Kai (Romance militar de héroes alfa nº 13) Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Cece

Tras un ascenso empinado que me dejó sin aliento, llegamos a una cresta rocosa en la cima del acantilado más alto.

Montones de piedras coronaban la cresta.

Me dejé caer sobre un trozo de tierra roja y apoyé la espalda contra una roca, jadeando, suplicando que no se me acalambraran los muslos.

Habíamos afrontado un ascenso de trescientos metros por senderos estrechos y pendientes pronunciadas, y sin embargo, ni siquiera mi miedo a los mercenarios pudo impedirme contemplar las vistas espectaculares que me rodeaban.

Mirando hacia el oeste, la cala que acunaba el catamarán brillaba como un fósil atrapado en un óvalo de azurita pulida. El barco estaba camuflado en ese momento. La nueva tecnología era increíble. Era imposible detectar Serenity. Solo esperaba que el escudo aguantara.

La vista hacia el este era más salvaje. Acantilados escarpados se precipitaban directamente hacia el oleaje estruendoso.

Un escalofrío helado me recorrió la columna vertebral cuando miré hacia abajo, hacia las olas masivas que golpeaban los imponentes acantilados.

Esperaba de verdad no tener que enfrentarme nunca a un asalto tan feroz.

Los estallidos de las olas resonaban hasta donde yo estaba sentada, puntuados por explosiones de rocío y espuma que se fracturaba, como pequeñas ráfagas blancas allá abajo. El viento soplaba con fuerza aquí arriba. A veces me azotaba la cara y me obligaba a sujetarme la gorra.

Sin mostrar el menor signo de fatiga, Kai yacía boca abajo junto a mí, escudriñando el horizonte con los prismáticos, el cuerpo oculto entre las rocas. Su carabina descansaba a su lado, lista para entrar en acción. Bajó los prismáticos y revisó su Tak, rastreando el barco sospechoso.

—¿Algo? —pregunté, levantándome la gorra y secándome el sudor de la frente.

—Nada todavía.

Estudió la pantalla.

—Han hecho varias paradas por el camino.

—Quizá se desvíen —dije, abanicándome la cara con la gorra de béisbol.

—Eso estaría bien.

Su tono me indicó que no contaba con ello.

—Ya que estamos esperando...

Perdí el valor y dejé que mis palabras se apagaran.

—Ya que estamos esperando —repitió, arqueando las cejas—. Tienes más preguntas.

Me puse la gorra y me bajé la visera.

—¿Soy tan fácil de leer?

—Estoy aprendiendo —sonrió detrás de los prismáticos—. Pregunta.

—¿Por qué me contaste todo eso?

—¿Te refieres a lo de tus hermanas y lo que dijeron sobre nuestra conexión?

—Sí.

—Prometí que no te ocultaría ningún secreto.

Se incorporó, apoyó la espalda contra la roca frente a mí y, sosteniendo los prismáticos con una mano, me clavó la mirada.

—Soy directo, y creo que tú también. Así que ¿por qué no poner todas las cartas sobre la mesa y ver qué pasa?

Sí, ¿por qué coño no, Astor?

Porque...

Adelante, encuentra una buena razón para mantener cualquier tipo de alegría y placer fuera de tu vida.

Eché un vistazo al hombre sentado frente a mí y luego bajé la mirada al suelo, trazando círculos perezosos en la tierra roja con las yemas de los dedos.

Kai no encajaba en ninguna de mis categorías.

Aun así, tenía una salida fácil de sus hipótesis, gracias a mi regla de no-hombres, no-amor, no-complicaciones.

Crecer como una Astor me había roto el corazón.

Cada hombre que se me había acercado quería el dinero de Padre, no a mí.

El propio Padre había demostrado que los hombres como él eran una amenaza existencial para la especie femenina.

Después de que Padre hiciera su daño, si había quedado algún pedazo intacto de mi corazón, se rompió el día que murió Nix.

Nix se había ido, pero Padre seguía haciendo de las suyas.

Había aprendido que los hombres buenos morían sirviendo a su país y los malvados prosperaban, beneficiándose de la sangre, el sudor y el dolor de otros.

Después de que Nix muriera, separarme de mis hermanas había pulverizado los fragmentos que quedaban de mi corazón. Sí, esa era yo: dura por fuera y un desastre roto y jodido por dentro.

Nunca había tenido la voluntad ni la inclinación de recomponer mi corazón destrozado.

Entregada a mi rutina y decidida a triunfar en mi búsqueda, había aprendido a vivir sin sentir gran cosa.

Pero Kai... él me hacía sentir cosas. Emociones poderosas y abrumadoras, y una lujuria abrasadora.

¿Sería posible que por primera vez en mi vida me hubiera pillado por un tío?

Ningún hombre en su sano juicio va a aguantarte jamás. La voz de Padre reverberó en mi cabeza. Eres exasperante, inútil, despiadada. No eres precisamente un buen partido.

Sería tan fácil volverme adicta a Kai, a su sonrisa, su compañía y su atractivo sexual. Pero ¿por qué arriesgarse cuando debería centrarme en mi trabajo y en mis hermanas? ¿Por qué empezar algo condenado desde el principio? ¿Por qué siquiera intentarlo?

¿Crees que eres miserable ahora? ¡Ja! Espera a ver lo que te va a pasar cuando inevitablemente te deje tirada como la arpía insoportable que eres.

Gracias por eso, Padre.

De nada, Cersi.

Que te jodan, imbécil.

Alcé la vista hacia el sol abrasador, empeñado en asarnos hasta convertirnos en trozos sudorosos de carne. Quizá si pudiera reconstruirme, podría desafiar las expectativas de Padre y explorar lo que fuera esto con Kai.

