Capítulo diecisiete
Kai
Tumbado boca abajo, con el cuerpo pegado a la tierra roja de la cresta más alta de la isla, escudriñé el mar con mis prismáticos. Efectivamente. Ahí estaba. En el canal. Una lancha rápida, como la que los mercenarios habían usado para acceder al faro, cargada de tangos armados.
—¿Son ellos? —preguntó Cece desde su posición, rozándome el hombro.
Mientras estudiaba la RHIB, el sol se reflejó en un cristal y un destello de luz me indicó que alguien exploraba la costa en nuestra dirección.
Los capullos ni siquiera se habían molestado en colocar un filtro antirreflejos en sus lentes.
Imbéciles. Yo me había asegurado de que el mío estuviera bien puesto.
—Son ellos. —Le pasé los prismáticos—. ¿Recuerdas todo lo que hablamos?
—Sí. —Echó un vistazo rápido y me devolvió los prismáticos—. Son muchos.
—Afirmativo.
Al subir la colina, había hablado con Cece sobre lo que haría si el enemigo se acercaba. La había preparado lo mejor que había podido. Había que reconocérselo: estaba aguantando el tipo. Sin pánico. Había hecho el cruce por agua y la empinada subida sin una sola queja.
Me había debatido entre dejarla atrás y traerla conmigo. El miedo que detecté en su mirada me convenció de mantenerla cerca. Ella había temido quedarse sola, atrapada en un barco rodeado de agua, y que yo la abandonara.
Como si alguna vez fuera a hacerle eso.
Después de las conversaciones que habíamos tenido, sentía el duelo atrapado en su interior como si fuera el mío propio.
Conocía bien el duelo. Lo reconocía en sus ojos, en su voz.
Aunque lo ocultaba bien, a veces había estado al borde de las lágrimas.
No podía dejarla atrás. Mi trabajo era protegerla de todo, incluida ella misma.
No sabía qué hacer con ella. Había construido una fortaleza a su alrededor.
No dejaba entrar a nadie. Me movía en la cuerda floja entre ganarme su confianza y que me dejara fuera.
La única ventaja que tenía era nuestra atracción física.
Así que me había apoyado en ella para hacer mi primer acercamiento.
No había mentido cuando dije que sentía alivio ante su rechazo.
Me sentía seguro, incluso inteligente, al alejarme de esto, fuera lo que fuese. También me sentía como un cobarde.
Pero incluso en el improbable caso de que las cosas cambiaran, si más adelante aceptaba mi oferta, entendía que podía hacernos mucho daño: a mí, pero peor aún, a ella misma.
La lancha rápida enfiló hacia la costa. Cabeza en la misión, marine. Ya resolvería el resto más tarde.
—Ahí vienen —advertí.
Cece yacía en el suelo junto a mí. El rugido de los motores se acercó al lado este de la isla.
Los motores de la RHIB trabajaban a tope mientras la embarcación saltaba sobre las olas.
El casco golpeaba con fuerza entre ola y ola.
Había que reconocérselo a los cabrones. Eran minuciosos, viniendo hasta aquí, bordeando los peligrosos acantilados y desafiando las corrientes mortales que los harían añicos si los motores fallaban.
Cuando el estruendo se apagó, me incorporé sobre los codos y eché otro vistazo. La embarcación avanzó a toda velocidad por la costa, rodeó el lado norte y se perdió más allá de los acantilados antes de reaparecer y empezar a bajar por el lado oeste.
Arrastrándome sobre rodillas y codos, pegado al suelo, me abrí paso hasta el lado opuesto de la cresta, donde una hilera de rocas ofrecía ocultación.
Cece me siguió. La embarcación redujo la velocidad y navegó hacia el sur en dirección al arrecife.
Estaban coqueteando con la muerte y ni siquiera lo sabían.
Trabajé con los prismáticos, aumentando el zoom para obtener una visual del enemigo. Llevaban uniformes de combate negros, pero sin rangos ni insignias. Fue entonces cuando vi el sombrero de vaquero negro y al enorme hijo de puta que lo llevaba, sujetándoselo contra el viento con la mano.
