento resumía la magnitud de mis delirios. Metí la cabeza bajo la ducha y miré el desagüe mientras succionaba la espuma del mismo modo ineludible en que Kai me había atraído a su órbita.
Pero Kai se había visto tan guapo bajo la luz dorada, tan perfecto mientras su aura se fundía con los azules atemporales del crepúsculo. Resultaba tan seductor para mis sentidos. Junta todo eso, y… desastre.
Vale, los orgasmos habían sido buenos. No, no buenos; increíbles. Había descubierto un nuevo tipo de placer cabalgando sobre los dedos de Kai, uno que nunca antes había sentido con un chico. Este era mi pequeño secreto. Kai había roto la racha. ¿Buenas noticias?
Claro, pero luego él me había apartado.
En un instante, había pasado de ardiente y apasionado a frío y distante. Cuando le ofrecí alivio, se puso tan rígido que temí que pudiera romperse. Con un gran y rotundo «no», me había rechazado. ¿Quizás me habría sentido diferente si me hubiera permitido devolverle el favor?
¿Pero lo hizo?
No.
Ni siquiera un maldito bocado.
Puse toda mi rabia en cerrar la ducha. Él había sido inteligente cuando yo había sido una tonta, fuerte cuando yo había tirado por la borda mis convicciones.
Se había aferrado a su disciplina y dignidad y había mantenido la polla en los pantalones.
Oh, sabía que su polla me deseaba. La había visto sobresaliendo de la licra, la había sentido frotándose contra mí.
Pero el maldito hombre conservó lo que yo había perdido: autocontrol.
Salí de la ducha arrastrando los pies y agarré una toalla. ¿Por qué me besó así? Me froté con la tela de rizo hasta que la piel me escoció. ¿Por qué me tocó por todas partes y me hizo arder tanto que me derretí por dentro?
Vale, así que me había oído esta mañana. Pero tenía una mano perfectamente capaz. Moví los dedos ante mi cara. Quizás sus dedos eran más grandes, mejores y más capaces. Vale, mucho más capaces. Pero no lo necesitaba a él ni a su ayuda para correrme.
No podía encontrarle sentido a sus acciones. A su reacción. Un momento, había sido todo pasión y deseo. Al siguiente, se había convertido en un témpano de hielo. ¿Había fingido sus emociones? ¿Lo hizo por lástima o qué? ¿Lo veía como parte de su trabajo?
No se me ocurría un insulto peor. La humillación me quemó las mejillas. Esta noche, él tenía su autoestima intacta, mientras que la mía yacía a mis pies hecha jirones.
Como si alguna vez hubieras tenido autoestima.
¡Cállate!
No podía permitir que volviera a suceder. Me había quedado atrapada en la esperanza ilusoria de sus «y si». La realidad golpeó demasiado tarde. No importaba lo hábil que fuera él o lo maravillosa que me sintiera yo, tenía que recuperar el control de mí misma.
Lancé la toalla sobre el borde de la ducha, fui hacia el armario y abrí la puerta de golpe.
¿Qué pasaría si esto se convertía en un hábito?
¿Si de alguna manera progresaba hacia más intimidad?
La intimidad era una palabrota para mí, no algo a lo que hubiera aspirado antes.
¿Y qué haría si le dejaba campar a sus anchas por mi cuerpo —aunque solo fuera por unos días— y luego me dejaba a la primera oportunidad porque era una perra tan cascarrabias?
¿Qué entonces, Cece?
Un pensamiento fugaz se interpuso en mis argumentos perfectamente razonables. Si volviera a suceder, ¿sería capaz de alcanzar el clímax de la misma manera devastadora para el cuerpo y el alma en que me había corrido en la cresta?
¡Cece! Me puse las bragas de un tirón. Esto no es nada de lo que estar orgullosa. ¡No tiene gracia!
Las risitas de Affie resonaron en mi cabeza. Sí tiene un poco de gracia. Su voz divertida hizo eco en mi mente. Pero solo porque eres tú. Así es exactamente como mi hermana sarcástica me habría tomado el pelo si hubiera estado aquí.
Agarré una camiseta y metí la cabeza y los brazos en ella.
Mi debilidad por este hombre me avergonzaba.
Había dejado a un lado mi orgullo y roto mis reglas y mis límites.
Claro, se había sentido increíble, pero también iba en contra de todo en lo que creía.