Para ya, idiota. Eres la hermana que no cree en el amor. El amor no va contigo.

Un montón de lágrimas estúpidas me ardieron en los ojos. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para ocultarlas. Me concentré en los garabatos que mis dedos habían marcado en la tierra. ¿Esas líneas curvas estaban formando un corazón?

Joder. ¡Eran corazones!

Pasé la mano sobre la tierra y borré todo rastro de mi arte subliminal, esperando que Kai no se hubiera dado cuenta. Había dibujado jodidos corazones en el suelo. ¡Yo!

Era hora de bajar de las nubes.

Evité mirar a Kai a los ojos. —No creo que pueda hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Poner a prueba la hipótesis de mis hermanas. —Agaché la cabeza y me oculté tras el flequillo y el ala de la gorra—. Ponernos a prueba a nosotros. Es que... no soy capaz.

Por un momento, con el rabillo del ojo capté un destello de algo en los ojos de Kai. ¿Decepción, quizá? Entonces la sonrisa plácida volvió a su rostro y su zen sofocó mis emociones.

—Eres capaz de mucho, Cece, si tan solo te dieras un respiro. —Cuando estiró los brazos, parecía un león grande y hermoso despertando de un largo letargo—. Al menos ahora sabes lo que hay sobre la mesa, y también que tienes opciones.

—Tú... eh... —Era difícil hacerme callar, pero de alguna manera, él lo logró durante, como, treinta segundos—. ¿No estás enfadado conmigo?

—¿Enfadado? No. —Cogió los prismáticos de nuevo y, arrodillándose en el suelo, miró por encima de las rocas—.

He tenido algo de tiempo para procesar esto.

Tú no has tenido ninguno. Confío en mi equipo y en tus hermanas.

Tú no confías en nadie. Entiendo por qué sientes que no puedes depender de nadie más que de ti misma.

—¿Y eso por qué? —pregunté en ese tono altanero que detestaba, aunque lo usaba mucho.

—Tu padre. —Fue todo lo que dijo, todo lo que necesitaba decir.

Él lo entendía, pero si yo lo admitía, iba a derrumbarme y llorar. Aquí, en la cima de esta cresta, con el océano Pacífico extendido a mis pies para ser testigo de mi vergüenza.

—Tu padre ya no está —me recordó Kai—. Eres libre, Cece. De ser tú misma.

Libre. La palabra repicó en mi cabeza como una campana poderosa.

—Tú puedes elegir —continuó mientras escudriñaba el océano—. Yo también puedo elegir. Tienes derecho a protegerte, a quedarte al margen si eso es lo que necesitas. Estoy decepcionado, pero también aliviado.

Parpadeé varias veces. —¿Aliviado?

—Un poco, sí.

—¿Por qué?

Bajó los prismáticos, pero siguió mirando a lo lejos. Un músculo se le contrajo en la mandíbula antes de murmurar: —Sin riesgo, sin peligro.

—¿Qué? —Me eché hacia atrás—. ¿Qué peligro?

—No importa. —Se llevó los prismáticos a los ojos—. Si es un no, pues es un no.

¿Por qué me escocían las entrañas como si acabara de tragarme un nido de avispones?

El dolor hizo saltar mi genio. —Estás aliviado porque ahora no tienes que follarme.

Me clavó la mirada y frunció el ceño. —¿Qué has dicho?

—Solo estabas jugando conmigo —dije—. Conexión. Atracción. Lujuria. Toda esa mierda.

—No, pero...

—Está bien —espeté, montada en una montaña rusa de emociones que no entendía—. Al final resulta que no me encuentras follable.

—Estás poniendo palabras en mi boca —gruñó—. Dejé clara mi posición antes de que tú tiraras por tierra todo el asunto. No sé qué está pasando dentro de tu cabeza, pero mi cuerpo sigue de acuerdo con la sugerencia de tus hermanas. Me atraes. ¿Puedes aceptar eso?

Así que era verdad. Los dedos de los pies sí se encogían dentro de las zapatillas cuando una persona especial se acercaba entre la niebla y le hacía el boca a boca a tu corazón enfermo.

Todavía me deseaba. Que me quisieran era mucho pedir, pero quizá sí era follable después de todo.

El filo agudo de mi necesidad vibró a alta frecuencia.

Por un momento, me atreví a soñar con todo lo que Kai y yo podríamos ser.

Respiré hondo y paseé la mirada por la belleza salvaje que me rodeaba.

Los acantilados imponentes se elevaban hacia el cielo.

Las aguas enjoyadas de la cala brillaban abajo.

Este lugar. Era justo como yo: salvaje, aislado, remoto.

Como mi faro, pero aún más inaccesible; como mi alma, aunque quizás menos feral.

Un cúmulo de emociones dispares se me atascó en la garganta. Miedo. Tristeza. Confusión. Deseos insatisfechos y anhelos que había ignorado durante años. Anhelaba el contacto humano; no, anhelaba el contacto de Kai, sus besos, sus poderosos brazos sosteniéndome cuando estuviera cansada. O débil.

¿Podría alguna vez permitirme estar cansada y débil delante de él?

Caí en la cuenta de que necesitaba a Kai.

Lo necesitaba como una isla necesita un puente para formar parte del mundo.

Por primera vez desde que tenía memoria, cuestioné las prioridades de mi vida, mi regla de nada de hombres ni relaciones, mi incapacidad para desviarme de mi camino y mi visión rígida del mundo.

Y luego, como si esas preguntas no hubieran sacudido bastante mis cimientos, me sorprendí a mí misma con una pregunta diferente.

¿Por qué no?

—¿Cece? —La urgencia en la voz de Kai me arrancó de mis pensamientos.

—¿Kai?

—Agáchate. —Se pegó al suelo—. Tenemos compañía.