CAPÍTULO 9
Davitto Saporo era un periodista de historias turbias. Había pasado tiempo tras las rejas.
Davitto tenía una mesa en la cantina del barrio viejo que nadie le disputaba.
Esa noche, dos mesas más allá, un hombre de manos grandes y voz cansada hablaba más de la cuenta.
Nadie le prestaba atención. Contaba algo de su hija, de un médico famoso, de un hospital donde pasaban cosas que no debían pasar.
De un bebé que no tendría que existir. Davitto no se movió.
Pidió otra copa y escuchó. Cuando el hombre salió, él también salió.
No por nada concreto. Solo porque cuando alguien habla así, en voz baja y sin que nadie le crea, generalmente está diciendo la verdad.
No entendió todo de inmediato, pero entendió lo suficiente.
Había trabajado años cubriendo corrupción hospitalaria, desvíos de fondos y tráfico de influencias. Sabía cuándo un documento valía dinero.
Entonces investigó. Leyó durante horas. Luego volvió a leer. Hablaba de genética avanzada, de gestación imposible; de un menor humano... pero no del todo convencional. Y dos nombres aparecían una y otra vez, siempre al margen, siempre protegidos: Karlo Karyón y Daniela Vita.
Davitto sonrió sin alegría. Encontró el cerco legal, los comités, la vigilancia internacional. Y el silencio: nadie hablaba. El proyecto no estaba cancelado; estaba encapsulado. Entonces entendió el verdadero valor de lo que tenía. No era publicar; era amenazar con publicar.
Su oficina olía a papel viejo y tabaco. Tenía recortes pegados en la pared, fotos sin fecha, nombres subrayados.
Pasó dos noches rastreando el nombre de Karyón en registros públicos, actas de comités, listas de congresos.
El hombre aparecía en todas partes y en ninguna: siempre al margen, siempre con demasiados abogados para ser solo un médico.
En la experiencia de Davitto eso solo significaba una cosa: dinero.
Davitto fue citado al hospital a media mañana. La oficina era sobria, funcional, sin nada que delatara poder innecesario. Karlo estaba de pie junto a la ventana. Daniela sentada, con una carpeta cerrada frente a ella. Yaz permanecía un poco más atrás, apoyada en la pared, observando.
—Te escucho —dijo Karlo, sin sentarse.
Davitto hizo una pausa y lo observó.
—Directo al grano —respondió—. Me gusta eso.
Sacó una hoja doblada del saco. No la entregó; solo la sostuvo entre los dedos. Llevaba el pelo relamido hacia atrás, como si hubiera calculado hasta eso.
—Estoy investigando un procedimiento genético que no encaja en ninguna categoría médica vigente.
Y deben saber que soy un periodista serio y profesional — él mismo sonrió al decirlo y continuó —: No solo es oncología tradicional.
No solo es fertilidad asistida. Pero dentro de todo esto hay algo más. Algo no completamente humano.
Karlo no se movió. Daniela levantó la vista por primera vez.
—Está haciendo afirmaciones sin sustento —dijo ella—. Si tiene algo concreto, preséntelo. Si no, esta reunión termina aquí.
Davitto giró hacia ella.
—Doctora —dijo, reconociéndola—. Usted firmó varios de los protocolos. Y también omitió otros.
El silencio se volvió incómodo.
—Sé que el menor tiene características físicas diferentes que aún no pueden explicar públicamente.
Karlo apretó la mandíbula.
—Eso es información médica protegida —dijo—, y si la obtuvo de manera ilícita, está cometiendo un delito.
Davitto se puso de pie.
—Lo que estoy por descubrir —y mi intuición nunca falla— es qué es usted realmente. Karlo guarda un secreto. Y cuando lo tenga completo, el mundo también podría enterarse.
Yaz se enderezó apenas.
—Está asumiendo demasiadas cosas —dijo ella—. Y no parece entender el nivel de protección legal que rodea este proyecto.
Davitto la miró con interés.
—Lo entiendo perfectamente. Por eso estoy aquí para ayudarlos... y que me ayuden.
Karlo sostuvo su mirada.
—¿Qué quiere?
Davitto hizo una mueca.
—Dinero a cambio de silencio, mientras decido qué parte de la historia contar.
Daniela se levantó.
—No —dijo, sin elevar la voz—. No negociamos bajo amenaza, ni con periodistas, ni con intermediarios, ni con nadie que intente lucrar con información médica. Usted no tiene una historia. Tiene fragmentos. Y los fragmentos no sostienen una verdad.
—Tal vez —respondió Davitto—. Y solo por ahora. Pero lo tendré completo, créanme. Con lo que tengo actualmente bastará para destruir sus reputaciones.
Karlo dio un paso al frente.
—No se atrevería a tocarme —añadió Davitto—, porque cualquier cosa que me ocurra lo expondría aún más.
Karlo lo miró con frialdad.
—No necesito tocarlo. —Se giró apenas—. Seguridad.
Dos hombres entraron de inmediato. Davitto no opuso resistencia. El olor a tabaco viejo que cargaba impregnó el aire un momento, hasta que la puerta se cerró. Se volvió una última vez.
—Tienen un plazo, y no es mucho —dijo—. Cuando termine, ya no habrá más remedio que esta información salga a la luz.
Nadie habló durante varios segundos. Karlo volvió a mirar por la ventana.
Davitto salió del hospital con una mueca que parecía sonrisa; buscó por todas las bolsas de su saco viejo hasta que encontró un cigarrillo ya comenzado.
Volteó a las ventanas del hospital desde donde lo observaba Karlo e hizo un saludo con la mano, casi burlón.