K: Génesis de una raza oculta CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Habían pasado dos años desde aquel incendio.

Karlo se había acostumbrado a no saber ni sentir la presencia de Kavira.

Había cambios importantes en su evolución: su temperatura había alcanzado estándares normales y su ciclo de sueño se había regularizado; dormía por las noches como cualquier persona.

Llevaba esos mismos dos años sin consumir sangre del banco y no había tenido otro episodio donde le surgieran colmillos.

Sin embargo, no tenía la certeza de que todo fuera normal, pues no había envejecido ni se había enfermado.

Tenía la sensación de que aún no estaba todo resuelto.

El Hospital Karyón se había transformado en el epicentro de una nueva era.

El proyecto de la "Raza K" ya no era un experimento entre sombras; era una realidad científica aceptada bajo la dirección de Daniela y Karlo.

Treinta mujeres habían sido seleccionadas para continuar con el proyecto; algunas habían llevado a término su embarazo y otras estaban en diferentes etapas.

Los bebés ya nacidos compartían las mismas características físicas y biológicas: eran inmunes al cáncer.

La genética de Karlo ya no era una maldición, sino un legado de una nueva raza.

Esa mañana, el hospital bullía con la presencia de la prensa internacional. Karlo, Daniela y Yazmín —acompañados de Kendo y Kasandra, los primeros nacidos de este experimento— estaban sentados frente a los periodistas.

—Doctor Karyón, Doctora Vita —preguntó un entrevistador, rompiendo el protocolo—, el mundo admira lo que han logrado, pero muchos se preguntan: después de construir este universo juntos, ¿podemos decir que estos niños son totalmente normales, más allá de su apariencia física?

Karlo tomó el micrófono.

—No solo son normales, son completamente sanos —respondió con seguridad.

—Doctora Daniela, le tengo dos preguntas: ¿Es verdad que estos niños son inmunes al cáncer? ¿Y qué nos podría decir de sus características físicas?

Con una gran sonrisa, Daniela miró a la pequeña Kasandra, admirando sus grandes ojos púrpuras donde parecía caber una galaxia entera.

Se acomodó un mechón de pelo tras la oreja y contestó.

—Respondiendo a su primera pregunta: está totalmente confirmado y demostrado científicamente.

No desarrollarán cáncer, y esto es un avance monumental.

Sobre su segunda pregunta, diré que solo son características físicas peculiares, pero totalmente humanas.

Han sido catalogados por la comunidad científica mundial como una nueva raza: la Raza K.

—Como última pregunta... entiendo que Kendo es el primer nacido y que usted es la madre, señorita —dijo dirigiéndose a Yazmín—. ¿Están casados? Sabemos que son pareja.

—Aún no me lo pide —respondió Yazmín, volteando a ver a Karlo.

Al terminar la entrevista, el ambiente en la oficina privada se volvió denso. Karlo buscó a Daniela, sintiendo la presión del comentario.

—¿Tú crees que deba casarme con Yazmín? —preguntó, sin saber bien por qué se lo preguntaba a ella.

Daniela apretó los labios, sintiendo un dolor punzante en el pecho, pero su lealtad fue mayor.

—Es lo lógico, Karlo. Ella ha estado ahí, es la madre de Kendo. Tienes que hacer lo correcto. —Hizo una pausa y añadió con firmeza—: Pero cómprale un anillo, hombre. Haz las cosas como se deben.

Días después, Karlo se detuvo en el umbral de la oficina de Daniela.

—Tengo que comprar el anillo —dijo—. Acompáñame.

Daniela levantó la vista del expediente.

Lo miró un segundo.  —Karlo...  —Solo a elegirlo.

No tardo.  Ella apretó los labios. Bajó la vista al papel.

Luego lo dejó sobre el escritorio.  —Está bien.

La joyería olía a madera fina. El vendedor desplegó las opciones sobre el mostrador.

