Capítulo Trece
Kai
Cece vaciló antes de apurar el resto del agua. Su garganta se movió con cada trago, y tuve visiones de sus labios succionando algo que no estaba hecho de vidrio. Mi traicionera polla aprovechó la oportunidad para atormentarme. ¿Desde cuándo me empalmaba solo con ver a una mujer beber agua?
Cuando terminó, sostuvo el vaso con ambas manos.
Sus nudillos se tensaron alrededor del afortunado vaso.
Dudaba que fuera consciente de lo apasionadamente que lo protegía entre sus pechos.
Mientras que yo era hiperconsciente del vaso redondo apretado contra su esternón, donde me habría encantado empezar con un beso antes de deslizar mis labios de arriba abajo por sus tentadoras curvas.
El vaso tiraba de su camiseta de tirantes, estirando el jersey acanalado y marcando el contorno de sus pechos y sus pezones tensos.
Sobresalían a través de la tela, erguidos y rígidos.
En respuesta, mi cabrona polla presionaba contra las costuras de mis pantalones cortos, palpitante por salir.
Me removí en el asiento. Decir que estaba incómodo era quedarse corto.
Y empeoró. Se pasó la lengua por los labios, dejándolos relucientes. Imaginé su boca brillando con mi semen.
Apreté los dientes y crucé el tobillo sobre la rodilla.
Menos mal que la mesa tapaba mi erección.
O me estaba convirtiendo en un simio cachondo o mi atracción sexual por Cece era de otro nivel.
Contuve a mi rebelde polla. Esta era mi oportunidad de hablar con ella, de conocerla.
Necesitaba una polla dócil y una mente clara.
—¿Cece? —dije con voz firme—. ¿Cuánto tiempo estuviste en la Isla Brumosa?
Dejó el vaso sobre la mesa y tomó aire profundamente, lo que levantó esos tentadores pechos suyos, antes de soltarlo.
—Estuve en el faro casi tres años.
—¿Dónde estabas antes de eso? —pregunté, intentando mantener la mirada en su rostro y la polla bajo control.
—Viajando por el Pacífico con una identidad falsa.
La observé con atención.
—¿Cómo conseguiste una identidad diferente?
—De la misma manera que lo harías tú —se encogió de hombros—. Compré documentos falsos en la web oscura, por supuesto.
—Por supuesto —esta era una mujer que siempre conseguía lo que quería—. ¿Por qué viajabas por el Pacífico antes de llegar a la Isla Brumosa?
—Ah, eso —la silla chirrió sobre la cubierta cuando la echó hacia atrás. Se puso de pie y empezó a caminar de un lado a otro—. El primer año busqué un tipo de alga muy raro y específico.
—Turbinaria Pacifica Coronata —adiviné.
Se detuvo en seco y me miró fijamente.
—¿Cómo sabes eso?
—Presté atención en clase —sonreí con suficiencia—. Mencionaste Coronata más de ciento diez veces en tu tesis doctoral.
—¿Las contaste? —abrió la boca y la cerró—. ¿Leíste mi tesis?
—De principio a fin.
Negó con la cabeza y frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Quería conocerte, saber cómo funcionaba tu mente —recordé los detalles importantes—.
Coronata ofrece una fuente concentrada de ácido hexadecenoico, un elemento clave para combatir enfermedades e inhibir el crecimiento de células cancerosas HT-29.
Las algas son difíciles de encontrar y el ácido es difícil de destilar en un compuesto estable, pero tú crees que podría funcionar.
Se quedó boquiabierta.
—¡Sí que leíste mi tesis!
—¿Por qué te sorprende tanto?
—Pensaba que solo la habían leído mis profesores —volvió a caminar por la cubierta—. Joder, mis hermanas lo intentaron. Se rindieron, incapaces de entender lo que Affie llamó «la mierda científica más densa, árida e ininteligible, pero que suena inteligente, que jamás había intentado leer».
—Quizá era un poco árida para alguien que no es científico —la seguí con la mirada mientras deambulaba de estribor a babor—. Pero una vez que le pillé el truco, me pareció fascinante.
—¿Fascinante? —se giró hacia mí con los ojos muy abiertos.
—Sí.
—Entonces... —tragó saliva—. ¿Entendiste lo que escribí?
Sonreí.
—Ya estás otra vez, llamándome idiota.
Un rubor de vergüenza le tiñó las mejillas.
—No quería decir...
—Sí que lo hiciste, pero algún día te demostraré que estás equivocada.
Se mordió el labio inferior.
—Lo siento si parecí una zorra arrogante.
—No tienes que disculparte, Hechicera. Tienes la inteligencia que te da derecho a presumir. Esto es lo que creo: basándome en tu trabajo anterior, tu investigación actual busca generar un proceso fiable para producir un compuesto estable que cure la enfermedad que mató a tu madre.
Me estudió con esos ojos pálidos suyos.
—¿Cómo te enteraste de esa última parte?
—Thena y Missy. ¿Te acuerdas? Mencionaron que estás obsesionada con encontrar una cura. Llevas en ello la mayor parte de tu vida adulta. Te apasiona tu trabajo.