—Me cago en todo —murmuré—. Parece que Voz Retumbante sobrevivió a su visita al infierno.
—¿Cómo es posible? —Cece entrecerró los ojos mirando hacia la embarcación—. Lo golpearon y le dispararon. Y luego cayó en un maldito bufadero.
—Las cucarachas son difíciles de matar. —Este cabrón era la prueba viviente.
Enfocándome en él, registré un rostro ancho, la nariz ahora torcida y una mandíbula como un ladrillo.
No tenía nada de atractivo, el cabrón. Aumentando el zoom, detecté los cardenales alrededor de los ojos.
Sus movimientos eran rígidos. Apostaba a que una buena colección de lesiones se escondía bajo su ropa. Teníamos algo que ver con eso.
Dado que había fallado en su primer objetivo, tenía sentido que hubiera arrastrado el culo hasta aquí con toda su tripulación. Buscaba redención ante los ojos de su jefe. Mala suerte. No la iba a conseguir, no conmigo interponiéndome entre él y Cece.
—¿Y si dan con la cala? —susurró, aunque no había ninguna posibilidad de que los mercenarios pudieran oírnos desde el otro lado de la isla.
—El arrecife es un laberinto mortal, y el acceso es casi imposible de navegar para la mayoría —expliqué—. En el improbable caso de que intenten forzar la entrada, he minado el acceso a la cala y la cala misma con suficientes explosivos para mandar su embarcación al infierno.
Me lanzó una mirada sorprendida. —¿Cuándo hiciste todo eso?
—En cuanto llegamos a la cala, mientras dormías. —Eché un vistazo a mi pantalla y comprobé las cámaras internas del Serenity. El catamarán flotaba en las aguas plácidas, desierto e invisible. Joder, menos mal que el escudo aguantaba.
—Entonces, ¿harías explotar la cala solo para protegerme? —preguntó.
—Afirmativo —dije—. Solo de pensar en destruir la naturaleza me muero, pero he tomado todas las medidas necesarias para proteger tu vida.
—Mi vida no vale tanta destrucción.
—No vamos a ponernos de acuerdo en eso. —Seguí la embarcación con la mirada—. El caso es que estamos preparados.
—Me recuerdas a Nix —dijo en voz baja—. Él siempre iba un paso por delante.
—Así era. —Seguí el avance de la embarcación—. Siempre compensa estar preparado.
Suspiró. —Y aun así, murió.
—Lamento tu pérdida —le apreté brevemente la mano—. Quizás le había llegado la hora, pero no es la tuya.
La tristeza relució en lo más hondo de sus ojos pálidos.
—¿Por qué siempre quiero creerme todo lo que dices?
—Porque en el fondo sabes que digo la verdad.
—No te equivocas en eso.
Su certeza hizo que algo me resonara en el fondo de la mente, pero tenía que concentrarme en el presente.
La embarcación redujo la velocidad al acercarse al arrecife.
Metí la mano bajo el montón de rocas, saqué el estuche que había escondido allí y lo abrí.
Las piezas del lanzacohetes RPG descansaban en su espuma protectora.
Cece se quedó boquiabierta al ver el arma.
—¿Eso es un...?
—Una precaución —con movimientos expertos, ensamblé el lanzador y armé la ojiva.
—¿Subiste hasta aquí y guardaste tu equipo mientras yo dormía también?
—Sí —dejé el RPG en el suelo, me asomé por detrás de las rocas y apunté los prismáticos hacia la embarcación.
—Pero dijiste que habías minado la cala...
—Lo hice, pero las defensas tácticas funcionan por capas. Puede que necesitemos los explosivos de la cala para una segunda oleada, sobre todo si hay más tangos cerca. Si estos cabrones intentan llegar al Serenity, están muertos.
—Eres raro —murmuró Cece.
—¿En qué sentido? —pregunté.
—Eres la encarnación de la paz un segundo y la guerra en persona al siguiente.