Daniela miraba sin tocar, con los brazos cruzados, hasta que Karlo dijo: —¿Cuál le quedaría mejor?

Ella se acercó despacio. Sus dedos se posaron sobre uno: sencillo, una piedra pequeña, sin pretensiones.

Lo sostuvo un momento más de lo necesario.

Por un segundo —solo uno— imaginó que era ella quien lo recibía.

La mesa de siempre en La Capilla. Las manos de Karlo deslizándolo hacia ella.

Se lo devolvió al vendedor sin decir nada.

—Este —dijo con voz pareja.  Karlo la observó mientras lo envolvían.

Hubo algo en ese momento que no supo nombrar.

Un peso extraño en el pecho, como cuando se cierra una puerta que no sabías que estaba abierta.

Salieron a la calle. Él guardó la cajita.

Ella no dijo nada. Se despidieron con normalidad, como siempre, y Karlo subió al coche.

Pero al arrancar, no podía dejar de ver sus manos sosteniendo ese anillo.

La forma en que lo miró. El segundo que tardó en soltarlo.

Condujo hacia la casa de Yazmín con eso instalado en algún lugar que no era exactamente el pecho ni exactamente la cabeza.

Al llegar, Karlo sacó la cajita de terciopelo y se la mostró a Yazmín.

—Es hora de que seamos la familia que todos esperan, Yazmín.

Yazmín miró el anillo, luego miró a Karlo a los ojos y sonrió con una sabiduría que él no esperaba. Con un gesto suave, cerró la cajita.

—Yo sé que quieres hacer lo correcto, Karlo. Pero este anillo no es para mí.

Él se quedó mudo. Yazmín le tomó la cara con ambas manos, con un cariño que ya no era de pareja, sino de alguien que conoce el alma del otro.

—He observado cómo miras a Daniela durante estos años.

Sé la química que hay entre ustedes. Sé lo que sientes por ella y sé que ella siente lo mismo.

No te preocupes por Kendo ni por mí; nosotros siempre seremos parte de tu vida.

Pero esto entre nosotros fue una atracción, un momento...

no es este amor que te quema los ojos cuando la ves a ella. Ve con ella.

Karlo sintió que el aire volvía a sus pulmones.

La abrazó con gratitud. Intentó salir corriendo, pero se detuvo y volvió con Yaz para darle un beso suave en la frente.

Condujo directo al departamento de Daniela, pero tras tocar varias veces y no recibir respuesta, supo exactamente dónde encontrarla.

En la cafetería de la facultad, el bullicio de las tazas y las voces de los estudiantes creaban una burbuja de normalidad.

Daniela estaba allí, sentada en la mesa de siempre, con Kasandra dormida en su carriola al lado.

Karlo entró y se detuvo un momento a mirarla.

Ella levantó la vista y sus ojos se encontraron.

Él se acercó lentamente, se encogió de hombros con un gesto de rendición y se sentó frente a ella.

—¿Pasó algo con Yaz? —preguntó ella con un hilo de voz.

Karlo no respondió con palabras. Sacó la cajita del anillo y la puso sobre la madera desgastada de la mesa, deslizándola hacia ella.

—Este es mi lugar, Daniela. Aquí es donde quiero estar.

A Daniela se le escaparon las lágrimas. Le acarició la cara con una ternura contenida por años.

Tomó el rostro de Karlo con ambas manos y le dio un beso; un beso lleno de amor.

Mientras le recorría el cabello con los dedos, se detuvo cerca de su sien.

Su expresión cambió al asombro y luego soltó una risita suave.

—Karlo... tienes una cana.

Él parpadeó, sorprendido, y luego una risa profunda y liberadora escapó de su pecho.

Una cana. El proceso de envejecimiento se había reactivado.  Se estaba volviendo humano de nuevo.

Rieron juntos, como hacía años no lo hacían. El ruido de las tazas, el vapor del café, el bullicio de los comensales… solo existían ellos dos, mientras el sol de la tarde entraba por la ventana.

FIN