Irguió la espalda y cerró los puños.
—Lo conseguiré.
—No me cabe la menor duda.
La incredulidad brilló en sus ojos gris azulados y una risita se escapó de sus labios apretados.
—Si valoras tus pelotas y quieres conservar la capacidad de transmitir tus genes de la realeza, no te burles de mí.
—No me estoy burlando de ti, y a mis pelotas no les gustan tus amenazas, así que baja el pistón, señorita —bromeé, intentando entender su arrebato—. ¿Por qué te sorprende tanto que crea en tu potencial?
—Porque... —las palabras se le murieron en los labios.
Se abrazó a sí misma y apartó la mirada justo antes de que pudiera vislumbrar el dolor en sus ojos. La pillé intentando ocultar el cambio en su estado de ánimo. Pasó de feroz a vulnerable delante de mis narices.
Había aprendido bastante sobre el daño que Richard Astor había causado a sus hijos, lo duro que había sido con ellos, especialmente con sus hijas.
Las cicatrices que había grabado en cada uno de sus vástagos eran igualmente crueles y, sin embargo, diferentes.
Al atar cabos, me hice una idea del tipo de heridas que le había infligido a Cece. Había pulverizado su autoestima.
—Te sorprende que crea en ti por culpa de tu padre.
La furia vibró en mi interior al pensar que Richard Astor había humillado, denigrado y menospreciado a esta mujer brillante durante la mayor parte de su vida.
—Ese cabrón te menospreció y negó tu valor como persona y como científica.
Su silencio fue su única admisión. De pie en la cubierta con la boca apretada en un rictus sombrío y el rostro oculto por su largo flequillo, bajó la mirada hacia las tablas.
Por una vez, parecía frágil y desolada. Odiaba verla derrotada por su pasado y atormentada por un imbécil que podía hacerla sentir inferior desde la tumba.
Apreté la mandíbula. Si pudiera, reviviría a Richard Astor solo para matarlo de nuevo yo mismo.
—No todos los hombres son como tu padre —dije—. Estoy aquí para protegerte. Jamás voy a menospreciarte ni a frenarte. Si alguna vez estoy a punto de hacerlo sin darme cuenta, tienes mi permiso para cantarme las cuarenta y darme un puñetazo en la cara. No soy como Richard Astor.
—No quiero hablar de mi donante de esperma —dijo ella.
Se dejó caer contra la borda y cerró los ojos un momento.
—Ya no está. ¿Qué sentido tiene?
—Entiendo cómo te sientes.
Yo también había lidiado con mis propios demonios.
—Si alguna vez quieres hablar de ello, aquí estoy.
Soltó un resoplido forzado, pero no sonó despectivo.
—¿Así que ahora también eres terapeuta?
—Qué va —dije negando con la cabeza—. Solo soy un tipo jodido que lleva mucho tiempo buscando la paz interior.
Arqueó las cejas.
—Vaya objetivo tan noble.
—Es un camino.
Sofoqué su cinismo con mi sinceridad.
—Cada vez que encuentro sabiduría y serenidad, mi alma se reconforta.
—¿Por eso le pusiste Serenity a tu catamarán? —preguntó, y esta vez la curiosidad sustituyó al sarcasmo en su tono.
—Un recordatorio para no perder de vista el objetivo.
Volví a las preguntas clave que seguían sin respuesta.
—¿Cómo conseguiste permiso para vivir en la Isla Brumosa?
—Al principio, tenía un contacto en la Universidad de Hawái, un mentor que me puso en contacto con los propietarios de la isla. Me permitieron investigar en la Isla Brumosa, el único lugar donde se puede encontrar Coronata en cantidades considerables.
—¿Y cómo va tu trabajo ahora?
Hizo una mueca.
—He conseguido destilar el compuesto, pero todavía no puedo replicar el proceso de forma fiable.
—La comunidad científica no aceptará tus hallazgos a menos que puedas crear un proceso que otros científicos puedan replicar y verificar.
—Sí —dijo ella.
Se acercó a la mesa, se dejó caer en la silla y se frotó la frente.
—Así que tengo que seguir trabajando en ello, en lugar de quedarme aquí sentada sin hacer nada, atiborrándome de pargo fresco y chocolate pecaminoso.
—Tienes que comer, mujer. Dormir. Descansar. Relajarte —dije mientras estudiaba su rostro—. Tienes que cuidarte para que tu cerebro funcione. Tengo curiosidad. ¿Qué vas a hacer cuando consigas destilar un compuesto estable?
—¿Quieres decir si consigo destilar un compuesto estable?
—No, quiero decir cuando. No me pareces de las que se rinden en la búsqueda de su vida.
—No te equivocas —dijo con una sonrisa torcida—. Mi plan era volver con mi mentor con mis descubrimientos, pero primero necesito asegurarme de que mis hermanas estén a salvo.
Sonreí.
—¿Complejo de salvadora?
—Mira quién habla, el tipo que se juega la vida salvando desconocidos para ganarse el pan —replicó—. No malgastes tu sabiduría conmigo, Obi-Kai Kenobi.
