Kai (Romance militar de héroes alfa nº 13) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

Kai

Los segundos se convirtieron en siglos mientras la niebla se apartaba y dejaba que la luz de la luna me revelara los detalles imposibles.

Cece no dudó, y el bruto nunca la vio venir.

Lo atacó por detrás, rodeó con los brazos al corpulento mercenario y, ciñéndole las caderas y pegando el pecho a su espalda, le trabó los brazos sobre el abdomen, atrapándole el codo derecho.

—¿Qué coño? —El mercenario se retorció de un lado a otro, intentando zafarse.

Ya estaba de pie y corriendo mientras Cece entrelazaba las manos y aseguraba la presa con la presión firme de una impresionante llave de gable.

Crucé la distancia a toda velocidad, saltando de una roca volcánica a la siguiente, me desabroché la mochila y la dejé caer justo cuando el mercenario soltó otra ráfaga con su carabina.

Me tiré al suelo. Las balas rebotaron contra el faro, pasaron a menos de tres centímetros de mi cabeza y lanzaron fragmentos por todas partes.

El ataque cesó cuando Cece completó la maniobra y le inmovilizó el brazo con el que disparaba.

Tiró del codo del hijo de puta. La carabina se le cayó de las manos.

Para entonces, ya tenía la Glock en la mano.

Y sin embargo, desde donde estaba, no podía disparar.

El humo que salía del faro me impedía ver el blanco, y Cece estaba en medio, enredada con el mercenario.

Él forcejeaba por liberarse. El horror me erizó el vello.

Si no llegaba hasta ella ahora mismo, iba a morir ante mis ojos.

Eso no iba a pasar.

Corrí de un lado al otro del acantilado, esprinté hacia la pelea esquivando respiraderos. Moviendo brazos y piernas a toda velocidad, aceleré el paso, sorteando el terreno traicionero y cruzando la cornisa rocosa tan rápido como podía.

Cuando llegué al final de la cornisa, la brisa cambió y despejó parte del humo y la niebla que tenía delante. El mercenario era al menos tres cabezas más alto que Cece y pesaba más de noventa kilos más que ella, pero eso no disuadió a la Hechicera de su plan suicida.

Se plantó con los pies en diagonal, tiró hacia atrás y hacia un lado, y usó la gravedad a su favor para robarle el equilibrio al bruto. Cargando el peso en el pie de atrás, barrió el otro pie por detrás del talón del mercenario y lo derribó.

¡Lo derribó!

La admiración y la incredulidad batallaron en mi estómago revuelto mientras el corazón desbocado intentaba salírseme por la garganta. En una pelea de todo menos justa, la mujer tumbó a su oponente como si no fuera una máquina de matar.

Fue un derribo magistral, y el mercenario aterrizó boca abajo en el suelo. Sin soltar la presa, Cece le echó todo el peso encima y le clavó un rodillazo en el hígado. El tanque humano que tenía debajo gruñó e intentó rodar hacia un lado.

Era más feroz que una leona y rápida como el diablo, pero si él lograba girar, podría inmovilizarla contra el suelo y aplastarla.

Me demostró que estaba equivocado: apretó la llave de estrangulamiento y le hundió la rodilla en la espalda.

A pesar de la fuerza superior del tipo, lo mantuvo en el suelo con su excelente técnica.

El corazón seguía en un puño, pero continué avanzando.

Acababa de cruzar la cornisa cuando apareció un segundo mercenario. Levantó el arma y apuntó a la espalda de Cece. Sin dejar de correr, alcé la pistola. Le metí una bala en la frente antes de que pudiera apretar el gatillo. Vi la nube de sangre cuando el hombre soltó el arma y se desplomó.

Uno menos. Quedaba uno.

El mercenario que luchaba con Cece intentó girar de nuevo. Vi cómo su mano tanteaba en busca del cuchillo que llevaba enfundado en la pantorrilla. Un último sprint me puso a su alcance.

Me incliné sobre el hombre, le apoyé la pistola en la nuca y gruñí:

—Como te muevas, estás muerto.

—Me rindo. —El bastardo se quedó quieto—. Me entrego.

—Ella se va a apartar de ti en un momento —ladré—. Mi pistola no se moverá de donde está. Si quieres seguir respirando, sigue mis instrucciones al pie de la letra. ¿Entendido?

—Entendido —jadeó el hombre, con la espalda agitándose bajo la rodilla de Cece.

Cece esperó hasta que le hice un gesto con la cabeza. Sin quitarle el peso de encima ni la rodilla de la espalda, saltó lejos del mercenario, agarró la carabina y le apuntó con su propia arma.

—Date la vuelta. —Con los brazos extendidos y la Glock en alto, di un paso atrás sin dejar de apuntarle—. Manos en el aire.

El hombre se dio la vuelta y quedó boca arriba, mostrándome las palmas vacías. Un montón de arañazos añadían ferocidad a un rostro ya de por sí brutal. La sangre le manaba de la nariz y le caía por los labios. La torcedura grotesca del puente nasal era cosa reciente.

—Me has roto la puta nariz. —La voz grave del mercenario destilaba incredulidad mientras clavaba sus ojos de sapo en Cece—. Nadie me rompe la puta nariz.

—Pues ella sí. —Enseñé los dientes y, sin quitarle ojo, le hablé a Cece—. ¿Estás bien, cariño?

—Bien —jadeó ella, sin dejar de apuntarle con el rifle.

