Capítulo Doce
Cece
—¿Esperar? —lo miré horrorizada—. ¡Ni hablar! Tengo que proteger a mis hermanas. Puedo encontrar a Affie. Es un incordio, pero sé cómo piensa. O cómo no piensa —me corregí rápidamente—. Tengo que volver a Casa Astor, y rápido.
—Lo entiendo, créeme, lo entiendo. —Sus ojos reflejaban comprensión—. Pero tenemos que actuar con inteligencia y cautela.
—Estoy totalmente de acuerdo —dije—. Pero ¿por qué no podemos volver de inmediato?
—Porque hemos aprendido de nuestros enfrentamientos previos con los mercenarios de la NWO —explicó con una paciencia encomiable—.
Están bien financiados y tienen recursos de sobra.
Cada vez que hemos optado por la salida rápida, nos estaban esperando, listos para emboscarnos a la salida.
Así que, esta vez, vamos a darles la vuelta a la tortilla.
He abastecido el Serenity con abundante comida, agua y combustible.
El plan es esperarlos y dejar que rastreen toda la zona mientras algunos de nuestros agentes los vigilan y recopilan información sobre ellos.
—Y tal vez, si las cosas no se van al garete, tú y tu equipo podáis conseguir la información que necesitamos para encontrar a Affie —supuse—. También podéis rastrear a los mercenarios hasta su líder, atraparlo y cortar esto de raíz.
—Exactamente. —Kai inclinó la cabeza—. ¿Estás de acuerdo con el plan?
—¿Tengo voz y voto? —repliqué.
—Por supuesto que tienes voz y voto —me aseguró—. Si me dices que entiendes nuestra situación y los riesgos que conlleva, pero aun así quieres irte ahora mismo, nos iremos.
—Es un buen plan. —Me removí inquieta en el asiento—. Sobre todo si podemos evitar que vayan a por Affie. ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar?
—Hasta que los mercenarios terminen de buscar —dijo—. Hasta que se larguen y me den luz verde para proceder con nuestro plan de exfiltración.
Arqueé las cejas.
—¿Puedes ser más específico?
—Por la seguridad de todos, no, no puedo. —Cuadró la mandíbula en un ángulo tan obtuso como él.
Se me revolvió el estómago de miedo.
—¿Y si nos encuentran antes?
—También tengo un plan para eso.
Cuando entrecerré los ojos mirándolo, los tonos más puros de índigo y oro encendieron su aura. Estaba diciendo la verdad. Aun así, me inquieté.
—¿Qué te hace pensar que estamos a salvo aquí?
—Como el control, la seguridad también es una ilusión —ofreció, mostrando esa rara cualidad de racionalidad objetiva que yo admiraba—.
Pero por ahora, en este momento, estamos lo más seguros posible.
Esta cala es un buen lugar para esperar.
No aparece en ningún mapa. Es una isla desierta, parte de una cadena de cayos y atolones poco conocidos, afloramientos rocosos y bancos de arena que hacen que esta parte del océano sea difícil de navegar.
—¿Quieres decir que es difícil acceder?
—Afirmativo. —Agitó la mano sobre la mesa, como si hubiera desplegado un mapa invisible—.
Si miras una carta náutica, solo ves un montón de rocas sin marcar.
Aparte del agua de lluvia, no hay agua potable ni infraestructura.
Los acantilados empinados que ves a nuestro alrededor son los restos del borde de la caldera de un antiguo volcán.
Los acantilados escarpados del lado este son imposibles de escalar, y el extenso arrecife que cierra la cala por el oeste es demasiado peligroso para la mayoría de las embarcaciones.
La mayoría de la gente ni siquiera sabe que este lugar existe.
—Pero tú sí —señalé lo obvio—. ¿Cómo?
—Esta tierra pertenece a mi familia desde hace generaciones.
Abrí la boca y la cerré.
—¿Eres dueño de este lugar?
—Sí.
—Vaya. —¿Cómo podía un autodenominado «humilde marine» ser dueño de esta tierra? Me lancé y añadí una pizca de sarcasmo—. Si ese es el caso, debes de ser descendiente de la realeza.
—Realeza que ya no es real. —Me dejó atónita con su franqueza—.
Mi madre venía de una larga estirpe de gobernantes hawaianos.
Cuando derrocaron la monarquía en 1893, su familia luchó por conservar sus tierras.
Les quedaron los restos de las islas, las rocas que nadie más quería. Por eso este lugar ahora me pertenece.
—Madre mía. —La revelación de que aquel hombre tan modesto era descendiente de una estirpe histórica me hizo parpadear varias veces.
Mi padre se había comprado un título y había fingido ser noble, mientras que el tío que tenía delante llevaba auténtica sangre real oceánica en las venas.
Lo miré con otros ojos. Criada en el pretencioso mundo de los Astor, admiraba su actitud tan natural respecto a... bueno... todo.
Y aún mejor, no parecía importarle mi aluvión de preguntas ni mi vena sarcástica.
Estaba sentado tranquilamente en el banco acolchado con los codos apoyados en las bordas, desprendiendo esa calma relajada tan suya, inmune a mi curiosidad.
Demonios, podría ser la única persona aparte de mis hermanos que era inmune a mi intensidad.
Tal vez era a prueba de Cece. ¿Había conocido por fin a un tío que no se sentía intimidado por mí?
Sí, era demasiado jodidamente listo para encajar en mi categoría de idiotas.