—¿Sabiduría? ¿Yo? Qué va —solté un bufido autocrítico—. Soy más bien una obra en construcción.
—Tú, obra en construcción; yo, ruina en construcción. Da igual. No voy a abandonar mi investigación, si es eso lo que te preguntas.
—Bien.
Arqueó las cejas.
—¿Bien?
—Sí —dije sonriendo—. Me gusta la gente con garra.
Arrugó la nariz como si le llegara un mal olor.
—Me da igual si te gusto o no.
Amplié la sonrisa.
—Prefiero pensar que mientes.
Torció el gesto con desdén.
—Te engañas si crees que soy una persona agradable.
—Eres agradable —dije sin vacilar—. Me gustas mucho.
—Mentiroso —espetó—. Soy grosera, cruel y beligerante. No me importa nada más que mi investigación. Joder, destrocé a mi familia para librarme de mi padre y hacer lo que me diera la gana.
—Yyyyy volvemos a revolcarnos en la culpa —dije con tono inexpresivo, aunque me mataba que fuera tan dura consigo misma.
—Es verdad —insistió ella.
—¿Ah, sí? —la desafié con la mirada—. Tus colegas te admiran. Missy y Thena te adoran.
Se echó hacia atrás.
—¿De verdad?
—Piensan que eres brillante, atrevida, sensible y dulce. No conozco a Affie, pero estoy seguro de que estaría de acuerdo.
Soltó una risotada incrédula.
—Claro.
—Es lo que dijeron tus hermanas, y hasta ahora, todo lo que me contaron sobre ti es cierto.
Entrecerró los ojos con tanta intensidad que me pregunté si la luz del sol de la tarde le molestaba. Por si acaso, saqué mis gafas del bolsillo y se las ofrecí. Las aceptó y se las puso. Estaba muy sexy con mis gafas de aviador sobre la nariz.
Recordé los suspiros y gemidos quedos que habían llegado desde su camarote esa mañana, y las palabras que alcancé a oír cuando ella no sabía que podía escucharla. Métete en mi coño, había susurrado. Rogué a todos los dioses del universo que, en sus fantasías, esa orden hubiera sido para mí.
El miedo y la culpa me emboscaron. Tuve que reprimir la oleada, respirar hondo y darme la charla. Es hora de avanzar, marine. Es hora de poner a prueba tu temple y demostrar tu progreso.
Tenía que contarle la otra razón por la que estaba aquí. Luego dejar que ella eligiera qué hacer con esa información.
Tal vez se ría de mí y así me libre del apuro.
Esa es la salida del cobarde, me recordé. ¿No dijiste que estabas listo para avanzar? Entonces muévete, marine.
—Eres hermosa —dije con la mayor serenidad posible—. Tus hermanas me lo dijeron, pero eres aún más preciosa de lo que decían. Y besas increíble.
—Oh, por favor.
Se bajó las gafas por la nariz, me dedicó una puesta en blanco épica y agitó la mano con desdén.
—Eso no fue nada. Adrenalina. Impulso del momento. Ya lo olvidé.
Desafié la voz en mi cabeza que me instaba a aceptar eso como su respuesta final y le confesé una de mis verdades. —Yo no lo he olvidado.
—Pues deberías.
Endureció la mirada.
—Tú y yo no vamos a ser amigos.
—Ya somos amigos.
Me sorprendí a mí mismo al decirlo con tanta facilidad.
—Amigos que se besan.
—Kai King.
Se quitó las gafas y las plantó sobre la mesa como si lanzara un guante.
—Me estás dando ganas de patearte el trasero otra vez.
—Paz, hechicera.
Fingí agitar una bandera blanca en el aire.
—Podemos hablar del beso más tarde.
—O mejor aún, nunca más.
Si la curiosidad que detecté en su mirada era indicación de algo, estaba tan alarmada como intrigada por el giro que había tomado la conversación. Era la apertura que había estado buscando. Así que fui a por ello.
—Tengo el presentimiento de que no solo hablaremos de besos en algún momento —dije—. Es muy probable que volvamos a besarnos.
—¿Qué?
Se enderezó en la silla.
—Hay algo más que necesito contarte.
Arqueó sus cejas marcadas.
—¿Y bien?
Me aclaré la garganta y me obligué a hablar. —Tus hermanas me eligieron para esta misión.
—Sí, y por buenas razones.
Extendió los dedos mientras contaba.
—Primero, eres excelente en tu trabajo. Segundo, eres un guerrero del mar. Tercero, tenías las habilidades adecuadas para esta misión.
—Acepto excelente, habilidoso y guerrero, pero me eligieron por otra razón más.
Alzó la barbilla con escepticismo.
—¿Y cuál es?
Era ahora o nunca. No creía que palabras como destino y sino fueran a sentarle bien a Cece, al menos no en ese momento, pero tenía que intentarlo. Extendí la mano y la posé sobre la suya.
—Tus hermanas piensan que tú y yo tenemos una conexión especial —le dije—. Me contaron que, de algún modo, tú y yo encajamos.