Capítulo Cuatro
Cece
—Tenemos que darnos prisa —dije. Activé el seguro del arma, me la guardé en el bolsillo y apagué el portátil. No resultó fácil, porque era viejo y lento, y tuve que guardar y cerrar unas treinta ventanas—. Necesito un par de minutos.
—Un par de minutos es más o menos todo lo que podemos permitirnos —respondió. Se desplazó con fluidez hasta el umbral—. Viaja ligera. Coge solo lo básico. Voy a subir a cubierta a ver si localizo al enemigo. Vuelvo enseguida.
Salió de la habitación sin mí. Por suerte, se llevó no solo su aura, sino también el dulce zumbido que la acompañaba.
Vale. De acuerdo. El alivio recorrió mis sentidos sobrecargados.
Guardar y cerrar. Pulsé las teclas a toda velocidad.
Mi cerebro iba a mil mientras tecleaba lo más rápido posible.
Recordé el resplandor que rodeaba al desconocido.
No tenía sentido dejar que él ni nadie supiera que estaba teniendo alucinaciones visuales.
Era exasperante. Ridículo. ¿Por qué había aparecido el resplandor alrededor del hombre justo en ese momento?
Obvio. Porque necesitaba conocer la verdad, y de algún modo, mi miedo e incertidumbre —y quizás también mi curiosidad— habían provocado su aura.
Joder. Quizás estos extraños fenómenos servían para algo, después de todo.
Tenía poca experiencia con lo que había denominado más científicamente «visiones aurales», pero había aprendido algunas cosas desde que esta mierda de fenómenos empezó a pasarme hacía un par de meses, cuando los proveedores de comestibles y algas me traían las provisiones en barco.
También había encontrado algo de información en las descargas digitales de las revistas científicas que había almacenado en mi disco duro antes de convertirme en ermitaña isleña.
Un médico especializado en trastornos de conectividad cerebral sostenía que las auras eran fallos, cortocircuitos en el proceso de recepción visual asociados con las migrañas.
Tenía sentido, ya que yo sufría migrañas de vez en cuando.
Como ahora mismo, por ejemplo. Un dolor de cabeza me palpitaba detrás de los ojos.
Quizá fuera solo hambre o agotamiento, pero culpé del dolor al puro brillo del aura de Kai.
En casos graves, el experto atribuía las auras a manifestaciones tempranas de enfermedades cerebrales severas. Mientras terminaba de cerrar los archivos, esperaba de verdad no encajar en la categoría de enfermedad cerebral.
¿Qué era yo si no mi cerebro?
Una persona, Astor. Deberías verte como un ser humano.
Resoplé. No era tan equilibrada.
Apagué el portátil. El viejo trasto pitó y zumbó, sin ninguna prisa por completar su proceso de apagado automatizado, que incluía una copia de seguridad torpe a una memoria USB anticuada.
Mientras esperaba, recordé los hallazgos de otra experta cerebral de renombre.
La doctora López creía que las auras eran campos de energía que emanaban de todos los seres vivos.
Su investigación había demostrado que los humanos emitían frecuencias electromagnéticas medibles, lo que explicaba las auras.
En su opinión, las visualizaciones servían de guía para comprender las diferencias entre energía positiva y negativa, así como los niveles de apertura, receptividad y emoción humanas.
Por fin, el maldito portátil se apagó. Agarré el maletín de debajo del escritorio y me apresuré a meter el ordenador en la espuma acolchada.
Estaba rígido por falta de uso. Mientras forcejeaba para encajar el ordenador en su sitio, pensé en la hipótesis de la doctora López.
Creía que las personas que percibían auras tenían un gen antiguo específico en su ADN que les daba la capacidad de identificar carácter, intención y estado de ánimo, y lo llamaba «ventaja de supervivencia».
Una ventaja de supervivencia, ¡mis narices!
Más bien era un incordio y una complicación, pero por muy raro que fuera, no podía descartar el resplandor así como así.
Mientras encajaba el portátil a la fuerza en su ranura, recordé que la doctora López asociaba ciertos colores con rasgos e intenciones específicos.
Aunque contaba con un grupo experimental muy limitado de exactamente dos sujetos, había puesto a prueba más o menos su hipótesis.
El pescador que me traía algas frescas todos los lunes y me cobraba un precio justo lucía un aura amarilla y verde neón. Según la doctora López, el amarillo indicaba un sentido optimista y positivo de uno mismo, y el verde reflejaba amabilidad, compasión y apertura.
El aura del imbécil que apareció con mis comestibles el mes pasado y exigió un soborno para entregarme la mercancía había sido opaca, gris y marrón, colores que la científica asociaba con negatividad, egoísmo y engaño.
El aura de Kai era totalmente diferente, me di cuenta, mientras abría el cajón y recogía un montón de memorias USB.
Como trabajaba en una isla remota sin torre de comunicación, las memorias eran mi único medio de almacenar información de investigación.
Tardé un momento en organizarlas para que la tapa cerrara.
Mientras tanto, reconsideré el aura índigo y dorada de Kai.
La doctora López proponía que las auras del espectro azul estaban asociadas con la comunicación, la autoexpresión, la integridad y la verdad.