—Entonces —continué—, técnicamente, ¿eres un príncipe?
—Qué va. —Su risa grave me dejó sin aliento—. Como te dije, las familias reales se diluyeron. Los viejos linajes ya no importan. Mi madre conoció a mi padre mientras trabajaba de cajera en el economato de la Marina, cuando él estaba destinado en Oahu.
—¿Tu padre estaba en la Marina?
—Era un marine de California. De pequeño, nos mudábamos constantemente de una base naval a otra. Así que no, no soy un príncipe.
—Entonces, ¿cómo te defines?
—Soy el típico chucho estadounidense, un tipo sencillo al que le encanta surfear, y un crío de la Marina que siguió los pasos de su padre y se alistó para viajar por el mundo.
También soy un marine que encontró una segunda familia, primero con los Raiders, y luego con el Equipo Rastreador y Dashiell Dagger.
—Un tipo sencillo, un crío de la Marina y un marine humilde que lleva genes de la realeza oceánica en la sangre y posee montones de piedras por aquí y por allá —señalé con más mordacidad de la que pretendía—. Un surfista tranquilo, simpático y macizo que irradia encanto, personalidad y valentía.
Abrió la boca y ensanchó los ojos con gesto teatral.
—¿Acabas de lanzarme unos cuantos cumplidos?
Bajé la barbilla y esbocé una sonrisa de suficiencia.
—Tu enorme ego no necesita que lo inflen.
—Tú nunca dejarías que eso pasara, así que tranquila.
Riendo entre dientes, curvó los dedos corazón, extendió el pulgar y el meñique y, girando la mano, me hizo el signo Shaka.
—Sabes —me aventuré—, eso de tomármelo con calma no va conmigo.
—Obviamente.
La diversión centelleó en sus ojos y, a pesar de los hoyuelos que me dejaban sin aliento, no encontré ningún juicio en su sonrisa.
—¿Ibas a alguna parte con tu interrogatorio? ¿Adónde querías llegar?
—Que eres demasiado bueno para ser verdad —solté sin rodeos—. Los hombres como tú no existen en la vida real. Y si me dices que tocas el ukelele, que tu canción favorita es Somewhere Over the Rainbow y que eres un bailarín de hula de los buenos, te voy a meter en mi categoría de clichés aquí mismo.
—Me alegra saber que tienes una categoría de clichés —dijo—. Me imagino que es solo una de muchas.
¿Cómo demonios sabía eso?
—Lo del ukelele es un no —ofreció—. Sobre Somewhere Over the Rainbow voy a decir bah, a menos que sea la versión de Iz, que descanse en Pō. Siempre me deja con los ojos llorosos. ¿Tienes algún problema con eso, Cece?
—¿Quién? ¿Yo?
Cada vez que escuchaba esa dulce melodía, me entraban ganas de llorar ríos de emoción, pero jamás lo admitiría.
—¿Un problema con el sentimentalismo? No, qué va.
—¿Porque eres tan dura? —aventuró.
Lo provoqué con otra sonrisa de suficiencia.
—¿Tienes algún problema con la dureza, Kai?
—Me gusta la dureza. Especialmente la fortaleza mental.
En cuanto a lo del baile de hula, lo siento, pero no —dijo—.
Mi abuela se aseguró de que aprendiera los bailes tradicionales.
Es una forma de honrar mi herencia. ¿Eso significa que vas a meterme en tu categoría de clichés hawaianos para los restos?
—Quizás sí, quizás no.
Este hombre era una mezcla de tantas cosas. Era un ejemplo perfecto del crisol estadounidense y, sin embargo, no encajaba en ninguna categoría. Era atractivo y humilde, duro como el acero y suave como un edredón de plumas, sensible y fuerte. Vaya cúmulo de contradicciones.
—Hechicera, por favor, ten piedad.
Juntó las manos como si rezara y mantuvo la cara seria.
—No puedo soportar ser el cliché de nadie. Es humillante. Pégame, patéame, dispárame, apuñálame, pero no me castigues así. No quiero ser el señor diciembre de un calendario hawaiano.
La risa brotó de mí, oxidada pero sincera. Su expresión suplicante hacía la escena aún más cómica. Él estaba haciendo todo lo posible por no reírse, pero iba perdiendo la batalla.
Una sonrisa divertida me curvó los labios.
—¿Te conformarías con enero, entonces?
Puso los ojos en blanco.
—Por favor, mátame ya.
—Está bien.
Tuve que contener la risa tonta.
—No eres un cliché.
—Tienes mi más sincera gratitud.
Era hora de dejar de babear por el hombre y ponerme a averiguar más sobre él.
—¿Este es tu barco? —pregunté.
Miró a su alrededor y esbozó una sonrisa orgullosa.
—Lo es.
—Te ha ido bien.
—Tengo lo que necesito y algunos extras, como el Serenity, pero el dinero no es un gran incentivo para mí.
—Eso suena un poco hipócrita.
Esta era mi oportunidad de comprobar si encajaba en mi categoría de cazafortunas.
—A todo el mundo le encanta el dinero.
—Como medio para conseguir un fin, quizás —admitió—. Cuando tu objetivo es disfrutar del presente y vivir en paz con quien eres, no necesitas mucho dinero.
—Pero lo quieres, ¿verdad?
Insistí, deseando que su aura me ayudara en mi búsqueda de la verdad.
—Ganas mucha pasta con lo que haces.
—Cierto.