Kai (Romance militar de héroes alfa nº 13) Capítulo Doce #2
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Capítulo Doce #2

Como si respondiera a mi llamada, su extraordinaria aura reapareció y ronroneó en mis oídos. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos mientras él seguía hablando.

—Dagger es un jefe generoso, y BB es una cooperativa que recompensa bien a los miembros del equipo.

—Un tipo tan listo como tú podría convertirse en una máquina de hacer dinero.

—Acepto lo de listo y rechazo lo de máquina de hacer dinero de todo corazón.

—Mi padre lo hizo.

—Sin ánimo de ofender, pero lo último que querría es ser alguien como tu padre.

—No me ofende.

Su aura brilló un segundo, como si dejara escapar un atisbo de indignación, pero no cedí.

—Entonces, si ganar dinero no es lo tuyo, ¿por qué trabajas para Dash y el Equipo Rastreador?

—Porque amo mi trabajo —dijo—. Amo el cambio que puede provocar en el mundo y a los hermanos y hermanas con los que lucho codo a codo.

No me imagino haciendo otra cosa. No tiene nada que ver con el dinero.

Me pagaban lo que la mayoría consideraría una miseria cuando estaba en servicio activo, y aun así serví con orgullo.

¿Por qué tenía la sensación de que me habían puesto en mi sitio con elegancia pero con firmeza?

Porque te bajó los humos, arpía, y además demostró que no viene de Astor-la-la-landia.

Su aura confirmó cada palabra. Quedaba descartado de mi categoría de cazafortunas. Era tan condenadamente difícil de clasificar.

—Ganar dinero no es un objetivo para mí —concluyó—. ¿Y para ti?

—Mi padre está forrado, yo no —aclaré.

—Su fortuna os pertenece a ti y a tus hermanas ahora —me recordó—. ¿Te das cuenta de que, con él fuera de escena, podrás financiar tu investigación como quieras?

Abrí la boca y luego... la cerré.

No había tenido tiempo de pensar en ello hasta ese momento. Kai tenía razón. Me sumí en mis pensamientos. Su aura se desvaneció lentamente, como si estuviera cansada de acudir a mi llamada.

Quizás era una perra sin corazón, pero no conseguía sentir mucho dolor por la muerte de mi padre.

El daño que nos había infligido a mis hermanas y a mí era demasiado profundo.

Por el lado positivo, al fin mi vida me pertenecía y tenía los recursos para avanzar en mi trabajo.

Por el lado negativo, de ahora en adelante no podía culpar a mi padre de mis fracasos.

Se me escapó todo el aire de los pulmones.

Ya no tenía a nadie a quien decepcionar.

Bueno, excepto a mí misma. Vaya. El peso que llevaba sobre los hombros —la necesidad de demostrar mi valía a cada paso— no se sentía más ligero ahora que Padre se había ido.

Seguía siendo tan aplastante como siempre, especialmente cuando tenía que encontrar a Affie y proteger a mis hermanas.

Una ola de preocupación me invadió. Para intentar sofocarla, eché la cabeza hacia atrás y apuré el vaso de agua.

Mi ansiedad me devolvió a la ofensiva.

—Voy a suponer que tienes experiencia en inteligencia. ¿Eres tan bueno como para ocultarme cosas?

—Eres brillante, Cece —dijo mientras me rellenaba el vaso—. No necesitas demostrármelo. No tengo intención de ocultarte nada. Tengo experiencia en inteligencia, pero de mí no vas a sacar mentiras ni engaños. Es como te dije antes. Quiero paz entre nosotros.

Su aura volvió a aparecer y entrecerré los ojos ante su brillo. Verdad. Unas gafas de sol me vendrían bien con este tipo. Para una chica que había crecido en una alta sociedad repleta de mentiras, insinuaciones e intrigas, él y su aura eran un cambio refrescante, aunque cegador.

—¿Has terminado con tu interrogatorio? —me picó Kai ladeando la cabeza.

Ups, había sobrepasado incluso la generosa paciencia de Kai.

—¿Qué tal si hablamos de ti? —propuso—. Tengo un par de preguntas.

—¿No tienes ese práctico perfil sobre mí? —quizás me burlé un poco, pero estaba inquieta. Volví a coger el vaso y me lo llevé al pecho, como si pudiera protegerme de sus preguntas.

—Quiero conocer algo más que a la mujer del expediente —hizo una pausa y preguntó—: ¿Cuánto tiempo llevabas en el faro cuando te encontré?

—Eso solo lo sé yo.

Tomé otro sorbo de agua. No logró calmar mis nervios ni frenar mi pie inquieto. Había guardado mis secretos durante tres años. Compartirlos ahora me resultaba extraño, por no decir aterrador.

—Venga ya —me deslumbró con esos malditos hoyuelos—. Tu etapa de princesa en la torre ha terminado. Te he contado mucho sobre mí. Te toca.

—Nunca fui una princesa —espeté, aunque yo misma me había encerrado en una torre.

El faro se había quemado y no iba a volver.

Pronto tendría que reincorporarme a la raza humana.

Los nervios me atenazaron la garganta. La buena noticia era que ya no estaba atrapada en el austero faro.

Era libre. Bueno, excepto por el montón de mercenarios psicópatas que nos perseguían a mis hermanas y a mí.

Y mis altas exigencias. Y mi determinación de encontrar una cura a toda costa.

Mierda. Me froté la frente. A veces me agotaba yo sola.

Tenía que aclimatarme a los cambios que se avecinaban. Mi futuro —si sobrevivía— incluía a mis hermanas y, con el tiempo, al resto del mundo. Era una perspectiva aterradora, pero con Kai resultaba fácil hablar. Inspiré hondo. Bien podía empezar mi experimento de vuelta a la sociedad con él.