CAPÍTULO 7
La puerta de la oficina se abrió sin resistencia esta vez. La luz seguía encendida, como si el mundo no hubiera sido interrumpido por nada extraordinario. Karlo salió con el pulso acelerado, casi tembloroso, con la sensación de que la sombra de Kavira aún le rozaba la nuca.
El camino hasta la zona aislada no era corto.
Tenía que cruzar el jardín interior, donde el viento nocturno movía las hojas de los bambús; luego el pasillo de cristal, y después el punto de seguridad donde dos guardias lo reconocieron al instante y le abrieron paso.
La puerta blindada se deslizó con un sonido lento, metálico.
El aire ahí dentro siempre era más frío.
Karlo lo notó en la piel antes que en ningún otro lugar: ese frío específico del área aislada, que olía a desinfectante.
Había algo reconfortante en eso. Un lugar sin Kavira.
Sin esa presión que ella dejaba en el ambiente como si el aire pesara diferente cuando estaba.
Mientras avanzaba, marcó el número de Daniela.
—¿Karlo? —contestó ella de inmediato.
—¿Todo está bien allá? —preguntó él, sin preámbulo.
—Sí, claro. Está perfecto. Yaz también. ¿Qué pasó? Te escuchas... extraño.
Colgó antes de que Daniela pudiera insistir.
Cuando llegó al corredor final, la segunda puerta se abrió con su identificación biométrica.
El monitor marcó verde. Entró. Daniela estaba de pie junto a la cuna, vigilando el sueño del bebé.
Yaz estaba recostada en el sillón plegable con los ojos cerrados; parecía que dormía, con la manta hasta el pecho, en silencio absoluto.
Karlo fue directo hacia el niño. Se inclinó sobre él. El bebé respiraba con un ritmo suave, ajeno a cualquier amenaza. No había rastro de Kavira. Solo entonces su cuerpo aflojó. Daniela lo miró con una expresión de preocupación.
—Karlo... ¿todo bien? —susurró.
Él no respondió. Solo la abrazó con una intensidad que hacía mucho no usaba con ella. Le tembló el pecho y, sin proponérselo, sin poder evitarlo, lloró. Lloró contra el hombro de Daniela. Daniela lo abrazó también; primero sorprendida, luego con una ternura que no necesitó palabras.
Yaz entreabrió los ojos, lo suficiente para que la escena se le clavara en la conciencia. No podía negarse lo que veía: cercanía, intimidad, una historia que no conocía del todo.
Pasó un momento largo antes de que él encontrara la voz.
—Ella vino —dijo apenas, sin desprenderse del abrazo.
Daniela lo separó suavemente para verlo a los ojos.
—¿Quién?
—Kavira.
Solo pronunciar el nombre le erizó la piel. Daniela contuvo el aliento.
—¿Te hizo algo?
—No. Pero entró. Estuvo frente a mí. Y... dejó claro que sigue cerca. No quise alarmarlas, pero necesitaba asegurarme de que ustedes estaban bien.
No le contó todo. No le habló del beso ni de la frase.
—Yo estoy contigo, siempre lo he estado y lo estaré —dijo Daniela con una voz que buscaba sostenerlo sin exigirle nada más.
Karlo asintió.
—Quédate esta noche —murmuró él—. No quiero que te vayas. No después de esto.
Daniela asintió sin dudar:
—Me quedo.
La zona aislada tenía varios cuartos de guardia y descanso.
En las últimas semanas, esa área se había vuelto su hogar silencioso, su fortaleza temporal.
Ahí estaban todos ocultos del mundo mientras los abogados preparaban una explicación aceptable, un experimento genético, un marco legal capaz de sostener este nacimiento sin exponerse al mundo. Por ahora.
Y entonces, en la oscuridad, cuando su respiración empezó a calmarse, la escuchó de nuevo: «Qué ternura, Doctor K... sigo viviendo en ti».
La noche avanzó sin ofrecer descanso. A la mañana siguiente, Daniela lo llamó a la pequeña sala de revisión. Tenía una carpeta en la mano.
—Karlo... ¿pudiste leer los resultados del bebé que dejé en tu oficina?
Él negó.
—No. Con lo que pasó anoche... no pude leerlo.
—No te preocupes —respondió ella—. Aquí los tengo. —Lo miró directo a los ojos antes de hablar—. Los colmillos no representan ningún peligro. No hay mutaciones en la sangre ni rastros que indiquen algo vampírico.
Karlo sintió cómo una tensión profunda por fin aflojaba.
—Entonces...
—Es solo una característica genética —explicó Daniela—. Los resultados son buenos. Solo... un humano con características particulares.
Él respiró más hondo. Pero esa paz duró poco.
—Daniela —dijo él—, necesito que me hagas análisis a mí también.
Ella percibió la gravedad en su voz.
—¿Qué sentiste?
—Los colmillos volvieron. Y sentí... un impulso agresivo, animal. No sé si es un retroceso.
Daniela lo llevó de inmediato al área de revisión. Los análisis se hicieron sin pausa. Unas horas después, volvió con los resultados.
—Karlo... no hubo retroceso.
Él levantó la mirada, incrédulo.
—¿Estás segura?
—Completamente. Tu metabolismo está estable. No hay reactivación vampírica ni señales de reversión.
—Pero los colmillos...
Daniela negó con suavidad.
—Los colmillos son un remanente anatómico. Probablemente aparecerán en momentos extremos de estrés. Puede que eso nunca desaparezca del todo, pero no es lo importante.
Karlo frunció el ceño.
—¿Qué es lo importante?
—Lo importante es que sigues viviendo sin sed de sangre. De no tener instinto depredador. De poder caminar bajo la luz sin temor. —Respiró hondo—. Karlo... lo esencial es avanzar. Aún falta lo más importante: que tu reloj biológico vuelva a moverse.
Él bajó la mirada. No sabía si aquello era alivio... o miedo. Daniela cerró la carpeta.
Esa tarde, sin decírselo a nadie, Karlo bajó al sótano.
No al laboratorio, sino al área que había mandado construir años atrás para los familiares de pacientes sin recursos.
Caminó por el pasillo vacío, oliendo a pintura vieja.
Pensó en sus padres. En lo que no pudo hacer.
En lo que sí estaba haciendo ahora. Estuvo ahí media hora en silencio.
Sin expedientes. Pensó que sus padres habrían entendido esto: un hombre sentado en una silla vacía, intentando seguir siendo humano.