K: Génesis de una raza oculta CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La resolución no llegó pronto. Pasaron meses. El expediente avanzó lento, como esperaban. El proyecto no fue rechazado, pero tampoco aprobado de inmediato. Permaneció en evaluación constante y vigilado.

Una tarde, sin aviso, llamó Davitto. Como si supiera cada movimiento que hacían.

—No tienes nada —dijo Karlo, sin saludo—. Todo lo que tienes son suposiciones.

Davitto rió al otro lado de la línea.

—Llevo años en esto, doctor. No necesito pruebas completas. Con lo que tengo, hare que la gente dude. Y con la duda basta.

—Eso no es periodismo.

—¿Y es que importa, doctor? —corrigió Davitto—. Las reputaciones no sobreviven a la duda.

Karlo guardó silencio.

—No necesito probar qué es el niño —continuó Davitto—. Me basta con sugerirlo. Un experimento humano. Un hospital que cruzó una línea. El público completa el resto.

—No sé de qué hablas.

—Estoy hablando de dinero —respondió Davitto— y del plazo que se está acabando.

—No vamos a pagar.

—Entonces piensa qué pesa más —dijo Davitto—: la vida tranquila de ese bebé o el nombre de este hospital arrastrado durante años.

—Ten cuidado, Davitto —dijo Karlo, pero a mitad de la frase un espasmo eléctrico le recorrió la mandíbula.

Un calor líquido y punzante brotó de sus encías.

El dolor fue tan súbito que su voz se transformó en un gruñido gutural, denso, casi inhumano.

Del otro lado, el silencio de Davitto fue absoluto, cargado de una sorpresa repentina.

Karlo no esperó respuesta. Sintiendo ya el roce afilado del marfil contra su labio inferior, cortó la comunicación de golpe y aventó el teléfono contra el escritorio.

Se quedó ahí, a oscuras y solo, con los colmillos fuera y el corazón latiendo como el de una bestia acorralada.

Durante ese tiempo, el bebé permaneció oculto. No fue registrado. Mientras tanto, la vida seguía ocurriendo en espacios pequeños. El bebé ya no dormía tantas horas seguidas. Abría los ojos por lapsos más largos, seguía movimientos, reaccionaba a voces conocidas.

—Es como otros recién nacidos —dijo Yaz una mañana, sosteniéndolo con cuidado.

—Es pronto para decir eso —respondió Karlo—, pero sí, parece ser como cualquier recién nacido.

Daniela se acercó para acomodarle la manta.

—Ha ganado peso —dijo ella.

El bebé bostezó. Durante un segundo, la línea de las encías dejó ver sus pequeños colmillos. Yaz prefirió no comentar. Más tarde, Daniela dijo:

—Hay que registrarlo. Evitemos problemas legales.

Yaz asintió.

—Y también bautizarlo —añadió Daniela—. Tengo un amigo sacerdote. Puede venir aquí mismo. No hace falta decirle nada más. No necesita saber nada sobre su condición.

Karlo levantó la vista.

—¿Aquí?

—Aquí —respondió Daniela—. Sin trámites externos.

Yaz miró al bebé y luego a Karlo.

—Me gustaría que se llamara Karlo.

Karlo no respondió de inmediato. Observó al niño unos segundos.

—No —dijo al final—. Se llamará Kendo. Como mi abuelo.

Yaz solo hizo un gesto con los hombros en señal de aceptación. Daniela lo anotó en la carpeta. Yaz repitió el nombre en voz baja. Kendo se movió apenas, sin despertarse.

El registro se hizo sin ceremonia.

—Ya está —dijo Daniela al salir—. Existe.

Karlo utilizó sus recursos para acelerar el proceso del Consejo. Una de esas noches llamó él mismo al presidente del Consejo.

El hombre al otro lado dudó antes de contestar. Karlo habló con la claridad de alguien que sabe exactamente lo que tiene y lo que está dispuesto a perder. Cuando colgó, Daniela lo miró desde el umbral de la puerta. Él no explicó nada. No hacía falta.

