CAPÍTULO 8
La noche no había terminado cuando empezó el día. Karlo salió de la zona aislada sin haberse cambiado, con un cansancio que era más que físico. El edificio ya estaba en movimiento.
Daniela caminó a su lado en silencio hasta que se detuvieron frente a una puerta cerrada. —No está clausurado —dijo ella—. Pero entró en revisión formal.
La sala de juntas, en la mesa se encontraban los abogados del proyecto, representantes del Comité Internacional de Bioética y dos observadores externos.
Karlo, Daniela y Yaz ocuparon los asientos del lado opuesto.
—El proyecto entra en fase de evaluación internacional —dijo uno de los abogados—.
A partir de este momento, queda suspendido cualquier intento de réplica experimental.
Esta resolución puede tardar meses, tal vez años.
Un miembro del comité deslizó una tableta sobre la mesa. —La experimentación humana solo es admisible bajo protocolos médicos de excepción —dijo—. En este caso, ustedes declaran dos líneas de investigación.
Daniela asintió.
Los datos se expusieron sin énfasis: un menor de sexo masculino, genéticamente modificado, completamente normal.
El proyecto se presentaba como un procedimiento genético avanzado con dos objetivos: inhibir el desarrollo de procesos cancerígenos desde la etapa embrionaria y permitir la gestación en mujeres con infertilidad irreversible.
Un modelo experimental. Ambicioso y defendible.
Pero había un tercero.
Uno que no figuraba en documentos. Algo que no podía ser pronunciado frente a ese comité ni frente a ningún marco legal existente. Algo que solo Karlo, Daniela y Yaz sabían.
La posibilidad de gestar vida a partir de dos naturalezas incompatibles. Un vampiro. Un humano. Y que el resultado fuera un humano normal.
De eso no se podía hablar. No todavía.
Las células del bebé no desarrollarían cáncer. Simplemente no podían. Algo en su código genético lo impedía. Era una promesa. Una posible cura. Un fenómeno clínico en observación.
El comité fue cauteloso. —Esto no autoriza el proyecto —dijo uno de ellos—. Solo evita su cancelación inmediata.
Una condición fue impuesta sin margen de negociación. —El menor no puede ser expuesto públicamente. Por razones médicas... y legales.
El proyecto seguía vivo. Pero vigilado.
En los días siguientes, el hospital empezó a moverse con una rapidez que no dejaba espacio para el error.
Horas después, Daniela fue interceptada por personal de seguridad.
—Hay un periodista preguntando por el Doctor Karlo y por usted —dijo el guardia, entregándole un sobre.
La nota decía: Tengo información médica interna y nombres.
Estoy seguro de que no les gustaría que esto fuera de dominio público. Agendemos una cita.
Daniela los llamó de inmediato a una junta urgente.
La junta fue breve, permanecieron de pie, sin formalidades.
—Esto es grave —dijo Yaz—. Si sabe lo que dice que sabe y habla puede ser muy peligroso.
—¿Qué propones? —preguntó Daniela. —Resolverlo ahora —respondió Yaz—.
Dinero. Un acuerdo. Silencio antes de que conecte cosas que no debería. —No —dijo Daniela sin dudar.
Yaz la miró con una sonrisa tensa. —¿Prefieres que investigue más? ¿Que empiece a hablar de este proyecto? Tú no tienes un hijo que proteger.
Daniela sostuvo la mirada. —Prefiero no cruzar esa línea.
Karlo habló entonces. —No se compra el silencio —dijo—. No en este proyecto.
Yaz lo observó con atención. —Siempre eliges lo correcto —dijo—. Incluso cuando te pone en peligro, pero esto no se trata solo de ti, no se trata de lo que te conviene a ti y a la... doctora. —Yo no estoy aquí por conveniencia —respondió Daniela—. Y tú tampoco lo estás... ¿o me equivoco?
El silencio se tensó.
Yaz miró a Kendo a través del cristal de la sala contigua.
Estaba en su cuna, ajeno a todo. Pensó en lo que había dejado atrás para llegar hasta aquí: el departamento chico, los turnos dobles, los años preparándose para una oportunidad que no sabía que iba a tener esta forma.
Ahora tenía un hijo con el hombre equivocado en el momento equivocado, y aun así no cambiaría nada. Eso era lo más extraño de todo.
Karlo no respondió. Solo se colocó a su lado.
La decisión quedó tomada: hay que citarlo para la semana siguiente, sin mostrar urgencia.
El bebé permanecería oculto más que antes, no solo por miedo, también por ley.
Horas después, Karlo se detuvo frente al escritorio de su oficina sin sentarse.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara lateral.
Daniela permanecía apoyada contra el mueble bajo, observándolo en silencio.
—Si fuera poco Kavira... —dijo él al fin—.
Los abogados. El comité. Y ahora este tipo.
Se pasó la mano por el rostro. —No sé cuánto más pueda sostener esto.
Daniela no respondió de inmediato.
Karlo levantó la vista. —No podría soportarlo —dijo— si no estuvieras tú.
Del otro lado del pasillo, Yaz se había detenido al ver la luz encendida. Había ido a buscar a Karlo. Escuchó su nombre antes de quedarse quieta.
No oyó el resto de la conversación.
Solo esa frase.
No podría soportarlo si no estuvieras tú.
Yaz no entró. No interrumpió.
Se alejó con esa certeza clavada en el cuerpo.
Llegó a la habitación donde Kendo dormía.
Se sentó en el borde de la cama sin encender la luz.
Lo escuchó respirar un momento. Tenía ese ritmo suave, perfecto, ajeno a todo.
Yaz apoyó la mano sobre su pecho pequeño y cerró los ojos.
No lloró. Solo se quedó ahí, sintiendo cómo su hijo respiraba, como si eso fuera suficiente para sostenerse.
Dentro de la oficina, Daniela se acercó a Karlo. —No estás solo.
El teléfono de Karlo sonó. Lo miró. Número desconocido. No contestó. Volvió a sonar. Tampoco.