Era tan jodidamente valiente. Y hermosa. E inteligente. Me habían dicho que había ganado un montón de trofeos y torneos en su vida, pero dado el calibre de su oponente, esto era lucha de otro nivel.

—Hola, Cersi Astor. —El mercenario esbozó una mueca sangrienta y parpadeó para quitarse las lágrimas de los ojos—. Empezamos con mal pie. Estoy aquí para salvarte.

—¿Salvarme? —Se burló, alzando la barbilla—. No necesito que nadie me salve. ¿De quién se supone que me vas a salvar?

—De él, por supuesto. —El mercenario me lanzó una mirada hosca antes de volver a mirar a Cece—. Él está aquí para devolverte a tu padre. Yo te liberaré.

—Claro. —Su rostro se endureció en una mueca gélida—. ¿Y por qué harías eso?

—Alguien que te quiere mucho me contrató para llevarte a un lugar seguro.

Se me escapó un bufido de burla. El hijo de puta sabía lo suficiente sobre Cece como para sabotearme.

—Eres un puto mentiroso. —La pura ferocidad de su mirada debería haberle provocado cagalera al mercenario—. Si tengo que elegir entre su aura brillante y la tuya pútrida, elegiría la suya siempre.

Parpadeé al oír aquello, pero fue el mercenario quien formuló la pregunta.

—¿Acabas de decir aura? —El mercenario frunció el ceño.

—¡Cierra el pico! —gruñó ella, y señaló hacia mí con la cabeza—. Y me voy con él.

—Buena elección, Hechicera —dije, alzando la barbilla.

—¿Quién coño eres tú? —exigió el mercenario desde el suelo, a mis pies, aunque yo seguía apuntándole a la cabeza.

—No necesitas saberlo.

—Escúchame, colega —el mercenario me estudió con frialdad calculadora—. Estoy aquí por ella. Esto es solo un trabajo. Nada personal.

—Nada personal, y una mierda —escupió Cece, claramente indignada.

—Lo único que tienes que hacer es irte —continuó el mercenario en un tono inquietantemente afable, sin hacer caso a Cece, con la mirada fija en mí y en mi arma—. Lárgate. Nosotros nos encargaremos del resto.

Alcé una ceja. —¿El resto?

—La zorra —lanzó una mirada asesina hacia Cece—. Déjanosla a nosotros.

—¿Por qué haría eso?

—Porque tú y yo somos iguales —dijo el mercenario, como si fuera obvio—. Trabajamos por dinero. Solo que tú trabajas por calderilla mientras que yo juego en las grandes ligas. Pero eso podría cambiar. Lárgate y me aseguraré de que recibas un buen depósito en tu cuenta.

¿Por qué coño los mercenarios de la NWO pensaban que tenían la más mínima posibilidad de convertirnos a su causa?

—No me dedico al asesinato por encargo —torcí los labios con asco—. Eres un pedazo de mierda que va a morir hoy. A menos que quieras retrasar tu encuentro con el diablo y darme información útil sobre tu jefe y sus socios.

—¿Jefe?

Volví la cabeza y vi a un tercer mercenario de pie cerca de la base del faro. Había estado tan concentrado en este que otro se me había acercado sigilosamente. Fruncía el ceño, confundido, pero tenía el arma levantada y apuntando a Cece.

Levanté el arma y apreté el gatillo: otro impacto perfecto entre las cejas del recién llegado.

Mi disparo lo fulminó en el acto, pero en el momento en que tomé la decisión, supe que habría consecuencias.

El cabrón del jefe no perdió el tiempo. Cuando miré hacia abajo, ya no estaba donde lo había dejado.

Venía hacia mí como un tráiler desbocado.

Ráfagas de disparos impactaron a su alrededor y le hicieron cambiar de trayectoria bruscamente.

Rodó hacia las once, se levantó de un salto y se lanzó detrás de una roca.

Con el ojo en la mira y la mejilla pegada a la culata del rifle, Cece siguió disparando como si pretendiera cincelar las rocas a base de balas.

Debió de darle al menos una vez, porque el hombre soltó un chillido agudo.

Me escabullí hacia un lado con el arma lista, buscando un ángulo de tiro.

Estaba a punto de flanquear al hijo de puta cuando la carabina de Cece hizo clic y enmudeció.

En cuanto se quedó sin munición, el mercenario echó a correr.

Salió disparado como el cobarde que era, intentando llegar a la cornisa y cruzar al otro lado para escapar.

Apunté y apreté el gatillo. El tipo llegó al otro lado, pero se tambaleó, se inclinó hacia delante, tropezó y cayó… de cabeza a un bufadero rugiente.

Cece jadeó, con los ojos desorbitados y la boca torcida en una mueca.

—¿Lo hemos matado?

—Solo hay una forma de saberlo.

Con Cece pisándome los talones, cruzamos la cornisa al trote y nos acercamos al bufadero.

Cuando miré hacia abajo, un cuerpo flotaba boca abajo en el agua agitada.

Entre los chorros de espuma, divisé hilos de sangre tiñendo la superficie.

El remolino arrojó el cadáver contra las rocas antes de que el vórtice lo engullera.

—Yo diría que está muerto —sostuve la mirada horrorizada de Cece—. Su muerte no es culpa tuya. Todavía corría y estaba vivo cuando cayó al bufadero. No te culpes por una justicia que tenía que llegar.