Correlacionaba el índigo que dominaba el aura de Kai con el pensamiento intuitivo, la espiritualidad y la sabiduría.
El dorado brillante indicaba altos niveles de compasión, autoconciencia y un afán de superación personal.
Si tenía razón, Kai estaba diciendo la verdad. La nota de mis hermanas afianzó mi decisión. Ir con él parecía lo correcto.
¿Estás confiando en un cortocircuito visual para tomar tus decisiones, Astor?
Sí. La inseguridad era uno de mis muchos defectos.
Esperaba de verdad haber tomado la decisión correcta.
Agarré el cuaderno del escritorio, lo añadí al maletín y metí también las gafas de lectura. Cogí la caja de fotos, la embutí en el maletín ya abarrotado y forcejeé para cerrar la tapa.
De la nada, Kai apareció a mi lado.
—¿Lista?
—¡Mierda! —exclamé. Pegué un bote del susto. No lo había oído volver.
—Perdona que te asustara —dijo. Empujó la tapa hacia abajo y enganchó los cierres—. Tenemos que irnos.
—Date prisa —dije. Corrí frenéticamente de un lado a otro—. Tengo que llevarme el microscopio.
—Excelente decisión lo de darse prisa —dijo el hombre—. Pero el microscopio gigante, ni hablar.
—¿Por qué no? —Me giré para enfrentarlo, dispuesta a discutir.
—Mi medio de transporte exige viajar ligero —explicó mientras cogía un chaleco táctico impermeable de detrás del umbral y se lo ponía.
—Es un microscopio muy caro —protesté.
—Me lo imagino. —Tiró de las correas y cogió una mochila que también estaba escondida detrás de la puerta—. Pero si quieres sobrevivir, tienes que dejar el microscopio.
La respuesta era sí; me gustaba respirar. Mi mirada se posó en el instrumento que había sido mi fiel compañero durante tanto tiempo, pero cuando una servidora tomaba una decisión, iba a por todas.
Adiós, microscopio carísimo.
—Pero mi portátil tiene que venir. —Apoyé la mano sobre el maletín—. Mi trabajo. Está todo aquí.
—Ese maletín va a ser un coñazo de cargar. —Se echó la mochila al hombro y frunció sus espectaculares cejas—. ¿Ninguna prenda favorita, ningún recuerdo, ningún cepillo de dientes?
—Ka. Kua. Kia—
—Es Kai, como Ka-i —intervino.
—Como sea. —Golpeé el maletín con el dedo índice, bastante enfurecida—. Todo lo que me importa está aquí dentro. He trabajado muy duro para recopilar estos datos. No puedo dejarlo.
Debió de percibir la magnitud de mi angustia. O quizá me oyó rechinar los dientes.
—Veré qué puedo hacer. —Observó el maletín—. No puedo garantizar que tu portátil sobreviva a una extracción marítima.
—¿Una extracción marítima? —El corazón se me paró en seco—. Yo... eh... ¿quieres decir...?
—Tenemos que irnos. —Sacó un fusil de su escondite detrás del umbral.
El arma temible en sus manos me desconcertó. ¿La había tenido al alcance desde que llegó?
¡Pues claro que sí, imbécil!
Nunca me había enseñado el fusil, ni siquiera para asustarme cuando le apunté con mi pistola o para intimidarme y que hiciera lo que decía. Acostumbrada a ser la más lista de la sala, sentirme estúpida era como una migraña brutal.
Pensamiento random. ¿Cuánto me habrían puteado Nix y Dash si descubrieran que no quité el seguro de mi pistola cuando me amenazaron?
El paseo de la vergüenza se abría ante mí, completo con una turba andrajosa lista para lanzarme piedras, mierda y basura. Demasiados fallos para considerarme inteligente. Demasiados errores.
Cersi estúpida, la voz burlona de Padre resonó en mi mente. Eres tan estúpida.
Y tú estás jodidamente muerto. Reprimí el gruñido que me subía por la garganta. Así que deja de hablarme.
Kai sacó una pistola de su mochila y se ciñó la funda a la cintura.
Hizo lo mismo con el cuchillo de aspecto amenazador que se aseguró a la pantorrilla.
Me di cuenta de que había mantenido todas sus armas fuera de la vista, las mismas armas que podría haber usado para matarme sin siquiera dirigirme la palabra.
¿Por qué?
Solo se me ocurría una razón. No quería asustarme.
Vale, de acuerdo. Por una vez, lo del aura había resultado útil.
—Vámonos. —Empezó a bajar por la escalera de caracol.
—Voy. —Agarré el maletín y me apresuré tras él.
Acababa de llegar al rellano cuando el estruendo de una puerta que reventaba al pie de las escaleras me hizo saltar hacia atrás.
—¡Ya están aquí! —graznó mi voz mientras la sangre se me helaba en las venas—. ¡Es demasiado tarde!
Los ojos oscuros de Kai se clavaron en mí, un desafío que negaba la propia naturaleza del miedo.
—Cece Astor. —Su voz se volvió más grave, baja y feroz—. La muerte viene y va a su antojo, pero nunca es demasiado tarde para luchar como una fiera por tu vida.