No se equivocaba. En más de un sentido, yo era una contradicción con patas.
—¿Qué están haciendo ahora? —Cece volvió a entrecerrar los ojos—. ¿Qué es esa cosa?
—Un dron —estos imbéciles iban en serio—. Están a punto de lanzarlo desde la embarcación. Es un pequeño aparato de reconocimiento con cámara.
Hizo una mueca.
—¿Puedes derribarlo?
—Podría, y desde aquí sería fácil —acaricié mi fiel carabina—. Pero no nos conviene.
—¿Por qué no?
—Si perdieran el dron, sospecharían que algo va mal. Traerían más personal e intensificarían la búsqueda. Derribar el dron sería una declaración de guerra.
Frunció el ceño.
—Debería haberlo pensado.
—Eres científica, Cece, no marine. Es una lástima que estés metida en esto.
—Se supone que soy inteligente —murmuró enfadada.
—Eres inteligente, pero no tienes que saberlo todo siempre. Cuando aspiras a la perfección constante, lo único que ves son tus imperfecciones.
Hizo una mueca como si acabara de tragarse un bocado de salmón viejo y viscoso. Luego murmuró:
—Puede que tengas razón.
Y la tenía. Si había algo que me sacaba de mi zen y me cabreaba, era lo dura que era Cece consigo misma.
—Entonces —dijo, siguiendo la embarcación con la mirada—, ¿qué hacemos ahora?
—Confiamos en que nuestra primera capa de defensa aguante y en que nuestra tecnología mantenga a salvo el catamarán —no le dije que el escudo BB era un prototipo. Ni cuánto odiaba los prototipos, las teorías y las hipótesis.
El dron voló alto. Cece y yo rodamos bajo las rocas y nos metimos en una grieta. Lancé una red de color tierra sobre nosotros. El dron pasó zumbando. Una pasada rápida. Nadie esperaba encontrar a nadie aquí arriba. Esperé a que el sonido se apagara para salir gateando.
El dron descendió por el lado oeste del acantilado y sobrevoló la laguna. Adiós a que nadie supiera dónde estaba la cala.
Cece se retorció para salir de la grieta, se arrodilló junto a mí y, sacudiéndose el polvo de las manos, miró hacia la cala.
—¿Qué pasa?
—La cosa se está calentando —hinqué una rodilla, me eché el RPG al hombro y, parapetado tras el saliente rocoso, apunté hacia la lancha rápida.
—¿Vas a volarlos por los aires? —preguntó Cece con un hilo de voz.
—Puede que no tenga otra opción.
El dron sobrevoló la cala en círculos. Y siguió sobrevolando.
La maldita cosa ponía a prueba mi paciencia.
El NWO tendría varias embarcaciones de respaldo en el agua y en los puertos deportivos al otro lado del canal.
Si los mercenarios perdían el contacto o detectaban una explosión, tendría un tiempo precioso para sacar a Cece y al Serenity de la cala y huir hacia mi posición de repliegue.
No era precisamente lo que había soñado.
—El dron no puede detectar el catamarán —susurró Cece—. Pero ¿y si se estrella contra él?
Una hecatombe de mierda, eso es lo que pasaría.
—No voy a poner en riesgo nuestro único medio de transporte —dije en cambio.
Con los ojos muy abiertos, siguió la trayectoria del dron.
El corazón le latía con fuerza en la base del cuello.
Noté que a mí también se me aceleraba el pulso.
El dron descendió aún más. Voló de un extremo de la cala al otro en línea recta de norte a sur, pasando a apenas unos metros del agua.
Controlé la respiración y mantuve la puntería firme en la lancha rápida.
Mientras el dron se acercaba al amarre del Serenity, calculé la distancia hasta el contacto.
—Nueve metros. —Un escudo visual y térmico era un excelente disuasorio, pero si el dron impactaba contra el catamarán, quedaríamos al descubierto—. Seis metros. —El sudor me corría por el cuello y me empapaba la espalda—. Tres metros. —Mi dedo se tensó sobre el gatillo.
La guerra había llegado a la cala.