CAPÍTULO 11
El Consejo Internacional de Genética Aplicada había dado finalmente luz verde total al proyecto.
Karlo revisó los documentos con calma, aunque por dentro sentía un alivio intenso: todo estaba en regla, con confidencialidad absoluta y criterios cumplidos.
Habían pasado varios meses hasta que llegara esa resolución.
Davitto seguía insistiendo con llamadas que cada vez tenían menos efecto; su plan estaba perdiendo fuerza. Karlo sabía que no tenía pruebas concretas. En un último intento, Davitto se presentó en el hospital. Era una forma de presionar.
Desde recepción avisaron a Karlo de la visita del periodista. Karlo dio la indicación de que lo dejaran pasar; sin embargo, no lo hizo entrar a la oficina: lo atendió en el pasillo y, antes de que Davitto pronunciara palabra, dijo:
—Haz lo que quieras. El proyecto está autorizado, no tienes pruebas y, si intentas difamarme, actuaremos legalmente.
Su oportunidad de chantaje se desvanecía y, con ella, su orgullo.
Levantó la voz, tratando de amedrentar a Karlo.
Por un instante, Karlo sintió el impulso.
El calor en la mandíbula, la tensión en los brazos.
Entonces lo tomó por el cuello de la camisa con una mano.
Solo lo sostuvo ahí un segundo, demasiado cerca, con una calma que era más aterradora que cualquier golpe.
Davitto no respiró. Karlo lo soltó con la misma frialdad con que lo había tomado, respiró una vez, lento, y se alejó sin mirar atrás.
Salió del encuentro con un sabor amargo y se refugió en una cantina vieja para ahogar sus frustraciones en alcohol.
A medida que pasaban las horas, se fue cargando de odio y de ganas de revancha.
En la madrugada, decidido a vengarse aunque fuera con mentiras, se dirigió a su oficina. La ebriedad lo hacía tambalearse.
Con la oficina en penumbra, Davitto se sentó frente a la máquina de escribir, intentando dar forma a su venganza.
Después de unos minutos, escuchó un golpe seco en la puerta que hizo vibrar el ambiente.
Levantó la vista, pero no vio nada. Otro golpe, más cercano, y un escalofrío recorrió su espalda.
La sombra apareció sin ruido. Kavira. Su piel pálida captó lo poco que quedaba de luz en la habitación.
—Te estás metiendo con la persona equivocada —dijo, mirando la máquina de escribir—. Y en el momento equivocado.
El terror se apoderó de Davitto. Intentó moverse, pero sus piernas no respondían.
La figura avanzó con una velocidad inhumana y lo golpeó con fuerza, enviándolo contra el ventanal.
El cristal vibró y quedó estrellado. Davitto se arrastró hacia atrás, con los ojos abiertos de par en par, incapaz de comprender lo que veía.
Kavira se inclinó sobre él; estaba frente a algo que no pertenecía a este mundo.
Entonces mostró sus colmillos, y la intensidad de su presencia lo dejó completamente paralizado.
Davitto quería gritar, pero solo un hilo de sonido escapó de sus labios mientras la vampira lo mantenía inmóvil, dominado por su mirada.
Acorralado, con el sudor frío bajándole por las sienes y el juicio nublado por el terror, Davitto apenas notó cómo los primeros reflejos del alba empezaban a teñir de gris el horizonte de la ciudad.
Kavira apartó la mirada. Sus ojos comenzaron a perder intensidad.
Con una lentitud solemne, llevó la mano al cuello y tiró de una cadena de plata ennegrecida.
De su pecho colgaba un relicario antiguo, labrado con formas que ya no se grababan en el metal moderno.
Lo abrió con un clic seco que resonó en el silencio de la oficina.
Dentro, protegida por un cristal rayado, había una pequeña fotografía amarillenta.
Un hombre de ojos oscuros, intensos y mandíbula firme la observaba.
El parecido con Karlo era tan exacto que parecía un milagro, pero la vestimenta y la calidad del papel indicaban que aquella imagen pertenecía a un tiempo que nadie recordaba.
—No vas a tocarlo —susurró Kavira—. Su sangre seguirá viva. Él es el último rastro de lo que alguna vez me hizo sentir humana.
Cerró el relicario con cuidado. Lo sostuvo en el puño un momento, como si pesara más de lo que debería. El silencio duró apenas unos segundos, pero fueron suficientes para que Davitto entendiera que acababa de presenciar algo que no estaba destinado a ningún ser vivo.
Ese momento terminó.
Kavira levantó la vista hacia él. No dijo nada.
Davitto se esforzó por huir y Kavira lo lanzó nuevamente contra el ventanal.
Este comenzó a ceder y un pedazo de cristal cayó al piso.
El primer rayo de sol atravesó la grieta y golpeó el hombro de Kavira.
Un siseo violento llenó la habitación. Su piel comenzó a humear, encendiéndose en una llama azulada.
Cayó otro cristal, y otro más. Kavira no intentó huir. Solo apretó el relicario en su puño y, por primera vez en muchos años, una lágrima rodó por su mejilla.
—Estoy cansada.
Davitto gritó e hizo un último intento por alejarse, pero Kavira, ya convertida en una columna de fuego, se lanzó sobre él y no lo dejó huir.
El relicario cayó al suelo mientras el incendio estallaba.
El papel, las pruebas y el periodista fueron devorados por una combustión que olía a incienso y a ozono.
Kavira se dejó consumir, cerrando los ojos. Y mientras las llamas borraban el rastro de su existencia, su último pensamiento fue para el hombre de la fotografía, que de algún modo seguiría caminando por el mundo a través de Karlo.
En ese mismo instante, Karlo, desde su habitación, sintió algo extraño. Como si algo hubiera cambiado en él.
Más tarde, en el hospital, Karlo y Daniela desayunaban juntos en la cocina. El aroma del café llenaba el ambiente y la conversación fluía con calma. En la televisión, un noticiero local mostraba imágenes del edificio del periódico en ruinas, con humo aún saliendo entre los escombros.
—Esta madrugada se registró un incendio en la sede del diario local. Según informan las autoridades, se desconocen las causas del fuego. Lamentablemente, una persona perdió la vida en el siniestro. Se trata de Davitto Saporo.
Karlo y Daniela intercambiaron una mirada silenciosa.