Me dejé caer en la cama y me apreté la cabeza entre las manos. ¿Qué mejor ejemplo de fracaso?
Llamaron a la puerta.
—¿Cece? —la voz de Kai se filtró en mi camarote—. Ha sido un día largo. He preparado algo de comida...
—No tengo hambre —espeté, ignorando el gruñido de mi estómago—. Vete.
—Si te he ofendido...
—No lo hiciste. —Me había ofendido a mí misma.
—Si quieres hablar...
—No hace falta hablar. —Con sus acciones allá arriba lo había dicho todo. Él podía tocarme, pero yo no podía tocarlo a él. Vaya intercambio más desigual—. Déjame en paz. Tengo trabajo que hacer.
—Si eso es lo que quieres... —Suspiró al otro lado de la puerta—.
Prometo que no te molestaré más, pero voy a dejarte algo de comida junto a la puerta.
—El leve tintineo de los cubiertos me llegó mientras depositaba lo que supuse que era un plato en el rellano, fuera de mi camarote—.
Por favor, come, Hechicera. Hoy te has esforzado mucho. Necesitas las calorías.
—Déjalo si quieres —grité mientras abría el estuche y sacaba el portátil—. Si tengo hambre, lo cogeré.
—De acuerdo. —Su voz sonaba extrañamente vacilante—. Buenas noches.
No me molesté en responder. Era una tonta, pero sabía que él tenía razón: necesitaba comer algo. Era un detalle por su parte pensar en mí.
¡No, idiota! ¡No es un detalle! ¡Es manipulación! Como la mayoría de los hombres que conocía.
Lo más probable era que su oferta de comida fuese un cebo para sacarme de mi habitación.
Para hablar. Bla, bla, bla. Pues ¿sabes qué?
No quería hablar. Lo que quería era olvidar todo lo que había pasado en la cresta.
Esperaría a que se durmiera para ir a buscar la comida que hubiera dejado y devorar hasta la última migaja.
Con un bufido, recurrí a mi táctica habitual para lidiar con la amargura que sentía por dentro.
Me puse las gafas, encendí el ordenador y me puse a trabajar, catalogando todos los datos que había recopilado en las últimas semanas.
Nunca había tenido tiempo de elaborar tablas comparativas.
Pues bien, ahora tenía el tiempo y la rabia necesaria para ponerme a tope.
***
Kai
Cece llevaba dos días sin dirigirme la palabra. La capacidad de esa mujer para mantenerse enfadada era asombrosa. Apenas salía de su camarote. Cuando lo hacía, cogía la comida que yo dejaba preparada en la encimera y evitaba mirarme a los ojos.
Solo se había dirigido a mí dos veces, y siempre con la misma pregunta:
—¿Alguna noticia? —había exigido con su tono Astor más altanero—. ¿Cuándo demonios vamos a salir de aquí?
Me fastidiaba no tener noticias que darle, pero todo había estado tranquilo, demasiado tranquilo. ¿Qué estarían tramando el Equipo Rastreador y Voz Atronadora?
Pero lo que más me dolía era no poder acercarme a Cece.
No hacía falta ser un genio como ella para saber que estaba enfadada conmigo, aunque no estaba seguro de qué exactamente la había molestado.
Mentira. Lo sabía perfectamente. Me había quedado en blanco con ella.
Mudo. Frío. No por su culpa, sino por los recuerdos.
Creí que lo había disimulado, pero también en eso había fracasado.
Intenté disculparme, pero me cortó en seco.
¿Qué iba a hacer al respecto?
Mi meditación matutina no sirvió de nada.
Como no me gustaba la confusión, ansiaba aclarar las cosas tanto como la ansiaba a ella.
Incluso ahora, sentado ante mi estación de navegación mientras revisaba los sistemas de vigilancia, mi polla confirmaba esa última parte.
Cada vez que pensaba en Cece, el muy cabrón se ponía duro.
Y como ella dominaba mis pensamientos, eso pasaba demasiado a menudo.
Para ser un tío al que le iba el rollo zen, no me estaba yendo nada bien.
Mientras pasaba de un monitor a otro, revisando las grabaciones de las cámaras, la oía en su camarote aporreando el teclado con furia y soltando maldiciones de vez en cuando.
Acababa de asearme después de volver de mi patrulla vespertina.