Un fax llegó unos días después, sin aviso. La impresora comenzó a zumbar de pronto. Karlo tomó la hoja. El mensaje era breve:

«Cuando ese hospital tiene mucho movimiento, un juez, un sacerdote: o se va a casar alguien... o se va a registrar a alguien. El tiempo se está acabando».

Nada más. Sin firma. Yaz leyó por encima de su hombro.

—No sabe nada —dijo ella.

—Pero observa —respondió Daniela—, y con eso le basta.

Karlo dobló el papel con cuidado.

—Está tentando —dijo él—. Espera que alguien cometa un error.

—¿Y si no lo hacemos? —preguntó Yaz.

—Entonces insistirá —respondió Karlo—. Siempre lo hacen.

La resolución del Consejo llegó semanas después.

Un documento sellado. El Consejo Internacional de Genética Aplicada autorizaba la continuidad del proyecto en fase experimental limitada.

Luz verde bajo condiciones estrictas: confidencialidad absoluta, supervisión permanente y un número reducido de casos.

El bebé ya nacido debía permanecer oculto. Sin excepción.

Daniela leyó el texto completo antes de hablar.

—Aprueban la continuidad —dijo ella.

—Si seguimos —señaló Karlo—, necesitaremos voluntarias.

—Y no será sencillo —añadió Yaz—. Los criterios serán extremos. —Cerró la carpeta—. Yo puedo ser voluntaria otra vez.

Karlo negó con la cabeza.

—No —dijo—. Necesitamos otro cuerpo. Y además está Kendo.

Yaz no respondió de inmediato. Miró a Kendo, que dormía en el rincón de la sala con esa indiferencia absoluta de los recién nacidos.

Pensó en lo que había sentido cuando supo que estaba embarazada la primera vez: ese miedo mezclado con algo que no tenía nombre todavía.

Ahora lo tenía. Se llamaba amor y pesaba más que cualquier otra cosa en esa habitación.

El silencio se instaló en la habitación.

—Yo puedo serlo —dijo Daniela.

Yaz giró hacia ella.

—¿Y tú por qué?

Daniela sostuvo la mirada.

—Porque cumplo los criterios —respondió— y sé exactamente a qué me expongo.

Karlo se acercó. Le tomó los hombros con ambas manos. No fue un gesto afectivo, sino firme, consciente.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Completamente segura.

Karlo la miró unos segundos más. En su rostro apareció una emoción que Daniela no supo descifrar del todo. No sabía si era alivio, entusiasmo, miedo o algo más profundo. Karlo sonrió apenas.

—¿Y por qué no?

Los estudios comenzaron de inmediato. Nada extraordinario. Nada que activara protocolos visibles. Exámenes de sangre, evaluaciones generales, revisiones que podían justificarse dentro de cualquier seguimiento clínico interno. Daniela se sometió a cada prueba con una calma que no delataba nada.

Había tenido dificultades para concebir.

Era un dato que nunca había compartido: ni con colegas, ni con amigos, ni siquiera con Karlo.

Un secreto guardado con la misma disciplina con la que había manejado siempre su vida profesional.

No lo había vivido como una tragedia; lo había aceptado en silencio.

Por eso, mientras observaba cómo los resultados se acumulaban en su expediente, no pensaba todavía en certezas.

Pensaba en posibilidades. Nada estaba decidido aún, pero ya no era solo una idea.

Daniela permaneció sola después. El despacho estaba en silencio. El expediente seguía abierto sobre la mesa. Pensó en la ciencia, en los años de trabajo, en el proyecto, en la responsabilidad que asumía. Eso era parte de la verdad. Pero no toda. Había otra razón que nunca había dicho en voz alta.

Iba a tener un hijo de Karlo. Eso los uniría para siempre. Si ya lo estaban, ahora lo estarían de una forma irreversible.

Afuera, el hospital seguía funcionando como siempre. Daniela escuchó el sonido de los monitores, el eco de pasos en el pasillo, el zumbido constante de las máquinas. Su mundo de siempre. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que también era suyo.