Me había exigido al máximo, añadiendo velocidad y kilómetros a mis caminatas, y después había nadado durante horas por la cala para desahogar mis frustraciones.
Tenía que hacer algo diferente.
Cece me importaba. Era más que un sentimiento. Era una convicción, y tal vez algún día, si lograba superar mis traumas, yo podría importarle a ella. Quería mejorar, avanzar, liberarme de los recuerdos. Pero Cece era tenaz. ¿Cuánto tiempo podría seguir enfadada conmigo?
Mucho, mucho tiempo, K-man.
Solté un resoplido. Esa mujer tenía una capacidad increíble para volverme loco.
Me fastidiaba que, mientras yo quería que conectáramos, la distancia que ella ponía entre nosotros me daba un respiro, o mejor dicho, una excusa para no enfrentarme a los recuerdos y asumir mis fracasos.
Debería hablar con ella. Explicarle, tal vez.
O tal vez no. Ella no quería hablar conmigo, y ¿qué había que explicar?
El pasado era el pasado. Llevaba mucho tiempo trabajando en mis problemas y aún no sabía qué decirle.
Al abrir los radares en las pantallas, varios puntos rojos parpadeantes repartidos por el mar y las islas captaron mi atención. Me incliné hacia los monitores. Una sonrisa fue dibujándose lentamente en mis labios.
Oorah. Por fin buenas noticias.
El Equipo Rastreador no había estado de brazos cruzados.
Mis compañeros habían hecho avanzar nuestro plan.
Habían colocado rastreadores encubiertos en un buen número de embarcaciones.
Esos rastreadores marcaban los barcos como participantes en la búsqueda del NWO y solo nuestros sistemas podían detectarlos.
Los rastreadores me permitían vigilar los barcos y los patrones de búsqueda de los mercenarios aún más de cerca.
Mi equipo seguro que había vivido unas cuantas aventuras submarinas de las buenas para lograr nuestro objetivo.
Mi sonrisa se ensanchó. Me recosté en la silla y envié un mahalo mental a mis amigos.
Se estaban acercando peligrosamente a nuestros enemigos.
La mayoría de los barcos en la pantalla estaban quietos a esas horas.
Habían echado el ancla o estaban amarrados en puertos deportivos para pasar la noche.
Una embarcación captó mi atención. Todavía se movía en dirección al puerto deportivo más cercano, pero emitía una señal a una frecuencia diferente.
Abrí la imagen satelital en directo, la amplié y la comparé con la lancha semirrígida que habíamos encontrado antes.
Efectivamente. Era el mismo barco, e incluso en la oscuridad distinguí la silueta colosal del mercenario del sombrero Stetson.
Por eso los chicos habían marcado este barco con una frecuencia diferente.
Para avisarme de que era el barco del líder.
Mis chicos eran jodidamente increíbles.
Voz Atronadora había sobrevivido a Cece y a mí, pero no me sorprendería que el cabrón acabara luchando por su vida en breve, quizás incluso esa noche.
Ojalá pudiera contactar directamente con los chicos para advertirles de las siete vidas del bruto.
Diablos, hablar un rato con mi mejor amigo Goof me vendría de perlas ahora mismo.
Pero el contacto directo podía delatar la posición del Serenity.
El silencio y el sigilo eran la mejor protección que podía darle a Cece, y aunque nunca volviera a dirigirme la palabra, siempre la protegería.
Tecleando, programé el sistema para seguir la frecuencia del localizador del barco de Voz Atronadora. Saber dónde estaba me permitía vigilarlo mejor. El mercenario era duro de pelar y suponía una amenaza. No pensaba subestimarlo. Si volvía a cruzarse en mi camino, estaría preparado.
El éxito del Equipo Rastreador me ayudó a recuperar algo de mi zen.
Era increíble lo que un poco de éxito podía hacer por el ánimo de un tío.
Mientras hacía una revisión completa del sistema, repasé todo lo que sabía sobre Cece.
Cuestioné mis suposiciones. ¿Qué podía hacer para cambiar aquella situación insostenible?
Tuve una idea. Apuntaba a una estrategia, y pronto se convirtió en un plan.
Era demasiado tarde para ponerlo en marcha esa noche, y quizás fuera un poco retorcido por mi parte, pero diablos, estaba desesperado y no era de los que se rinden.
Iba a conseguir que Cece Astor volviera a hablarme.
Todavía no me había dado por vencido con ella. Ni conmigo mismo.